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Josep Cuní Periodista
JOSEP CUNÍ. Periodista
Josep Cuní Periodista

JOSEP CUNÍ. Periodista

Obra:

Texto del 23/10/2002
Fotografía: Àngel Font

Periodista en el amplio sentido de la palabra, Josep Cuní ha creado escuela.

Tras situar a Catalunya Ràdio como el medio de comunicación público más seguido y querido por los catalanes, ha mantenido una trayectoria profesional caracterizada por el atrevimiento en el fondo y el rigor en las formas, abordando las polémicas sin demagogias, tomando el pulso a la sociedad actual desde la eficacia y la diafanidad.

Un factor determinante en la acción política es la compatibilidad de caracteres

La experiencia periodística me ha dado la oportunidad de contrastar permanentemente diferentes puntos de vista y esa ventaja me ha llevado a la conclusión de que también en política, como en el resto de sectores sociales, a menudo las causas están más relacionadas con la personalidad de los individuos que las protagonizan, con sus afinidades o diferencias respecto a otros, que con grandes dogmas adquiridos. Por eso los políticos suelen buscar alguna razón que parezca alejada de la real para justificar sus actos o palabras. Un ejemplo de su uso estratégico. Cuando Tarradellas pronuncia ciutadans no lo hace inocentemente. Así evitaba otras expresiones que hubieran sido igualmente oportunas, como por ejemplo compatriotas, pero que le hubiera dado al discurso una connotación diferente. En definitiva, lo tenía todo muy bien medido y estudiado para no herir susceptibilidades partidistas que ya estaban a flor de piel. Y es que en este país, durante mucho tiempo, han querido hacernos creer que algunas desavenencias eran inherentes a la acción política cuando, en realidad, tenían y tienen más que ver con la compatibilidad de caracteres entre quienes se relacionan y negocian, entre quienes deberían entenderse y no lo consiguen por falta de química, que con las responsabilidades y los cargos asumidos.

El poco tiempo que traté a Tarradellas fue suficiente para darme cuenta de que estaba ante un político con una gran personalidad. Con Pujol, el trato ha sido mucho más cercano y es innegable que también es un político con una personalidad muy acusada. Quizás por eso no se entendían. Como se diría popularmente es difícil que dos gallos en el mismo gallinero se lleven bien.

Los jóvenes apenas conocen a Tarradellas

Con motivo de los veinticinco años del retorno de Tarradellas, desplacé una unidad móvil a la plaza Sant Jaume para que jóvenes de entre veinticinco y treinta años dijeran algo del homenajeado. No le conocían. Les sonaba el ja sóc aquí, pero allí se habían quedado. Sin embargo, una cosa es el legado histórico y otra la memoria, una cosa son los hechos vividos y otra los acontecimientos que traspasan tu propia época para ser procesados como históricos. No siempre ambos coinciden, y puede que los recientes que ya forman parte de la materia educativa no interesen a todos los alumnos por igual. Es más. Con frecuencia, los acontecimientos históricos más lejanos resultan más atractivos. Su épica les convierte en elemento novelístico. Por eso es bueno relativizar las cosas. Claro que in situ me pareció terrible que esos jóvenes apenas supieran quién fue Tarradellas, pero si nos ponemos en su piel, si nos trasladamos a cuando nosotros teníamos su misma edad, quizás tampoco hubiéramos sabido contestar adecuadamente. A mí, por ejemplo, las historias de la República, la pérdida de Cuba o los últimos de Filipinas me parecían batallitas del abuelo, en cambio la Edad Media era una gran novela.

Libertad de preguntar y derecho a no responder

Pujol, como gran líder político que es, sabe en todo momento lo que quiere decir. Y eso, independientemente de que sepa qué le van a preguntar. Pero nunca olvida el posible debate que se puede abrir a raíz de sus palabras y si puede, lo provoca exponiendo los temas que desea sacar a la luz, lo cual es perfectamente legítimo.

