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Antonio Franco
Antonio Franco Periodista y fundador de El Periódico
Antonio Franco Periodista y fundador de El Periódico

Antonio Franco Periodista y fundador de El Periódico

Obra:

Texto del 23/01/2003,
Fotografía: Àngel Font

Empezó a trabajar en la sección de deportes del Diario de Barcelona, donde fue nombrado redactor jefe y subdirector.

Tras dejar la empresa en 1977, durante un tiempo trabajó en televisión, para finalmente fundar y dirigir el proyecto de Antonio Asensio El Periódico de Catalunya.

Profesiones como el periodismo permiten un contacto directo con la realidad. Antonio Franco hace gala en sus comentarios de ese conocimiento mesurado y profundo de la etapa de la transición, de los cambios que trajo consigo, de las ilusiones que se depositaron en ella y de las decepciones actuales sobre el proceso.

Cuando me incorporé a la profesión se estaba agotando un modelo de periodismo

Yo tenía –desde pequeño– la ilusión de ser periodista, a pesar de que en mi familia no lo veían claro porque consideraban que no era una profesión seria y me obligaron a compaginar la carrera de periodismo con la de económicas. Pero sentía que esa era mi vocación. Toda la vida fui un ferviente lector de periódicos y quería dedicarme a la prensa escrita, como así ha ocurrido en la mayor parte de mi trayectoria profesional. Empecé a trabajar en la sección de deportes del Diario de Barcelona cuando aún estaba haciendo el servicio militar, y enseguida adquirí mayores responsabilidades. Pasé a ocuparme de los temas políticos y a ejercer cargos de coordinación interna dentro de la empresa, fui nombrado redactor jefe y cuando abandoné la empresa en 1977 ya era subdirector. En esto influyó bastante la suerte de que mi ingreso en el periodismo coincidiese con un relevo generacional. Cuando me incorporé a la profesión se estaba agotando un determinado modelo de periodismo ­vigente hasta entonces, el de los periodistas que no eran profesionales en el sentido que podemos entenderlo ahora, es decir, era gente que compaginaba su trabajo en los periódicos con otro empleo a media jornada en el Ayun­tamiento o el Gobierno Civil. En el año 1969, la media de edad de las redacciones de los periódicos de Barcelona era elevadísima, y el recambio biológico se produjo a marchas forzadas coincidiendo con la apertura política del Estado, así que en 1972 en las redacciones ya predominaba la gente joven, dándose la circunstancia que yo, con tres o cuatro años de experiencia, ya era casi de los más veteranos del oficio y de los más aptos para asumir responsabilidades directivas.

Puesta en marcha de El Periódico de Catalunya

En 1977 se produjo un conflicto ideológico en el seno del Diario de Barce­lona, la empresa quiso hacer una depuración política de sus empleados, ­hacer una limpieza interna de militantes y simpatizantes comunistas. Yo, aunque no era comunista, me opuse a la purga ideológica y fui despedido junto a la mayoría de los compañeros del consejo de redacción. Durante un tiempo trabajé en televisión hasta que Antonio Asensio me encargó el proyecto de un nuevo diario.

Antonio Asensio había ganado dinero con la revista Interviú y pensaba que en Barcelona quedaba un espacio para otro diario, a pesar de que en aquel momento coexistían diez periódicos. Supo que yo era del mismo parecer, me llamó, le expliqué uno de los huecos que veía en la prensa escrita de entonces, me pidió que me hiciera cargo del proyecto y así nació El Periódico de Catalunya, que acaba de cumplir veinticinco años y del cual fui director fundador. Tuve la suerte de poder contratar a muchos de los que habían abandonado Diario de Barcelona, por lo tanto el diario salió a la calle con un núcleo de gente compenetrada y experta.

Pretendíamos hacer un periódico liberal, de centro-izquierda moderado, progresista, menos convencional que los modelos periodísticos de la época, demasiado aburridos, muy oficialistas, poco centrados en los intereses reales del público. Pensábamos que no existía un diario con esas características, y una prueba de que el diagnóstico era bueno es que del resto de competidores sólo continúa La Vanguardia Española. Otros diarios de la misma época, ­como El Correo Catalán, Diario de Barcelona, Tele/Exprés, El Noticiero Universal, etc., llegaron al momento del cambio democrático español pasados de forma o cortos de empresa editorial, y casi todos con una alarmante miopía ante los sucesos de la transición.

