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Adolfo Suárez
ADOLFO SUÁREZ. Presidente del Gobierno de 1976 a 1981
Adolfo Suárez Presidente del Gobierno de 1976 a 1981

ADOLFO SUÁREZ. Presidente del Gobierno de 1976 a 1981

Obra:

Comentarios del Presidente Don Adolfo Suárez sobre la Transición Política Española

Los años del Muy Honorable Sr. Pujol, sin olvidar los del Sr. Tarradellas1, han sido en Cataluña y en el conjunto de España, años decisivos para la implantación de la Democracia y el Estado de las Autonomías. Sirvan estas líneas como testimonio de amistad y respeto a quienes tanto colaboraron con el Gobierno de la Nación, bajo el mandato de la Constitución, en la realización de ambos proyectos.

El hombre menos esperado de la terna

Recuerdo, como si no se hubieran borrado de mis retinas, las últimas imágenes del régimen; Franco, protagonista indiscutible hasta el último ­aliento, estaba ahora entubado, parecía que temiéramos que fuera a escapársenos y ­sólo así lo pudiéramos retener. Seguidamente, las imágenes de Arias Navarro, sollozando dolido (dolor del que se hizo burla de mal gusto durante décadas). Años después tuve la ocasión de saludarle en el Hotel San Marcos, en León. Era todo un caballero que se avino a cruzar cuatro palabras con un catalán que se presentó solo. A punto estuve de darle el pésame; no lo hice porque no lo vi triste, ni amargado. Aquel día se me borró para siempre el semblante dolido con el que lo recordaba.

Otra imagen imborrable e incomprensible, dados los acontecimientos que se sucedieron poco después, fueron las largas colas para rendir un último homenaje al que nos puso firmes, según unos, que nos esclavizó, según otros, o que acabó con una España plagada de guerras a precio de dictador perpetuo.

Y de pronto suena la palabra mágica, una terna2, que ni es lotería, ni es un ­cable de corriente trifásico. Media España se pregunta qué es eso de una ­“terna”, cuando en una comida de fin de semana, a la hora de los postres, aparece en la tele la imagen “definitiva” que dará un giro a la historia reciente de tantos años de paz angustiosa y de tanta “democracia orgánica”. Alguien que se compromete con el pueblo saltándose compromisos y principios fundamentales del movimiento. Un hombre con cara de presidente moderno, con estilo, clase y nivel de estadista de país avanzado.

Pudo prometer y prometió3 cuanto le salió del corazón y de su voluntad conciliadora. Don Adolfo Suárez venía del régimen, era hijo de la dictadura, trabajó para el gobierno franquista, pero eso no le quita mérito, más bien se lo añade.

A Suárez le hicieron una faena pues, pasara lo que pasara, él saldría mal parado. Si todo salía bien para unos, quedaría muy mal con los otros y viceversa.

Una tarea ímproba

Al entrañable Suárez de hoy o al denostado Suárez de entonces se le pidió, ni más ni menos, que consolidara la monarquía (esto se suele olvidar, pero hay que decirlo sin rubor y con gratitud dado el papel que ésta jugó durante los primeros años de la transición); mantuviera la unidad de España, tanto ante las polaridades partidistas que no habían olvidado los desmanes de la guerra y la dictadura, como ante el temor a la secesión de las ­comunidades vasca y catalana que podían aprovechar la confusión del cambio para proclamar su independencia sin más (recientemente ya se había perdido el Sahara); controlara el ejército que había estado siempre al lado de su Generalísimo y no estaba por la labor de atender las órdenes de un civil, ni estaba demasiado clara su fidelidad a la Corona por más estrellas que luciera Su Majestad; legalizara los partidos políticos, entre ellos el par­tido comunista (¡dios! ¡Qué hueso tan duro de roer! Muchos dirigentes ­irían directamente de la cárcel al Parlamento. Del exilio al escaño o a la tribuna de las Cortes. ¡Y sin que nadie se pusiera tan nervioso como para interrumpir el proceso! Los amigos de siempre le retiraron el saludo.  ¿Cómo pudo pegar ojo don Adolfo Suárez durante aquellos años?); amnistiara a los presos políticos, lo cual no quería ­decir abrir las cárceles alegremente, así que, aunque se hiciera con la mayor equidad, la polémica estaría servida; elaborara una nueva Constitución, una Carta Magna que debía contentar a la mayoría, que no marginase a vascos y a catalanes, pero que al resto de regiones les pareciera aceptable, que además redactaran y ­consensuaran representantes de todas las tendencias, que fuera una constitución abierta, con miras al futuro y que no pudiera cuestionarse y ­modificarse a las ­primeras de cambio, pero que, sobre todo, no alterara mucho al ejército, a la magistratura, a la Iglesia y a una prensa cada vez más respondona a ­me­dida que ganaba terreno hacia la plena libertad de ­expresión.

