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Anna Maria Duran
ANNA MARIA DURAN.Maestra y pedagoga
Anna Maria Duran Maestra y pedagoga

ANNA MARIA DURAN.Maestra y pedagoga

Obra:

Text del 18/02/2003
Fotografía: Àngel Font

Anna Maria Duran nace en el seno de una familia con amplias inquietudes humanísticas.
Actualmente dirige una academia de estudios, fundada por su padre, y preside la Fundació Privada Observatori Esteve Duran. Sus dos vocaciones, la empresarial y la docente, sin duda, la obligan a estar en contacto directo con el devenir social del país.

Sus recuerdos de la etapa de la transición y sus opiniones sobre la actualidad, perfilan un singular panorama de nuestra democracia.

En mi familia siempre hubo inquietudes humanísticas

Nací en Granollers en el seno de una familia con gran interés por la ciencia y la cultura. Mi padre, Esteve Duran, fundó en 1942 una academia de estudios que en la actualidad es un centro docente y de formación empresarial. Era un hombre extraordinario, proclive al cultivo de conocimientos diversos: profesor mercantil, químico, aficionado a la egiptología, la filosofía, la teología y, por encima de cualquier otra disciplina, a la astronomía y la física, pasión que supo contagiar a toda la familia y que le llevó a la construcción de un importante observatorio astronómico. Ejerció una enorme influencia sobre mí, y me dejó en herencia su sentido de la responsabilidad, del rigor intelectual, de la honradez, de la organización y, ante todo, de la tolerancia, pues nos crió a mi hermano Josep Maria y a mí alejados del autoritarismo propio de la época, con un sano sentido de la autocrítica en todos los temas, incluidos los concernientes a la política. Mi padre y mi madre profesaban ideologías políticas distintas. Mi madre, Maria Casanova, era hija del alcalde republicano de Cardedeu (1931-1936), un hombre con ideas muy avanzadas a su tiempo, que fue perseguido por el régimen y encarcelado por su militancia política después de la guerra. Me crié, pues, en un ambiente especial donde imperaban la razón, la tolerancia y el espíritu de servicio, valores sustentados, en una época tan difícil como el franquismo, sobre el fundamento de una férrea unidad familiar. Son virtudes que he procurado inculcar a mis hijas Anna y Maria Mercè, con la inestimable ayuda de mi marido, Josep Maria Comas.

Clases de catalán a escondidas

Soy consciente de que mi educación fue muy atípica, más abierta y tolerante de lo que era normal en la época. Para empezar, mi padre ensayó conmigo un sistema pedagógico propio, por ejemplo no enseñarme a leer y escribir hasta los seis años, o habituarme a escuchar ópera y música clásica desde que tuve uso de razón. También organizaba en casa tertulias culturales muy animadas. Eran actividades difíciles de encontrar fuera del círculo familiar, en las escuelas del franquismo. Recuerdo que, con catorce años, asistía a clases de catalán a hurtadillas, en el domicilio particular de un profesor, con cierto miedo por lo que pudiera pasar si llegaba a oídos de las autoridades locales, pero nunca hubo ningún percance. La represión no era tan contundente en una población como Granollers, a diferencia de las grandes aglomeraciones urbanas, y eso permitía divulgar los valores de convivencia en que fui educada.

Impartí clases de catalán cuando todavía no era una lengua de estudio obligatorio

En el curso 1963-1964 inicié mis actividades docentes en la academia familiar. Aunque estábamos en plena época franquista, introduje la lengua catalana como asignatura en el plan de estudios. Curiosamente, tenía como alumnos de esta materia a los hijos de los guardias civiles de la localidad, pero nadie vino a quejarse. Debo aclarar que yo no era una militante acérrima del catalanismo; sencillamente, el catalán formaba parte de la realidad cotidiana de la población, era nuestra lengua y teníamos que saber cómo se hablaba, leía y escribía correctamente, sin que necesariamente hubiera ningún tipo de mensaje ideológico tras esta exigencia cultural. También realicé un cambio de orientación en la asignatura de religión, preferí profesores laicos o impartir personalmente esta materia.

