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Maria de la Pau Janer
MARIA DE LA PAU JANER. Novelista y profesora universitaria
Maria de la Pau Janer Novelista y profesora universitaria

MARIA DE LA PAU JANER. Novelista y profesora universitaria

Obra:

Text del 28/11/2002
Fotografía : Àngel Font

Maria de la Pau Janer considera que la escritura es su profesión y su forma de entender la vida, y desde su actividad cultural e intelectual sabe retratar con inusitada maestría la sociedad en que vivimos. Pertenece a una generación que no fue protagonista directa de la transición política, pero cuyo destino será corregir los errores y contradicciones que se generaron en aquella época.

En la crítica literaria queda todavía un reducto machista

Empecé a escribir de muy joven, publiqué mi primera novela a los 19 años y ­recuerdo que al principio para abrirme camino lo tuve difícil por diversas razones. En primer lugar, porque soy hija de un escritor mallorquín, y esto hizo que en los círculos literarios de mi tierra se pensase que no tenía calidad por mí misma, sino que accedía a este mundo por influencia de mi padre, así que tuve que luchar durante años para que se viese que no era cierto. Por otro lado, el hecho de ser mujer y ser joven crea problemas en el mundo literario, que aún tiene muchos rastros de machismo, especialmente concentrado en el campo de la crítica literaria. La mayoría de los críticos son hombres que, además, y me duele decirlo, son escritores frustrados, gente a quien le hubiese gustado hacer una novela. Éstos quizá guardan su libro en un cajón, pero nadie se lo ha publicado, y por eso, con frecuencia, desarrollan un sentimiento de hostilidad hacia una mujer más joven que ellos que publica y cuenta con el favor de los lectores. He tenido en mi carrera críticas muy buenas y muy malas. Las peores me las han hecho siempre hombres. En la crítica literaria queda un reducto de machismo que se debería ir eliminando. De todos modos, pienso que el mundo literario es de los más normalizados que hay dentro de la cultura, y en él las mujeres pueden desarrollar su actividad sin demasiada dificultad.

Recuerdo la alegría que sentí el día que mi padre pudo regresar a casa

Tengo perfectamente presente en mi memoria la época en que murió Franco, así como el periodo inmediatamente anterior y posterior al fallecimiento del Caudillo. Cuando todavía era una niña e iba a la escuela, recuerdo que, con motivo de la muerte del dictador, cerraron la escuela unos días en señal de duelo. En mi casa, en cambio, se vivieron como unos días de vacaciones, porque para mis padres la muerte de Franco significó una gran liberación.

Mi padre1, como la mayoría de intelectuales del momento, sufrió directamente la censura y fue juzgado por el Tribunal de Obra Pública por unos fragmentos concretos de un libro que había escrito. De aquella época recuerdo espe­cialmente la angustia vivida en casa, el temor infantil de ver que tu padre es  juz­gado y condenado a prisión, además, con el agravante de que quedaría in­habi­litado profesionalmente a su salida de presidio. Recuerdo cómo  sus amigos –e intelectuales– Maria Aurèlia Campmany2, Josep Melià3, etc., se movilizaron mucho y consiguieron firmas de apoyo y avales económicos para pagar una fianza. Guardo fresco en la memoria el día en que mi padre nos dijo que todo estaba solucionado, la sensación de alegría que me produjo saberlo. Yo siempre he sido muy sensible y soñadora, y en esta época imaginaba que venían a casa y nos quitaban los libros de mi padre. Poseíamos una biblioteca muy grande y yo soñaba que nos despojaban de los libros, que los quemaban, que teníamos que esconderlos para ponerlos a salvo, cosas que seguramente había escuchado contar sobre los tiempos de la guerra civil, y que ahora alimentaban mis pesadillas.

No fue suficiente con la muerte del dictador para que el miedo cesara por completo

Más tarde recuerdo los últimos fusilamientos ordenados por Franco, y a mi padre decir que aquello ya era el final del franquismo, aunque lo vivió con mucha preocupación, casi enfermó, se le pusieron los nervios en el estómago; y el día de la muerte de Franco, la sensación de liberación colectiva y también de incertidumbre, el tiempo de a ver qué pasará… Yo participaba en ­esto como una niña, porque tenía ocho o nueve años, así que más que hechos concretos conservo sensaciones.

