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Ricard Bofill Arquitecto
Ricard Bofill, Arquitecto
Ricard Bofill Arquitecto

Ricard Bofill, Arquitecto

Obra:

Entrevsitado el 09/10/2001,
Fotografía: Àngel Font

Arquitecto

Ricard Bofill es uno de nuestros arquitectos más elogiados a nivel internacional. Estudió en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y posteriormente en la Universidad de Ginebra.

Son incontables los títulos y premios que, meritoriamente, le han sido otorgados. Ha desarrollado la mayor parte de su trabajo en el extranjero, lo que le proporciona mayor perspectiva histórica con respecto al periodo de la transición, aunque también es un gran conocedor de su país, con el que ha estado comprometido desde siempre a muchos niveles, incluso políticamente.

Recibí una educación muy liberal

He tenido una carrera profesional muy peculiar, probablemente influida por el hecho de ser hijo de arquitecto y haber recibido una educación especial, distinta de la habitual en la época. Como he dicho, mi padre era arquitecto y propietario de una empresa constructora. Mi madre era italiana, ­judía veneciana, y yo estudié en el Liceo Francés, así que recibí una educación atípica, muy liberal, que me proporcionó una visión caleidoscópica sobre el mundo que se ha ido reforzando con mis viajes al extranjero. Mi padre era militante de Esquerra Republicana de Catalunya, colaboró durante la guerra civil con el bando republicano, y por lo tanto tuvo problemas, fue sometido a un consejo de guerra, pero siempre procuró darme una educación cultural liberal y no intentó influir en modo alguno en mi forma de pensar a nivel político, a pesar de pertenecer a una familia de larga tradición catalanista. Procedo de una familia que participó activamente en la Renaixença1 y el ­catalanismo del siglo xix, soy pariente del poeta Guerau de Liost; a nuestra masía familiar de Sant Julià de Vilatorta acudían con frecuencia Josep Carner y Eugeni d’Ors2, pero insisto en que mi padre no quiso nunca que la tradición familiar me encaminara políticamente hacia el catalanismo.

Empecé a participar en movimientos políticos clandestinos vinculados al psuc

Lo que ocurrió es que, dada mi formación liberal, desde muy joven estuve en contra del franquismo, no me gustaba cómo era Barcelona entonces, ni me gustaba el entorno social de la época, un entorno gris, donde no se podía ­leer, no se podía hablar en libertad sobre cualquier tema, ni tampoco expresarte en tu propia lengua. Se imponía por doquier una actitud hipócrita, y yo me rebelaba contra todo esto, así que empecé a participar en movimientos políticos clandestinos, vinculados al psuc, y formé parte del Sindicat Lliure Universitari, con lo cual también tuve problemas y acabé siendo ­expulsado de la universidad.

Mi padre fue quien me inició en el oficio

Ante este panorama mi padre quiso que trabajara con él, me inició en el campo de la arquitectura, me enseñó el oficio y me alentó a realizar proyectos. Así que gracias a él a los veinte años empecé a construir y a tener éxito. Mis primeras obras fueron publicadas enseguida en las revistas especiali­zadas, me di a conocer desde muy joven en otros países, recibí premios y el reconocimiento internacional desde muy temprana edad.

La notoriedad deja de tener interés por sí misma

Quizá empecé en la arquitectura con ese concepto general de transgredir los límites físicos de la existencia y vencer a la muerte, hacer una obra que fuese más allá de tu propia vida. Ese fue uno de los impulsos por los cuales me ­dediqué a esta disciplina artística, aparte de que a mí me atrae el sentido del espacio, el trabajo en equipo que conlleva (en estos momentos tengo alrededor de cien personas trabajando a mi lado, en el taller de arquitectura que dirijo), pero el hecho de que alcanzara el éxito tan pronto, y que mi nombre de alguna forma figurase en las enciclopedias de arquitectura, colmó enseguida mis aspiraciones personales en este sentido. Ante tal situación te cambian los intereses en la vida profesional, porque la notoriedad, la gloire que dicen los franceses, deja de tener interés por sí misma y ya no es un motivo para seguir trabajando. Mi motivo actual es continuar haciendo una obra que me emocione y me interese, darle a mi trayectoria profesional un sentido más profundo que el puramente mediático o de revista de arquitectura, intentar que mis obras tengan un significado, que vayan más allá, que expresen mi reflexión personal sobre el futuro de la arquitectura y que al ­final sean unas obras bien hechas.

