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Nicolás Redondo Urbieta
NICOLÁS REDONDO URBIETA.
Nicolás Redondo Urbieta Secretario General de la Unión General de Trabajadores (1976-1994)

NICOLÁS REDONDO URBIETA. Secretario General de la Unión General de Trabajadores (1976-1994)

Obra:

Texto del 12/12/2002
Fotografía cedida por N.R.

Nicolás Redondo Urbieta pertenece a una saga de luchadores por los derechos de los trabajadores, iniciada por su padre, Nicolás Redondo Blanco, que en 1915 ya pertenecía a la UGT y al PSOE  y fue condenado a muerte por sus ideas, y continuada por su hijo Nicolás Redondo Terreros que, con sólo quince años, se afiliaba a las Juventudes Socialistas y ha acabado siendo secretario general del PSE-EE.

Él mismo fue encarcelado numerosas veces e incluso desterrado, pero parece que no existe nada capaz de hacer desistir a quienes creen en la justicia de sus ideas.

La transición se caracterizó por la incertidumbre

Hace unos años se celebró en la Fundación del Banco Bilbao y Vizcaya, junto con la Fundación de Mario Soares, unas jornadas en Lisboa sobre la tran­sición, a las que fuimos invitados Carrillo, González, Pujol, Fraga, y yo mismo, entre otros. Coincidimos todos en que el proceso de transformación sindical fue muy diferente del político. Hablamos también de la transición portuguesa, que fue muy distinta, porque mientras en España se basó en el consenso, en Portugal se vivió como una ruptura democrática, la conocida Revolución de los Claveles1, personalizada en el ejército. Fueron unas jornadas muy interesantes porque se abarcaron ambos procesos, pero además se habló del papel de la Iglesia, del mundo empresarial y de los sindicatos.

Una nota predominante en este periodo de transición fue una gran incertidumbre, se tuvo que improvisar día a día, no sabíamos qué iba a pasar a la mañana siguiente, por ello la voluntad del pueblo era fundamental. Los sectores que se amparaban en la dictadura y en la defensa de sus intereses, los franquistas y los tardofranquistas, al igual que los grupos de oposición democráticos, no tenían ni la fuerza ni la cohesión suficiente para imponer su proyecto. Probablemente esto fue lo que llevó a un proceso consensuado, pactado, que, aunque puesto en entredicho por algunos, considero muy importante. La  normalidad democrática actual corrobora ese proceso de transición seguido, ya que pudimos establecer unas instituciones que permiten actualmente un juego democrático ­homologable al de cualquier país europeo.

Se rompió radicalmente con el  modelo sindical franquista

Una de las originalidades de este proceso fue la transformación que paralelamente llevó a cabo el movimiento sindical que, a diferencia de la transición política, sí fue de ruptura total y absoluta, en donde fracasaron las preten­siones, por parte de los llamados oportunistas del régimen, de llegar a una solución pactada; al contrario, lo que sucedió fue la ruptura radical del modelo sindical franquista. En aquella época tanto empresarios como trabajadores estábamos obligados a pertenecer al sindicato (supongo que para intentar suprimir cualquier conato de lucha de clases) que en aquellos años era la OSE (Orden Sindical Española) que tenía más de veinte mil funcionarios. Costó muchísimo romper con todo ese aparato, pero de esa fractura surgió el nuevo marco de relaciones laborales que existe realmente hoy. Quiero decir con esto que, contrariamente a la vía del consenso de la transición política, la sindical eligió la ruptura, lo que facilitó el proceso ya que permitió la paz social necesaria para el desarrollo de las instituciones democráticas.