Todos estos acontecimientos dejaron un poso en mi infancia, porque era una niña sensible y muy perceptiva que asimilaba todo lo que entonces pasaba

a mi alrededor. Mi primer cuento lo escribí a los diez años, se llamaba Es­pe­ranza y hablaba de una gente oprimida. El cuento acaba con una frase rimbombante, típica de una preadolescente, que más o menos venía a decir que había que seguir luchando, y todo esto era influencia de mi padre y del ambiente que se respiraba en casa en aquella época.

Los primeros años de la transición política en Mallorca no se vivieron con la misma agitación reivindicativa que en Cataluña o en otras partes de España, porque los mallorquines somos más asustadizos, cuesta más movernos colectivamente. Por supuesto existía la sensación de alegría y complicidad entre la gente, la recuperación de cierta libertad olvidada. Pero en conjunto, en Mallorca la gente tenía mucho miedo; aún seguía muy fresca la memoria de la guerra civil, que en mi tierra supuso una auténtica matanza entre hermanos, como supongo que ocurrió en todas partes, pero con el factor añadido de tratarse de una isla, una sociedad cerrada donde todo el mundo se conocía. Mallorca conserva todavía su tradición oral y durante mi infancia escuché muchos relatos con historias de vecinos que se acusaban los unos a los otros, de hermanos que se mataban entre sí, etc. No fue suficiente con la muerte del dictador para que el miedo desapareciese por completo.

Cataluña era el lugar adecuado para proyectar mi carrera literaria

Aunque sea mallorquina, por afinidad cultural, histórica y lingüística siempre me he sentido muy cerca de Cataluña, Barcelona siempre fue un referente para mí desde la primera vez que la visité; en una ocasión, a los dieciocho años por Sant Jordi4, ya vi claro que era el lugar idóneo para desarrollar mi carrera literaria. Como profesora titular de la Universitat de les Illes Balears doy clases de literatura catalana en Palma, pero colaboro con medios de comu­nicación catalanes (Catalunya Ràdio, TV3, El Periódico, L’Avui…), lo que me obliga a viajar a menudo a Barcelona. Cuando llego, me instalo y me  integro sin dificultad en la sociedad catalana. Me siento tan catalana como mallorquina.

He orientado mi vida en el terreno cultural y específicamente en el mundo de la literatura, y en este sentido mis contactos con editoriales y medios de comunicación catalanes me han ayudado mucho para darme a conocer ­entre el público y ampliar el número de mis lectores. Lo que ocurre es que he escri­to mayoritariamente en lengua catalana, y para ese tipo de mercado Cataluña es el lugar ideal desde donde proyectar una carrera literaria. Dudo que sea el más adecuado, en cambio, para empezar a escribir en castellano,  o al menos no creo que sea especialmente favorable.

Es una suerte poder escribir en varios idiomas

A mí me interesa mucho ampliar mercados, y el español lo veo más próximo, por el simple hecho de que el castellano lo conozco, lo domino y puedo escribir fácilmente en este idioma. Hasta los doce años tuve una educación ­escolar castellana y a partir de entonces empezaron a introducir el catalán en la enseñanza. Estudié filología catalana porque es mi lengua propia, la lengua de mis padres, de mi gente, mi corazón siente en catalán, esto es evidente, escribir en mi lengua natural no es ningún problema para mí, y hacerlo en castellano tampoco lo ha sido. He leído mucho y he escrito mucho en ese idioma. Lo que pasa es que al principio me daba un poco de reparo no ­encontrar mi tono, mi estilo personal en esta lengua, no saberme identificar en castellano, pero me di cuenta de que sí me reconocía. Pienso que es una suerte poder escribir en ambos idiomas.