Tiempo, parámetro importante en mi vida profesional

En la actualidad, superadas ya el resto de las motivaciones para seguir trabajando, padezco una especie de angustia vital que me atrapa y, del mismo modo que otros necesitan escribir, yo necesito hacer proyectos de arquitectura para sentirme satisfecho en la vida. Buena parte del trabajo de un ­arquitecto consiste normalmente en enseñar sus obras ya realizadas y los planos de las obras que va a realizar, a promotores inmobiliarios y gente que pueda estar interesada en invertir en ellas, pero en este momento esas son cosas que dejo en un segundo plano, como también otras que me gustaría hacer: escribir libros, conceder entrevistas, dar conferencias, etc., porque no tendría tiempo para hacer los proyectos arquitectónicos que considero necesarios para completar lo que creo que debe llegar a ser mi obra, así que el tiempo se ha vuelto un parámetro muy importante en mi vida profesional.

Me interesa el proyecto arquitectónico en sí

Uno de mis principios básicos sobre arquitectura, y sobre la historia del arte en general, es que los gustos cambian constantemente, las tendencias se suceden a un ritmo vertiginoso, así que a mí no me gusta repetir una obra, no soy partidario de la fotocopia, de volver a hacer lo mismo cuando una obra te ha salido bien, esto no me estimula personalmente a seguir trabajando. Hay muchos pintores, arquitectos y artistas en general que sí lo hacen, desarrollan un estilo personal que a lo largo del tiempo van mejorando y de esta manera consiguen grandes obras, pero a mí me gusta cambiar, incorporar nuevos proyectos y nuevas experiencias, hacer gala de la invención y de la creatividad. El proyecto arquitectónico en sí es lo que me interesa.

Recibo más críticas en Cataluña que fuera de ella

A lo largo de mi trayectoria profesional he trabajado en más de cincuenta países distintos, por supuesto también en Cataluña, y debo constatar un ­fenómeno curioso: la mayoría de las críticas negativas a mi obra las recibo en Barcelona. Cuando trabajo en Japón o en los Estados Unidos, la gente me ­recibe muy bien, los artículos periodísticos suelen ser a favor y no tengo ningún problema; en cambio en mi relación con mi país, con Cataluña, se crean una serie de controversias sobre mi arquitectura y sobre mi persona­lidad, algo que también me pasa a veces en París, porque en esta ciudad y en Barcelona son los lugares donde más he trabajado, donde más se conoce mi obra y con los que tengo una relación más familiar.

A mi modo de ver, las razones últimas de estas críticas son ajenas al valor ­artístico de mi obra arquitectónica. Tengo la imagen pública de alguien que trabaja mucho, que tiene fuerza, que hace muchas cosas, y esto provoca ­envidias, o matizándolo mejor, se lanzan críticas que parecen fruto de la ­envidia y al final obedecen a razones económicas, porque la gente del gremio cree que si trabajas mucho quitas el trabajo a los demás. Por otro lado, en una ciudad como Barcelona se han montado desde hace tiempo unos lobbys3 de opinión de signo político, que en la época de la transición o del franquismo no existían, grupos pujolistas enfrentados a grupos maragallistas, y en base a ello se crea una actitud delante de cualquier personaje público sin tener mucho en cuenta su obra. Aunque trabaje en un terreno muy internacional la gente me conoce por la obra que he hecho en un sitio concreto y los juicios necesariamente son parciales. Como no me inscribo en las tendencias oficiales de las escuelas o de los colegios de arquitectura autóctonos, recibo críticas a menudo por parte del colectivo profesional catalán.

