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Julio Anguita
JULIO ANGUITA,Coordinador General de Izquierda Unida de 1989 a 2000
Julio Anguita Alcalde de Córdoba de 1979 a 1986. Diputado en el Parlamento Andaluz de 1982 a 1989. Diputado en el Congreso de 1989 a 2000. Secretario General del PCE de 1988 a 1998. Coordinador General de Izquierda Unida de 1989 a 2000

JULIO ANGUITA,Coordinador General de Izquierda Unida de 1989 a 2000

Obra: ,

Entrevistado el 11/12/2002, por el Sr.Font
Fotografía cedida por J.A.

Alcalde de Córdoba de 1979 a 1986.Diputado en el Parlamento Andaluz de 1982 a 1989.Diputado en el Congreso de 1989 a 2000.Secretario General del PCE de 1988 a 1998.Coordinador General de Izquierda Unida de 1989 a 2000

Del discurso político de Julio Anguita se puede destacar su pasión, su afán divulgativo, la firmeza de sus ideales, su respeto al adversario; una serie de cualidades que denotan una profunda cultura política, algo por desgracia poco frecuente en la actualidad, y que  hace lamentar el temprano alejamiento del primer plano de este andaluz ejemplar.

El contacto con la realidad me hizo ser de izquierdas

A pesar de estar alejado de ella por motivos de salud, supongo que acabaré formando parte me guste o no de la historia política de este país, aunque sólo sea por la sucesión de cargos políticos que he ido asumiendo: alcalde de Córdoba, Secretario General del pce y Coordinador General de Izquierda Unida. Esto puede servir a los demás como resumen de mi vida pública, pero no me siento plenamente satisfecho con esta tarjeta de presentación porque no me identifica, es decir, no son más que meras etiquetas que no explican, sino que más bien enmascaran, la evolución personal que me llevó a participar en la política y mi posición ideológica ante el mundo en que vivimos, cosas que juzgo mucho más concluyentes a la hora de definirme como individuo.

Soy una persona que sufrió, en un momento determinado, un cambio ideoló­gico importante. Procedo de una familia conservadora, orgullosa de pertenecer al bando vencedor de la guerra civil, pero en la actualidad creo de manera intensa en el comunismo, entendido como una corriente de pensamiento liberador, por mucho que en algunos momentos históricos se hayan derivado de ella ciertos dogmatismos. Hay que enfrentarse a esta sociedad actual capitalista o globalizada, como se da en llamar ahora; es posible y necesaria una transformación; la única manera en que los seres humanos podrán realizarse por completo será construyendo un mundo en el que no tengan que pelear entre sí todos los días para comer o para subsistir. Todo esto es lo que constituye hoy el leitmotiv de mi vida, y no confío que a los sesenta y un años vuelva a cambiar de mentalidad.

La razón de esta evolución tan brusca es la observación de la realidad junto con una tendencia personal a la rebeldía ante la injusticia. Mi etapa de maestro de escuela en el pueblo de Montilla me hace ver la realidad de cómo vive la gente, el doble discurso de la sociedad, la moral hipócrita, y esa experiencia me conduce a un desengaño del nacionalcatolicismo en el que me crié, a una etapa de cierta simpatía y adhesión al cras del profesor García Rúa1, y finalmente a la militancia en el pce. El motivo de mi entrada en política es la lucha contra esa realidad y esa hipocresía, que no son exclusivas de épocas anteriores sino que se siguen dando en la actualidad, porque son propias de las relaciones sociales entre los humanos. De todos modos, junto a la naturaleza humana hay unos condicionantes, y se puede aspirar a cambiarlos. No soy partidario de esa visión de Rousseau2 de que el hombre nace intrínsecamente bueno y la sociedad lo corrompe, porque en el individuo hay pulsiones innatas por las que intenta apropiarse de lo que le gusta, y la educación no es más que una especie de domesticación para que el mundo sea simplemente pasable. Aun aceptando este punto de partida, creo que hay muchas cosas que podemos cambiar para mejor y muchos ámbitos donde actuar hasta llevar a cabo mi ideal de programa político: aquél en que la solemne declaración de los derechos humanos se cumpla para los seis mil doscientos millones de habitantes del planeta.