La literatura es un acto de comunicación

Ser finalista del premio Planeta tiene un valor importante, porque me ha supuesto la apertura de una puerta en un momento concreto de mi vida ­como escritora, y me puede permitir ampliar el número de lectores en otro mercado, el de la lengua castellana, pero esto puede ir a favor o en contra de mi carrera, aún es pronto para opinar. Tengo la sensación de que es difícil, cuesta introducirse en un nuevo mercado. Por mucha trayectoria literaria que tengas detrás rara vez se traducen obras de escritores catalanes al castellano, así que a todos los efectos te sientes un autor novel. Ciertamente lo del Planeta supone una mayor proyección, pero también puede resultar una trampa, es decir, no es suficiente que se abra una puerta, debes saber aprovecharla y los lectores tienen que responder. Está claro que el acto de escribir es muy individual, muy solitario, muy grato y muy duro a la vez, y que ­durante el tiempo que escribes una historia no existe nada, ni lectores ni editorial: sólo la historia, los personajes y tú como creador. Pero cuando el libro está definitivamente terminado y corregido, lo que cualquier autor quiere es tener lectores.

En España es muy difícil vivir del arte

Me considero una privilegiada dentro del mundo de la escritura, porque hasta ahora he vendido y he tenido éxito editorial cada vez que he escrito un libro, pero soy consciente de que hoy día no se puede vivir de la escritura. Tengo amigos que lo han intentado y han acabado haciendo artículos para cualquier periódico para poder subsistir. Es decir, no han acabado gozando de una mayor libertad creativa como así creían, sino haciendo traducciones y todo lo que se les presenta, porque la creación no da para vivir. Puedes tener un golpe de suerte, ganar un premio, firmar un buen contrato editorial y vivir bien una temporada, pero con altibajos muy fuertes, porque evidentemente no te impondrás publicar una obra constantemente, no es bueno que exista esa dependencia, esa necesidad de publicar para poder comer. Personalmente me da mayor libertad creativa saber que no tendré problemas con los recibos a fin de mes, tanto si publico una novela, como si no.  Prefiero publicar cuando crea que está acabada y madura.

Tras el premio Planeta inicié una gira por España con Alfredo Bryce Eche­nique5  y alguien le preguntó si no le daba vergüenza a una persona de su prestigio ganar el Planeta, a lo que contestó: ¿qué quiere usted, que los escritores nos muramos de hambre? Este concepto decimonónico del escritor como una persona permanentemente mal vestida y sin dinero para poder pagar el alquiler ya ha pasado a la historia, queremos vivir con dignidad.

Los alumnos que acceden a la universidad están poco preparados culturalmente

Hoy día hay demasiada oferta universitaria, demasiada gente con una licenciatura terminada y sin saber qué hacer con su vida profesional, pero lo peor, y yo me encuentro con esto al impartir clase, es que cada año los alumnos ­están un poco más desmotivados; es decir, vienen por inercia, porque así perduran algo más los años de adolescencia y no tienen que tomar deci­siones importantes, pero no vienen entusiasmados, ni con ganas de aprender. A un estudiante de filología, como es mi caso, te lo imaginas devorando ­libros, pero en realidad leen justo las lecturas obligatorias. Y por si fuera ­poco, ­acceden a la universidad mucho menos preparados culturalmente, porque la LOGSE6 rebajó el nivel de la enseñanza media.

Hay un exceso de estudiantes universitarios

Pienso que vivimos en una sociedad de grandes desequilibrios en todos los sentidos y el exceso de estudiantes universitarios es uno de ellos. Esto explica la paradoja de encontrar licenciados repartiendo pizzas o trabajando de taxistas. Nos encontramos con mucha gente que ha hecho una carrera por inercia, y que después se dan cuenta de que un licenciado, dando clases particulares, nunca ganará en un mes lo que gana, por decir algo, un electricista. Es hora de decir a la sociedad que cada cual tiene su sitio, que no es humillante ser ­taxista, por ejemplo, y que un taxista puede ser muy culto sin necesidad de que tenga una carrera. Hay pocos profesionales disponibles en la sociedad, y es importante que se les dé una buena formación técnica y personal sin la obligación de pasar por las aulas universitarias. A mí me parece que un mecánico puede ser un gran lector, aunque la gente no lo crea así.

