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Juan Carlos I Rey de España
Juan Carlos I
Fotografía : M. Povedano

Juan Carlos I Rey de España

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La transición tuvo en la figura de Su Majestad a un protagonista que hoy día nadie cuestiona. Los mismos que observaron con desazón el intento continuista del régimen aprovechando su dinastia, hoy son juancarlistas confesos.

Impuso su autoridad en los momentos más álgidos y dio el equilibrio necesario hasta completar los cambios que su pueblo esperaba.

Para que ciudadanos, políticos, economía y resto de poderes acepten un Jefe de Estado vitalicio, éste deberá mostrarse siempre próximo y sensibilizado con las fuentes que le otorgan la autoridad, es decir, mostrarse humano y solidario con su pueblo. Si, además, lo revestimos de la pompa histórica y legendaria de todo rey –cuando la modernidad sólo nos ha traído Jefes de Estado temporales–, entonces le ponemos todavía más alto el listón: dotes conciliadoras, equidad, diálogo… Nuestro Rey tiene los valores necesarios y la confianza surgida de sus desvelos en la transición y su velar por la democracia, que él mismo hizo posible.

Las reservas del principio

Durante los años que vivimos para superar la guerra de nuestros mayores y para situarnos en una economía de país desarrollado, fueron apareciendo, como flashes, imágenes de un príncipe, descendiente del último Rey y del que se decía que iba a ser el sucesor de Franco con título real.

Vimos su boda en Grecia y España, se sucedieron las instantáneas de los ­hijos que le iban naciendo y, de vez en cuando, se le vio cerca de “Su Exce­lencia, el Jefe del Estado”.

Un día se nos preguntó, sumergidamente, si queríamos que reinara después de Franco. Me refiero al referéndum del 14 de diciembre de 1966, al que la mayoría de españoles respondió afirmativamente. Fue el plebiscito de la Ley Orgánica del Estado1. La prensa de aquel tiempo dijo clamorosamente que los españoles habíamos dicho “sí” a la continuidad del régimen.

Realmente, el 85,5% de los españoles dijimos “sí” a lo que publicó la fu­tu­ra Ley Orgánica del Estado del 10 de enero siguiente. Como por ­ejemplo: Y en la Ley de sucesión se declara a España, como unidad política, constituida en Reino y se crea el Consejo del Reino… La designación ha de caer en persona de nacionalidad española, que profese la religión católica y es incompatible con el ejercicio de la Regencia, de la Presidencia del Senado o de la Presidencia

de las Cortes. Franco consiguió más de un 90% con otro “sí” a la Ley de Sucesión de la Jefatura del Estado1, el 26 de julio de 19472 . No daba nombres, sólo decía que el futuro monarca debía tener más de 30 años (Franco no designó a Juan Carlos como su sucesor a título de Rey hasta ­julio de 19693).

Se insinuaban cosas pero no había nada claro. La respuesta a nuestra intuición hizo que nos preguntáramos “¿por qué no?”. El Príncipe era más joven, mucho más alto y, además, seríamos, como siempre, un país europeo único si éramos capaces de recuperar una monarquía que llevaba tanto tiempo exiliada y que, por supuesto, en cualquier otro país hubiera sido irrecuperable. En todo caso, en la mente de todos flotaba una idea, “que esto se acabe”.

Dudas superadas por ilusiones

El auténtico sueño era que al fin algo iba a cambiar. Se reconocía a Franco como mortal y aparecía alguien que no había hecho fusilar nunca a nadie. Aunque nada estaba claro, ¡viva el Rey!

Me tocó, a dedo, prestar servicio militar en Lleida. Mi destino fue el Gobierno Militar y por, mi estatura, la Policía Militar. El día del referéndum del 14 de diciembre de 1966, un alto mando nos soltó una arenga tipo militar de la época, en la que nos vino a decir que si el padre de la patria nos pedía que dijéramos “sí”, había que decir “sí”, y que debíamos asegurarnos de que todos los soldados votaran, y en el caso de que uno solo se atreviera a decir “no”, era… prefiero no acabar la frase.

La Policía Militar colaboró con la municipal y los grises, para garantizar la paz en las urnas. Lleida votó en orden, en silencio y masivamente; casi nadie tenía claro de qué iba el referéndum, pero el “sí” era lo que contaba. El “sí” del miedo, el “sí” de un sueño lejano, el “sí” por si acaso, y el “sí” porque ¿qué otra cosa se podía hacer? La ignorancia y desinformación eran totales.

Así empezó todo, por lo menos en Lleida. Fui testigo activo de aquel día. Casi podría afirmar que, militares o no, la gente de la calle llevaba escrito en la frente un “sí” seguido de muchos interrogantes.