Mi estilo peculiar de hacer política se basa en señalar obviedades

Tengo la impresión de que mi aparición en la vida política durante la transición supuso, por mi estilo personal, una nota discordante. Si analizo mi discurso, ­tanto en política como en la vida cotidiana, en el fondo lo único que hago es ­divulgar verdades, pero el problema no está en mi discurso, sino en una sociedad a la que la obviedad le parece revolucionaria. Solamente me limito, como en el cuento3, a mostrar a los demás que el emperador está desnudo. La política hoy día es perversa por la degradación del lenguaje, del pensamiento y de la práctica, porque sólo tiene como objeto la perpetuidad de una casta. Entré en política porque soy comunista y debido a que creía que estando en ella favorecía la realización de mi ideal, pero no soy un político profesional, ni esta casta social es la mía, ni tengo que acatar sus normas. Estoy en ella pero siempre que pueda la combato. Esto es una obviedad que la podría haber dicho cualquier revolucionario del siglo xix, lo que pasa es que esta sociedad está tan pervertida, en el sentido que ha montado una red de lenguajes e intereses para mantener un statu quo, que cuando alguien dice una evidencia lo tienen como a alguien que pro­picia un terremoto. Muchas de mis declaraciones y actuaciones políticas en la época de la transición eran poco comunes en el ambiente político, quizás restaban votos a mi partido e incluso eran motivo de escarnio, pero yo sólo era el niño que le dice al emperador, aunque no le guste admitirlo, que está desnudo.

En mi vida política he padecido traiciones y desengaños

Puse mucha pasión en mi actividad política porque en mí la pasión es algo connatural, y no pienso que eso me haya llevado a los infartos que he tenido y me han hecho apartarme un tanto de la actividad pública. A los infartos me ha llevado el dolor de sentirme traicionado durante mi experiencia como Coordinador General de Izquierda Unida. Cuando digo traicionado no quiero decir controvertido, discutido, porque soy amante de la discusión y de que se debata y se llegue a acuerdos; quiero decir víctima de la doblez, de la hipocresía que tantas veces he combatido, de los montajes propios de quienes entienden que la política se reduce a eso. Así pues, he acabado alejándome de la política en cargos de responsabilidad, por mi salud y por desengaños, pero no por debilidad o renuncia a mis ideales. Puedo decir tras mi paso por la vida pública que con­servo mi integridad personal porque nunca he entregado el yo a la política, esa ­zona particular de cada individuo por la que uno se reconoce a sí mismo, de donde saca la fuerza y de la que extrae el coraje para el combate cotidiano.

En la política y en la vida, a la larga, es más rentable ir con la verdad por delante

Hay personas que tienen por norma en la vida hablar claro, y eso provoca en los demás una reacción de recelo, se les acaba teniendo miedo y se les margina. Por regla general hacen todavía algo peor a juicio de los demás, y es que además de hablar claro suelen vivir y actuar sin hipocresías sociales, son transparentes, y en un mundo como el actual y con unos políticos como los que tenemos eso se paga muy caro.

Sin embargo, considero a esa clase de gente un modelo a imitar, pues no hacen otra cosa que seguir el impulso natural de ser felices y actuar según una norma moral diáfana, sin contradicciones, y a la larga esa adecuación produce una felicidad básica que va sustentando al individuo por encima de los avatares que la vida le depara. Por ejemplo, en estos momentos disfruto de una actividad política clara, que ya no es como la que me tocaba llevar cuando estaba en primera línea, y puedo decir que me siento razonablemente feliz. Cuando paseo por Córdoba la gente me saluda y me respeta, podrán decir de mí te equivocaste, pero nunca nos engañaste, y esto supone hoy para mí un premio, una remuneración que me hace sentir feliz, fuerte y con buen estado de salud. En el fondo este estilo de vida es una inversión en salud, mucho más inteligente y arriesgada, pero más rentable de lo que en principio parece.

Recuerdo mi paso por la alcaldía de Córdoba como una etapa muy gratificante

Mi ascensión en la carrera política se inició con la obtención de la alcaldía de Córdoba. Una mañana los cordobeses se dieron cuenta que, sin saber muy bien por qué, de manera mayoritaria habían votado al pce. La ciudad se sintió al principio desconcertada, y después orgullosa por la excepcionalidad de ser la única ­capital de provincia gobernada por un partido de los llamados minoritarios. Las razones de la victoria fueron, en primer lugar, que el pce era una fuerza política sólida en Córdoba, bien organizada, con una perfecta relación entre su parte obrera y su parte profesional e intelectual, muy penetrada en el tejido social de la ciudad; segundo, porque la derecha no votó, no quiso votar a ucd, no confió en ella; y en tercer lugar, porque el psoe no puso al hombre que, de haber ido a las elecciones, hubiera ganado, que era el fallecido senador Joaquín Martínez Borman.