Reinstaurar las libertades democráticas y alcanzar los derechos de los trabajadores, principales objetivos del movimiento sindical

Desde 1976 los grandes sindicatos, UGT (Unión General de Trabajadores), CCOO (Comisiones Obreras) y USO (Unión Sindical Obrera), teníamos no solamente acuerdos congresuales y definiciones programáticas, sino también vías abiertas de negociación y de comunicación con los empresarios y con los sucesivos gobiernos de Arias Navarro y de Adolfo Suárez. La CEOE2 se constituye un año después, en julio de 1977. Un año antes se había celebrado el congreso de la UGT, y meses después el de CCOO, en los que, junto con la USO, llegamos a una serie de acuerdos, de los que más tarde surgiría la huelga general, que fue una huelga controlada que no tuvo nada de revolucionaria, sino más bien de protesta por algunas decisiones concretas del ­gobierno. En este sentido, las centrales sindicales jamás fueron realmente desbordadas por las bases, no hubo un movimiento basista. Cuando la COS (Coordinadora de Organizaciones Sindicales) la convocó, UGT, USO y CCOO nos la planteamos como una forma de protesta que, en mi opinión, fue bastante comedida y prudente, lo que facilitó las profundas transformaciones que en ese momento se estaban produciendo.

Una de las principales aspiraciones de la UGT en esa época era la extinción de los sindicatos verticales pero, a diferencia de CCOO, que querían hacerlo al estilo portugués, desde dentro, ocupando el sindicato vertical con los ascensores funcionando, la UGT quería sencillamente erradicarlos. Más tarde CCOO propuso a la UGT llegar a un congreso de unidad sindical, a lo que nos negamos porque creíamos que, después de tantos años de dictadura, era necesario definir qué era exactamente lo que querían los trabajadores, y que se concretó en la consecución de la libertad sindical, el reconocimiento de algunas de las directivas de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y la manifestación de la pluralidad sindical. Es decir: extinción del sindicalismo vertical, reivindicaciones laborales como el derecho de reunión, negociación colectiva, etc., y por último, la instituciona­lización de nuestra pluralidad, alejada de la unión forzada del pasado. Todo esto fue lo que prevaleció en nuestra lucha y que todavía hoy enmarca nuestras relaciones laborales.

Desde 1980 en adelante, las modificaciones que ha sufrido el Estatuto de Trabajadores han sido de carácter cada vez más regresivo

Durante aquellos años llegamos a acuerdos con el gobierno central de Adolfo Suárez, algunos de ellos con el apoyo de Pujol y de Convergència, en especial sobre el Estatuto de los Trabajadores de 1980, que tuvo una gran trascendencia al sustituir las ordenanzas franquistas por el actual ordenamiento laboral. Paradójicamente, todas las modificaciones que ha sufrido desde entonces han sido de carácter regresivo. Quiero decir que, si en aquel entonces y quizás equivocadamente, veíamos el gobierno de Adolfo Suárez como una derecha pura y dura, actualmente no se le podría discutir que fue de centro, casi de centro-izquierda. Irónicamente, un estatuto que fue acordado por la CEOE y la UGT, enmarcado en unos textos legales determinados, y con un gobierno de derechas, tenía un carácter más progresivo que el que tiene actualmente, tras haber pasado por gobiernos de signo distinto, algunos de izquierda.

En el primer sindicalismo democrático existía una sobrecarga ideológica excesiva debido a los condicionantes políticos en los que se desarrolló

Tras cuarenta años de franquismo en donde el principal objetivo de los sindicatos era la recuperación de las libertades democráticas, la función puramente sindical quedaba en otro plano. Es decir, los sindicatos tenían una sobrecarga ideológica excesiva y una organización mimética a la de los partidos políticos, de la que no fue fácil desprenderse. Tenemos que reconocer que desde la UGT  fuimos capaces de frenar esta sobrecarga, por lo que no se entendieron desde otros ámbitos sindicales acuerdos como los alcanzados en 1979 y 1980 tanto con la CEOE como con el gobierno: Acuerdo Básico Interconfederal (ABI), Acuerdo Marco Interconfederal (AMI), Estatuto de los Trabajadores, etc., todos ellos piezas fundamentales en la transición porque permitieron eliminar los riesgos de una posible fractura social, de llegar a una política de consenso, no bien entendida por otras organizaciones sindicales, lo que nos supuso un desgaste desde el momento en que fuimos considerados, por algunos, traidores a la clase trabajadora. Esto mismo sucedía también en Cata­luña con la famosa reconversión industrial, que sin ninguna política de reindustrialización acabó teniendo buen fin gracias al esfuerzo de la UGT; aún ­cuando algunos pensaran que el comportamiento de esta central era excesivamente radical, por lo que fuimos grandemente criticados.