Asensio tuvo habilidad para intuir nuevos caminos periodísticos

Antonio Asensio1 era ante todo una buena persona, con extraordinario ­olfato empresarial, muy trabajador, y que hizo un diagnóstico bastante ­correcto de lo que pedían los lectores en el momento de la transición. El cambio demo­crático coincidió con un cierto agotamiento de las buenas ­revistas que teníamos en España: Triunfo, La Gaceta Ilustrada, etc. Surgieron nuevos productos en la prensa más convencional, como El País o Cambio 16, pero para mí, aunque pueda ser discutible por su contenido y línea editorial, Interviú es el producto más definitorio de lo que significó aquella etapa histórica, al menos es indiscutible que rompió la inercia anodina de los ­semanarios del momento. La presencia de esta revista dio sensación general de libertad de expresión, rompió con la hipocresía y el integrismo del estilo de vida cotidiano, hasta la fecha los deseos íntimos de la gente no eran considerados ­correctos, ni transmitidos por los medios de comunicación. Creo que supo captar el anhelo general de que la prensa hablase de problemas ­políticos y económicos, y también de cosas más cercanas como la sexualidad. Asensio luego tuvo habilidad para intuir nuevos caminos, como el semanario Tiempo o El Periódico de Catalunya, un caso claro de diario adecuado a su tiempo, a su momento y a su país. Posteriormente, en los dos años y medio que estuvo presidiendo Antena 3 TV, rompió definitivamente el monopolio de TVE, porque hasta que llegó él las televisiones privadas eran algo totalmente secundario en las parrillas de audiencia. Aunque fuera una televisión populista, la calidad que tuvo Antena 3 y el papel que jugó en el panorama televisivo durante su etapa directiva era muy superior al que tiene ahora.

Asensio era un hombre que sabía hacer trabajar a los periodistas, los respetaba y era consciente de que una empresa periodística tiene que estar diseñada de cara a que esos hombres de la información puedan ejercer cómodamente su trabajo, algo que es muy poco habitual en la práctica.

Edición bilingüe de El Periódico

La aventura más interesante y atractiva de toda la prensa catalana desde la transición hasta ahora es la doble edición de El Periódico en catalán y castellano, una propuesta que sólo un empresario como Antonio Asensio podía haber hecho. Pese a ser una persona castellano parlante, comprendió que no se hacía un buen servicio a los lectores de prensa obligándoles a leer los ­pe­riódicos en una lengua que no era la que ellos deseaban, porque Cataluña es un país evidentemente bilingüe, con todas las matizaciones que queramos. Además, desde el principio quiso que ambas ediciones fueran idénticas, no se trataba de que la edición castellana pusiera, por así decirlo, énfasis en la información taurina y la catalana en la actividad castellera2. Lo lógico era que la gente recibiera las noticias, sean las que sean, en su lengua.

En aquel momento mucha gente pensó que este experimento duraría cuatro días, pero el éxito de la doble edición ha sido histórico, especialmente porque no se sospechaba, a raíz de la experiencia del Avui y de la hegemonía de la comunicación escrita de cariz nacionalista ejercido por La Vanguardia, diario, curiosamente, en lengua castellana, que hubiese tantos lectores ­potenciales en lengua catalana. Hoy el 40% de los lectores de El Periódico ­escogen la edición catalana, lo que nos convierte en el diario que ha vendido –y vende– más ejemplares en catalán de toda la historia de Cataluña.