Presidí el consistorio durante siete años conforme a un programa político y a unos principios ideológicos que chocaron bastante con la manera de hacer habitual hasta entonces en la política municipal. Creía y sigo creyendo que el hombre y la mujer de izquierdas tienen que socializar el saber, así que a la gente le expliqué en sus barrios los presupuestos con que contábamos para aten­derles, cuando tuve que decirles que no, se lo dije, aunque otros me advirtieran que me iba a costar votos, pero considero que un servidor público debe ser útil a los demás y decirles cómo están las cosas, aunque no les gusten. Ocupaba el cargo en función de eso, el cargo no era mío, no tenía por qué defenderlo como el que defiende su cortijo o su masía, lo que hice fue administrarlo lo mejor que pude. Eso sí, trabajé mucho y se hicieron muchas cosas, como la remodelación de la Corradera, el nuevo Ayuntamiento, guarderías infantiles, la creación de un holding de empresas públicas, etc. De lo que más satisfecho me siento es del trabajo que hicimos con el Gran Teatro de Córdoba, un teatro del siglo xix que iban a demoler y que expropiamos y empezamos a remodelar. Ahora es un teatro magnífico, me quedé con ganas de inaugurarlo.

El periodo de la transición explica la situación política actual del país

Tengo más impresiones que opiniones sobre el proceso de transición política, porque me incorporé a la primera línea de la acción política una vez consoli­dado el modelo democrático en nuestro país, y viví el cambio de régimen más ­como espectador que como protagonista. Desde esta perspectiva, mantengo ­algunas discrepancias con el desarrollo del proceso, pero sin pretender criticar a los que pactaron la transición, porque hay que situarse en su lugar en aquel ­difícil momento. Pero, por ejemplo, los dirigentes del pce pensábamos que estábamos haciendo la revolución cuando sacábamos tres mil manifestantes a la calle, y no era así. Las dictaduras tienen un problema: engendran una oposición, como dicen los clásicos, condigna y equivalente. Las dictaduras son simplistas y las oposiciones a veces combaten este simplismo con otro igual.

Para mí el problema de la transición ha sido el montaje posterior, que hace aparecer al conde de Barcelona4 como su precursor, al Rey como al gestor de la Constitución, a una serie de poderes anclados en el pasado como los garantes del sistema parlamentario que ahora tenemos. La falsificación de la transición se ­manifiesta ahora, cuando la democracia, en vez de abrirse a un sistema político más pluralista, se va cerrando en un sistema oligárquico parlamentario; y no ­oligárquico porque la gente vote más o menos, sino porque el poder legislativo, ejecutivo y judicial cada día van más de la mano, se confunden y se amalgaman más, generando una especie de involución democrática. Esto, en parte, es consecuencia de la transición política que entonces se pactó, pero no quiero ser duro a la hora de juzgar aquella época pues, francamente, veo difícil que se pudiera haber hecho otra cosa. Creo que la situación actual es herencia directa de una transición más postiza que real y, como dice el refrán, aquesos polvos trajeron estos lodos.

Durante la transición se pactó un cambio de régimen peculiar y un tanto forzado

Han pasado veinticinco años desde la transición y, evidentemente, me parece que todos los elementos de la situación política actual deberían ser debatibles y cuestionables: la Constitución, el Rey, el patriotismo constitucional, el nacionalismo catalán y el vasco, de todo se puede hablar con respeto y con democracia, y no debería pasar nada, pero hay miedo. Hace veinticinco años todo el mundo creía ­inevitable que aquí hubiese una nueva guerra civil porque habían pasado cosas muy gordas y, sobre todo, porque podían volver a pasar. Era una situación explo­siva, y los artífices de la transición, o quizás sea más correcto llamarles artificieros, pactaron un cambio de régimen peculiar y un tanto forzado, más aparente que efectivo en realidad. El resultado actual de todo ello es la poca transparencia en ciertas decisiones judiciales, la nula desclasificación de secretos oficiales, la existencia en la ley de dos varas de medir, el desarrollo de una democracia que cada día se centra más en los debates estériles del Parlamento y unos medios de comunicación, concentrados en manos de unos pocos, que están pervirtiendo la libertad de opinión y la pluralidad. La política hoy no es otra cosa que los periodos electorales donde las fuerzas políticas se atacan e insultan entre sí para conseguir ser el capataz de una finca cuyo dueño en realidad es otro. El desarrollo de la transición no permitió un necesario periodo de frescura, de reflexión política, no lo ha habido en ningún momento y por eso nos encontramos con esta situación ahora mismo.