Una de las primeras cosas que enseñan en estos seminarios que se organizan para todo empresario o político que se precie, sometido al control de los medios de comunicación, es que el entrevistador o periodista puede hacer las preguntas que quiera, pero ellos siempre conservan la libertad de contestar lo que deseen. E incluso, no responder. Como profesional, siempre que me he adentrado en preguntas de índole más personal, he advertido al entrevistado que no tenía obligación de contestarme. No hacerlo no menoscaba el papel de entrevistado. Todo el mundo tiene derecho a mantener su privacidad. ¡Faltaría más!

Jordi Pujol es muy hábil a la hora de ser entrevistado, comunica por lo que dice y por lo que no dice

La relación mantenida con Jordi Pujol, siempre como entrevistado y entrevistador, ha sido muy fluida. Y es fácil entenderlo. El President es lo suficientemente hábil para evitar las preguntas incómodas y hacer creer que las contesta realmente. En alguna ocasión, tras la charla pública, se me ha lamentado de no ser buen comunicador, que después, en la prensa no veía reflejadas las cosas que en concreto él quería decir, pero es que son tantas, que a menudo cae en una especie de caos sintáctico empezando una frase que no acaba porque una idea le lleva a una anécdota, y ésta a otra reflexión hasta perder el hilo. Sin embargo, su capacidad para volver al núcleo de la pregunta cuando tiene intención de contestarla, es indudable. Por el contrario, cuando no le interesa dar una respuesta, ese mismo desorden dialéctico se convierte en razón para acabar centrándose en cualquier menudencia que le sirve para distraer la atención incluso del entrevistador. Tienes que estar pues, muy atento para darte cuenta del despiste al que te puede someter.

Mentiría si no dijera que en alguna ocasión me ha preguntado sobre el carácter de las preguntas que pensaba formularle. Le he contestado sobre las lógicas a tenor de la actualidad, pero sin demasiados detalles porque una entrevista radiofónica, en directo, es un trabajo periodístico vivo, fluido, donde las respuestas pueden derivar tu interés de entrevistador hacia destinos ignorados antes de la conversación. El periodista no siempre puede pronosticar el tipo de reflexiones que le ofrecerá el entrevistado ni hacia que otras posibles cuestiones de interés para el ciudadano éstas le llevarán. Si a esa lógica tensión le sumamos el factor tiempo, o espacio, uno durante el diálogo duda incluso de si cabrán todas las preguntas que “a priori” quería hacer o incluso si habrá más de las previstas, o si… ¡vete tú a saber!. En honor a la verdad, Pujol siempre me ha respetado este dinamismo. Cuando en alguna ocasión me ha dicho que no quería hablar de determinado tema y le he contestado que igualmente le formularía la pregunta, que era mi obligación profesional y que él tenía la suficiente habilidad suficiente para no contestármela, lo ha aceptado. Y efectivamente, con gran habilidad, ha derivado su respuesta hacia la anécdota.

Cuando se ha dado el caso contrario, es decir, que él quería hablar de un tema en concreto que podía no coincidir con la motivación inicial de la entrevista y me ha pedido que introdujera el “ítem”, tampoco yo he planteado problema alguno. Eso sí, siempre he dejado la cuestión para después de las del máximo interés informativo. Y es que una entrevista no deja de ser una permanente negociación, “tú me das y yo te doy”, “yo te pregunto y tú respondes”, “a mi libertad de cuestionar está tu libertad de no contestar”. Este género periodístico ha evoluciona hacia el puro diálogo entre dos personas que se buscan para satisfacer sus propias necesidades de comunicarse y comunicar a los demás los intereses colectivos que les unen. Y eso significa legítima dualidad de planteamientos en plano de desigualdad, claro. Porque aunque mientras uno habla el otro escucha, es evidente que el entrevistador debe saber ceder el protagonismo al entrevistado.