No veo posible un modelo democrático sin la idea de que la gente ejerza su voto con un conocimiento previo

Desde la transición e incluso antes, en los albores del proceso de cambio de Régimen, la misión esencial de la prensa ha sido nutrir de datos y de elementos de juicio y de reflexión al pueblo para que, llegado el momento de las elec­ciones, haga un uso inteligente de su derecho al voto. No veo posible un mo­delo democrático sin la idea de que la gente ejerza su voto con un conocimiento previo, formado a base de datos servidos con cierta objetividad, honestidad y ­libres de toda imposición ideológica. Por otro lado, reconozco que trabajo en un periódico de centro-izquierda; es decir, no creo en la neutralidad de esta profesión, no soy neutral respecto a nada, pero eso sí, tengo la obligación de ser serio, transmitir la información al público sin mezclarla con mis impre­siones personales, ni esconder datos para distorsionar la realidad.

Quisimos informar con rigor y ayudar a la instauración de un sistema democrático

Esta ha sido la función de la prensa con relación a los acontecimientos de la transición, tanto en España como más específicamente en el caso particular de Cataluña. Quisimos informar con rigor para, de esa manera, ayudar a la instauración de un sistema democrático normal, a la entrada en vigor de una Constitución apoyada por una mayoría de los ciudadanos, a la puesta en ­marcha del Estatut en Cataluña, al enlace con los criterios esenciales de este país rotos por la guerra civil, a aportar conocimientos para que la gente en Cataluña supiera, tanto desde el punto de vista de la vida privada, como de la forma de enfocar los negocios o la vida social, lo que estaba ocurriendo en el resto del mundo.

La prensa escrita conserva cierta independencia

En el momento de la transición la gente encontró que los medios de comunicación le daban una cierta garantía, entendió que la prensa podía ser el ­referente más serio. Más allá de lo que pudiera hacer el franquismo, el gobierno o los partidos, la información periodística estaba de su parte. Posterior­mente se ha dado cuenta de que los poderes controlan y dirigen los ­medios públicos de comunicación, la televisión sobre todo, pero que las publicaciones escritas privadas conservan cierta independencia. Somos uno de los elementos en los cuales tiene confianza pues, aun con nuestras imperfecciones, la prensa escrita sigue siendo la que está más a su lado.

Ética periodística en Cataluña

Los periódicos vamos ganando o perdiendo la credibilidad en el día a día, es una batalla cotidiana, y personalmente diría que los que funcionan son aquellos que demuestran tener unas obligaciones éticas, seriedad y respeto a la gente. Al menos eso es lo que ocurre en una sociedad como la nuestra. Otras colectividades tienen modelos de publicaciones poco serias o no informativas, pero aquí en Cataluña se exige que la prensa esté para informar, aquí ha fracasado cualquier intento de amarillismo. Conservamos cierta cultura de que los periódicos son instrumentos que nos ayudan a entender la realidad, y, por lo tanto, tenemos derecho a pedirles credibilidad. El caso del resto de España es un poco más heterogéneo, pero en este sentido en Cataluña tenemos un aba­nico de periódicos muy correctos, se puede escoger el diario en función de la tendencia ideológica o la técnica comunicativa, o por el criterio que sea, pero todos son bastante razonables en cuanto al nivel de ética periodística.

Bastantes medios de comunicación arrimaron el hombro para mejorar la situación y trabajaron para conseguir la libertad de expresión

Un elemento omnipresente en la profesión periodística durante el proceso de cambio democrático fue la censura informativa. Resultaba francamente difícil transmitir información adecuada y puntual de las cosas que estaban ­pasando. Recuerdo que en esa época los recortes informativos en Diario de Barcelona eran directos y constantes; sabíamos qué estaba pasando, por ejemplo que habían muerto cuatro personas en una manifestación en Sevilla, pero también éramos conscientes de que todo el espacio disponible para este tipo de noticias era una columna como máximo. Mi generación de periodistas se formó con esa sensación permanente de frustración y con ese espíritu de ­lucha contra la censura. En esa época no todos, porque a veces eso se genera­liza alegremente, pero bastantes medios de comunicación arrimaron el hombro para mejorar la situación y trabajaron para conseguir la libertad de expresión, y esto lo demuestran las publicaciones cerradas, las revistas amorda­zadas por la censura. El final del franquismo se caracterizó por un ­recrudecimiento del control sobre los medios que acabó siendo inútil.