El Rey nos vino impuesto por la voluntad de Franco, es su heredero político, no ha sido sometido al aval de las urnas

Por poner un ejemplo claro de la falsedad del proceso democrático, se nos dice que el Rey participó activamente e incluso que movió los hilos discretamente para agilizar la transición política, pero todo esto no son más que cortinas de humo para esconder una obviedad. El Rey nos vino impuesto por la voluntad de Franco, es su heredero político, no ha sido sometido al aval de las urnas, juró los principios fundamentales del régimen anterior y para no ser perjuro se limitó a acatar la propia Constitución, me parece recordar que sin firmarla formalmente. Esto es así porque el país tiene la historia que tiene, que es obra de todos nosotros y no del talento político particular de unos cuantos. A menudo se ­olvida que Francisco Franco murió en su cama sin excesivos quebraderos de cabeza, porque con Franco, y no porque él lo planease o lo quisiese, la gente prosperó, dejó de pasar hambre y a base de trabajo pudo comer todos los días, enviar a sus hijos a la escuela, comprarse un 6005 y un televisor, gozó de una estabilidad y el país ingresó en una pseudomodernidad. Eso explica que el dictador muriese como murió, impusiese su testamento político en forma de monarquía y que su régimen de algún modo permaneciese y siga permaneciendo. El franquismo sociológico, de pensamiento, de valores, está muy vivo todavía.

Análisis de las principales figuras políticas de la transición

Para mí el actor principal en la comedia de la transición política, y que injustamente ha caído en el olvido, es Torcuato Fernández Miranda6. Él es la materia gris del proceso, la persona que entiende perfectamente lo que va a ocurrir en esa época y quien hace posible el cambio de régimen de manera que, en realidad, no cambie sustancialmente nada, y lo hace con una gran inteligencia, ­preparando concienzudamente los cambios que interesan para avanzar en el proceso, anticipándose a los contratiempos y consultando sus movimientos tácticos con el Rey, pero también con los poderes internacionales (las embajadas americana y alemana, por ejemplo).

Si Fernández Miranda fue el cerebro que diseñó los límites del proceso democrático, Adolfo Suárez fue su alumno aventajado, y no un mero continuador sin iniciativa propia. Suárez, sobre la base de lo previsto por Fernández Miranda, quiso añadir un diseño propio, lo que le costó muy caro políticamente. Tuvo el valor personal de enfrentarse a los militares, de oponerse a la corriente proat­lantista de su partido, se apoyó en la emergente clase media española en detrimento de la casta social del gran capital que financiaba el proceso de cambio en beneficio propio, e ideológicamente comulgaba con el pensamiento social de José Antonio7, sistemáticamente omitido en el seno de la Falange.

Los demás tenían la partida perdida de antemano porque les repartieron cartas marcadas. Como ya he comentado, la oposición era muy simplista, aunque dentro de lo que cabe hubo quien supo aprovechar mejor que otros las circunstancias. Santiago Carrillo fue muy hábil, porque utilizó el caudal de ­lucha atesorado por el pce para sacar el mejor partido posible del embudo en que los otros le habían puesto, y Felipe González contó con el apoyo de la Internacional Socialista y con el hecho de ser el partenaire escogido por Torcuato Fernández Miranda como líder de la oposición. En el proceso de cambio, cuando no se cumplían los acuerdos de la Moncloa, la izquierda se echaba a la calle a protestar, pero de aquella época arranca el actual discurso ideológico posibilista, el de esto es lo correcto, no se puede hacer otra cosa…, lo que a mi juicio nos acaba desvirtuando. La izquierda está para gestionar lo imposible, para convertirlo en posible, y esto la sitúa siempre en el filo de la navaja, pero no es otro su lugar. Sin utopía no hay izquierda, y en esa época la utopía se dejó de lado en busca de soluciones acomodaticias, de un reposo consensuado tras cuarenta años de lucha antifranquista.