Otra duda razonable sobre el futuro del país y la monarquía que Franco nos imponía se acentuó cuando, poco tiempo después, vimos que quien iba a ­regir nuestro destino juraba públicamente defender los Principios Fun­damentales del Movimiento. A mal entendedor pocas palabras bastan. Era evidente que todo seguiría igual.

Un Rey para un pueblo soberano

Después empezamos a escuchar aquello de “pueblo soberano” y uno llegó a pensar que podría compartir soberanía con su Rey… dudas, ilusiones y, sobre todo, ganas de cambio por la vía más pacífica posible. Su Majestad se hizo oír, habló en las Cortes, salió en la tele, practicó deportes en público, y fue ganándose la confianza de todos desde el momento en que empezó a regir los destinos del país sin la sombra del pasado.

El 23-F fue un lío monumental que acabó reforzando su autoridad como estadista, aunque pudo haber sido todo lo contrario. El pueblo puede ser ignorante en política, pero es sabio en intuiciones y aquel día supo que tenía­mos un monarca que se la jugaba en aquella transición política hacia la imparable democracia.

Hoy ya nadie cuestiona a nuestro Rey, ni los más confesionalmente republicanos. No es de recibo cómo se nos impuso, pero acabó siendo bien recibido por cómo reaccionó y actuó. Sin la figura del Rey, la transición modélica de España habría sido distinta, peligrosamente diferente. En cambio hoy, muchos países estudian nuestros años de transición con el afán de adecuar ellos lo que aquí hicimos ejemplarmente.

Monárquicos o no, queremos a nuestro Rey

Han pasado los años, una nueva generación está tomando el relevo. Hoy es posible hablar de reforma constitucional, de referéndum de autodeterminación, de nuevos estatutos de autonomía, de cuestionar incluso la Corona. Todo es posible dentro de un marco democrático parlamentario. Ya nada volverá a sernos impuesto.

Las urnas sólo hablan desde la libertad de información y el conocimiento. Hoy la Corona tendría un “sí” sin interrogantes. ¡Quedan tan lejos aquellos años de angustia! El pueblo jamás olvidará a los principales artífices de nuestra transición política: Su Majestad el Rey don Juan Carlos y don Adolfo Suárez.

Franco dio al Rey la llave que lo dejaba todo bien atado4. El Rey la utilizó para abrirnos todas las puertas de par en par. El pueblo es testigo de estos hechos y no los va a olvidar jamás; es por esto por lo que, monárquicos o no, queremos a nuestro Rey. Las generaciones futuras lo sabrán, porque la mayoría de los que vivimos aquellos años se lo recordaremos y haremos que se respete.

1          La Ley Orgánica del Estado (loe) fue diseñada como una especie de constitución, destinada a sustituir las caducas Leyes Fundamentales del Movimiento, eliminando cualquier tipo de connotación fascista. En ella se establece que España es un reino, y se fijan las características del futuro Rey, cuya designación se hará pública cuando se den las condiciones sucesorias oportunas a juicio de Franco.

2          En virtud de esta ley se constituye el Consejo del Reino, institución clave durante el inicio de la transición que no fue operativa hasta el año 1969.

3          El 16 de julio de 1969, por sorpresa, Franco anuncia que pronunciará en breve un discurso trascendental en el seno de las Cortes en el cual designará a su sucesor. La inesperada maniobra política tiene como objetivo superar las reticencias internas a la designación de don Juan Carlos como sucesor y, sobre todo, las de los monárquicos en el exilio y las del propio don Juan Carlos. Tanto el conde de Barcelona, su padre, a quien corresponde legítimamente heredar la corona, como el futuro Monarca, preferirían aparecer ante la opinión pública lo más desvinculados posible del régimen franquista. Pero saben que, si don Juan Carlos se niega a aceptar, España será transformada a corto plazo en una regencia permanente e indefinida, en una continuación dictatorial, en una república o en una monarquía ostentada por una dinastía diferente de la borbónica. Contrariando sus propios deseos, y especialmente los de su padre, el joven Príncipe de España asumió su destino histórico.

4          La frase “todo está atado y bien atado”, en referencia a la continuación del régimen tras la desaparición física de Franco y a pesar de las inevitables reformas políticas aperturistas que convendría hacer, se hizo célebre en los inicios de la transición. Aunque se atribuye a Franco, lo cierto es que fue acuñada por Luis Carrero Blanco, y divulgada con entusiasmo como garantía de perseverancia del régimen por su sucesor Carlos Arias Navarro.