La transición política española fue inesperadamente plácida

Desde el punto de vista político, la transición española fue un proceso atípico. Creo que tuvimos mucha suerte, intervino gente con inteligencia y sentido común. La actitud razonable de los comunistas, por ejemplo, fue una ayuda importantísima. También el apoyo de los nacionalistas en general, entendiendo que la situación era muy compleja y poco propicia para uto­pías. Incluso tuvimos la suerte de que un franquista declarado como Adolfo Suárez, por la razón que sea, por conveniencia para su carrera política o por convicción ideológica, se aviniese a forzar el harakiri de las Cortes franquistas. El propio Rey tuvo una actuación correcta. Creo que al final tuvimos muchos elementos a favor, aunque yo en aquella época no era demasiado ­optimista y tenía la impresión de que todo iría más lentamente, de que no ­sería tan fácil. Es verdad que la descomposición del franquismo era algo evidente, pero ante semejantes circunstancias en otras latitudes han sido necesarios procesos mucho más traumáticos.

Era importante pasar página

Entonces la guerra civil y la posguerra estaban en nuestro recuerdo como una cosa tan amarga que todos decidimos ceder para construir un país, olvidarnos de radicalismos y aceptar el cambio, procurar que éste fuera lo más tranquilo posible. Predominó en esa época la buena fe, evitar pasar cuentas pendientes del pasado, pensar que lo importante era pasar página, y esto fue muy unánime, existía en la calle, en el mundo sindical, cultural, en los partidos políticos.

Hubo unidad de acción política

Por eso existe ahora esa sensación de añoranza de la transición, porque la idea­lización de lo que sería la democracia o de lo que supondría vivir en un país en que la política no fuese un elemento de división entre la gente, sino el marco general de la vida ciudadana, era muy bonita, mientras que hoy sabemos que en política las cosas no son siempre así, que los intereses son muy ­diversos. Esa misma unidad de acción se produjo también aquí en Cataluña durante la transición, sobre todo, desde que Tarradellas la convirtió en una referencia explícita, la pretensión de que los partidos olvidasen sus ­diferencias y fuesen unidos. Con todo, ir juntos sirvió para acabar con el ­franquismo más deprisa, y esa etapa de unidad y cooperación sincera entre gente que piensa diferente se recuerda, con el paso de los años, con nostalgia.

Conveniencia de la alternancia política

No he votado nunca a favor de Jordi Pujol, pero hago un balance positivo de su etapa como President de la Generalitat de Cataluña. Ahora bien, me parece que esta etapa ha durado unos ocho años de más, porque en todo sistema ­democrático es muy bueno que se produzca cierta alternancia política, que exista un relevo, que la gente que lleva las riendas del poder, en el momento en que empiezan a estar un poco de vuelta de las cosas, sea sustituida por gente fresca. Es malo para una institución que no se produzca el cambio ­político, que se posponga el efecto reformista que supone que los que hasta entonces han hecho la crítica desde fuera, entren y apliquen las correcciones que crean oportunas en el sistema organizativo, en la gestión de las cosas, en la eficacia del gobierno, en el modo de tratar al ciudadano, etc. Desde ­este punto de vista no ha sido bueno para Cataluña una duración tan larga del poder convergente, aunque cabe constatar lo mismo en otras instituciones ­públicas gobernadas por otras tendencias políticas, como el Ayuntamiento de Barcelona3.