A veces las cosas se confunden. Y cuando eso pasa, los medios audiovisuales pueden acabar siendo las víctimas. Hay que tener en cuenta que cuando el discurso es académico, suele tener una estructura sintáctica impecable. Caso distinto es que el mensaje que se pretende divulgar le llegue al receptor con idéntica nitidez. No todo el mundo cuando habla transmite lo que está diciendo, porque la comunicación no son sólo las palabras. También el énfasis que se les pone, los silencios. Pujol comunica por lo que dice y por lo que calla. Cuando delante de un auditorio, cierra los ojos y se lleva una mano a la frente para concentrarse mientras se frota, está creando una expectación que le permite explayarse posteriormente. Es la misma complicidad que utiliza cuando, irónicamente, se permite algunos chistes malos que a otro no se los reirían, pero que dichos por él siempre provocan cuando menos la sonrisa de la complicidad, porque sin saber explicarlos tiene el don de haber creado un ambiente previo que facilita la comunicación por haber conseguido centrar la atención hacia él, actor principal, y mantener la tensión del discurso cual actor experimentado. Un maestro.

Las primeras elecciones democráticas en España se hicieron sin que existiera libertad informativa

Nunca es baladí recordar que hasta finales de los años 70 cualquier tipo de información política estaba prohibida en la radio. Las noticias que una emisora podía emitir se reducían a lo puramente local, como farmacias de guardia, cartelera de espectáculos y hechos concretos de la vida social ciudadana. El resto, lo importante, sólo podía contarlo el diario hablado de Radio Nacional de España, el parte. Y eso fue hasta mediados del año 77, justo después de las primeras elecciones democráticas puesto que estas se hicieron sin preceptiva libertad informativa. Hoy nos puede parecer sorprendente, porque es obvio que sin libertad de información no puede contemplarse la libertad de expresión. Claro que tímidamente comenzaban a oírse otras voces distintas a las oficiales en atrevidos programas de entrevistas y debates que asumían cierto riesgo. Había cierta tolerancia porque nadie quería parecer retrógrado. Pero con la legislación en la mano, en aquel año la radio no contaba con la oportunidad de hacer programas electorales tal y como los conocemos hoy día. En ese mismo contexto, cabe recordar que ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) no consiguió presentarse libremente como fuerza política propia y tuvo que ir a las elecciones de forma encubierta con las siglas del Partit del Treball1, dato que en Catalunya no se puede perderse de vista si se quiere hacer una valoración rigurosa de aquella etapa política.

Desde la redacción no podíamos dar la información que teníamos

El proceso interno de la redacción ya desde antes, mediados de los 70, consistía en ir tensando la cuerda sin que se rompiera. Realizar programas ­informativos sin que lo parecieran. Ni los especiales que ahora afortunadamente ilustran habitualmente las programaciones. Un ejemplo. La retransmisión del 11 de septiembre de 19762 desde Sant Boi, Radio Barcelona no la pudo ofrecer íntegramente por carecer de los permisos pertinentes. Sin embargo, estuvo presente en la antena gracias a la argucia de cortar la comunicación de vez en cuando para dar paso a alguna información desde el estudio en el que me encontraba. Era un pulso que manteníamos con el Gobierno Civil, que hacía la vista gorda. Muy diferente fue la Diada de 1977, en la que pude participar profesionalmente en un programa especial que congregó tanta expectación como la misma convocatoria. Recuerdo que estuve medio colgado en un balcón de la confluencia Paseo de Gràcia-Diagonal narrando la permanente afluencia de ciudadanos que llegaban por todas partes y engrosaban la cola de la gran manifestación. Hasta llegar a esta normalidad informativa, la frustración de no poder decir todo lo que sabíamos que pasaba era enorme.

Es importante visualizar el paisaje humano que se configuró alrededor del retorno de Tarradellas

Los compañeros que han tenido la oportunidad de escribir las cosas que vivieron han optado, generalmente, por hacer un análisis de su experiencia con relación a esos hechos que, sin duda, tienen un gran valor histórico. Sin embargo, y esto no es una crítica, echo en falta una descripción más amplia del horizonte, que vaya más allá de lo que representa Tarra­dellas el día de su llegada. ¿Cuál es el paisaje humano de Barcelona cuando regresa? Yo lo vi claramente entre el atril desde donde habló en público por primera vez situado bajo la fuente de Montjuïc y la coral de Sant Jordi, dirigida por Oriol Martorell, junto a otros centenares de voces. Colgado de la barandilla pude visualizar cómo afluían a última hora los ciudadanos que acabaron llenando la avenida de María Cristina. Y la fresca imagen que guardo en la retina me recuerda que entre la multitud no se veían pancartas oficiales de bienvenida de todos los partidos políticos, lo cual no quiere decir que su militancia no estuviera, pero a título individual.

