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ANTONIO DÍAZ FUENTES
ANTONIO DÍAZ FUENTES DESPACHO DÍAZ FUENTES Sarria, Lugo Licenciado en 1955 – Ejerce desde 1958
ANTONIO DÍAZ FUENTES DESPACHO DÍAZ FUENTES Sarria, Lugo Licenciado en 1955 – Ejerce desde 1958

ANTONIO DÍAZ FUENTES DESPACHO DÍAZ FUENTES Sarria, Lugo Licenciado en 1955 – Ejerce desde 1958

Obra:

Texto del 24/11/2008,
Fotografía cedida por Antonio Díaz.

Como diputado de las Cortes constituyentes de 1977, Antonio Díaz Fuentes fue copartícipe de la elaboración de nuestra Constitución. Se trató, según sus palabras, de una difícil tarea que salió adelante gracias al ánimo positivo de cuantos contribuyeron a realizarla. Añora el alto nivel de la clase política de entonces, en contraste con la escasa altura de la actual. Académico de número de la Gallega de Jurisprudencia, fue miembro de la Comisión mixta del Estatuto de Autonomía de Galicia y cuenta con la Orden del Mérito Constitucional.

El primer español que votó la Constitución

La Transición constituyó una tarea importante, realizada con ilusión y empeño tanto por la clase política como por el pueblo. En el año 1977 llegué a Madrid y entré a formar parte, como diputado de las Cortes constituyentes, de un grupo de personas que haría historia, pues nos cupo afrontar un cambio de régimen y elaborar una Constitución. Todos sabíamos que había que hacerlo, y ello motivó nuestra participación activa y nuestra capacidad de improvisar ante infinidad de cuestiones que iban surgiendo. Básicamente, faltaba una estructura parlamentaria, porque lo que existía entonces no lo era. Conservo en la memoria el siguiente hecho curioso y poco difundido de aquel período: los constituyentes del 77 no pudimos jurar el cargo de diputados ni de senadores, algo que en principio debíamos hacer para incorporamos a nuestra tarea parlamentaria, porque, evidentemente, aún no contábamos con una Carta Magna sobre la cual jurar. Por otro lado, me precio de ser el primer español que votó la Constitución, puesto que, una vez aprobado el articulado, se sometió a una votación de totalidad a partir de un diputado, por insaculación, y me correspondió a mí.

Miembro de la Academia Gallega de Jurisprudencia

Ser nombrado miembro de la Academia Gallega de Jurisprudencia ha sido para mí una gran satisfacción. Tengo la impresión de que los académicos que me eligieron en 2005 lo hicieron motivados por mis estudios y publicaciones sobre el Derecho gallego, un Derecho de origen consuetudinario, completado por el acervo técnico de los juristas y convertido ya en un cuerpo de doctrina.

Participar en una Constitución es algo único para un jurista

Personalmente, viví el proceso con gran ilusión, pues para un jurista participar en la elaboración de una Constitución es una oportunidad irrepetible. Pero no sólo es creación jurídica; con motivo de la aprobación del texto, el presidente de las Cortes, don Antonio Hernández Gil, dijo: “Somos todos compañeros y amigos, la mayoría juristas, pero los no juristas nos completan; ellos no son ajenos al Derecho, ya que éste nunca es reductible a una mera técnica”, unas palabras de mucho peso y notablemente valiosas, y más dichas en aquel momento histórico. Disfrutábamos con la intervención de los magníficos oradores parlamentarios de entonces, algunos de los cuales utilizaron la tribuna con gran sabiduría. Recuerdo especialmente a Pío Cabanillas, gran orador y hombre culto. Leopoldo Calvo-Sotelo, por su parte, era otro parlamentario excelente, con una vena humorística que nadie podía imaginar siquiera ante aquel semblante impertérrito, de cara de palo, a lo Buster Keaton. Y también destacaría la inteligencia y la capacidad negociadora de Roca i Junyent. En cuanto a José María de Areilza, acaso por no encontrarse del todo cómodo dentro del contexto político del momento, le correspondió mucho menos protagonismo del que él meritaba. Son observaciones que no se limitan a aquella legislatura, que duró poco, porque, una vez aprobada la Constitución, la exigencia democrática era renovar el Parlamento.

Hoy ha desaparecido el espíritu de búsqueda y acuerdo de la Transición

Alrededor de 3.000 fueron las enmiendas que se presentaron a la Constitución en 1978. Yo mismo presenté algunas a determinados artículos, pero no puedo decir que fueran recogidas de manera expresa, porque la Comisión realizó una extensa simbiosis de las múltiples recibidas. Lo que sí conseguí, y con orgullo, es que el estatuto gallego reconociera, por decirlo de algún modo, a la Galicia exterior, esto es, a todos esos paisanos y compañeros repartidos por el mundo, gente salida de su tierra de manera permanente o transitoria. Todo ello se debió al espíritu de búsqueda del punto de encuentro que animaba entonces a la sociedad española; un espíritu que hoy, por desgracia, ha desaparecido. Actualmente parece imposible recuperar el afán de lograr un consenso colectivo, pues carecemos de voluntad de acuerdo, tanto desde el punto de vista de las fuerzas sociales como por parte de la clase política, cuyo “sentido de Estado” ha descendido considerablemente.