Me hubiera gustado trabajar más en Cataluña

Siempre he deseado poder desarrollar una obra arquitectónica coherente en Cataluña, pero por diversas circunstancias personales no he sido capaz de hacerlo, he acabado dejando en ella una actuación esporádica y dispersa. Razones de todo tipo me han llevado a tener que ejercer mi profesión fuera de Cataluña, donde he realizado el 90% de mi obra. Por supuesto también he trabajado en Barcelona, considero que he dejado aquí obras de un cierto relieve, pero ha sido insuficiente. Mantengo con mi ciudad y con mi país una relación un poco complicada porque es una relación familiar, que siempre son las más difíciles. En un país pequeño como Cataluña tienes que ­pelearte con la gente para hacer las cosas a tu manera, así que resulta más gratificante trabajar fuera, lo que por otro lado no deja de ser una experiencia enriquecedora que te proporciona una visión del país más amplia y globalizada, menos localista. Estoy contento de haber tomado esta alternativa, pero conlleva que, aunque haya algunas obras mías significativas en Barcelona, a mi pesar no está toda la obra que, personalmente, me hubiera gustado construir. Confieso que, de alguna manera, habría deseado influir más a nivel arquitectónico sobre Barcelona y sobre Cataluña.

Morfológicamente concibo Cataluña como un triángulo equilátero

Desde siempre he mantenido una línea conceptual a nivel territorial y urbanístico, una visión personal sobre Cataluña en base a la cual me hubiera ­gustado intervenir. A Cataluña la ubico geográficamente en una situación preferente, de paso, de mezcla y de inmigración dentro del conjunto de la península Ibérica. Morfológicamente la concibo como un triángulo equilátero, con uno de sus lados mirando al Mediterráneo, otro al norte, al horizonte europeo, y el otro encarado hacia España. Se trata, pues, de un país ­pequeño, pero muy variado, que ya desde la época de la República mantiene la vocación de ser una especie de ciudad-región bien construida, de calidad, con unos sistemas de comunicación eficaces, un respeto al paisaje y un nivel cultural y arquitectónico alto. Por desgracia, este ideal urbanístico no se ha podido desarrollar correctamente, Cataluña tiene unas partes que se han destrozado y otras, en cambio, que se han preservado en toda su belleza original, esto ha dependido mucho del nivel cultural de los diversos dirigentes políticos. Después de la guerra civil había tanto por hacer, estaba todo tan mal, que los temas cuantitativos se impusieron sobre los cualitativos. Es una lástima, pero es así, y nos queda el consuelo de que el proyecto urbanístico aún no está terminado, por lo tanto todavía puede tener remedio.

Jordi Pujol es un hombre de palabra

Tengo el placer de conocer a Jordi Pujol desde hace muchos años, pues ya en mi época juvenil de militancia política, descubrí la presencia de una personalidad singular como la suya, supe de su trayectoria catalanista y antifranquista por la que había estado en la cárcel. Era alguien que empezaba a ­destacar en el ambiente político, junto a varios de sus colaboradores. Lo cierto es que en esa época, en 1957, los que luchábamos contra el fran­quismo y a favor de una transición política de corte democrático, lo que se llamaba por aquel entonces la reconciliación nacional, éramos pocos, y nos ­conocíamos todos. Cuando quise conocerle personalmente, le telefoneé y fui a verle. Estuvimos hablando un buen rato. Entonces yo aún tenía una posición ideológica muy de izquierdas, que no se ajustaba con la suya, pero me encontré con una persona de una gran fuerza y personalidad, con una visión de Cataluña coherente y una voluntad política absolutamente extraordi­naria, como no había hallado entre mis correligionarios.

El encuentro me satisfizo enormemente, y pensé que el nacionalismo catalán tenía en él una figura con las ganas, la capacidad, la voluntad de trabajo y el conocimiento apropiados para hacer frente a sus problemas. Desde entonces hemos mantenido una amistad, ciertamente no nos frecuentamos mucho, pero sí mantenemos cierta fidelidad y afecto mutuo. Para mí la principal cualidad de Jordi Pujol es su lealtad con las personas, creo que es un hombre de palabra, algo que hoy por desgracia se encuentra poco, y cada vez que ha depositado su confianza en un tema concreto se ha hecho. Después de haber trabajado en varios proyectos con mi padre, mi primera construcción importante en Barcelona a nivel individual fue el edificio Walden 74, que financió –precisamente– el Banc Industrial de Catalunya, entidad que él presidía. Por su novedad el edificio causó polémica, pero en todo momento el comportamiento de Jordi Pujol fue consecuente y mantuvo su apoyo al proyecto.