Era el caso del PSC (Partit dels Socialistes de Catalunya) partido que ya se veía ganador de las elecciones catalanas, cuando se convocaran y que en aquel momento temía que una candidatura encabezada por Tarradellas frustrara sus anhelos. La paradoja vino tiempo después, cuando esta misma formación política capitalizó la figura del ex presidente con su propio beneplácito durante los últimos años de su vida. Una tolerancia probablemente alentada por su enemistad endémica con Pujol que en el caso de Antònia Macià, su viuda, derivó en auténtica animadversión.

Era un momento de intensa actividad y gran incertidumbre políticas

Efectivamente, era un momento de grandes inquietudes y esperanzas pero también de profundas incertidumbres. Estamos hablando de una situación de riesgo porque todos sabíamos que existían sectores, poderes fácticos que no veían claro nada de lo que estaba pasando. Y no sólo en la ultraderecha que todavía faltaban cuatro años para el golpe de Estado. Es lógico pues, que quien más, quien menos haya intentado recordar las cosas según le convenga. E incluso lo siga haciendo hoy. Cuestión de supervivencia.

Catalunya Ràdio supuso la puesta en marcha de la primera radio pública catalana

En los primeros momentos de la transición, a pesar de la restricción informativa, la radio jugó un gran papel. Fueron años gloriosos especialmente para Radio Barcelona, donde se empezaba a hablar de política en muchos debates y se entrevistaba, con otras excusas, a líderes históricos o en ciernes. Uno de los impulsores de ese clima fue Joan Castelló Rovira. Más tarde Enric Sopena lo amplió a través de la hoy desaparecida Radio España-Cadena Catalana. Ocurría algo parecido en algunos programas magazines de Radio Peninsular que era la emisora comercial, hoy también desaparecida, de Radio Nacional de España. Y aunque en menor medida por sus características programáticas, en Radio Miramar. Era algo que se daba en todos los niveles.

Más adelante, en 1983 y normalizado el país, la puesta en marcha de Catalunya Ràdio supone también la normalización del dial. Es la nueva radio pública que con el cambio de programación e intenciones, a partir de enero de 1985 inicia un proceso de renovación global de la radio catalana y, por ende, española. Ya se había constituido el segundo gobierno de la Generalitat elegido democráticamente. Justo al inicio de la segunda legislatura es cuando me incorporo profesionalmente a la que al poco tiempo daremos en llamar “la ràdio nacional de Catalunya”, no sin problemas planteados por Radio Nacional de España que no quería aceptar que lo nuestro era sólo un eslogan. Después de cuatro meses de reestructuración de la emi­sora, en enero de 1985 iniciamos el nuevo programa de las mañanas con la clara conciencia de estar haciendo país y de trabajar en un servicio público pensando siempre en la totalidad de los ciudadanos. Y eso independientemente del color político del gobierno al que le corresponde la administración del medio. Porque al margen de la titularidad, para mí los medios siempre son un servicio público. Por supuesto que aquellos que dependen directamente de la administración tienen unas obligaciones superiores a los que han sido concedidos a la explotación privada, pero en cualquier caso, siempre, unos y otros responden a un objetivo que es el que la ley les atribuye. Con esa idea clara acometo el encargo de remodelar Catalunya Ràdio, emisora de corta existencia entonces y línea programática inicial diferente en tanto que alternativa a la que ponemos en marcha y reconducimos Ràdio Associació de Catalunya –recuperación de la histórica por parte de su Societat Coope­rativa y administrada por la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió–, en la posteriormente exitosa RAC105, emisora musical.