Críticas al inmovilismo político de Jordi Pujol

La política catalana se ha visto limitada hasta ahora por lo que podríamos llamar la arquitectura política de Pujol, de una persona que tiene unos conceptos y que lleva todos estos años aplicándolos sin variaciones. Es verdad que en algunos casos Jordi Pujol ha mostrado pequeñas evoluciones, pero en lo fundamental el político que se jubila esta legislatura es el mismo que ­tomó las riendas de Cataluña en 1980, y esto significa que sus manías, sus intuiciones buenas, pero las malas también, sus defectos y sus miedos políticos han hecho que determinadas opciones políticas se hayan mantenido siempre cerradas. ¿Por qué no ha habido en Cataluña un gobierno de coa­lición? En la política es algo normal cuando no existe mayoría absoluta, ­pero aquí hemos estado marcados por el estilo personal de Pujol, un señor muy listo, de acuerdo, pero al fin y al cabo una persona solitaria que no es capaz de ver que la Cataluña de ahora es muy distinta de la de 1980, y en cambio los resortes del poder siguen inalterables. Si, por ejemplo, Pujol hubiera perdido unas elecciones, hubiera estado unos años en la oposición y hubiera vuelto después, tendríamos una Generalitat más viva y abierta a las alternativas, con estilos y debates diferentes, se podrían plantear cosas como un ­referéndum de autodeterminación, organizar comisiones parlamentarias a las que tradicionalmente se ha opuesto, mecanismos de poder ordinarios o excepcionales distintos a los que Jordi Pujol cree que tienen que existir. Me da la impresión de que las fuerzas políticas catalanas han sido prisioneras de este quietismo y esto ha marcado también negativamente la vida en este país.

La idea antidemocrática  de que la Constitución no se puede reformar

Constituye una obsesión por parte del gobierno actual la defensa del marco jurídico vigente y la idea de que no se puede tocar la Constitución, porque eso es renegar de la facultad que tiene el pueblo de reformar las cosas. Responde incluso a un espíritu antidemocrático, ya que se hace de esto casi un axioma político. La democracia española es un sistema que fabricamos un poco entre todos, y si pensamos que conviene modificar algún punto se puede hacer si nos ponemos de acuerdo. Crear estos axiomas, esos tabúes, es ­hacer política del siglo pasado, que aún pervive por motivos partidistas, pero no por interés del pueblo.

En Cataluña creo que la gente de todas las tendencias políticas, incluso la que vota al PP, no tiene una visión catastrofista de lo que significaría cambiar la Constitución, como la tiene en cambio la gente que vota al PP en Madrid. Es más, diría que los políticos del Partido Popular catalanes creen que se puede reformar el Estatut de Sau, a diferencia de sus colegas madrileños.

Crisis del Estado de las autonomías y fórmula federalista

La mentalidad tradicional del castellano viejo que caracteriza ahora el estilo político del Estado español no tiene suficientes elementos de contrapeso por parte del imaginario mediterráneo o europeo, con una tendencia demo­crática más abierta, que siempre había representado la política catalana. Cataluña es una sociedad más equilibrada que la media española en general, sin las disonancias propias de la administración del poder, y posiblemente esa voluntad de reducir las estridencias al máximo ha sido una característica que hemos sabido exportar, y, desde siempre, ha producido una cierta envidia en otras partes del Estado. Pero hoy día Cataluña no ejerce esa labor cultural hacia España, no insiste en que la vida política y social tiene que ser ­algo más dinámico de lo que se plantea a veces desde Madrid, y esto trae como consecuencia la involución actual del modelo autonómico.

Puedo entender que Jordi Pujol no sea federalista, pero creo que ha sido un error político de grandes dimensiones que no admita que, posiblemente, la solución de fondo de los problemas del Estado español y también de Cataluña pasaría por aceptar como mal menor la fórmula federalista. Ahora mismo vemos ejemplos muy claros de la crisis del Estado de las autonomías, en el que la derecha española nunca ha creído, con ocasión de la catástrofe ecológica sucedida en Galicia4, o con las recientes declaraciones de Jiménez de Parga5. Aunque no sea la solución ideal, adoptar una fórmula mucho más definida, desde el punto de vista del derecho internacional, como el federalismo, hubiera sido una buena jugada política para Cataluña. Pero Pujol, para no facilitar las cosas a los socialistas, ha hecho un reniego absoluto, esencial, del federalismo. En esto ha sido poco hábil, no se ha dado cuenta que era muy difícil consolidar una fórmula tan etérea como la del Estado de las autonomías y que, al menos, la federalista sería mucho más concreta y con menos posibilidades de vuelta atrás.

Pujol cree que la información debe estar al servicio de la patria

La filosofía gubernamental catalana sobre cómo tienen que ser los medios de comunicación públicos es la misma ahora que la del año 1980, pero el mundo mientras tanto ha cambiado de forma estrepitosa. La comunicación hoy es completamente distinta a la de entonces, y, sin embargo, seguimos ­prisioneros de los clichés que tenía Pujol respecto a la comunicación cuando obtuvo el poder, que no proceden de una serena reflexión política sino de ­experiencias estrictamente personales.