Mi relación con Tarradellas

Traté al President Tarradellas en su exilio en Saint Martin-le-Beau, mi padre me comentó su existencia y fui un par de días para conocerle, estuve ­hablando con él y sobre todo escuchándole, porque era un hombre que tenía muchas cosas que contar. Poseía una personalidad muy fuerte, una actitud muy dura y muy recta, incluso a veces desdeñosa, pero mostraba un amor profundo a Cataluña. Entonces yo no pensaba que volviese algún día como President de la Generalitat, a pesar de que él ya lo vaticinaba. No me lo acababa de creer, así que me sorprendí muchísimo cuando se cumplieron sus previsiones.

Hice una pequeña contribución arquitectónica al país

En aquel momento quise hacer una pequeña contribución arquitectónica al país, y convencí a las autopistas francesas para construir en la frontera un monumento a Cataluña, una pirámide de tierra sobre la cual coloqué las cuatro barras. En este tema los franceses son absolutamente jacobinos5, pero expliqué el proyecto de la escultura y no pusieron pegas, hasta que una vez terminado lo inauguró el President Tarradellas, lo que no les hizo tanta gracia, pero él mantuvo una actitud muy digna evitando suscitar polémicas ­políticas innecesarias. De todos modos fue un acto bastante íntimo, había ­cuatrocientas o quinientas personas, y no salió reflejado en los periódicos. Todavía se mantiene en su sitio como signo de paso entre Francia y Cataluña.

Desarrollo territorial de Cataluña promovido por el President Pujol

Por lo que sé, y por lo que he hablado con el President Pujol, éste ha tenido siempre interés por el desarrollo de la Cataluña interior y de la totalidad del territorio, pero ha tenido inconvenientes porque el peso de Barcelona ha ­sido muy importante en la construcción global del país, existen serias ­dificultades para desarrollar las carreteras y los equipamientos e infraestructuras viarias que hagan de la totalidad de Cataluña un territorio habitable, de convivencia, un territorio estructurado. Se han hecho algunas cosas, pero no se han podido hacer todas, y no es por falta de voluntad de Pujol.

Hoy día han mejorado las cosas, la gente que vive en el Empordà o en Tarragona puede venir a trabajar a Barcelona o viceversa, el territorio se está estructurando poco a poco. Esto se hace con el poco dinero que hay, porque desde España creen que somos muy ricos, pero de hecho no es así. Lo cierto es que, para emprender infraestructuras y obras públicas, Cataluña se enfrenta a serias dificultades económicas porque posee una capacidad de formación de capital muy relativa. Las cosas se hacen lentamente, a trozos, y sobre todo se resiente el aspecto cualitativo. El área metropolitana de Barcelona está mal enfocada, aunque está mejor que antes; la línea de la costa tampoco está bien hecha, ni aquí ni en el resto de España tiene la calidad que los catalanes querríamos.

Falta de análisis y valoración a la hora de hacer las cosas

Creo que hace falta una concienciación cultural que se irá adquiriendo poco a poco, porque la gente se contenta sólo con que se haga algo, sin plantearse un análisis de si las cosas están bien hechas o no. En este sentido yo también estoy contento con las actuaciones que se promueven desde la Generalitat, pero al mismo tiempo insatisfecho, porque no se hace lo suficiente, ni se presta siempre la debida atención a la calidad. Las cosas podrían estar ­peor, desde luego, pero en el caso de la costa, por ejemplo, en el Maresme ­está rota por el trazado de la línea del tren, y creo que si tuviéramos dinero esa línea ferroviaria se tendría que soterrar para convertirla en un paseo ­marítimo. Soy un apasionado del mar, toda la fachada costera de Cataluña me gusta mucho, pero observo que cuenta poco a nivel urbanístico. Durante años se ha construido de forma salvaje, y la solución tampoco es, como ­piensa la gente, no construir en la línea de la costa, sino hacer las cosas bien hechas, con juicio, cariño y sentido del equilibrio, en base a una visión global del país y de su línea marítima.

Estos desmanes constructivos no se pueden achacar sin más al President Pujol. Mi lectura de la situación es más geográfica, morfológica y arqui­tectónica, pero sé que el President es más un hombre de pensamiento, de ­concepto, de memoria, sus características mentales son distintas y así mismo válidas para promover el desarrollo territorial de Cataluña. Posee una enorme educación intelectual, una gran formación cultural, histórica y política que respeto porque le aporta un conocimiento profundo de los lugares y de sus necesidades intrínsecas de desarrollo.