El miedo y la incomprensión hacia el nacionalismo impiden encontrar soluciones al conflicto

Lo del café para todos creo que fue idea de Adolfo Suárez, y era una manera de ­evitar que tanto el nacionalismo vasco como el catalán, porque el gallego se consideraba como se está demostrando que no tiene tanta fuerza, pudiesen romper España. Existía entonces un miedo generalizado a la ruptura de la unidad de España. Se trabajó con la intención de salvar un concepto que ya no tiene el mismo significado que entonces, porque ahora somos un Estado que tiene bastante hipotecada su soberanía por acuerdos militares con la otan, por supeditación a la gran potencia hegemónica que es los Estados Unidos y por acuerdos económicos con la Unión Europea. En aquella época se entendió así, se pactaron unas garantías de desarrollo autonómico global con ciertos límites infranqueables, y se trajo a Tarradellas, que lo primero que hizo fue aceptar la figura del Rey. Como consecuencia de esto empieza un conflicto tremendo, con el tema de la violencia en el País Vasco y el menosprecio de las tesis nacionalistas.

No soy nacionalista, pero soy demócrata, y creo que muchas veces los nacionalismos han sido tratados con ese miedo que ha tenido la Meseta a que se le fuesen gentes, culturas, pueblos, economías vitales para el Estado español, y ese miedo ha generado bastantes incomprensiones. Por la otra parte, es cierto que se ha hecho a veces un discurso que parece menospreciar a la Meseta, pero creo que con un análisis inteligente podemos ver que los nacionalismos en el fondo no son, ni mucho menos, tan terribles. Por ejemplo, el nacionalismo catalán que preconiza Jordi Pujol termina allá donde acaban los intereses que defiende económicamente, porque son de clase, y eso no merece ningún miedo. En el caso del nacionalismo vasco lo más inteligente sería hacerles enfrentar a la realidad: si así lo desean, hagan ustedes uso del derecho de autodeterminación, pero esto les significa dos años de preparación de un referéndum, y en ausencia absoluta de violencia, si hay un solo tiro o una extorsión vuelve a empezar el proceso. Cuando se les sienta en una mesa y se les enfrenta a la realidad los conflictos desaparecen, pero cuando se les persigue, automáticamente cobran más fuerza. Pero todo lo impide ese miedo de la famosa España eterna, un miedo que esteriliza cualquier solución inteligente del conflicto.

Europa es el marco común que hará posible la resolución de los conflictos nacionalistas

Repito que no soy nacionalista, es más, me siento europeo (lo de europeísta me parece una tontería), y como tal soy partidario de una mayor cohesión política de los miembros de la Unión Europea. Esto último se consigue desde la comprensión de que todos proceden de una misma cultura, la romanidad, y en el caso de culturas que no son románicas, desde una política económica que tiende a que los derechos de libertad, igualdad y fraternidad sean ciertos. La verdad es que, ante este cambio imparable en el concepto de soberanía que ya se está cociendo, los nacionalismos no tienen otra salida que articularse en este proyecto político común, conservando su lengua y su cultura. Pero en los últimos tiempos se hacen desde el gobierno planteamientos poco inteligentes, se les niega el acceso a los presupuestos y su petición de corresponsabilidad fiscal, al mismo tiempo que se deriva el 1,27% del Producto Nacional Bruto a un presupuesto europeo. Es decir, aquí les decimos una cosa y a nivel europeo estamos manteniendo otra. Eso es producto del miedo, de seguir pensando en la España pretérita como una especie de claustro materno protector ante la evidencia de la construcción europea, para la que hará falta cortar con el pasado y que Cataluña, Euskadi y Galicia encajen cómodamente en ella con todos sus conflictos resueltos.