Por añadidura, se esperaba de él que convocara un referéndum, elecciones generales y municipales, negociara la entrada en la Comunidad Económica Europea, modernizara el país, creara un Estatuto de los Trabajadores, consiguiera el retorno de miles de emigrantes, etc.

La historia no debería olvidar tampoco el trabajo acometido por Torcuato Fernández Miranda4. Unos debían irse de las Cortes como caballeros para que otros entraran sin reconocer su gesto. Torcuato Fernández Miranda se encargó de servirle en bandeja a Suárez este honor que, en su caso, la historia jamás olvidará.

No es de extrañar que, hoy en día, la figura más destacada y respetada del periodo de la transición sea don Adolfo Suárez. Fue el director y se le recuerda porque supo hacerlo, pero uno se pregunta si don Adolfo ha olvidado las descalificaciones y los tropiezos, las descortesías y los insultos que le llegaron de los que siempre le fueron próximos y de los que no.

A don Adolfo Suárez, más que rendirle homenajes, habría que pedirle mil perdones

A Suárez le sobran motivos para sentirse utilizado. Mientras lo necesitamos exprimimos todas sus capacidades al límite; cuando ya todo rodaba como era debido, nos olvidamos de él. Ha tenido que pasar un montón de años ­para que se reflexione sobre la gran fortuna que tuvimos al ser elegido el hombre menos conocido de aquella “terna”, pues nunca sabremos qué habría ocurrido si el escogido hubiera sido otro. Lo cierto es que Suárez fue lo que España necesitaba, y así está escrito en el libro de la historia.

Años después, quiso el destino que me cruzara con él en Marbella un domingo por la tarde. Suárez iba solo. ¡Hombre, don Adolfo!, exclamé complacido por mi buena fortuna. Me acerqué para saludarle con los brazos extendidos. No pretendía darle la mano, ¡lo quería abrazar! Un guardaes­paldas me lo impidió, mientras otro corría desde lejos para ayudar. ¡Déjenle!, atajó Suárez, y preguntó ¿Nos conocemos? Claro, respondí medio sofocado, ¡todos le conocemos! ¿Qué habría sido de España sin usted, don Adolfo? Me miró a los ojos, calló un momento y dijo serenamente por lo menos hay uno que se acuerda, dicho lo cual me saludó efusivamente. Esta vez fue un abrazo y continuó su camino hacia la iglesia más próxima, que por cierto estaba abarrotada, estuvo un rato de pie detrás y salió sin poder oír misa. Nadie le abrió paso, nadie le reconoció, nadie le saludó, nadie se fijó en él. Soy testigo mudo de este hecho. Pensé aquí está el hombre más grande de nuestra historia reciente, se lo debemos todo y no halla un lugar para una misa vespertina de un domingo en Marbella, nadie tiene siquiera la cortesía de abrirle paso o buscarle sitio en un banco.

Soy de los que cree que a don Adolfo, más que rendirle homenajes, habría que pedirle perdones. Mil perdones por mil afrentas. Han pasado muchos años pero lo cortés, no quita lo valiente.

1          Josep Tarradellas i Joan (1899-1988), destacado político catalán. Intervino en la fundación de Esquerra Republicana de Catalunya. Formó parte de diversos gobiernos de la Generalitat republicana. En 1939 se expatrió, y en 1954 fue elegido President de la Generalitat en el exilio. Volvió a Cataluña en 1977 y ejerció su cargo hasta la celebración de las primeras eleciones autonómicas en 1980.
2          Una terna, según el diccionario, es el conjunto de tres personas propuestas para que se designe de entre ellas la que haya de desempeñar un cargo o empleo. Éste era el sistema instaurado legalmente para que el Rey, a propuesta del Consejo del Reino presidido por Fernández Miranda, pudiera escoger y nombrar presidente del gobierno. La terna en cuestión estaba compuesta por Federico Silva Muñoz, Gregorio López Bravo y Adolfo Suárez.
3          Puedo prometer y prometo era la fórmula habitual con la que Suárez iniciaba sus alocuciones en los mítines electorales y espacios de propaganda televisivos de la campaña de las primeras elecciones generales. Se convirtió en una muletilla famosa en la época.
4          Torcuato Fernández Miranda (1916-1980), hombre de la máxima confianza del Rey (había sido nombrado su preceptor cuando llegó, siendo niño, al país), fue el verdadero artífice del arranque de la transición política. El 2 de diciembre de 1975, aprovechando las circunstancias legales favorables, el Rey le nombra presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, puestos clave para emprender el programa de reformas. Su cometido se centró en colocar subrepticiamente a Adolfo Suárez en la terna de donde saldría el nuevo presidente del gobierno, y en sacar adelante la Ley de Reforma Política que puso fin al sistema político heredado del franquismo.