Un ambiente de serena tranquilidad e ilusiones esperanzadas

La transición generó en Cataluña –y en España entera– un estallido de ilusiones que esperaban verse cumplidas de inmediato. Había una predisposición general al ejercicio de la democracia, y también un ansia de la misma, sin que mucha gente supiera a ciencia cierta en qué consistía. En los pueblos y las pequeñas ciudades del país imperaba el optimismo. La ciudadanía tenía una confianza prudente en el proceso de reformas políticas, a diferencia de la preocupación que flotaba en el ambiente político de las grandes urbes. Quizás las personas mayores que habían vivido la guerra mostraban más reparos (por ejemplo, a mi suegra le preocupó bastante el regreso de Santiago Carrillo). Pero los jóvenes sin experiencia política anterior no teníamos miedo a que la transición fracasase. En pueblos como el mío no se celebraban las masivas manifestaciones políticas frecuentes en las ciudades; en las calles y en las tiendas no se hablaba mucho de la actualidad política, había preocupaciones cotidianas más inmediatas y a nivel colectivo se percibía bastante tranquilidad y madurez. A este respecto, deseo señalar cómo contribuyó la figura de Adolfo Suárez al afianzamiento de la confianza popular en el proceso de transición. Por su forma de hablar y de actuar, por su discreción, por su bondad y firmeza, Suárez logró que la gente creyera en un porvenir democrático, incluso aquellos que no estaban implicados ni querían inmiscuirse en temas políticos.

Trabas por parte de la administración central

En Cataluña la transición supuso una sensación de liberación colectiva, de poder decir ¡por fin! Ahora sí que disfrutaremos de nuestro país. Las expectativas eran optimistas, pero sin olvidar que había también dificultades serias. Obviamente, el grado de decepción está en función de las esperanzas que se hayan creado. Personalmente, como directora de un centro educativo, ante todo pensé en los beneficios de tener nuestra propia administración autónoma, tanto en los temas propios de la enseñanza como en lo referente a otros ámbitos políticos y sociales. La realidad ha sido quizás muy distinta. Tras la ilusión inicial que acompañó a los diversos traspasos de competencias, cuando creíamos que se nos aligerarían todos los trámites burocráticos, comprobamos hoy que la administración central se ha vuelto más compleja. Ya no soy tan optimista como en otro tiempo, y sería mi deseo, en aras del sentido común, que hubiera mayor eficacia para evitar demoras en las tramitaciones.

La emoción de los primeros momentos

En cuanto a los inicios de la transición en Cataluña, los episodios más importantes fueron, en mi opinión, la redacción del estatuto de autonomía y el regreso del exilio del President Tarradellas. Resulta complejo emitir juicios de valor sobre la talla histórica de Tarradellas o acerca de su contribución singular al éxito de la transición. Sin embargo, ninguna persona cabal puede minusvalorar el significado que tuvo, para todos los catalanes, la recuperación de la institución de la Generalitat, que él representaba. Para nosotros, volver a ver abierto el balcón de la Generalitat supuso un momento muy emocionante y significativo. Durante el franquismo, la plaza de Sant Jaume era un hito más de la retícula urbana, sin mayor significado que su céntrica ubicación. La sede de la Generalitat no albergaba nuestras instituciones de autogobierno. Instituciones, por cierto, a las que miembros de mi familia estuvieron íntimamente ligados (conservo fotos familiares de mi madre y de mi abuelo con el President Macià, con Carrasco i Formiguera1 y otros personajes de nuestra historia contemporánea). Y recuerdo, como todos los catalanes, los importantes acontecimientos políticos que se dieron cita en ese mismo balcón2. Así pues, su reapertura era símbolo del reinicio de nuestra autonomía, de algo que nosotros considerábamos natural. Ese es, para mí, el principal valor de la figura de Tarradellas: su ascendiente simbólico. Pero no pretendo restarle mérito político, ni mucho menos, puesto que podría haberse presentado ante el pueblo en un balcón cualquiera sin que el acto perdiese su significación histórica, lo importante entonces era que el gobierno de la Generalitat se reinstaurase en Cataluña.