La transición finalizó con la llegada al poder del PSOE

Con los gobiernos del PSOE tuvimos graves discrepancias. No se trataba ­tanto de un problema de urgencia o de ritmo en la aplicación de medidas ­sociales, ya que si el gobierno de Felipe González nos hubiera pedido la aplicación de éstas en lugar de en cinco años, en quince o veinte, se lo hubiéramos concedido. Lo que sucedía es que no se trataba de un problema de tiempo sino de orientación, por lo que no podíamos asumir algunos planteamientos del gobierno socialista ya  que nos parecía que no se correspondían con los de un partido de izquierdas sino más bien de derechas. En este caldo de cultivo se explican las cuatro huelgas generales: 1985, 1988, 1992 y 1994.

Volviendo a la transición, no sabría decir cuándo comenzó ésta pero sí cuando terminó; fue con la llegada del PSOE al gobierno en 1982, con más de diez millones de votos y doscientos diez diputados, que les permitió constituir un gobierno democráticamente fuerte que puso fin a las tendencias involucionistas.

Para muchos la transición se cerró en falso

Cuando desapareció este temor, especialmente tras el golpe de Estado de Tejero en febrero de 1981 y la victoria del PSOE en 1982, se creó una especie de sensación de seguridad y de tranquilidad. Sin embargo, no todo había quedado cerrado; esto se ha comprobado años más tarde con la firma de la Declaración de Barcelona por los partidos nacionalistas, PNV (Partido Nacionalista Vasco), CiU (Convergència i Unió) y BNG (Bloque Nacio­nalista Gallego), en la que se reclama una especie de segunda transición, aunque más tarde esta petición sea reconsiderada en la declaración de Santiago, donde Pujol hizo nuevamente gala de su profundo sentido de estadista. El PNV opina que se tiene que dar solución a una transición que se cerró en falso, refiriéndose a la Constitución y al Estatuto de Gernika desde el marco del Pacto de Estella. También Herri Batasuna opina que la transición fue un proceso inconcluso porque no se ha seguido un verdadero proceso democrático. En otro orden de cosas,  la UMD3 decía que no se podía hacer uno, sino varios balances sobre la transición, en la que destacaban  más los silencios y las ausencias que los triunfos. Todo esto ha sido muy debatido, pero personalmente opino que no se puede volver atrás para hablar de una ruptura que no se hizo, porque en realidad fue desde el consenso como se forjó la ruptura, lo que me lleva a considerar que el proceso, en general, fue positivo. Aunque es indudable que fue una transición pactada en la que se mantuvo intacta la estructura de poder existente: el entramado financiero e industrial, el ejército, la policía o la monarquía. Pero a pesar de ello, si se ­hubiera intentado conseguir la ruptura  democrática, el riesgo de una reacción involutiva era más que evidente porque, en aquel entonces, los movimientos democráticos no tenían la fuerza ni la consistencia suficiente. Considero que el balance, veinticinco años después, es globalmente positivo.

Era importante elegir entre dictadura y democracia, fuera ésta monárquica o no

En el caso de la monarquía, por ejemplo, a pesar de que la población era en su mayoría republicana, cuando llegó el momento se dijo que el problema no residía tanto en establecer, o no, una república, porque la cuestión impor­tante era elegir entre dictadura y democracia, fuera ésta o no monárquica. Quizás los más puristas opinen ahora que ellos hubieran llevado adelante la ruptura, pero no sabemos si ésta hubiera sido posible, porque no hay marcha atrás. Donde sí hubo ruptura, y con éxito, fue en el movimiento sindical, donde se acabó con la fuerza sindical franquista con más de quince millones de afiliados a la fuerza, empresarios y trabajadores, y que estaba emparentada con el sindicalismo nazi o mussoliniano, más que con el sindicalismo de los países democráticos.

Durante el 23-F, todos los que permanecimos recluidos en el Congreso vivimos el episodio con miedo y preocupación, porque no sabíamos qué sucedía fuera

Estaba en el Parlamento cuando entró Tejero con sus hombres en el hemi­ciclo; me desconcerté porque ignoraba qué sucedía fuera del Congreso, especialmente cuando percibimos la entrada del ejército. Durante la larga espera, porque fueron muchas horas, estuve muy preocupado. Aunque a toro pasado muchos dijeron después que ya se veía venir, en ese momento todo el mundo se asustó, y creo que una gran parte de nosotros pensó en la posibilidad de que peligraran las libertades democráticas recién conseguidas.

Es injusto olvidar la lucha personal de gente como Jordi Pujol y tantos otros que hicieron posible la transición

Se ha dicho muchas veces que Franco murió en la cama, lo que es cierto, ­pero no es menos cierto que murió matando, porque meses antes de su fallecimiento había ejecutado a cinco personas. Debemos recordar toda una ­serie de acontecimientos luctuosos como el asesinato en 1970, en Granada, de unos trabajadores, o los sucesos de 1972 en el Ferrol, o en marzo de 1976, en Vitoria, donde hubo una represión que terminó con la vida de cinco personas, o el lamentable asesinato de los abogados de Atocha en enero de 1977, muertos por estar supuestamente conectados con la huelga de transportes. Es decir, la transición no se hizo por sí sola, sino que supuso un sacrificio importante por parte del movimiento obrero, del estudiantil, de gran parte de la clase política democrática. La fruta no cayó sola del árbol, hubo que ­sacudirlo y podarlo en más de una ocasión. En los años comprendidos entre 1970 y 1977 existió una fuerte represión, porque España era, después de Italia y el Reino Unido, el país de Europa con más conflictos laborales; se habían perdido ochenta millones de horas con el problema añadido de que, además, a obreros y patronos se les acusaba todavía de sedición por cualquier alteración de la regulación del trabajo. Quien no lo ha vivido quizás no aprecie lo que supuso el enfrentarse al régimen franquista. Recuerdo, sin ir más lejos, que Jordi Pujol muchos años antes iba a Bilbao a reuniones con el riesgo que ello suponía. Valgan como muestra sus dos años de cárcel, al igual que otros muchos opositores.

Fueron una guerra civil y un régimen franquista execrables que supusieron, entre otras trágicas consecuencias, el exilio de muchas personas, yo mismo fui “niño de la guerra”, estuve detenido varias veces y a mi padre le habían condenado a muerte por sus ideas políticas.

En el caso de Jordi Pujol (que ha sido y sigue siendo un gran líder para Cataluña, con un sentido de la realidad y del Estado) formó parte de la ­comisión de los diez, tratando de conseguir las libertades democráticas ­para los partidos políticos todavía ilegales, por lo que mantuvo frecuentes conversaciones con Adolfo Suárez sobre decisiones a tomar en los momentos tensos de la transición. Otra persona que considero fue básica en esos años es el propio Adolfo Suárez, así como Santiago Carrillo. Y, por supuesto, el pueblo.

En aquellos años los sindicatos teníamos mayor representación que los propios partidos políticos

Evidentemente, el pacto tampoco significó el consenso total, porque hubo muchas decisiones que fueron contestadas. Adolfo Suárez tuvo la obligación de dar sensación de cierto aperturismo, como fue la legalización de partidos, las medidas adoptadas en los años 1977 y 1978, porque él no podía permitir que, habiendo muerto Franco en España, persistiera la sensación de que seguíamos tan cerrados como durante la dictadura. Pero también hubo déficit; la UGT, por ejemplo, no fue invitada a las reuniones de los Pactos de la Moncloa4, donde se adoptaron medidas como la limitación de los salarios que, aunque aceptamos, nunca aplaudimos. Hay que tener en cuenta que en esos años los sindicatos teníamos mayor representación que los propios partidos políticos, pero como de alguna forma se percibía que CCOO ya estaba representado por el PCE y la UGT por el PSOE, no pudimos hablar por noso­tros mismos. Sin embargo, en aquellos años de los primeros congresos, la verdadera capacidad de movilización estaba sustancialmente en manos del movimiento sindical, cuya aportación fue fundamental para la propia gestación y viabilidad del proceso de transición.

La huelga de 1962 reflejó la profunda transformación que estaba viviendo España

Existe, a este respecto, un dato histórico muy infravalorado como es la huelga de 19625, que se inició en la minería en Asturias y que se extendió de ma­nera general, entre otras zonas, por el País Vasco y Cataluña. Provocó la promulgación de la Ley de Excepción que supuso un número considerable de damnificados y desterrados, yo mismo fui uno de ellos porque en ese momento estaba en el País Vasco, ya que trabajé casi cuarenta años en la Naval de Sestao. Posteriormente, en el año 1967 como consecuencia de la guerra de Bandas fui desterrado a las Hurdes6. La huelga de 1962, en realidad, no era sino el reflejo de la profunda transformación del país, ya que se había pasado de la España rural a la España urbana (más del 20% de la población había emigrado de las zonas rurales a las urbanas). A ello se añade el fuerte impulso del desarrollo industrial, el importante contingente de remesas económicas que los emigrantes enviaban a España, y la formación de nuevos sindicatos. Ese mismo año se creó CCOO, USO, SUC, es decir, una generación de sindicatos con nuevos dirigentes, que a su vez coincide con el llamado contubernio de Munich7. Supongo que en ese momento no fuimos conscientes de que se estaba generando la verdadera ruptura e iniciando una nueva época en el sindicalismo español.

Por parte del régimen franquista, la declaración de las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya como “traidoras” era esperpéntica

Como antiguo miembro del Consejo Delegado del Gobierno Vasco en el ­interior, siempre he tenido una relación fluida con el PNV, en algunos casos con el propio Lehendakari Ibarretxe quien, cuando pusieron una bomba en mi domicilio, me llamó al día siguiente poniéndose a mi disposición. Sin embargo, las relaciones con el campo del nacionalismo democrático se han visto profundamente deterioradas tras la presentación de su Plan de Libre Asociación y la intransigencia de la postura soberanista del PNV. En rea­lidad, tanto durante el franquismo como en la transición, el pueblo vasco, al igual que el catalán, fueron muy castigados, porque además de las reivindicaciones democráticas defendían sus derechos nacionales, sabiendo que no se conseguirían las unas sin las otras. Además, existía esa situación tan in­coherente para el siglo xx como era que Guipúzcoa y Vizcaya habían sido declaradas traidoras por el régimen franquista, porque la tercera, Álava, se inclinó a favor del alzamiento. Pero no era solamente una situación esperpéntica, tenía una vertiente real que se manifestaba en detalles como el estado de las carreteras y la falta de infraestructuras, ya que se nos había abandonado.

No se debe caer en el error de que la flexibilidad nos conduzca a la precariedad laboral

Actualmente uno de los temas por solucionar en el ámbito laboral es el de los autónomos. Se ha escuchado últimamente que el PP reconoce la situación anómala de este sector y está iniciando un camino de solución de ­pequeños pasos, aunque debería ser de grandes pasos porque habría que concederles mucho más de lo que ahora tienen, como el derecho a subsidio, seguro de enfermedad, entre otras cosas. Es un sector que se encuentra particularmente maltratado y que merece una mayor consideración por parte del Estado, pues los autónomos suponen un número considerable dentro de la fuerza laboral pero, además, porque son importantes como generadores de puestos de trabajo y, por tanto, de riqueza. En España hemos llegado a una situación en la que se corre el riesgo de cometer el error que se cometió en los Estados Unidos, país en el que se ha llegado a una situación de precariedad absoluta, y donde apenas existe una mínima regulación del mercado de trabajo. Actualmente somos el país con más contratos en precario, y aunque tiene que existir el trabajo temporal éste no puede ser la norma; por otra parte influye la facilidad de despido, dado que ahora se puede despedir con cualquier motivo, claro que también las indemnizaciones son abundantes, ­pero se han reducido en los acuerdos entre gobierno y sindicatos. De momento, somos competitivos respecto a Europa, pero es posible que esto cambie con la ampliación de la Unión Europea hacia los países del Este, porque éramos aún competitivos a nivel salarial pero seguramente ellos trabajarán más barato.

Todavía quedan muchos “flecos” sueltos en el tema del desempleo

Con todo ello no quiero más que resaltar el comportamiento coherente de los sindicatos. El decretazo8 ha dado paso a una reconsideración por parte del propio gobierno, y en general han sido prudentes. Pero siguen existiendo muchos flecos: el tema de los autónomos, las pensiones por viudedad (algo que en Cataluña se está abordando), etc. Es decir, faltan esfuerzos, porque cuando se da mayor crecimiento económico, y por tanto, mayor riqueza, es necesario poner los medios para que se redistribuya de forma más equitativa y justa, siendo conscientes de que las empresas deben generar unos beneficios que les permitan sustentar esa capacidad de trabajo, que es la única ­forma de garantizar unos salarios dignos.

Hemos construido Europa sobre un déficit democrático que supone un obstáculo importante para los movimientos progresistas

La última huelga general que se ha hecho en España fue minusvalorada por el Gobierno, aunque más tarde han pagado por ese error. A veces la realidad es un poco obtusa pero se acaba imponiendo. Dio lugar a algo que yo nunca había visto, que el Parlamento tuviera que rectificar una ley que había promulgado meses antes. En la cumbre de la Unión Europea en Barcelona recuerdo que José María Aznar adoptó, junto a sus socios co­munitarios, una serie de resoluciones regresivas socialmente que incluían el aumento de la edad de jubilación, la flexibilización del mercado de trabajo, la modernización salarial o la privatización de la energía eléctrica en Francia.  En estas decisiones no intervinieron los parlamentos nacionales ni el electorado, incluso el Partido Socialista Europeo, tanto en el gobierno como en la oposición, no dijo absolutamente nada, mientras el Partido Popular Europeo aplaudía dichas medidas. Hemos llegado a la peregrina  situación en donde las decisiones se toman a nivel de la Europa comunitaria, medidas a las que es imposible recurrir, ya que recurrirlas frente al Consejo de Europa, Parlamento Europeo o en la Comisión Europea se hace inútil pues hemos construido Europa sobre un déficit democrático que supone un obstáculo importante para los pueblos y las capas populares que componen la Unión Europea. Es difícil de entender que tanto la Confe­deración Europea de Sindicatos (CES) como el Partido Socialista Europeo asuman los acuerdos de la cumbre de Barcelona, en contra de los manifestantes convocados por la CES, llegando a sacar cien mil personas a la calle, que se convirtieron en cuatrocientas mil con los antiglobalización, que ­reclamaban una Europa más social, con más calidad de empleo, que sirva como referente de desarrollo para otras zonas del planeta, porque ­todos ­estamos de acuerdo con la mundialización, pero no en cómo se está haciendo. El movimiento sindical y los grupos progresistas nos encontramos ­actual­mente en una situación delicada.

No podemos permitir que la mayor parte de la población mundial viva en la pobreza

La Ley de Inmigración se hizo también muy a la ligera, hasta el punto que dimitió incluso Pimentel, entonces ministro de Trabajo, que era una per­sona digna de estima, con una visión basada en el sentido común. Es cierto, sin embargo, que en Francia, en Alemania o en Italia se están endureciendo las posiciones respecto a esta cuestión, e incluso ocurre otro tanto en países con una intensa cultura socialdemócrata, como Suecia o Dinamarca, por lo que llegamos a una situación terrible. Mientras Europa no sea capaz de facilitar el desarrollo de estos pueblos in situ con ayudas económicas, acuerdos comerciales, inversiones y lo que haga falta, seguiremos con un problema sin solucionar; cuando se ven llegar las pateras abarrotadas de personas al ­límite de la desesperación, uno se avergüenza de pertenecer a la raza humana. Y éste es un problema que no se resuelve ni con la indiferencia ni con las barreras. Existen muchísimas personas que viven con un dólar al día, y esto es algo que, quienes tienen el poder, tanto político como económico, deben afrontar. Se llegó a un acuerdo de reducción de la pobreza a la mitad en un periodo no muy largo, pero en la cumbre de Monterrey se constató que no sólo no se ha conseguido una disminución de la pobreza, sino que está aumentando. ¿Cómo puede la humanidad convivir con un problema de semejante magnitud?