Jordi Pujol tuvo un choque con los periodistas democráticos en los inicios de su carrera que le hizo marcar unas distancias y un recelo. Desde entonces siempre se queja de que no ha contado nunca con periodistas favo­rables en la prensa barcelonesa. Sospecho que debe haber tenido la impresión de que ningún director de diario le apoya, excepto los que él mismo ha designado, pero esta situación es una respuesta a su concepto de la información periodística. Él cree que la información tiene que estar al servicio de la patria, en el sentido grandilocuente de la palabra, cuando esto es una gran mentira. La prensa no tiene que estar al servicio de la ­patria, sino de los ciudadanos, en la medida en que ellos y susu ideas son realmente la patria. Nosotros enfocamos nuestro trabajo en este sentido, mientras que Pujol cree que los intereses de la nación son los que marca su partido. No ha entendido nunca que una crítica a la gestión de la Generalitat no es una crítica a Cataluña; para él cualquier crítica a su tarea deteriora la imagen de Cataluña. Ha sido un hombre que ha dividido Cataluña un poco entre nosotros y los otros, donde los otros no son los anticatalanes, son todos los que no comparten el mismo modelo de Cataluña que tiene Pujol. Este tema siempre lo ha llevado mal y es lógico que exista mala sintonía.

La prensa catalana debería distanciarse más del poder político

Con esta concepción no son de extrañar sus fuertes enfrentamientos con  la prensa, porque habrá muchos periodistas  en Cataluña que no son correctos, pero muchos otros que sí lo son, que se sienten catalanes pero no pueden aceptar el nivel de subordinación directa que desea Pujol. Precisamente, por su experiencia personal en el tema, porque fue empresario de El Correo Ca­talán y ha promovido magníficamente TV3, debería haber hecho algunas reflexiones y cambios de actitud de cara a impulsar que la prensa pudiera actuar con más independencia respecto al poder político en Cataluña. Sin embargo, el President no ha ayudado a crear una mentalidad más abierta en los medios de comunicación, y ahora posiblemente su proyecto de Cataluña ­tiene dificultades de divulgación, porque el periodismo catalán, al final, ha desarrollado muy poco sus capacidades de independencia, de desmarque del terreno político, de reflexión crítica en profundidad.

El énfasis en la información sobre la violencia en Euskadi es también una forma de practicar la violencia misma, de eternizar el conflicto

Además de ser un periodista, soy una persona que está en contra de la violencia en Euskadi, pero sé que tengo la obligación de no formar parte del aparato propagandista del Estado en contra de la violencia. Mi obligación es informar sobre ella, sus causas, sus efectos, las claves del conflicto, la historia, aunque no debo estar, ni estoy, trabajando a favor de las tesis oficiales del gobierno de Cataluña o de España en ningún tema.

Aclarado esto, me parece que hay algo de razón en las quejas por el uso, a veces partidista y otras en provecho económico, que hace la prensa de estos ­temas. El énfasis en la información sobre la violencia en Euskadi es también una forma de practicar la violencia misma, de eternizar el conflicto. De ­todos modos, me parece que aquí, en Cataluña, influye en la elección de las noticias el carácter latino, somos mediterráneos y nos gusta el sol, el fuego, la luz y también armar ruido, aunque es verdad que los medios de comunicación a veces se pasan con el efectismo del ruido informativo, como también ocurre con la clase política.