En este país falta cultura política

La democracia es un riesgo permanente, una aventura apasionante por ser la condición de humanización, de civilización de la sociedad, pero eso aquí todavía no se ha visto por la especial manera que tuvimos de incorporarnos al proceso. El profundo espíritu democrático que debería tener la gente en España existe muy poco, porque no ha habido tiempo para que se pueda plasmar, pues se concedió el derecho a votar sin preparar a la gente para ello. Aquí la gente vota a uno u otro partido político y al momento se va a reclamar al otro para que le arregle los problemas, rompiendo la lógica que hay entre votar y corresponsabilidad, sin entender que cuando otorgan su voto a alguien son responsables del uso que se hace de él, no ven la relación causa-efecto del ejercicio de sus ­derechos políticos porque no hay reflexión, hay miedo a pensar, en el fondo ­somos criaturas que queremos seguir permanentemente alienados.

La descalificación es una muestra más de esa ausencia de cultura política

El hecho de votar implica hacer toda una reflexión, un estudio minucioso de las alternativas políticas, una serie de corresponsabilidades de derechos y deberes, en definitiva exige seriedad, y en España está faltando la responsabilidad. A mí se me ha criticado muchas veces, incluso en mi propia casa política, que haya explicado los presupuestos, los programas, porque creo conveniente que eso sea público. Pero estamos en el reino de la pereza mental, y como esa pereza debe hacer algo para que la aúpen al poder, opta por lo más fácil: transforma al elector en un espectador de circo, y así, no se combate al oponente con propuestas alternativas o con críticas duras, pero respetuosas con su persona; se hacen chistes sobre él. Recuerdo haber visto a dirigentes, pongo por caso a Alfonso Guerra, contando chistes y bromas de mal gusto para llenar sus mítines. En la política están las cosas más serias que pueden hacerse en el mundo, pero quizás por falta de experiencia, en España la política ha sido apuntarse a un partido como a un club de fútbol o a cualquier cofradía que tenga como consigna atacar a la de al lado, simplemente por ser distinta. En mis ruedas de prensa los periodistas me han criticado que no les daba titulares como otros políticos, entendiendo por titular que yo insulte a fulano para que mañana aparezca en portada. Eso jamás lo he hecho ni lo voy a hacer. La descalificación es una muestra más de la falta de cultura política, y de que vivimos en un país francamente de ­comedia.

Un ejercicio de magisterio sobre el pueblo

También el pueblo tiene su parte de responsabilidad porque no le gusta que le hablen claro y le expliquen las cosas como son, pero en cambio quiere tener al político de cabeza de turco para cuando hay problemas. Yo he oído decir a la gente sobre nosotros auténticas barbaridades, como que todos los políticos roban, y si no roban son tontos, o exigir un autógrafo, un apretón de manos o cualquier otra cosa a cambio de su voto. Cada vez es más urgente por parte de los servidores públicos un ejercicio de magisterio sobre el pueblo, de divulgación de una auténtica cultura política, porque si no al final casi dan ganas de pedir que no nos vote. A mí hace años que me están dando asco ya las campañas electorales montadas como espectáculo mediático.

Para controlar la inmigración ilegal se requiere un esfuerzo internacional

La masiva inmigración ilegal es un problema muy espinoso pues, para empezar, nadie puede negarse desde unos principios generales a que unos seres, que se desplazan de otros países, entren a éste y encuentren supuestamente la co­mida y el trabajo que allí no tienen, pero es evidente también, por pura matemática, que ese desplazamiento sin control o sin una política global ­genera problemas muy graves. Para mí no existe una solución ecuánime, nos veremos obligados permanentemente a vivir así hasta que los poderes ­públicos internacionales no tomen cartas en el asunto, forzando un cambio de situación en los países de origen de los inmigrantes.

Actualmente puede parecer un contrasentido tener dentro del país miles de inmigrantes ilegales sin regularizar y contratar mano de obra extranjera en origen. El capital o el empresario prefiere traer esa mano de obra que está reglada, legalizada, en vez de ponerse a recoger gente que malvive en la calle, muchas veces envilecida, para utilizarlos en un trabajo para el que necesitan gente disciplinada. Creo que esta actitud responde a una lógica de sistema, y para cambiarla haría falta un gobierno o un poder económico, en el cual el mercado tal como lo entendemos no fuese el principio rector.