La transición fue una idea gestada durante largo tiempo

En el desarrollo de la transición tuvo mucho mérito el cambio de postura de algunos miembros destacados del régimen anterior, tanto o más que el protagonismo de los dirigentes políticos que volvieron del exilio, que también merecen todo mi respeto. De ninguna manera se hubiese podido producir un relevo político, sin contar con todas esas personalidades. El cambio político no era un proyecto surgido súbitamente, tras la muerte de Franco, sino un ideal gestado ya en los últimos años de la dictadura; no creo que se improvisase nada, sino que hubo una serie de concesiones y negociaciones que en el momento álgido del franquismo no se hubieran otorgado, pero que entonces no había más remedio que aceptar. Los gobernantes del momento comprendieron que el sistema sufría un declive político y social irreversible, por lo que admitieron la necesidad de un cambio jurídico e institucional. Supongo que estas circunstancias no podían escaparse al análisis de los políticos más avezados, a poco que observasen la evolución interna del Estado y la cotejasen con lo que estaba sucediendo en Europa. En suma: la transición pudo realizarse porque una serie de personalidades del régimen anterior –gente reflexiva y racional– supo hacer un balance objetivo de la cuestión y reconducir la situación política española.

La figura clave del Rey en el cambio político

En esa secuencia de acontecimientos que vertebró la transición, podemos destacar la actuación de la monarquía. Pienso que el Rey ya fue, desde el inicio, educado para dirigir el proceso de cambios; es muy probable que la necesidad de esa transformación le fuera inculcada como el principal objetivo político a realizar tan pronto iniciase su mandato. Ya he mencionado que cambios políticos tan profundos no se improvisan así como así. Supongo que Juan Carlos I pudo conocer durante sus años de formación la experiencia de varios países en los que se compaginaban democracia y monarquía, es decir, una monarquía parlamentaria. No olvidemos que su padre era firme partidario de esta solución y debió encauzarle por esta vía; lo propio debieron hacer los asesores que le preparaban para el relevo en el poder. Al principio, el Rey hubo de ser posibilista, se vio en la necesidad de acatar un sistema que no le gustaba porque pretendía restaurar en España un régimen parlamentario, pero más tarde asumió la función de moderador del proceso de cambio, permitiendo la entrada en el juego político a todos los partidos que tuvieran una ideología formada y relevancia social, y que quisieran participar en ese camino hacia la democracia.

Para gobernar hay que tejer alianzas, y la negociación y el pacto son virtudes propias del pueblo catalán

La aparición en el panorama político catalán de Jordi Pujol fue muy esperanzadora. Aparte de su pasado antifranquista, fue abriéndose camino de un modo muy sensato, actitud que le valió la confianza de numerosos votantes. Seguro que al principio le resultó difícil cimentar su posición de preeminencia personal en el seno de las fuerzas nacionalistas catalanas. Por otra parte, cuando llegó al poder, la democracia no era todavía un hecho consolidado, y pienso que hoy tampoco, aún le falta camino por recorrer. Quedaba y queda muchísimo por hacer, en Cataluña y en el resto del Estado. Ciertas personas se obstinan en no reconocer el trabajo de Pujol en pro de la consolidación de las libertades, una tarea ardua que no dio sus frutos hasta muchos años después. Pero Pujol tenía una gran visión de futuro e iba obteniendo logros, evitando al mismo tiempo el malestar que para los catalanes podría haber reportado un enfrentamiento directo con el gobierno central. Seguro que su ambición personal, como la de todos nosotros, era conseguir más autogobierno para Cataluña, pero todos sabemos que no se puede alcanzar la plenitud de nuestros deseos, ni en nuestros hijos, ni en el trabajo, ni por descontado en el trato con la administración central. Pujol se ha entregado por completo a Cataluña y ha tenido gran acierto en muchas de sus decisiones. Además, ha sabido tener cintura política, que es lo que más se le critica, pero un gobernante debe ser consciente de las necesidades y dificultades del momento. Para gobernar hay que tejer alianzas, y la negociación y el pacto son virtudes propias del pueblo catalán. A título personal, considero que Pujol ha sido mi presidente, al cual le confiero todo mi afecto y consideración como gran estadista y persona que es.