Ataques de la prensa oficial contra el Lehendakari Ibarretxe

Creo que Juan José Ibarretxe es mucho mejor persona de lo que reflejan los medios de comunicación estatales, y mucho mejor de lo que dicen sus adversarios políticos, lo que pasa es que tiene que afrontar unos problemas sofisticadí­simos. Es cierto que el PNV ha tenido algunas cobardías que después, sea justo o no, han caído encima de los hombros de Ibarretxe como ­figura que encarna lo que es, lo que significa y lo que desea el nacionalismo vasco. La postura impulsada por el PP de demonización del nacionalismo y del pueblo vasco es una de las mayores irresponsabilidades que hemos ­tenido que sufrir en este Estado. Todos hemos cometido pecados, todo el mundo tiene aspectos vergonzantes e infames, y el nacionalismo vasco ha hecho ­cosas que no son correctas, pero la forma como ha planteado el aznarismo la posibilidad de hacer frente a la independencia de Euskadi es, en mi opinión, una de las tonterías más espectaculares que se han producido en Europa en estos últimos veinticinco años; para el aznarismo parece que hay cosas sobre las que ni siquiera existe el derecho a nombrarlas, como si de esa forma se pudiera evitar el debate o la reflexión acerca de ciertos temas.

Durante el 23-F me encontraba en Londres

La tarde del golpe de Estado de 1981 me pilló por sorpresa, alejado de toda posibilidad de ejercer mi labor periodística y de intervenir en el asunto, pues ese día me hallaba fuera de España, en Londres, y no pude volver por problemas de conexión aérea hasta la mañana siguiente. Éste es un dato bien conocido de mi biografía profesional. Lo que no ha trascendido hasta ahora, y sabe muy poca gente, es la razón por la que viajé a Londres ese día. La víspera del golpe de Estado, por razones que no vienen al caso, tuve una pelea descomunal con mi mujer, nunca me había enfadado así con ella y jamás hemos vuelto a discutir de esa manera, pero el hecho es que, a causa del disgusto que tenía, decidí poner tierra de por medio e irme a Londres. Aquella fatídica tarde llegué al hotel a las ocho u ocho y media, pedí la llave de la habitación, porque pensaba cambiarme de chaqueta para salir a cenar, y pregunté si tenía ­alguna llamada. Me dijeron que tenía veinticuatro, me había llamado mi padre, mis hermanos, del periódico un montón de veces, etc. Entonces, desconociendo la situación del país, pensé que había pasado algo grave a nivel familiar, que uno de mis hijos había sufrido un accidente o algo peor, y tuve que tomar la complicada decisión de elegir a quién llamaba antes para que me diera una mala noticia. Cuando descubrí de qué se trataba, aunque Antonio Asensio me ordenó tajantemente que no volviera al país de ninguna manera, regresé con el avión de las siete de la mañana, porque estaba muy asustado por el ­hecho de no estar cerca de mi familia y de mis compañeros del periódico, que debían estar pasando una situación muy dura. A eso de las tres de la madrugada, por la información que recibía, ya tuve la sensación de que el golpe fracasaría, y en la parada técnica que hizo el avión en Madrid pude constatar que la situación, afortunadamente, estaba controlada.

1          Antonio Asensio (1947-2001), empresario editorial. Fundador y presidente del Grupo Zeta desde 1976, en veinticinco años levantó todo un imperio de empresas de comunicación. Toda su vida promovió un concepto de prensa popular e independiente, que aunara rigor ­informativo y fácil lectura. Su aventura en el sector televisivo estuvo condicionada por una serie de ingerencias políticas que forzaron, de manera legítima pero poco ética, su retirada.
2          Se hace referencia aquí a un deporte tradicional catalán, la realización de torres humanas conocidas con el nombre de castells por parte de colles que rivalizan entre sí, que goza de gran seguimiento por parte de la sociedad civil, mucho mayor en Cataluña que el fervor que despierta en otras partes las ferias taurinas.
3          Desde las primeras elecciones municipales de la democracia, el partido político que gobierna en el Ayuntamiento de Barcelona es el PSC.
4          El 19 de noviembre de 2002 el petrolero Prestige se hunde frente a las costas de Galicia provocando un desastre ecológico de dimensiones inusitadas. La actuación antes, durante y después de la crisis del gobierno central y de la Xunta de Galicia, del mismo perfil político, ha sido blanco de numerosas críticas.
5          El 22 de enero de 2003 Manuel Jiménez de Parga, presidente del Tribunal Constitu­cional, realiza unas polémicas declaraciones en las que pone en tela de juicio la distinción constitucional entre comunidades autónomas históricas y comunidades de nuevo cuño.