La lengua catalana es un bien cultural que debe protegerse adecuadamente

Soy firme partidario de la diversidad cultural entre los territorios y por lo tanto de su protección. La lengua es parte importante de esa diversidad, y si se protege el francés en Francia, el castellano en España, ¿cómo no tiene que protegerse el catalán en Cataluña? El problema estriba en la forma de hacerlo. Se debe proteger la lengua catalana como seña de identidad colectiva y como vehículo de integración de los inmigrantes llegados desde hace tiempo a Cataluña, y en este sentido la labor realizada ha sido buena. Al mismo tiempo, se debe tener en cuenta que cada vez es necesario hablar más lenguas, el castellano, el inglés, el francés, y por lo tanto corremos el riesgo de hablarlas mal, que es lo que ocurre normalmente hoy día, pero las cosas ­están así, estamos obligados a hacer más esfuerzo que el que hacen otros ­países en este sentido.

Tenemos que encontrar la manera de evitar el reduccionismo lingüístico

En el caso de la universidad creo que debe estar abierta al resto de las lenguas estatales y europeas para que no se resienta en el campo de la investigación, de la tecnología, que no pierda las posibilidades de diálogo. Hay gente que no viene a estudiar en ellas porque las clases se imparten en catalán, y considero que tenemos que encontrar fórmulas para solucionarlo, ya que es importantísimo para nuestro futuro que la investigación tecnológica salga adelante, que no nos quedemos descolgados por una cuestión de reduccionismo lingüístico.

El proceso autonómico no ha satisfecho las expectativas políticas catalanas

Siempre estuve seguro de que el régimen cambiaría, de que costaría ­mucho, pero no me cabía duda de que al final se impondría un sistema ­democrático. Durante la transición entre todos creamos esta especie de consenso general a lo largo del proceso político para que el país no se rompiera, porque desde luego se podía fragmentar. Mi padre se quejaba amargamente del resultado de la Constitución y del contenido del Estatut de Sau, que le pareció muy malo, y no estaba de acuerdo con el diseño estatal de las autonomías, más bien pensaba que en España las únicas autonomías viables eran las de las nacionalidades históricas. De hecho ahora estamos comprobando que no fue un diseño equilibrado, pero en ese momento ­nosotros, los catalanes, para no romper la baraja y para preservar el sentido de consenso, de diálogo necesario, aceptamos ese proceso autonómico, ese modelo de Estado con diecisiete autonomías un tanto arbitrarias.

Una vez establecida, sabía que la autonomía iba a ser muy difícil de compaginar con el gobierno central, pues los problemas más graves que tenía ­pendientes entonces el Estado español, es decir, aquellos cuya solución tras el franquismo iban a requerir un mayor esfuerzo por parte de todos, eran la ­legalización de los partidos de izquierda y el encaje de las nacionalidades históricas. Por lo tanto, en el desarrollo del proceso autonómico en general, y en concreto en el catalán, yo esperaba encontrar estas dificultades, las considero normales y creo que continuarán existiendo. No me han sorprendido en ­absoluto, por eso no me siento defraudado por el nivel de autogobierno ­conseguido, puesto que no tenía unas expectativas más altas sobre el proceso.

Cataluña vive un momento crítico

Esto no quiere decir que ya no espere nada nuevo de la autonomía catalana. Por razones, no ya sentimentales sino pragmáticas, espero que Cataluña tenga la formación de capital suficiente para poderse desarrollar, que ­obtenga el poder político necesario y adecuado a su personalidad histórica, ligada a España y Europa, que alcance el nivel de autogobierno requerido para dirigir el país hasta las cotas de desarrollo económico y político que precisa la situación actual. Estamos ahora en un momento crítico en el cual hay cosas que devienen fundamentales: el valor de la tecnología crece a un ritmo exponencial, la diferencia tecnológica irá aumentando y, si no se ­tienen los recursos y los elementos técnicos para seguir conectados al desa­rrollo económico europeo y a sus ámbitos de decisión política, Cataluña quedará descolgada. Necesitamos obtener todas las competencias básicas para el autogobierno, respetando, como se ha hecho hasta ahora, las leyes españolas, del mismo modo que desde España se tienen en consideración las europeas, preservando el principio de subsidiariedad, para seguir siendo una región europea vital. España necesita de Cataluña, de su relación privilegiada con Europa, para poderse desarrollar, y nosotros precisamos de más autogobierno para poder hacerlo mejor, porque las cosas de aquí no se pueden decidir desde Madrid, porque son distintas de las que pasan en Cádiz, en Extremadura, en Galicia o el País Vasco, porque se tiene que conocer el terreno para decidir las cosas.