Hay momentos en la vida que hay que tener cierta dosis de inconsciencia para realizar determinadas cosas

En esa época se consiguen dos objetivos y por este orden: Primero, que Catalunya Ràdio se convierta en líder global de audiencia, y segundo, que el programa matinal que dirijo también lo sea individualmente a su vez. Nunca tuve ninguna duda que lo primero era conseguir que la emisora en su conjunto fuera número uno de audiencia. Esa es la base sobre la que luego se pueden ir construyendo las cosas. Sin unos cimientos sólidos difícilmente aguantará la construcción que sitúes sobre ellos. Y lo conseguimos. Era la primera vez en la historia de la radio moderna que una emisora, estrictamente y catalana y que solo hablaba en catalán, adquiría el liderazgo, en el que hoy afortunadamente se mantiene. Esto no tiene precedentes y comienza en 1989. El programa matinal, al que dedico un considerable esfuerzo después, una vez ya he abandonado el cargo directivo que ostentaba, se sitúa en el número uno del ranking en 1991. Pero ser consciente de estar haciendo tu trabajo tan bien como sabes no significa que presientas la trascendencia posterior. Y es bueno que así sea, de lo contrario el número de condicionantes sería tan alto que frenaría buena parte de unas iniciativas que impulsas más por atrevimiento que por racionalidad. Sin riesgo no se avanza.

En Catalunya no ha existido una estrategia definida respecto a los medios de comunicación

Éste es un problema endémico en los gobiernos de Pujol y parece consubstancial en él. Se quedó con la revista Destino, y al tiempo despareció. Sucedió lo mismo con El Correo Catalán. Y estamos hablando de antes de que ser President. Como es lógico, en los medios de comunicación estas imágenes han estado muy presentes y se han recordado cada vez que se ha debatido un aspecto tan importante en las sociedades actuales. Y es que, si alguna vez ha habido una estrategia real de los distintos ejecutivos de la Generalitat respecto a los medios de comunicación, ésta ha sido excesivamente tímida, tanto que casi prefiero pensar que en realidad no ha existido. Y si la ha habido como podría desprenderse de la concesión de licencias radiofónicas o apoyos a algún periódico o a algunas iniciativas televisivas privadas, es evidente que el planteamiento ha distado mucho de ser profesional. A veces uno no puede evitar deducir que lo único que se ha perseguido con vehemencia ha sido potenciar los medios propios de la Generalitat. Y esto sí que lo han hecho bien. Quizás por ello los medios privados dejan tanto que desear.

¿Alguien se imagina hoy, a comienzos del siglo xxi, un país que se tiene por una nación sin estado, sin haber resuelto una cuestión tan básica y elemental para encarar su futuro, como los medios de comunicación social? ¿Dónde están las empresas privadas, sólidas y propias, en este momento de globalización, de asociaciones o de opas hostiles, que deberían permitir que nos enfrentáramos con una mínima y solvente tranquilidad en lengua catalana a un futuro más incierto que nunca?. Visto con ojos profesionales, este es un hecho grave. Un balance negativo tras veinticuatro años de ejercicio de gobierno porque la importancia de los medios de comunicación no es nueva. A la sociedad le conviene un país plural, en el que todo el mundo pueda expresarse con toda libertad, sin límites, y esto sólo se consigue en un país que disponga de varios medios de comunicación donde esa libertad pueda ejercerse con tranquilidad. Sólo así se refuerza la democracia. Sólo así se afianza una nación.

Hemos de estar abiertos a otras alternativas

Ayer mismo se me acercó una señora y me dijo que me había escuchado durante muchos años, que guardaba un grato recuerdo del tiempo que compartió radiofónicamente conmigo pero que había dejado de hacerlo cuando me fui de Catalunya Ràdio. Le pregunte la razón. La respuesta no pudo ser más desalentadora. A ella no le hacían cambiar de emisora. La cordialidad no me impidió rebatirle que ella se lo perdía. Y sinceramente lo creo. Pero no por mí. Lo dije y lo pienso por cualquier profesional que en un momento dado se lanza a la piscina de ayudar a crear nuevos proyectos, batiéndose el cobre, y enfrentándose a un conservadurismo social a veces asfixiante porque se han mezclado las cosas y nadie parece querer clarificarlas. Si entre todos consentimos que una parte importante de este país crea que teniendo Catalunya Ràdio ya no hace falta más, ¿dónde queda su fortalecimiento social, cultural y democrático? Malo cuando los hábitos se convierten en práctica religiosa. Por esta misma razón, los creyentes con una sola interpretación del Evan­gelio ya tendrían bastante. Luego, les sobrarían templos y sacerdotes.