Jordi Pujol se ha distinguido siempre por la claridad de su discurso político

He tenido la oportunidad de hablar con Jordi Pujol algunas veces, no demasiadas. Recuerdo haber asistido un par de veces a sus intervenciones en el Senado, y haberle felicitado al final de ellas pese a no estar de acuerdo con lo expuesto. Es la única persona que ha tenido el valor cívico, y no sé si personal también, de hablar claro en el Senado y plantear la discusión sobre el problema de España, sobre las relaciones que hay entre los diversos territorios que la componen. Él era partidario de un Estado federal en cierto modo, compuesto por Galicia, Euskadi, Cataluña y el resto de España. Insisto en que no estoy de acuerdo, pero evidentemente el discurso es claro. Le he mostrado mis respetos por ese análisis, que no deja de tener su mérito intelectual, por discernir entre la historia de Cataluña y la historia del catalanismo, que arranca del siglo xviii con el nacimiento de la burguesía catalana. No deja de ser una lectura clasista de la his­toria, pero su coherencia con este punto de vista a lo largo de su trayectoria política es innegable y le felicito por ello. Tiene además un mérito añadido, y es que consigue exponer sus ideas sin levantar ampollas, y algunas son especialmente atrevidas, como cuando propuso que Cataluña se una al resto de España a través de un pacto con la Corona (lo que supondría el embrión de una commonwealth8 ibérica), pero en su momento eso pasó desapercibido porque ciu era una fuerza política decisiva en el Parlamento. En cambio, si esas cosas las dice Ibarretxe no se habría guardado el mismo respeto. Con respecto a esto, observo con preocupación la falta de voluntad de diálogo con las instituciones vascas, el vacío político al que se enfrentan cada día sus representantes elegidos democráticamente. Formo parte de la asociación Prometeo, que organiza conferencias y debates políticos en la universidad, y me toca soportar serias críticas cada vez que invitamos a participar al Lehendakari Ibarretxe, pero lucho por impedir su veto porque tiene derecho a hablar, aunque este país esté gobernado por la ­ignorancia institucionalizada, por el miedo a saber y a escuchar.

1          José Luis García Rúa, en la actualidad profesor de filosofía en la Universidad de Granada, destacó como intelectual antifranquista por su conciencia social y su apoyo a los movimientos libertarios, de corte anarquista.
2          Jean Jacques Rousseau (1712-1778), filósofo ilustrado. Su pensamiento social y político, reflejado en sus obras Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres y Del contrato social, se considera el inspirador de la Revolución Francesa. El principio fundamental del pensamiento de Rousseau es
la bondad original del hombre y la corrupción de la naturaleza humana por la civilización y concretamente por la propiedad, origen de la desigualdad entre los hombres; en consecuencia preconiza el retorno a la vida natural.
3          Se alude aquí a un antiguo cuento de origen popular, transcrito y divulgado por Hans Christian Andersen bajo el título El traje nuevo del emperador: unos embaucadores llegan al palacio imperial haciéndose pasar por tejedores expertos, y convencen al emperador para que les compre a cambio de una fortuna un traje mágico que resulta invisible a los ojos de las personas innobles, deshonestas y desleales al imperio. Durante meses viven a cuerpo de rey en palacio haciendo ver como que tejen un vestido. Una vez terminado, por supuesto nadie lo ve, ni el mismo emperador, pero nadie se atreve a reconocerlo en público para salvaguardar su buen nombre. El único que se atreve a decir la verdad y desvelar la burla es un niño.
4          Don Juan de Borbón y Battemberg (1913-1993), conde de Barcelona y padre del Rey Juan Carlos I. Heredero legítimo de la Corona española, por su oposición a la dictadura vivió en el exilio hasta la muerte de Franco.
5          El seat 600, primer coche de fabricación nacional a un precio asequible, se convirtió en el símbolo de la modernización del país a partir de los años 60.
6          Torcuato Fernández Miranda (1916-1980). Personalidad política de primer orden durante el régimen franquista, fue tutor del Rey a su llegada al país, vicepresidente del gobierno del almirante Carrero Blanco, y tras la muerte del dictador fue designado presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, ambos puestos claves para el control inicial del proceso de transición.
7          José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), hijo del general dictador Miguel Primo de Rivera y fundador del partido Falange Española, de ideología fascista y único partido político permitido durante el franquismo. Su doctrina, conocida como Movimiento Nacional Sindicalista, aboga por el servicio a la patria, la fe y la justicia por encima de los intereses económicos de clase, y no fue completamente respetada por sus seguidores una vez instalados en el poder.
8          Voz inglesa que designa una entidad política diferente de la estatal ordinaria. Se suele traducir por “comunidad de naciones”.