Cataluña precisa tecnología, formación de capital, infraestructuras, necesita aumentar su nivel técnico, político, económico y cultural, y es evidente que no disponemos todavía de muchas de estas cosas. Para tener las infraestructuras, para poner la Universidad al nivel adecuado, para ubicar la tecnología donde es más necesaria, para hacer las cosas bien y para desempeñar el papel que nos corresponde en el conjunto del Estado, tenemos que estar preparados, disponer de las herramientas políticas y legislativas para hacer frente a una ­serie de problemas específicos en un momento de cambio, de incertidumbre, de dificultad como el actual. La globalización económica conlleva para nuestra sociedad graves trastornos como el traslado de las industrias a la Europa del Este, donde aparece la mano de obra más barata, y la inmigración masiva.

Hoy el político se limita a representar un papel ante la opinión pública

En la actualidad los políticos son meros representantes mediáticos de los partidos y de los intereses económicos que defienden. Los grandes políticos dotados de personalidad propia, con una visión a largo plazo, se han terminado. Los tiempos de Churchill, Roosevelt, Stalin, etc., se han acabado, con Reagan6 se inaugura una época en la que la política consiste en las relaciones públicas. Al igual que un actor, el político se limita a representar un papel ante la opinión pública; en vez de mandar, se erige en intermediario entre los votantes y los intereses económicos de las grandes empresas. Consecuen­temente hoy los políticos saben mucho de economía, tienen capacidad para definir en sus discursos la situación económica, para entenderla y proyectarla hacia el futuro, pero han perdido la capacidad de ilusionarnos colectivamente.

Pujol es un político de los de antes

De momento en Cataluña no estamos padeciendo esta pérdida de nivel de la política, porque Jordi Pujol es un personaje con una idea de país y de

la función institucional del President de la Generalitat muy clara y muy por encima de todo esto. Su concepción del mundo y de la situación política ­lógicamente va cambiando con el tiempo, pero su visión personal de la misión de un político sigue siendo la misma que cuando empezó, lo que es un gran mérito. Tiene voluntad y amor por el país, respeto hacia su profesión y hacia las personas que le han votado, se apoya ideológicamente en unos ­valores cristianos que para él son muy importantes todavía y determinan su estilo político. Ha sabido mantenerse en esta postura desde sus inicios, y eso hace que su trayectoria sea de las más coherentes que hemos vivido en Cataluña en los últimos tiempos.

El aeropuerto de Barcelona debe potenciarse más

Desde el gobierno central hay unos temas de Estado que consideran intocables, y uno de ellos es el de los aeropuertos. De momento en España sólo hay sitio para un gran aeropuerto internacional, que está situado en Madrid y controlado por el gobierno central. Madrid es una ciudad que ha crecido mucho y tiene una entidad fuerte, es una capital importante, volcada en el mundo de los negocios y de la gran actividad económica, y para ello se han hecho y se hacen constantes esfuerzos para dotarla de mecanismos radiales de comunicación con toda la periferia española, pero no está dispuesta a ­admitir todavía competencia en el campo de las comunicaciones internacionales, y en este sentido se arroga el derecho a contar con el único aeropuerto transoceánico del Estado.