Me interesa una televisión próxima al ciudadano

Lo interesante de la televisión como medio de comunicación de masas que lo abarca todo es que, si te lo propones, te permite teorizar a partir de conocimientos adquiridos en la práctica. No niego que uno pueda tener su dosis de vanidad tan acentuada como otros, incluso seguramente más. Y esto viene dado por la dedicación a tareas públicas que tienen su reconocimiento público, claro. Y a nadie le amarga un dulce. Sin embargo y en mi caso, cuando hago televisión no estoy pendiente de eso ni voy pensando en la ­posibilidad de que me vayan a reconocer en la calle, sino en la posible trascendencia positiva, social que pueda llegar a tener el trabajo en el que estoy inmerso y quien se puede beneficiar de él. Por eso, y hasta hoy, nunca he hecho un programa de televisión en el que no creyera y del que pensara que no pudiera aportar algo. Claro que he tenido la suerte de dirigir los programas que yo mismo había planteado y si en esas circunstancias no te das por satisfecho entonces es que falla algo mucho más profundo. En este momento, pues, lo que me importa es contribuir a hacer una televisión que facilite su acceso al ciudadano, que sienta el medio como algo próximo también para ser usado por él, como un vehículo desde el que poder expresarse libremente.

Hay que distinguir entre consumo televisivo y cultura televisiva

Creo que es importante establecer una distinción entre consumo televisivo y cultura televisiva. En este país tenemos mucha cultura de consumo televisivo porque nos pasamos muchas horas pegados a la pantalla y eso nos permite recordar programas, caras, nombres e incluso la pequeña historia del medio que son sus anécdotas. Pero esto no es cultura televisiva como yo la entiendo, que es la posibilidad de poder hacer uso libre de la televisión sabiendo qué representa estar delante de una cámara, con un micrófono, y a qué obliga: Adaptarse al lenguaje que le es propio al medio respondiendo a sus parámetros. En más de una ocasión les he dicho a los políticos que legítimamente reclaman que se emitan los debates del Parlament, que lo primero que deberían hacer cuando esto sucede, con el fin de conseguir que las retransmisiones tengan una cierta trascendencia, es cambiar su lenguaje y adaptarlo al que exige la cámara. Que poner una cámara delante del atril y retransmitir a un señor hablando no es hacer televisión. Es otra cosa. Estamos hablando de un medio de comunicación de masas con lenguaje propio al que debe adaptarse quien interviene en él. Es un error, además de una absurdidad, esperar lo contrario. Que sea el medio el que se adapte a uno o a las circunstancias que uno vive.

En los medios de comunicación catalanes todavía se piensa en castellano

Catalunya tiene, globalmente, un buen nivel en radio y televisión. También la cantera es buena, pero estamos en un momento de cambio generacional y, en consecuencia, de nuevos intereses. A partir de aquí y dependiendo de ­cómo se quiera ver la situación, la respuesta puede ser “vamos bien” o “podríamos ir mejor”. Si se analiza desde un punto de vista nacional es indudable que podríamos ir mejor, porque existe un nivel de sinergia con los planteamientos tradicional y netamente españoles, en el sentido genérico de la palabra, que altera el concepto diferencial, creativo y enriquecedor que Catalunya siempre ha aportado a España en este campo. Y no lo digo en sentido peyorativo para con las creaciones del resto del estado, sino como una descripción de un paisaje cambiante.