El catalán es una lengua muy unificada

Sé que hay gente mal informada que cree que el catalán y el mallorquín, por sus muchas diferencias fonéticas, son lenguas distintas. Como filóloga debo afirmar que no es verdad. Es evidente que tenemos la misma cultura y la misma lengua, que culturalmente, si bien políticamente no como ocurría en la Edad Media, formamos una unidad que se extiende en lo que llamamos Países Catalanes, abarcando Valencia, parte de Aragón, Andorra y el sur de Francia. Lo que pasa es que cualquier lengua tiene sus variantes y sus dialectos, y el catalán no se habla igual en todas partes, como tampoco el castellano. Sin embargo, estas diferencias son mínimas si las comparamos con las que presentan entre sí dialectos de otras lenguas, como por ejemplo, el alemán. Me atrevería a decir que el catalán es una de las lenguas más unificadas, con menos diferencias dialectales.

Las lenguas en sí mismas no son buenas ni malas, excepto si se utilizan como instrumentos de poder

En Cataluña, en las Islas Baleares y en Valencia se habla catalán, pero como la política no acompaña esta realidad cultural, se ha manipulado e instrumentalizado la situación. Siempre digo que no hay lenguas buenas ni malas, ni mejores ni peores, pienso que todas tienen una riqueza extraordinaria, que cada una estructura la realidad a su manera, que los que son buenos o malos son los que usan estas lenguas como instrumentos de poder y de dominio hacia otras lenguas. Estos son buenos o malos, pero no las lenguas, que todas son magníficas y cuantas más podamos aprender mejor, pues con ellas adquirimos mayor enriquecimiento personal y más formas de observar la realidad.

Viví con decepción el desarrollo del proceso autonómico

Viví el entusiasmo generado en Mallorca por el proceso autonómico, que se vio como un primer paso, todavía tímido, hacia una nueva forma de ­entender España, seguramente menos centralizada, repartiendo y asumiendo competencias y responsabilidades. Recuerdo muy bien cómo se emocionaba la gente en las manifestaciones de la época reclamando la ­autonomía. Después ha habido un camino largo, difícil y polémico. Han surgido rivalidades entre autonomías creadas por un diseño malintencionado de las mismas, al equiparar las autonomías históricas y las de nueva hornada, completamente artificiales. En aquella época eran famosos los mapas de la nueva España autonómica, con cada autonomía pintada de un color diferente, unos mapas que mostraban el Estado completamente dividido, descuartizado diría por unas fronteras marcadas a veces para separar una realidad cultural, como las de Cataluña con la Comunidad Valenciana, las de ésta con Murcia, etc. Aquellos mapas con aquellas fronteras, aquellas rayas gruesas y bien acentuadas, respondían un intento de señalar en el pensamiento de la gente la existencia de unas líneas, de unos límites difíciles de franquear, incluso con la imaginación, porque permanecen en el subconsciente colectivo. Por eso en el momento en que alguien plantea la posibilidad de redistribuir un poco aquellas fronteras, parece que se proponga una barbaridad, que pueda ocurrir una hecatombe si se lleva a término. Nos educaron en la época franquista y todavía nos educan para no cuestionar las leyes establecidas, para respetar las normas y las barreras, para no pisar nunca la raya.

La fórmula café para todos  fue un gran desacierto

También, recuerdo de aquel tiempo la fórmula escogida para el desarrollo autonómico, la del café para todos, que para mí fue un desacierto enorme, porque intentó disfrazar la realidad histórica y esto no debe hacerse, no se puede decir todos sois iguales pues a veces significa no respetar las diferencias, diferencias que dan identidad, y dan vida, sentido y razón de ser. Las nacionalidades históricas se sintieron heridas y estafadas, y hoy incluso los políticos más recalcitrantes se están dando cuenta del error, porque no han matado ningún nacionalismo, al contrario, lo han exacerbado, y ahora estamos ­pagando las consecuencias.