El aeropuerto de Barcelona, de cuya ampliación arquitectónica me he hecho cargo, está creciendo a un ritmo más lento de lo deseable en función del ­volumen de pasajeros potenciales que podría absorber en el futuro, pese a contar con la nueva terminal capaz de dar servicio a veinticinco millones de ­pasajeros, y esto hipoteca momentáneamente su desarrollo en un momento como el actual, en que el tráfico aéreo aumenta en todas partes. La tendencia general es la de crecer en consonancia con ese aumento previsible; por ejemplo, en Alemania, además del gran aeropuerto internacional de Frankfurt, el aeropuerto de Munich está ganando importancia. Creo que el de Barcelona también debería desarrollarse en paralelo al de Madrid como ocurre en otras partes de Europa, donde también se potencia la descentralización del tráfico de pasajeros, y me parece que poco a poco esta idea irá calando en la mentalidad de nuestros gobernantes.

El President Pujol comparte con entusiasmo esta noción de descentralización del tráfico aéreo, en este tema ha hecho lo que ha podido, consciente de que desde Madrid se percibe como un asunto estructural importante y, por tanto, es más difícil conseguir avances en la cuestión.

Cataluña es un país de individuos

Hay una serie de aspectos personales de Pujol que le hacen especialmente entrañable como político. Posee mucha vitalidad y mucha memoria, algo que con el paso de los años lejos de disminuir parece que vaya en aumento, tiene la capacidad de hablar con la gente del pueblo en su mismo lenguaje y sobre temas muy concretos y convencerles, y al mismo tiempo también es capaz de elevar su discurso a niveles intelectuales propios de la institución que representa, le he visto improvisar discursos totalmente brillantes, conversar en seis lenguas distintas. Esto es complicadísimo, muy difícil y loable en un político de un país pequeño como Cataluña. Es un modo de hacer que seguramente tiene ventajas e inconvenientes, y un rasgo importante de su personalidad, muy compleja e interesante. El President Pujol forma parte de esas curiosi­dades catalanas, pues Cataluña ante todo es un país de individuos.

1          El romanticismo en Cataluña se ha de asociar al movimiento de la Renaixença. Se trataba de un movimiento de recuperación de la lengua y la literatura catalana –conviene remarcar la oposición con el término decadencia– que se extiende desde los años 40 hasta finales del xix. La identificación de la Renaixença con el romanticismo viene dada por la coincidencia cronológica y por la asimilación de la estética y buena parte de sus ideas más conservadoras. La Renaixença fue un movimiento burgués e intelectual en el cual un grupo de personas tomaron conciencia de país y asumieron la identificación entre lengua y patria.
2          Seudónimo del poeta catalán Jaume Bofill i Mates (1878-1933), uno de los ­máximos poetas del movimiento literario noucentista. Josep Carner y Eugeni d’Ors son también figuras literarias del mismo movimiento artístico de principios del siglo xx.
3          Voz inglesa que designa un grupo de presión o de poder constituido por personas influyentes en un ámbito concreto, ya sea político, social o cultural.
4          Edificio situado en Sant Just Desvern (Barcelona) y realizado por Ricard Bofill en 1975. Ubicado en un solar industrial, el proyecto pretendía construir viviendas sociales con un presupuesto notablemente inferior al de la época. El edificio se levanta como una “ciudad en el espacio”, un enorme laberinto vertical formado por un enjambre de viviendas comunicadas entre sí a todos los niveles mediante pasillos horizontales y verticales.
5          Nombre con el que es conocida la facción política más demagógica y sanguinaria de la Revolución Francesa, por haber tenido su sede en un antiguo convento dominico o, como vulgarmente se llama en Francia a los miembros de esta orden religiosa, jacobino. En política el calificativo de jacobino se aplica al sector más radical de una corriente ideológica y, cuando se refiere a un Estado como en este caso, al carácter autoritario y centralista a ultranza de éste.
6          Sir Winston Leonard Spencer Churchill (1874-1965), primer ministro inglés durante la segunda guerra mundial y una de las grandes figuras políticas del siglo xx.
Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos. Político sagaz, supo convertir un país económicamente destrozado en la nación más poderosa del mundo.
Iosif Stalin (1879-1953), sucesor de Lenin en el cargo de secretario general del pcus y primer ministro de la Unión Soviética. Dirigió el país férreamente durante la segunda guerra mundial, y junto a Churchill y Roosevelt diseñó la correlación de fuerzas y la división en bloques políticos del mundo tras la guerra.
Ronald Reagan (1911), cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos de 1980 a 1988. Antiguo actor de cine, su presidencia se caracteriza por la creciente ­importancia de la política económica en la gestión del país, de signo neoliberal.