No creo que sea despectivo constatar que actualmente los medios de comunicación de habla catalana, públicos y privados, en su mayoría piensan en castellano. Solo hace falta hacer un seguimiento lingüístico para percatarse que traducen literalmente de esa lengua. Y es que la fuerza de los medios de Madrid es tanta, su presión periodística es tan abrumadora que ya está desdibujando el punto de vista catalán de las cosas, de las noticias, de los hechos. Un punto de vista ni mejor ni peor que los otros, pero distinto. Tan distinto y legítimo como los enraizados en otras partes de la piel de toro que también sufren la misma transmutación. A nivel informativo se ve claramente con el caso de Euskadi, por ejemplo.

El problema no es que los medios sean el cuarto poder, el problema es que quieran ejercer de primero

Pertenecer a la sociedad de la información no supone necesariamente estar incluido en la sociedad del conocimiento. Es más, puede producirse la paradoja que la primera acabe generando una creciente desinformación. Esta situación, paralelamente, provoca una acentuación de los mecanismos de propaganda hasta el punto –hoy vigente–, de mezclarla con la información de manera marrullera Y cuando la mezcla se hace inextricable, como ahora sucede, se niega y además se esconden los intereses realmente perseguidos y se anteponen cuestiones personales o de grupo a la veracidad política y social, se acaba conformando una argamasa dispuesta a desear el cuanto peor, mejor. No estoy exponiendo nada novedoso ni propio. Actualmente se está reflexionando sobre este fenómeno a nivel mundial y se está llegando a algunas conclusiones ciertamente interesantes. Medidas drásticas que rotativos tan referenciales como The New York Times han tomado cortando de raíz la base de los escándalos sufridos, han potenciado el debate y alentado a otras empresas a tomar buena nota. Aquí, no obstante, preferimos seguir mirando hacia otro lado y hurgar en la herida ajena antes que aceptar la sangrante responsabilidad propia. Seguramente eso se debe a nuestra falta de tradición y experiencia en materia de libertad informativa y, en consecuencia, en la capacidad del ciudadano de saber exigir a los medios que se apliquen el mismo nivel de responsabilidades que ellos exigen a los demás. Si todo esto lo vinculamos a la relación ciudadano-político, que es una relación que pasa por los medios de comunicación, la situación resultante nos aboca a una dinámica de no-entendimiento.

La evolución del oyente y su progresiva concienciación de participación activa en los programas abiertos, especialmente cuando se trata de política, nos ha hecho percibir que ahora ya no está interesado sólo en el qué –se lo diga quien se lo diga–, sino también en el por qué. Esto comporta la exigencia de conocer de manera detallada la más que presumible implicación del mensajero en el proceso informativo. Matarle ya no es suficiente. La imagen que se desprende de su descarado e implícito pacto con la fuente política de la noticia, o su beneficiario directo, abren sospechas que deben ser aclaradas ante la confusión posible. Ante este panorama, ¡cómo no vamos a reflexionar! En profundidad y lo antes posible. Ya no es cuestión de voluntad, es una perentoria exigencia desde dentro y desde fuera de los medios. También se hace urgente reclamar un distanciamiento de las fuentes políticas y lo que representan de permanente intento de influencia. Y es que en esta frecuente mezcla de conceptos a veces ya no se sabe quién es quién. Es cierto que todo político pretende que los medios reproduzcan sólo aquello que le gustaría ver u oír, lo que le hace protagonista en positivo, en definitiva. Pero no puede negarse que a veces hay medios que sobrepasándose, van mucho más allá de lo que éstos afirman. Madrid ha sido escuela aventajada de esta tendencia, que en Catalunya ya ha empezado a hacer mella. Extraña simbiosis ésta. Como sentenció alguien al final de la etapa socialista y a partir de la pinza entre IU (Izquierda Unida), el PP (Partido Popular) y algunos medios de comunicación: El problema no es que los medios sean el cuarto poder, el problema es que se crean el primero y pretendan ejercerlo. Y esto está ocurriendo. Hay demasiados colegas buscando permanentemente su Watergate3. Y que conste que defiendo la legítima obsesión del periodista para intentar influir. Pero sin abandonar su responsabilidad de defenderse de la permanente intromisión del político y sin confundir la fuente de la noticia con el favor personal o el rol de mensajero de intereses particulares.