No es apremiante reformar la Constitución

Nuestro texto constitucional, qué duda cabe, es deudor de su época. Sin embargo, aun sin considerarlo sacrosanto, no siento que sea urgente abordar su reforma, salvo tres o cuatro cosas puntuales. A mi juicio, está más necesitado de observancia que de reforma; tengamos en cuenta que los países situados en la posición más alta de la civilización actual han elaborado sus respectivas constituciones pensando en su aplicación a largo plazo.

Vivencia personal del 23-F desde el Hemiciclo

La tentativa golpista del 23-F se vivió con gran preocupación: suspendió el ánimo de los que nos encontrábamos en el Hemiciclo. En los primeros momentos, algunos llegamos a pensar que podía tratarse de un asalto terrorista, en cuyo caso nuestras vidas no valdrían nada. Sin embargo, a las pocas horas nos serenamos porque advertimos indicios de que aquello carecía de un plan bien concebido. Por poner un ejemplo, Tejero mandó a uno de los guardias civiles a recoger en el telefax del pasillo la proclama de Milán del Bosch y que la leyese desde la tribuna, pero no detuvo su lectura a tiempo y siguió con la noticia siguiente, por la que fuimos informados de que los subsecretarios y directores generales estaban reunidos en el Ministerio del Interior, constituidos en Gobierno provisional del Estado. La cólera de Tejero fue inenarrable. Poco a poco, nuestro ánimo crecía al tiempo que se debilitaba el de los asaltantes. Conversábamos con algún soldado y le aconsejábamos que no se metiera en líos, cuando ya algunos se descolgaban desde las ventanas del Congreso al exterior. Gracias a los pequeños transistores de algunos compañeros, supimos enseguida la actitud del Rey. Peor fue lo de mi esposa, a quien, cuando bajaba por la Carrera de San Jerónimo, le dijeron que el Congreso había sido asaltado.

Técnicamente, nuestra legislación está plagada de defectos

La legislación actual en España deja mucho que desear. Se han exacerbado, por un lado, las funciones parlamentarias de control, pero las propiamente legislativas pierden calidad. Dictar leyes requiere de cierta disposición anímica, buena preparación y una determinada condición psicológica, además, claro está, de meditación, estudio y serenidad. Técnicamente, nuestras leyes están plagadas de defectos. Espoleada por los medios de comunicación y sometida a los acontecimientos diarios, la clase política aprueba normas de modo apresurado sin medir las consecuencias que su aplicación tendrá después.

Tan importante como agilizar la Justicia es mejorar su calidad

Desde la política siempre se nos habla de agilizar la acción de la Justicia, pero casi nadie habla de la baja calidad de la misma. Estaría dispuesto a conceder a los jueces más tiempo para resolver los casos si pudiera confiar en el acierto de sus resoluciones. Ocurre que no hay voluntad política de solucionar la cuestión. Los que mandan consideran suficiente cumplir un planteamiento doctrinal para componer el Consejo General del Poder Judicial: como el Congreso y el Senado son los representantes del pueblo, nadie mejor que ellos para elegir a los miembros del susodicho Consejo, y sin embargo hemos experimentado hasta la saciedad los pésimos resultados que ese sistema acarrea. Con cumplir el catecismo político les basta, no hay propósito de enmienda.

Siempre he confiado en el desarrollo autonómico

Postulé en su momento el desarrollo autonómico y he confiando en él. Sin embargo, el proceso se ha desbordado. Sobre todo echo en falta una firme determinación del Estado de organizarse bien. Las autonomías han pasado a ser combatientes en permanente confrontación con el Estado y, por otra parte, llegan al mayor grado de centralismo con respecto a las entidades locales. Que el poder autonómico se estanque durante un cuarto de siglo o más en una persona o grupo indica un déficit democrático, pero es un hecho generalizado. Relacionado con ello está el clientelismo y la hipertrofia burocrática en la que están cayendo. No puedo aceptar que el sistema autonómico provoque desigualdades entre los españoles, y en cuanto a las comunidades bilingües, ni consiento que me presionen para hablar una lengua ni que me prohíban hablarla.

Doña Letizia ejemplifica una concepción moderna de la institución monárquica

Apriorísticamente no me pronuncio por la monarquía ni por la república. No obstante, visto el ejemplo que está dando actualmente la clase política, la idea un Jefe del Estado extraído de ella y fruto de sus confrontaciones me causaría mucha desazón. La Corona es una institución que funciona razonablemente bien, goza de prestigio internacional y merece por tanto el respeto de los españoles. Además, el Príncipe Felipe se está formando responsablemente para sustituir a su padre cuando llegue el momento. Sin embargo, tampoco conviene adelantarnos a los acontecimientos. Por lo demás, doña Letizia ejemplifica un proceso de actualización social de la monarquía española.