Por desgracia, el mundo no se rige por la cultura sino por la economía

Sabemos bastante bien qué es la globalización económica y política, porque ya padecemos sus consecuencias. Con el proceso de Unión Europea se está empezando a hablar de globalización cultural, y a mí me espanta ese concepto, me asusta porque soy hija de una tierra y una cultura donde los más grandes siempre se han comido a los más pequeños. Me pregunto a qué se refiere esa globalización cultural, si como me temo a un predominio en todas partes de las culturas más fuertes, de los idiomas mayoritarios, o bien como desearía a un respeto para todos los idiomas y culturas independientemente del número de hablantes. Si significa valoración de la diferencia, de la calidad en vez de la cantidad, me parecería muy bien, pero creo que por desgracia al mundo no lo rige la cultura sino la economía, y ésta se decanta siempre hacia los más ricos o los que presentan un mayor número de consumidores. Ya me gustaría que la globalización fuese protagonizada por la cultura, pero tengo la impresión de que la cultura, como siempre, está en la cola y no en primer término del proceso.

Cada vez se está perdiendo más la oratoria

Hoy vivimos en una sociedad en que la gente no habla; grita. Y si la gente grita sus representantes tienen que gritar aún más. Esto me parece terrible porque soy una persona que ha defendido siempre el acto de hablar, el uso de las palabras como arma para conseguirlo todo, desde convencer, hasta debatir, discutir, acercar puntos de vista distintos, etc. Creo que las palabras son un instrumento muy eficaz para expresar opiniones, para dialogar, pero es una facultad que estamos perdiendo. Lo hemos perdido a nivel individual, las personas no hablan como hablaban antes, la comunicación oral está muy restringida, y lo hemos perdido también a nivel más amplio entre los que nos representan. Los políticos, en sus mítines, hablan con voz cada vez más alta, que no intenta persuadir, ni convencer, sino imponer ideas a través de palabras, gestos, tonos de voz airados.

Debemos evitar el lenguaje de la violencia

En la actualidad los políticos son muy agresivos, al que no parece violento se le juzga erróneamente como débil, y no se dan cuenta de que la sociedad los toma como modelos. La violencia como instrumento político también es un lenguaje, y se ha convertido en un elemento vehicular utilizado por mucha gente, como si fuera el único que conocen. En la presente situación del país deberíamos evitar precisamente el uso gratuito e indiscriminado de este lenguaje de la violencia, que preside la mayoría de las manifestaciones políticas, como también tenemos que evitar nuestras reacciones de indiferencia, porque estamos tan acostumbrados a la barbarie que ya no nos sorprende. Convendría superar esta actitud generalizada y recuperar la fe en el diálogo y en nuestros estadistas. Recuerdo, con motivo de la manifestación por la muerte de Ernest Lluch, que la periodista Gemma Nierga pidió diálogo7, que era lo que el pueblo quería, aunque quizá no lo que los hombres de Estado deseaban escuchar. Diálogo significa dar el poder a las palabras expresándolas con tranquilidad, sin exaltaciones, con la intención de comunicarse con el oponente y entender sus puntos de vista.

No hay ninguna obra humana perfecta

A mi modo de ver no hay ninguna obra humana intocable, todo se puede revisar y con más razón una Constitución que se hizo en un momento histó­rico determinado y de contenido lo suficientemente amplio para que mucha gente se sintiese cómoda con ella y no la rechazara. Es una Constitución con las ambigüedades propias del momento concreto de su configuración. Pese a las incongruencias que ésta pueda tener, ciertamente, supuso un gran paso adelante. Pero, en la actualidad, estamos en un momento histórico distinto y todas esas imprecisiones se podrían aclarar más, acabar de perfilar, y no creo que implique ningún drama actualizar el texto constitucional, siempre que se haga con la intención de mejorarlo.