Importancia de sumar voluntades

Para posibilitar el progreso político y material del país, los catalanes hemos confiado las tareas de gobierno en Jordi Pujol, quien ha presidido la Generalitat durante veintitrés años, pero quizá no hayamos pensado lo suficiente en que las instituciones catalanas son mucho más importantes que la persona que las representa. Ante el anuncio de su inminente retirada, ¿qué o a quién necesita Cataluña para seguir progresando en la profundización del autogobierno? Conviene que meditemos sobre este asunto. Si los diferentes líderes políticos catalanes se concentrasen en tal reflexión, sus respuestas deberían ser bastante coincidentes. La respuesta depende, en buena medida, de quién gobierne en el Estado español, pero de todos modos requerirá pactar y negociar con un gobierno central de uno u otro signo.

Ante esta tesitura se impone la continuidad de una prudente política de pactos, sea quien sea el futuro President de la Generalitat. Y puesto que negociar es conveniente, gobierne quien gobierne, lo mejor será escoger como sucesor a la persona que tenga la capacidad de aunar esfuerzos políticos. De cara a un futuro inmediato, creo que la ciudadanía catalana vería con buenos ojos un pacto de mínimos entre las fuerzas políticas catalanas, destinado a presentar un frente reivindicativo único ante el gobierno central.

Valía del Lehendakari Ibarretxe

En los últimos tiempos me ha causado grata impresión un político sobre cuya capacidad de diálogo dudaba en un principio: me refiero al Lehendakari Ibarretxe. Pese a la sequedad aparente de su carácter, resulta una persona muy convincente cuando se superan los prejuicios y se le escucha. He tenido interés en seguir sus declaraciones y entrevistas porque pensaba que, si había resultado elegido, tenía que ser una persona con una ideología política formada; me intrigaba saber si realmente poseía personalidad, ideas propias, un concepto de su nación, conocimiento de todo lo que estaba pasando en un país como Euskadi, con una problemática tan peculiar. Y a medida que lo iba conociendo me daba cuenta de sus muchas virtudes, como la mesura en las palabras, la profundidad de su pensamiento y de su proyecto político. Ibarretxe sabe bien cuál es su objetivo y cómo debe lograrlo, otra cosa es que le permitan hacerlo.

Su propuesta3 de autogobierno no ha sido bien entendida. Considero que es un político sensato, que gobierna un país difícil, donde no puede actuar con entera libertad. Por supuesto que el terrorismo es un gran problema para Euskadi. Pero al margen de esa cuestión, el Lehendakari es un gobernante atrevido en tanto en cuanto, sin transgredir la Constitución, intenta obtener el máximo autogobierno posible para Euskadi, a pesar de que ésta sea la autonomía dotada con mayor techo competencial. En otras situaciones, por ejemplo en el ámbito empresarial, su gobierno ha sabido potenciar al máximo una formación profesional modélica. Eso es lo que deberíamos entender el resto de las autonomías, que el mayor capital es el ciudadano, y concentrar todas nuestras fuerzas en su formación cívica y educación.

La democracia tiene que consolidarse más en nuestra sociedad

En los últimos años, ciertos medios de comunicación han perdido interés y calidad informativa, me parece, al verse sometidos a la presión de distintos grupos de interés. Por ello ha decaído tanto el crédito que la opinión pública concede a los medios en general. Actualmente no hay libertad de prensa, como se quiere aparentar, porque cada uno de los diarios o emisoras están influenciados y se deben a la ideología que en los distintos medios se percibe.

La labor profesional de los periodistas se ve encaminada a menudo por la orientación del medio en que trabajan y, con frecuencia, la necesidad de mantener el puesto de trabajo se impone a los dictámenes de la ética profesional. Ello demuestra que la democracia no está totalmente consolidada en nuestro país, y que aún carecemos del grado de madurez político propio de las democracias estables.

En un auténtico Estado de derecho, los políticos están al servicio del pueblo

La clase política debe replantearse qué debe hacer para superar el desánimo popular con que son acogidas sus iniciativas. La falta de interés general por la política es un reflejo más de los problemas de madurez y consolidación que aún padece nuestra democracia. En los últimos años, algunos políticos han perdido los papeles, se empecinan en constantes descalificaciones mutuas, en lugar de pisar más la calle para conocer las opiniones y problemas reales de los ciudadanos que les votan.

Abundan los políticos de escuela, cuyo talante está muy alejado del estilo tradicional representado por personas como Jordi Pujol, que comenzaron su andadura en la transición. Debe existir una comunicación más intensa y fluida entre los ciudadanos y sus representantes. Los gobernantes y la clase política en general están al servicio del pueblo y le tienen que escuchar. De otro modo no podrá perseverarse en la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos y en la profundización en los valores democráticos.

Necesidad del diálogo

En democracia, la función del político consiste en aportar ideas y administrar propuestas. El corpus electoral es quien decide el grado de confianza que las distintas iniciativas políticas merecen. Pero, con independencia de las propuestas programáticas de uno u otro partido, el pueblo elige a sus gobernantes en atención a una serie de valores como la paz, el bienestar o sencillamente la capacidad de diálogo y el talante racional –una racionalidad entendida como prudencia– de esos hombres de Estado que se postulan como candidatos. Los ciudadanos saben apreciar esa práctica del diálogo que tanto se echa en falta en la actual política española. Eso es lo que realmente quiere el pueblo y espera de sus estadistas, una negociación sincera como la que hizo posible, en su día, la transición española.

Dificultades del empresario y la administración

El empresario, y en especial el trabajador autónomo, invierte buena parte de su vida laboral en el pago de impuestos y la gestión de las tasas contributivas, propias y de sus empleados, asumiendo una responsabilidad que no le corresponde. Todo se recauda a través del empresario. Quizás sería conveniente que la administración sea más creativa e ingeniosa, y piense en nuevas posibilidades de recaudación que no impliquen cargas injustas para estos actores sociales. Sería fabuloso que el trabajador cobrase el sueldo que le corresponda y pagase por cuenta propia la seguridad social, del mismo modo que los catalanes solventamos particularmente la elección de mutua y otros seguros de prevención privados. Tengo la esperanza de que ya se estén tomando en cuenta ejemplos de este tipo y se evolucione hacia planteamientos fiscales novedosos. También sería positivo que existiera un mecanismo de previsión para los casos de empresas en quiebra que no pueden indemnizar a sus trabajadores; debería crearse un fondo que cubra esta eventualidad, a cuenta del monto total de los impuestos (fondo que ya existe con relación a las grandes empresas, pero que no incluye en sus prestaciones a los pequeños y medianos empresarios, que representan –cabe destacarlo– el 90% de nuestro tejido industrial). La administración tendría que ayudar a las empresas que se ven en dificultades para mantener la integridad de sus plantillas en momentos de recesión económica global o sectorial: yo, como empresaria, siempre contrato a quien necesito; los empresarios somos por naturaleza generadores de puestos de trabajo.

Se es empresario por vocación

Ser empresario es una ocupación vocacional, sólo así se comprende que asumamos el esfuerzo de tener trabajadores a nuestro cargo, sin olvidar los no pocos disgustos con la administración que esta situación conlleva. En mi caso, a esta vocación se suma las satisfacciones personales que me depara la enseñanza, mi actividad profesional. La academia familiar que dirijo goza de larga tradición: fue fundada por mi padre hace más de sesenta años y en la actualidad disponemos de dos centros que dan trabajo a más de cincuenta personas, y en donde atendemos anualmente a unos dos mil cien alumnos. El centro desarrolla todas las enseñanzas del sistema educativo, desde la educación infantil a bachillerato y ciclos formativos, abarcando también la formación ocupacional y el reciclaje, además de formación empresarial específica, a medida de cada empresa.

La docencia, un trabajo lleno de satisfacciones

No hay mayor placer para mí que ver entrar a los alumnos el primer día del curso escolar. Disfruto con el bullicio de los niños nerviosos que hablan, ­ríen, lloran o chillan a todo pulmón, porque es el sonido de la vida. Para mí representa una gran alegría darles los buenos días uno a uno al inicio de cada jornada, irlos formando como personas para el futuro. Algunos están aún en un periodo difícil, hay que trabajar más con ellos que con otros; fomentar al máximo que deben respetar unos modales y unas pautas de convivencia, aunque seamos conscientes de que el medio social, muchas veces, contraviene estas enseñanzas. Pero, realmente, la gran mayoría son niños y niñas fantásticos, y es muy gratificante poner toda tu ilusión y tu esperanza en el esfuerzo de convertirlos en personas de bien.