No obstante, es justo reconocer que el marco legal vigente hace bastante inevitable semejante cruce de intereses. Los medios audiovisuales son concesiones de licencias públicas que van a parar a manos privadas para su explotación. Ahí exceptuamos los medios de titularidad pública, claro. Luego, mientras esto sea así y en la medida que un poder municipal, autonómico o central, siga teniendo la potestad de conceder de manera aleatoria una licencia de radio o televisión, estamos abonando el terreno para la presión o la interferencia de turno cuando no el pacto de sangre. Y es que, al fin y al cabo, del mismo modo que te han otorgado la licencia, te la pueden quitar o no renovarla al cabo de diez años.

En los años Pujol ha habido un exceso de prudencia

Hablar de los años Pujol es referirse a un periodo de veintitrés años, en el cual ha habido de todo, como en botica. Depende el enfoque uno puede ver más luces que sombras o viceversa. Eso es, valorar más lo que se ha hecho, que lo que se ha dejado de hacer. Es evidente que se han conseguido muchas cosas, pero también es cierto que muchas podrían haberse hecho mejor. Y sobre todo, la pedagogía democrática, la transparencia y eficacia en la acción de gobierno. A veces tengo la impresión que, como ya ocurrió con los gobiernos socialistas a nivel español, ésta habrá sido su gran asignatura pendiente. Fijémonos en la obra pública, por ejemplo. ¿Es de recibo que se conviertan en trabajos interminables a causa de la permanente licitación y ejecución por cuestiones burocráticas o de bajo presupuesto?. Y eso cuando no sucede por darse cuenta, tarde y mal, del correspondiente error de cálculo. En este sentido hay algunos ejemplos paradigmáticos. No soy quién para dar respuestas y no vale la increpación al respecto. El trabajo del periodista es también lanzar preguntas al aire e incitar a la reflexión y al debate. Y no se olvide que la base de todo comunicador es saber formular en voz alta y desde su privilegiada atalaya las preguntas que se formula el ciudadano al que todos hablan pero pocos escuchan.

Otra evaluación de los años Pujol es la que puede hacerse a partir del su exceso de prudencia. Y sin aplicarle aquella vieja sentencia: que la prudencia no nos haga traidores, sí que puede considerarse excesiva la cautela aplicada en algunos momentos y ante claras provocaciones externas. Esta conducta, genuinamente catalana, facilita la comprensión de la relación Pujol-Catalunya. Buscando en nuestro refranero encontraríamos un montón de expresiones de fácil aplicación que nos ayudarían a ello. Nada nuevo pues. Y entroncando con la tradición, cerramos el círculo… Es la idiosincrasia catalana. Lo que se ha dado en denominar como “el hecho diferencial”.

1          La legalización del PCE en abril, y la del PSUC en mayo, cerró temporalmente la legalización de partidos políticos, quedando fuera los republicanos y los de “extrema izquierda”: PTE, ORT, MCE, entre otros. En cuanto a ERC, no fue legalizada hasta después de las elecciones, a las que se presentó junto con el Partit del Treball mediante la fórmula de “agrupación de electores”, con el nombre de Esquerra de Catalunya, obteniendo un diputado, Heribert Barrera, entonces secretario general de ERC. Todos fueron legalizados tras el 15 de junio.
2          El 11 de septiembre, diada nacional de Catalunya, conmemora la pérdida de las instituciones autóctonas de gobierno en 1714, cuyo máximo defensor fue Rafael de Casanova, enterrado en Sant Boi de Llobregat. Durante el franquismo esta celebración nacionalista estaba totalmente prohibida. En 1976, tras arduas y muy tensas negociaciones con el Gobierno Civil, se autorizó una concentración en Sant Boi para esa fecha, siendo la primera que se pudo celebrar legalmente en el país.
3          Escándalo político descubierto en 1977 por los periodistas del Washington Post, Bernstein y Woodward, que tuvo como consecuencias la dimisión de Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos.