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Pere Portabella
PERE PORTABELLA. Director y productor cinematográfico.
Pere Portabella Director y productor cinematográfico. Senador por Entesa dels Catalans en 1977 y por el Parlament de Catalunya en 1980

PERE PORTABELLA. Director y productor cinematográfico.

Obra:

Texto del 15/01/2003 per Sr.Font
Fotografía: Àngel Font

Director y productor cinematográfico.
Senador por Entesa dels Catalans en 1977 y por el Parlament de Catalunya  en 1980

Director de cine, productor de películas como Viridiana o El cochecito, senador independiente de izquierdas, alma del espectacular regreso de Tarradellas, amigo de significativos intelectuales y políticos.
Testigo y protagonista de acontecimientos históricos, Pere Portabella ha sabido conjugar como nadie la rebeldía con la comprensión, la genialidad con el sentido común, el distanciamiento personal con el compromiso.

La resistencia contra el franquismo era un imperativo ético y cívico

Soy director de cine, aunque no es lo único que me atrae; la música, la poesía o la política me interesan por igual. Supongo que es cuestión de sensibili­dades, de un cierto compromiso, tanto con tu profesión como en los momentos que te toca vivir. Uno no decide dedicarse a la política, sino que las circunstancias le llevan a ello, porque es una forma de dar respuestas. Para los que venimos de una cultura política marcada por la dictadura fue inevitable la toma de posiciones, la resistencia a esa forma de gobierno, se trataba de un imperativo ético y cívico. Por eso mi entrada en política fue fluida y natural, no se trató de algo previamente planeado.

En el cine hice lo que quise y pude, nunca me autocensuré

Como director de cine y productor tuve un problema añadido durante el franquismo: la censura. Fue un instrumento más de represión de la dicta­dura, coherente con la negación de la libertad de expresión, la liquidación de las libertades individuales y colectivas básicas, la prohibición de par­tidos, sindicatos libres y lenguas propias. La producción cultural se si­tuaba en este contexto, y cuando me topé de frente con todo ello comencé a hacer cine fuera de la legalidad. Antes produje, en 1960, El Cochecito, de Marco Ferreri, y en 1962, Los Golfos, de Carlos Saura, con las que tuve muchos problemas con los censores, o también Viridiana, de Luis Buñuel en 1961, que ganó la Palma de Oro en Cannes. Supuso tal escándalo que me echaron de la Asociación de Productores. En lo que no caí fue en la autocensura; me censuraron y asumí las consecuencias. En realidad creo que uno de mis ma­yores ­éxitos como productor se debió precisamente a que la realización de esa ­película supusiera la destitución del Director General de cine y del Ministro de Arias Salgado.

La convivencia entre personas con diferentes percepciones y distintas sensibilidades es básica en las sociedades democráticas

Creo que la cultura democrática no debe basarse sólo en la tolerancia, porque es insuficiente; obviamente, se debe tolerar a quien no piensa igual, pero es incuestionable que donde se sustenta la democracia es en la convivencia, en aceptar coexistir de igual a igual con personas de origen social distinto, con una formación cultural diferente y de procedencias conceptuales y morales distintas a la tuya. La convivencia es la clave, la tolerancia se presupone, porque sólo faltaría que no se tolerase a la gente, va implícito en el mismo concepto de Estado de derecho.

Los suquets se hicieron célebres porque reunían a personas de muy distinto signo político

Siempre he invitado a cenar en mi casa a personas muy diversas. Es una ­forma de rodearme de gente que me gusta, independientemente del carné que lleven en el bolsillo. En esas cenas me he sentado con ministros, ahora ­democráticos, que me habían perseguido en su etapa franquista. Me los encontré en el Senado, con los principios generales del Movimiento abolidos y una Constitución, para empezar, entonces, a convivir como ciudadanos.

Sucede que a este tema de las cenas se le dio una gran cobertura mediá­tica; acudían la televisión y la radio de todas partes de España, incluso llegaron a salir en algún telediario, pero eso fue algo totalmente espontáneo porque nunca se me ocurrió buscar a la prensa. Supongo que esa atracción por el suquet, al que invitaba a quienes considero mis amigos, radicaba en que de alguna forma se reunían en mi casa personas a quienes habitualmente no era fácil ver juntas, como no fuera en el Parlamento. La magia de esos suquets, en realidad, residía en el momento concreto en que se hicieron y en la personalidad de quienes participaban. Ha sido un placer organizarlos durante veintidós años, pero ahora he dejado de hacerlo, porque creo que las cosas hay que saber terminarlas a tiempo, principio que aplico también en otras circunstancias. Actualmente lo sigo ­ha­ciendo, pero en la intimidad.

Suárez supo asumir el papel que le había correspondido e hizo lo que tenía que hacer

Adolfo Suárez cumplió una función histórica clave, pero como todos los que protagonizan un papel histórico importante, acabó “tocado” por él. A partir de entonces pasó a ser un referente, como sucedió con Churchill, quien ganó la guerra pero perdió las elecciones. En el caso de Suárez creo que no era especialmente reaccionario en contra de algunas opiniones, ­sino un funcionario gris dentro de un sistema dictatorial al que, en un momento dado, le tocó salir a escena ante el desconcierto del patio de ­butacas. Pero supo asumir su papel e hizo lo que tenía que hacer. Más ­tarde le presionaron mucho, especialmente los propios miembros del partido que él mismo había creado, la UCD, y cayó por esas tensiones, tuvo que irse. Hace ya años que ha dejado la política y hay que respetarle por eso. Supongo que si no hubiera tenido el carisma que tuvo, unido a cierta sensibilidad que le permitió percibir la necesidad de cambiar las reglas de juego, quizás no hubiera dado ese salto. Durante unos años se le retiró el saludo y tuvo enemigos en cada esquina, pero también hizo grandes amigos porque consiguió hacerse respetar. A pesar de estar en la oposición durante su mandato, le respeto ya que supo asumir la función que las ­circunstancias le asignaron.

Fui elegido por la Asamblea de Parlamentarios para organizar el regreso de Tarradellas

En los meses previos al retorno de Tarradellas yo era senador por Entesa dels Catalans. Formaba parte de la comisión permanente de la Asamblea de Parlamentarios que se había formado en 1977. Cuando ésta adoptó la decisión de la necesidad del regreso del President en el exilio hubo que designar quién se haría cargo de organizarlo y, por unanimidad algo que me honra– la comisión de parlamentarios determinó que lo hiciera yo en solitario. Me dieron una oficina en el actual Palau de la Gene­ralitat, entonces Diputación, y ocupé el primer despacho que ha tenido un ­parlamentario democrático catalán, en el salón Sant Jordi, del que ­recuerdo especialmente unas pinturas tremendas que se me caían ­encima. Organicé, coordiné y acompañé a Tarradellas a lo largo de ese día histórico.

A Tarradellas no lo conocía casi nadie hasta cuatro días antes de su retorno

En realidad Tarradellas era un perfecto desconocido en Cataluña hasta poco tiempo antes de su regreso. Con anterioridad, en la Assemblea de Catalunya, eran muy pocos los que sabían de él. Empezó a hablarse de Tarradellas tras haber decidido su regreso.  Después de la victoria de las izquierdas en 1977, Suárez optó por el interlocutor más idóneo para negociar el futuro del autogobierno con Madrid, y así no dejarlo en manos de la izquierda, que había ganado las elecciones del 15 de junio de 1977. Para esta operación, tuvieron la complicidad de catalanes como, Ortínez o Sentís1 ­entre otros. Pero las ­izquierdas asumimos el retorno de la institución porque era también una ­forma de dinamizar el proceso democrático.

Las fuerzas de seguridad del Estado aconsejaban un regreso discreto y con grandes medidas de seguridad

Según las fuerzas de seguridad el President tenía que desplazarse en un coche desde el aeropuerto, entrar rápidamente en la Generalitat y salir al balcón una sola vez. Me negué a ello porque creía que, como President, debía volver con la dignidad inherente a su cargo, y lo expuse en el Gobierno Civil delante de las fuerzas del Estado, ante las que, por cierto, cuatro días antes aún estaba corriendo. Consideraron que era una insensatez hacerlo de esa forma, pues podía facilitar una reacción violenta por parte de los sectores más integristas. Tenía que ir en un coche cubierto, y no podía entrar andando al Palau de la Generalitat, porque les parecía temerario.

Sin embargo, les contesté que las manifestaciones contra el régimen franquista las organizábamos con un servicio propio de orden democrático, gente del sindicato y de partidos de la izquierda, y que este sería el mejor servicio de ­seguridad del President, y que no debían preocuparse. Se quedaron perplejos. Verdaderamente estaba convencido de que tenía que ser así, aunque fuera asumiendo ciertos riesgos. No obstante, al final creí que quien tenía que decidir sobre un tema que afectaba a su seguridad era el propio Tarradellas.

Tarradellas estuvo de acuerdo conmigo en ir en un coche descubierto y entrar andando por la puerta grande del Palau de la Generalitat

Fui a París y le explique cómo estaban las cosas, que lo recibiría en el aeropuerto y en coche cubierto iría hasta las fuentes de Montjuïc, donde habría una concentración de masas, y mientras se lo contaba veía cómo se le iluminaba la cara, porque durante cuarenta años había soñado con ese momento. Supongo que, debido a mi formación cinematográfica, el relato del itine­rario le convenció y aceptó enseguida. Acto seguido, le comenté que teníamos un problema, Madrid quería que fuera acompañado de un representante del Gobierno y eso era un error. Tenía que llegar solo, no de la mano de un ­representante del gobierno. Se corría el riesgo de diluir el significado de su regreso. Salió de la habitación diciendo que había hablado con Martín Villa y que estaba arreglado, que iría solo. Luego le dije: si un President de la Gene­ralitat tiene que volver, ha de entrar solo, caminando, por la puerta grande, porque es el máximo representante de la institución, sin coches cerrados. Y también estuvo de acuerdo.

Cuando llegó el coche descubierto previsto para Tarradellas y su esposa, se volvió hacia mí y me dijo: “usted, Portabella, se viene conmigo”

Regresé y les dije a los mandos de la policía que Tarradellas me había dicho que sí a todo. Me pidieron que, en ese caso, asumiera yo la responsabilidad. Las fuerzas de seguridad siempre necesitan de un representante político que se comprometa, y así lo hice. Cuando llegó el avión con Tarradellas lo abracé y le saludé muy institucionalmente: bienvenido a casa, President. El pueblo de Cataluña le espera. Sabía que tenía que decir algo que funcionara, porque si se hubiera tratado de un compañero mío le habría hablado de otro modo; por ejemplo, a Felipe González le hubiese dicho: mira Felipe, bájate ya que llevamos una hora esperando, ya que había habido retraso por una amenaza de bomba. Tarradellas tenía asumido su papel como President, lo que fue una suerte. Era como aquellos actores shakespearianos que interpretan al príncipe de Dinamarca y cuando salen a la calle siguen siendo Hamlet. Bajamos del avión y cuando salimos del aeropuerto nos aguardaba el coche destinado al President y otro vehículo para mi, un coche “K”(camuflado),  de los que utilizaba entonces la policía franquista, cuya función era mantenerme en contacto con los servicios de seguridad del estado, ante cualquier posible eventualidad. Cuando le acompañé al coche que estaba previsto para él, su mujer y el chofer, me dijo: usted, Portabella, se viene conmigo. En ese momento pensé que él quedaba desprotegido, pero no me podía negar.  No lo dudé, me senté en el coche y pensé que la mejor manera de asumir el riesgo era compartirlo con él. En realidad nunca tuve tanta sensación de seguridad como esos instantes en los que íbamos en el coche, viendo las caras de miles y miles de personas que seguían nuestro recorrido por las calles. Fue una fiesta.

Hay esposas que viven la historia de su marido como si fuera la propia

Antonia Macià, su esposa, siempre asumió un rol subsidiario con su marido. Recuerdo que sucedía lo mismo con la esposa de Buñuel, con quien tuve mucha relación. Desde que llegamos y subimos al coche, hasta que en­tramos en la Casa dels Canonges, no dejó de llorar por la emoción. Todos ­teníamos sentimientos muy positivos. Por otra parte, yo estaba muy tranquilo, ya que el mosso que nos asignaron, Montalvo, hacia gala de una serenidad y profesionalidad tremendas. Especialmente en Vía Layetana, donde había pedido a la policía que no hiciera cordones para que los ciudadanos pudieran acercarse. El coche estaba resguardado por los mossos d’esquadra a ambos lados y la guardia municipal a caballo, y la gente iba prácticamente apoyada en el capó del coche, les teníamos encima, era fantástico. Recuerdo que Montalvo sacaba con parsimonia las flores que lanzaban dentro; nin­guno de los que estábamos allí teníamos miedo.

Nunca me hubiera imaginado que acabaría felicitando a la policía después de temerla durante años

A pesar de que siempre había tenido una pésima relación con la policía, cuando esa noche salí para regresar a mi casa, me encontré con el oficial de los mossos y le dije de forma espontánea que se habían comportado extraordinariamente y que, como delegado de los parlamentarios, les felicitaba. Este comentario quedó recogido en el parte de la mañana a la tropa, y tengo un documento insólito: el jefe de los mossos reunió a la tropa y les comunicó lo que yo, como responsable de la organización del acto, le había dicho. Es ­curioso, nunca me hubiera imaginado que acabaría felicitando a una fuerza de seguridad, pero éste fue precisamente el encanto de la transición. Desde luego els mossos no eran los “grises”.

El regreso de un President de la Generalitat legitimado por la República fue el primer acto de ruptura con el franquismo

En estas circunstancias tuve con Tarradellas una relación excepcional. Él había salido huyendo de la Generalitat como conseller y regresó por la puerta grande como President, elegido en territorio republicano; en la embajada ­española en Méjico. Creo que éste fue el primer acto de ruptura de la transición, el que un cargo ejecutivo de la Generalitat con legitimidad otorgada por la República, y que daba continuidad a Macià, a Companys y a Irla,2 apareciera en el balcón de la Generalitat como President, al igual que lo ­hizo Companys que, por tener el mismo cargo, había sido fusilado. Fue un momento emocionante, la gente estaba feliz porque suponía una victoria histórica para la recuperación de nuestras instituciones que hasta ese momento seguían ­vacías de poder. Era tangible que, con su regreso, volvíamos a tener la posibilidad de forjar la identidad de Cataluña en torno a su figura.

Si éste fue el primer movimiento de ruptura, el segundo consistió en la elaboración de la Constitución, que supuso un salto radical hacia delante ­porque permitió la creación de un moderno Estado de derecho, con un sis­tema de distribución territorial autonómico, con una Carta Magna donde ­quedaba abolida la pena de muerte y por la que, finalmente, se garantizaban nuestros derechos y libertades.

Hay que juzgar a quienes hicieron la transición desde los hechos concretos

Cuando se habla de momentos determinantes de la historia, se puede especular sobre si se hizo bien o mal, pero el caso de Adolfo Suárez, desde la perspectiva histórica, tiene un valor concreto. Consiguió que las Cortes franquistas aprobaran su ley de reforma, que suponía de facto el suicidio del régimen, un harakiri voluntario y, más tarde, convocó elecciones y abrió el periodo constituyente. Esto es lo que hizo Suárez y es mucho. En el caso de Tarradellas, la gran importancia de su labor fue precisamente mantener viva durante tantos años, con ­todo en su contra, solo en el exilio y sin medios, la dignidad de su cargo.

En política hay momentos desconcertantes

En política se dan momentos donde las cosas suceden de una forma imprevisible, porque en esos años la mayoría éramos rupturistas.  Históricamente no se había demostrado que se pudiera pasar de una dictadura a una democracia con la participación de todo el mundo, los de un lado y los del otro. Pienso que, precisamente, ésta fue la originalidad que provocó que se haya hablado tanto de la transición española. La Constitución, en la que parti­ciparon todos, y en la que se rompía drásticamente con el pasado, da la medida para evaluar el papel de quienes intervinieron.

Los juicios de intenciones pueden resultar mezquinos

Los juicios de intenciones son mezquinos, no por sí mismos, sino por el uso o manipulación a que dan lugar. Se puede hablar sobre las intenciones, pero no utilizar dichas especulaciones para resituar a las personas que intervinieron, según sea la perspectiva de quien emite el juicio. Por ello no quiero entrar a especular sobre cuáles eran las intenciones de Tarradellas. Sé que no se presentó por Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), ni por ningún otro partido a pesar de que se lo propusieron. Sé también que cuando salió al balcón de la Generalitat dijo ja sóc aquí, pero también jo també vull l’Estatut, y por mucho que ahora algunos digan que no lo quería, sé lo que dijo ­porque yo estaba allí.

El Rey cumplió una función que no estaba prevista

Hay momentos en que a determinadas personas les toca ejercer un papel y hay quien lo desempeña y quien no, y Tarradellas supo hacerlo. Al igual que el Rey, que cumplió una función que no estaba prevista, porque con la vuelta de tuerca que supuso la transición, se vio situado como un jefe de Estado que debía garantizar la cohesión y la continuidad del cambio. España es un país donde no existen partidos monárquicos, sin embargo el Rey ha conseguido ser muy popular. Las cosas suceden así. Fue una decisión coyuntural para una monarquía funcional sobre la base de la soberanía popular.

Se dejó de lado la idea original de convocar un referéndum

La transición significó hacer muchas concesiones, todo el mundo las hizo, y llegar a soluciones concretas que nos permitieran instaurar un Estado de ­derecho. Lo que sucede es que a veces las cosas se llevan a término dentro de unas posibilidades concretas y no como se quiere realmente. Y eso es lo que pasó, se dejó de lado la idea original de convocar un referéndum para decidir qué forma de Estado queríamos, si una monarquía o una república, porque en ese momento era comenzar la casa por el tejado, porque de lo que se trataba era de procurar establecer la democracia, y lo prioritario era redactar una constitución. Si ese referéndum se hubiera hecho, probablemente hubiera agudizado la fractura social y política ya existente. Cuando el 15 de junio Suárez convoca elecciones se decide, de acuerdo con las fuerzas polí­ticas democráticas, elaborar la constitución de la que hasta ese momento ­nadie hablaba, y el mes de agosto ya estaba convocada la ponencia constituyente. Esa es la historia, hay que juzgar sobre los hechos concretos.

La transición se construyó también sobre pequeños gestos

Cuando los parlamentarios, diputados y senadores entramos en el congreso para la creación de la primera Cámara, se constituyó la primera mesa, la de edad, presidida por Dolores Ibárruri, y con Alberti en la vicepresidencia, fue un momento emocionante. Sin embargo, minutos antes habíamos acordado con Felipe González, Carrillo y el resto de parlamentarios de izquierda no aplaudir pasase lo que pasase, porque creíamos que guardar las formas ante los parlamentarios de la derecha, el silencio respetuoso, era la mejor manifestación que podíamos hacer de normalidad democrática. La transición se construyó también sobre estos pequeños gestos.

Una constitución nunca puede ser definitiva porque las sociedades tampoco lo son

Cuando ahora nos preguntan cómo pudimos hacerlo, siempre digo que en aquel momento los que estaban dispuestos a aceptar las reglas de juego que nosotros proponíamos eran bienvenidos. Supongo que fue la capacidad de seducción de unos y la necesidad de sobrevivir políticamente de otros, lo que permitió la transición, lo que evitó el conflicto. Claro que esto tuvo un ­precio: la desmemoria. ¿La constitución es un texto definitivo? ¿Cerrado? No. Las constituciones pasan a ser transitorias cuando la sociedad las supera, sólo son válidas mientras sirven a las formas de convivencia, y tienen que ­reformarse en el momento en que dejan de hacerlo. Cuando dicen que la Constitución española no puede tocarse no es cierto, porque el propio texto contempla la posibilidad de su reforma y establece los términos en que ­puede hacerse. Una constitución nunca puede ser definitiva porque las socie­dades no lo son. Por tanto, siempre puede reformarse mientras res­ponda a unas ­sensibilidades y desde el consenso, nunca desde la voluntad de un partido con mayoría absoluta. Decir que no puede modificarse supone una concepción muy radical y restrictiva que no se corresponde con una ­sociedad laica y un sistema democrático.

Su capítulo referente a las autonomías contiene de manera implícita el principio federalista

Nuestra Constitución es, además, un punto de partida muy favorable para modernizar el Estado español. El capítulo que trata sobre las autonomías y las formas de autogobierno contiene implícitamente el principio federa­lista. Lo que sucede es que, debido a las circunstancias políticas en que se redactó, no se contempló el Estado federal como tal, porque se tenía miedo de abrir esa caja de Pandora. Pienso que, en realidad, bastaría con redondear lo que ya contiene el texto constitucional para alcanzar un sistema federal, así como muchas otras cuestiones. Pero lógicamente se necesita un consenso muy amplio de las Cortes, y estar muy seguro de lo que se hace y cómo se hace, evitando radicalmente los oportunismos.

La abolición de la pena de muerte

En la Comisión Constitucional del Senado, l’Entesa dels Catalans propuso una enmienda para la abolición de la pena de muerte. A mi me tocó ne­gociar el voto a favor con todos los grupos parlamentarios. Finalmente se aprobó por unanimidad. Fue un momento inolvidable para mi.

Catalanes y vascos fueron los verdaderos impulsores del sistema autonómico

No viví muy intensamente el regreso del Lehendakari Leizaola en San Mamés, yo siempre había estado mas cerca de Irujo, que había sido ministro del gobierno vasco durante la República y en el exilio. Coin­cidimos además en el Senado, cuando fui senador por Entesa, que fue una época en la que tuve mucha relación con la gente del PNV, desde él hasta Bandrés.

Siempre ha existido una relación importante entre catalanes y vascos por muchos motivos, aunque en ese momento nos unía una lucha común por el reconocimiento de nuestros derechos nacionales, la consolidación de los ­estatutos de autonomía y del autogobierno, porque éramos las únicas nacionalidades históricas que lo reivindicábamos.

La importancia de la conciencia nacional de Cataluña y del País Vasco se traduce precisamente en la creación del Estado de las autonomías. Sin ellos hubiera sido imposible imaginar que se ideara un sistema así. Precisamente la fuerza de sus reivindicaciones fue la que provocó que se elaborara un sistema de distribución territorial que supera la demarcación provincial. Y aunque finalmente se resolvió con grandes dificultades y carencias, no cabe duda que el sistema autonómico ha cuajado.

Cada vez tienen más importancia las regiones en la Unión Europea

Existe una visión ciertamente maniquea cuando se aborda el encaje de los nacionalismos en la nueva estructura europea. Estoy convencido de que en los mecanismos políticos de la Unión Europea, las regiones adquieren cada vez más importancia porque son más operativas; la política agraria, por ejemplo, no ha funcionado desde un punto de vista estatal, se ha tenido que hacer basándose en un concepto regional.

Tener un sistema federal no es incompatible con la Unión Europea

Lo que se está haciendo ahora mismo en Europa no es una constitución, sino una convención que perfila los rasgos que definirán el futuro texto constitucional. Se intenta crear un mínimo marco institucional que permita una política de defensa y una política económica común, una relación que preserve la diversidad cultural, una política migratoria unitaria, y nada de esto es incompatible en un país como Cataluña. Lo que hay que hacer es modernizar los estados, y quien potencialmente tiene más posibilidad de hacerlo es, precisamente, España porque es el Estado menos desarrollado desde el siglo xvii. Francia, en cambio, es un Estado muy consolidado y estructurado. Alemania, por el contrario, ya tiene su sistema de Lands con competencias exclusivas. Quiero decir con esto que no es incompatible en absoluto el ­tener un sistema federal con la Unión Europea, sino que al contrario, permi­tiría el encaje de todas las identidades y las nacionalidades históricas. Es el conflicto entre la unión de los Estados y la Europa de los ciudadanos.

Necesitamos una Europa con una política verdaderamente común

Esa debería ser la Europa que entrara en una globalización sustentada en la cohesión social y la distribución de la riqueza, no en la contaminada por la salvaje mundialización de la economía. Una Europa con más capacidad de respuestas, operativa y con una política verdaderamente común, que todavía no tiene. Tenemos una moneda común sin una política económica que la sustente, por lo que la moneda es frágil. Tenemos unos Estados que siguen siendo Estados Nacionales, y aunque buscan una coordinación, no existe una política unitaria. Y lo que está intentando la Convención Europea, es crear unas condiciones operativas e institucionales que permitan una Europa con protagonismo internacional. Necesitamos una Constitución ­europea pero todavía quedan muchas cosas por hacer.

Pujol es un político demócrata y liberal

Conozco a Jordi Pujol desde hace años, y siempre le he tenido por un demó­crata liberal. Ha cumplido bien su función, y aunque yo haya sido frecuentemente muy crítico con su forma de hacer gobierno, le reconozco su gran capacidad política. En los últimos años, el tiempo ha ido en su contra, algo que lamento profundamente porque todos reconocemos su labor en la transición, su habilidad para motivar la autoestima a amplios sectores de la ­sociedad muy apáticos en aquel momento.

La lengua define la identidad de un colectivo

Es cierto que le ha faltado dinero público, pero aunque se tenga la financiación lo que importa es quién y cómo se administra. Es evidente que el primer paso hubiera sido conseguir un concierto económico similar al vasco, pero tampoco supone una varita mágica que resuelva todos los problemas. Lo que sucede es que en aquel momento se optó por otra solución. Los vascos lo tienen y les permite gozar de una economía fuerte, pero también se han sustentado en un clientelismo importante. Pero, padecen el problema de la lengua, que es el elemen­to identitario más importante. Nosotros con el catalán tenemos un elemento de referencia que cohesiona más que el ­dinero. Estoy convencido que los vascos hubieran deseado encontrarse con su lengua tan arraigada como la nuestra en 1977, cuando solamente un 7% de vascos hablaban euskera. En Cataluña, en cambio, el pueblo pudo, haciendo uso cotidiano del catalán, mantener vivo su idioma, y esto es un elemento de unión que no es equiparable a los presupuestos del gobierno. La lengua define la identidad de un colectivo en grado mucho mayor que ­cualquier otro elemento.

1          Se refiere al empresario Manuel Ortínez y al periodista Carles Sentís. Ambos ocuparon cargos posteriormente en el gobierno de la Generalitat provisional.
2          Francesc Macià i Llussà (1859-1933). President de la Generalitat de Cataluña, de 1931 a 1933. Conocido y respetado político, fundó en 1922 l’Estat català, base de los partidos catalanistas que nacieron después. Exiliado a Francia durante la dictadura de Primo de Rivera, fue detenido por el intento de invasión de Cataluña desde Prats de Molló. Regresó a Cataluña en 1931, año en que fue elegido President provisional de la Generalitat. En 1933 fue proclamado President.
Lluís Companys i Jover (1882-1940). Ocupó diversos cargos en la política municipal catalana y española. Sucedió a Macià como President de la Generalitat en 1934. Ese mismo año proclamó l’Estat català (6 de octubre de 1934), hecho por el que fue encarcelado por el Gobierno central. Tras la amnistía concedida en 1936 regresa a Cataluña como President de la Generalitat. En 1939, parte a Francia como exiliado, donde es detenido por la Gestapo alemana y entregado a las autoridades franquistas, que tras un juicio sumarísimo, el 15 de octubre de 1940, lo fusilaron.
Josep Irla i Bosch (1876-1958). Ocupó importantes cargos en la política catalana. Exiliado en 1939, tras el fusilamiento de Companys, y según las normas de l’Estatut Intern de Catalunya, por las que el presidente del Parlament debía suceder al President de la Generalitat, es nombrado presidente en el exilio, cargo que ocupó hasta 1954,en que nombra a Josp Tarradelas como su sucesor.