En la comunidad científica internacional, nuestra Fundación Astronómica ocupa un puesto relevante

Como ya comenté, mi padre era un gran aficionado a la astronomía, hasta el punto de financiar la creación de un importante observatorio astronómico para el estudio de los cuerpos celestes. En la actualidad está gestionado por la Fundació Privada Observatori Esteve Duran, que yo misma presido. En Cataluña hay muchos y muy buenos observatorios privados, aparte de los públicos, pero existen muy pocos en todo el mundo que se dediquen casi exclusivamente a la investigación astronómica sistemática; de hecho, somos de los poquísimos del Estado español en este sentido. Para desempeñar mejor nuestro cometido científico, mantenemos relación con diversos centros de investigación mundiales, con los que colaboramos activamente, caso del prestigioso Observatorio Naval de Estados Unidos en Arizona, además de otros observatorios astronómicos de Francia, Japón y Hawai. Ellos piensan que somos un centro dependiente de organismos públicos, porque no conciben que exista una entidad privada con nuestras instalaciones, capacidad y publicaciones (presentes en las más prestigiosas revistas internacionales de astronomía), ni con el nivel de hallazgos que hemos alcanzado, sobre todo en estrellas variables. Somos el observatorio que más astros ha descubierto e investiga a nivel estatal, conjuntamente con el GEA (Grup d’Estudis Astronòmics).

Desde siempre hemos mostrado especial interés por contribuir a la catalogación científica del mayor número de astros. Uno de los fundadores de nuestro observatorio, Joan Guarro, puso el nombre de Catalonia a un asteroide que descubrió como muestra de la voluntad catalana de colaborar, en la medida de nuestras posibilidades materiales, a la ingente tarea de la comunidad científica internacional. Es el único astro del universo que lleva el nombre de nuestro país.

Tenemos en mente un proyecto científico muy ambicioso

El futuro de nuestra fundación y de nuestra actividad investigadora pasa por la construcción del Centro Astronómico de Cataluña-Observatori Esteve Duran; con gran satisfacción se ha firmado un acuerdo con la Generalitat de Catalunya, el Ayuntamiento de Seva y la Fundació Privada Observatori Esteve Duran, en que la Generalitat aporta medios económicos para la construcción, prevista para otoño de 2003, de la primera, y más importante, fase del edificio donde se ubicarán los telescopios para divulgación y los de investigación. En estos momentos se inicia la parte divulgativa para escolares, que es el campo de cúpulas y telescopios. Quiero agradecer las aportaciones de material astronómico y telescopios que se han realizado, así como las que se puedan efectuar en el futuro, pues la Fundació percibe tanto material astronómico como todo tipo de donaciones económicas.

Este proyecto, desde el inicio de su andadura, está ubicado en el término municipal de Seva (Barcelona)4 , en terrenos casi libres de contaminación lumínica. Me gustaría aprovechar esta ocasión para remarcar que, sin la ayuda del Ayuntamiento y del pueblo de Seva, y sin el empuje, los conocimientos y la dedicación del alcalde, Josep Palmerola, hubiera sido difícil llevar a cabo este proyecto.

1          Ver nota 2 de la entrevista a Josep Antoni Duran i Lleida, página 390.
2          El balcón principal del edificio de la Generalitat, que da a la plaza Sant Jaume, ha sido usado como tribuna política privilegiada en toda clase de acontecimientos. Desde ese mismo balcón el President Macià proclamó el 14 de abril de 1931 la República Catalana, proyecto político que no llegó a realizarse; el President Companys proclamó l’Estat Català el 6 de octubre de 1934, que fue rápidamente sofocado, y llevó a prisión a Companys; el President Tarradellas al volver del exilio, el 23 de octubre de 1977, pronunció sus célebres palabras, ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!
3          El Lehendakari Ibarretxe ha lanzado recientemente una atrevida propuesta soberanista para definir las relaciones entre Euskadi y el Estado español: la celebración de un referéndum que proclame a Euskadi como Estado libre asociado a España. Tal propuesta política ha sido muy mal recibida, tanto por parte de los sectores independen­tistas radicales como por los partidos mayoritarios en el Estado español.
4   Municipio de algo más de dos mil quinientos habitantes en la comarca de Osona, provincia de Barcelona. Formado por varios núcleos dispersos rodeados de bosques a la falda del macizo del Montseny.