Jordi Pujol ha demostrado tener una vocación política increíble

En mi opinión la historia calificará a Jordi Pujol como un gran político, que ha cometido sus errores, que ha tenido que pactar con quien no quería, hacer equilibrios, pero que ha sido, ante todo, un hombre de Estado con una complejidad y una vigorosidad sin precedentes, que difícilmente tendremos la oportunidad de volver a ver. Aunque el President nunca lo ha tenido fácil, ­posee una gran tenacidad y una vocación por la política increíble, porque, de no ser así, no se hubiera mantenido tantos años en el gobierno, teniendo que aguantar, además, lo que ha aguantado. Descuellan en Pujol dos elementos políticos muy importantes: un cuerpo doctrinal consistente y a la vez una gran flexibilidad política. Es decir, tiene una gran fuerza y convicción en su discurso político, pero sabe también en qué momento concreto y hacia dónde se tiene que decantar, sin traicionar la esencia de su mensaje ideológico. Por esto último ha sido muy criticado, pero todos los grandes políticos lo son. He coincidido con él en numerosas ocasiones, y siempre he tenido la impresión de estar ante un auténtico animal político, además de una persona con una memoria impresionante y una apabullante fluidez de discurso.

En el terreno de las competencias autonómicas y del nivel de autogobierno me parece que no ha conseguido todo lo que querríamos, pero sí bastante. De todos modos, hay muchas cosas que quedarán por hacer en Cataluña cuando se retire. Infraestructuras como el AVE o el aeropuerto (que utilizo cada semana) dejan muchísimo que desear, o bien temas, como el del tras­vase del Ebro, que se deberían haber llevado de otra forma. En fin, creo que su sucesor tendrá ante sí un reto importante.

1          El padre de Maria de la Pau Janer es el pedagogo y escritor mallorquín Gabriel Janer Manila (1940), autor de novelas, ensayos y numerosos relatos de narrativa juvenil e ­infantil, por los que ha recibido bastantes galardones nacionales e internacionales.
2          Maria Aurèlia Capmany (1918-1991), escritora en lengua catalana que ha abordado multitud de campos, especialmente el de la pedagogía, y que ha ejercido honda influencia en la vida intelectual del ámbito cultural catalán de la segunda mitad del siglo xx. Fue concejala de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona de 1983 a 1987.
3          Josep Melià (1939-2000), abogado, político, escritor y periodista mallorquín. Gran figura del nacionalismo balear e intelectual de primera línea. Promovió la creación de los partidos políticos Partit Nacionalista de Mallorca, Centristes de Balears, Con­vergència Balear y Unió Mallorquina. Fue secretario de Estado para la Información y portavoz del gobierno de Adolfo Suárez (1979-1980).
4          El 23 de abril, Sant Jordi, patrón de Cataluña, coincide con el día mundial del libro. En esa fecha se desarrolla en Cataluña una impresionante jornada cívica. Es tradición que las parejas se regalen mutuamente un libro y una rosa en señal de amor. Ese día las calles principales de todos los pueblos y ciudades se llenan de paradas ambulantes de venta de libros, convirtiéndose en una fiesta de reivindicación cultural sin parangón en el mundo entero.
5          Alfredo Bryce Echenique (1939), novelista peruano de reconocido prestigio internacional y extensa obra narrativa. Ha residido en Europa largo tiempo. Obtuvo el Premio Nacional de Narrativa en 1998 y es el ganador del Premio Planeta 2002.
6          La LOGSE, Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo, de 3 de octubre de 1990, es el texto legal que rige el sistema de enseñanza primaria y secundaria en vigor actualmente en el ámbito del Estado español. Ya desde su tramitación parlamentaria fue una ley que generó una agria polémica y una encendida oposición por parte de la comunidad educativa: alumnos, asociaciones de padres y profesores. Se le achaca la culpa del nivel de cultura general extraordinariamente bajo de nuestros estudiantes en com­paración con los de otros países europeos.
7          Tras el asesinato de Ernest Lluch en noviembre de 2000, se sucedieron las manifestaciones de repulsa. En la mayor de todas, celebrada en Barcelona, la periodista Gemma Nierga, con quien Lluch colaboraba en un programa de radio, leyó un comunicado final. A petición de la familia, que prefirió quedar en un segundo plano ante la manipulación política de las manifestaciones de dolor, y por iniciativa propia, aprovechó la ocasión para recri­minar a los políticos presentes la falta de voluntad negociadora: “ustedes los políticos, que pueden, dialoguen, por favor”.