1          El 25 de abril de 1974 un grupo de militares, a los que se unió espontáneamente la población civil, acabó con la dictadura salazista que padecía Portugal desde hacía cuarenta y dos años. No se trató de un golpe militar ortodoxo, sino de un movimiento rupturista y democrático que pasó a conocerse como la “revolución de los claveles”, por la decisión de los militares sublevados de poner un clavel en la punta de sus fusiles.
2          La Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) se fundó en 1977, constituyéndose en la organización empresarial más importante de España.
3          La Unión Militar Democrática (UMD) fue una organización clandestina de las Fuerzas Armadas que perseguía, desde dentro, la instauración de un régimen democrático. Creó una sensación de inseguridad en los sectores más franquistas del ejército y ayudó a evitar que éstos impidieran la transición. Muchos de sus componentes fueron encarcelados y denostados. Se disolvió con la celebración de las primeras elecciones democráticas de 15 de junio de 1977.
4          Los Pactos de la Moncloa son el acuerdo al que llegan todas las fuerzas políticas parlamen­tarias en 1977 ante la alarmante situación económica. En España, ese año, el 66% de la energía era importada sin que se tomara medida alguna tras la crisis petrolífera de 1973, su deuda externa era superior al triple de las reservas de oro y divisas del Banco de España, la inflación era del 44% y las empresas estaban tan endeudadas que el paro se disparó. Para paliar esta situación se aplica el plan de Enrique Fuentes Quintana, que se reúne con los ­sindicatos para convencerles de la necesidad de una moderación salarial que, con el tiempo, ­logrará reducir la inflación. Fue un momento de extrema gravedad donde Quintana hizo suya la declaración de un político republicano: “o los demócratas acaban con la crisis económica española o la crisis acaba con nosotros”, y en donde el consenso político y el papel de los sindicatos fueron fundamentales para su superación.
5          El 7 de abril de 1962 los mineros de Nicolasa se declararon en huelga, y en los días sucesivos ésta se extendió por toda Asturias, calculándose que el decimosexto día ya eran ­sesenta mil los obreros en huelga. La represión feroz provocó la solidaridad del resto de España, especialmente en Vizcaya y Guipúzcoa, y el 4 de mayo se declaró el estado de excepción. Sin embargo, no se superó el conflicto hasta que se accedió a las reivindicaciones de los huelguistas, convirtiéndose en el primer movimiento obrero que obtuvo una victoria ante el régimen franquista. Ante las graves pérdidas de varias empresas mineras, el gobierno decidió más tarde nacionalizar gran parte de ellas creándose HUNOSA, que abarca la mayoría de las explotaciones mineras de Asturias.
6          Las Hurdes es una comarca al norte de Cáceres de montañas áridas y en ocasiones infranqueables, que durante años vivió en el asilamiento y en unas condiciones de vida durísimas que quedaron reflejadas en el documental de Luis Buñuel. Nicolás Redondo Urbieta fue desterrado en 1967, tras haber pasado por la cárcel por su participación en la huelga de 1962.
7          Aprovechando el marco del Congreso del Movimiento Europeo, celebrado en Munich entre los días 5 y 8 de junio de 1962, representantes de la oposición interior al régimen franquista y de algunos exiliados españoles se manifiestan por primera vez, de forma pública e internacional, contra la dictadura. La reacción del gobierno franquista fue desmesurada y la comunidad inernacional vetó la incorporación de España a los organismos europeos, mientras que Franco no abandonase la jefatura del Estado y se establecieran las bases para la democratización.
8          Se conoce como “decretazo” al Real Decreto de Reforma del Sistema de Protección por Desempleo del 26 de mayo del 2002, por el que el PP, haciendo uso de su mayoría absoluta y sin el consenso de la Cámara ni de los sindicatos, introdujo unas importantes ­modificaciones a la legislación vigente con relación al abaratamiento del despido y la conversión del derecho al desempleo en una concesión. La reacción se manifestó en una huelga general el 20 de junio, minimizada por el gobierno de Aznar que, sin embargo, provocó la destitución del ministro de Trabajo, Juan Carlos Aparicio, y la reforma de la ley meses más tarde.