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Santiago Carrillo
SANTIGO CARRILLO. Secretario general del Partido Comunista de España (1960-82)
Santiago Carrillo Secretario general del Partido Comunista de España (1960-82)

SANTIGO CARRILLO. Secretario general del Partido Comunista de España (1960-82)

Obra:

Texto del 12/11/2002
Fotografía cedida por S.C.

Secretario general del Partido Comunista de España (1960-82)

De Santiago Carrillo cabe señalar su gran valía como político y su faceta como periodista y escritor.

En 1976 regresó a España y se convirtió en uno de los protagonistas más destacados de la transición.

No se puede analizar con rigor esa etapa de nuestra historia sin contar con sus opiniones.

Diputado por Madrid en las elecciones de 1977, 1979 y 1982, ejerció de portavoz del grupo parlamentario comunista. En 1985 fundó el Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista.

Radio Pirenaica fue la voz de la resistencia a la dictadura

En los años de la dictadura, a pesar de vivir en el exilio, muchos españoles me conocían a través de mis intervenciones en Radio Pirenaica, nuestro principal medio de contacto con la sociedad española. Era una emisora que dirigía el Partido Comunista, en la que yo, como secretario general, tenía una participación muy directa, incluso en la designación de Jordi Solé Tura como locutor de la misma. Durante las huelgas de 1962 pasé una semana entera en Bucarest dirigiéndola personalmente e participando en sus emisiones multitud de veces. Era consciente de que en España miles de personas, cerrando las ventanas, procurando no alertar a los vecinos, intentaban, y conseguían muchas veces, escucharnos. Estaba al corriente de esta circunstancia, porque recibía informaciones de nuestras organizaciones clandestinas en España, que nos daban cuenta del eco y la repercusión, en mayor o menor grado, que éstas tenían. Pero, además, lo sabíamos debido a que conocíamos las barreras que ponía el gobierno para interceptar nuestras ondas. Intentaban incomunicarnos porque sabían que miles de personas, a pesar del riesgo que corrían, continuaban escuchándonos.

La vuelta del President Tarradellas es un símbolo del final del largo exilio, de la paulatina recuperación de las libertades democráticas

En los últimos años del franquismo tenía la impresión, desde el exilio, de que Tarradellas estaba alejado de los movimientos de resistencia que se desa­­rrollaban en Cataluña, de que no se mostraba identificado con ellos, y llegué a tener la sensación de que no iba a jugar un papel importante en la transición. Pero Tarradellas había conservado la presidencia simbólica de la Generalitat y en un momento dado, el gobierno, preocupado por el hecho de que en Cataluña habían ganado las elecciones una mayoría de izquierdas, pensó que Tarradellas podía, en cierto modo, neutralizar esa mayoría y asegurar en Cataluña una política más moderada. Sin embargo, creo que el President jugó un papel histórico que fue más allá del que le habían asig­nado, porque su vuelta, independientemente de las intenciones en ese momento del gobierno, resucitaba la Generalitat y convertía a la autonomía ­catalana en un hecho irreversible. Me parece que en ese sentido su papel terminó siendo positivo. Además, Tarradellas creía sinceramente en la necesidad de unión de las fuerzas democráticas y antifranquistas, sin exclusiones, lo que fue muy importante para Cataluña en esa etapa inicial.

La transición política no habría sido posible sin la contribución al proceso de Adolfo Suárez

Adolfo Suárez desempeñó un papel fundamental en el proceso democrático, porque una vez que se lanzó a hacer la transición, en connivencia con el Rey, arrostró peligros y vicisitudes que probablemente muy pocos políticos españoles se hubieran atrevido a afrontar, dando muestras de un gran valor y coraje personal en el empeño. La legalización del Partido Comunista y la autonomía de Cataluña, que en aquel momento eran dos cuestiones clave, objetivamente deben mucho, y en consecuencia la misma democracia, a la actitud que Suárez adoptó en ese periodo, jugándose su porvenir político e incluso, en algunos momentos, la propia vida. En realidad, Suárez es un hombre que merece la gratitud de la izquierda de este país. Ha desapare­cido de la política española precisamente por haber tenido la firmeza y el valor para desmontar, y deshacer, el pasado franquista. La extrema derecha, que fue la que destruyó su partido y la que lo puso fuera de juego como líder político, moralmente debería ser más prudente, y no intentar, como ­hace últimamente, asimilarse a la figura de Suárez, pues, desde un punto de vista histórico, siempre será un personaje progresista. No pasará a la historia, como algunos pretenden, por ser un defensor de los valores de la derecha tradicional.

Siempre tuve la sensación de que la transición iba a acabar bien

En aquellos años de la transición todo ocurría a mucha velocidad, aunque el proceso nos pareciera lento entonces. Se sucedían constantemente una serie de acontecimientos políticos que ahora, con la adecuada perspectiva histó­rica, se muestran lógicos y previsibles, pero que a nosotros nos daban la impresión, por usar un juego de palabras, de que todo estaba desatado1.

La verdad es que quizá no estuve nunca tan seguro en mi vida de que inevitablemente íbamos a consolidar entre todos un sistema democrático como en el año de la peluca2, aquél que viví clandestinamente en este país. Personalmente sabía que podía sufrir un accidente, había muchos grupos ultras, pero en la calle se respiraba la misma sensación que yo tenía, y eso es lo que me daba seguridad. Posteriormente se desencadenaron una serie de elementos de ruptura con el pasado, y quizás uno de los más fuertes que se produjeron fue la legalización del Partido Comunista. No es casual que en torno a esta cuestión se polarizaran opiniones, enfrentamientos, amenazas de levan­tamientos militares, porque en el fondo esa legalización, y la conse­cuen­te integración de una serie de personas, entre las cuales puedo estar yo, a la ­actividad política española, representaba de verdad el fin de la guerra civil y de las bases ideológicas del sistema franquista.

Me emocioné en la primera sesión de las cortes

Siendo un mozalbete, había estado en el Parlamento como periodista, informando de las sesiones de las cortes constituyentes de la República. Cuando ocupé mi escaño en él por primera vez en 1977, viendo a Dolores Ibárruri y a Rafael Alberti en la presidencia de las cortes, y a mí mismo a la cabeza del grupo parlamentario comunista, sentí que en ese momento la historia de la democracia española reemprendía su marcha. Habían muerto ya la mayor parte de los grandes políticos de la República, la dictadura había durado demasiado tiempo, y subsistimos los que éramos más jóvenes. El régimen fue un terrible túnel que parecía interminable, resistimos y llegamos hasta el ­final pocos de los que en la República habíamos tenido alguna significación: Tarradellas, como símbolo vivo de la legalidad de las instituciones ­republicanas; Dolores Ibárruri3, no sólo como líder del Partido Comunista, sino como madre de los combatientes que defendieron la República; yo mismo había sido líder de la Juventud Socialista Unificada en aquel tiempo. En el momento en que las nuevas cortes constituyentes se reunieron, tuve la sensación de que se cerraba una etapa nefasta de nuestra historia colectiva y se reanudaba la democracia que tantos años anheló nuestro pueblo.

Obstáculos y dificultades en el momento de redactar la Constitución

Sin duda hubo una actitud de comprensión, por parte de Suárez, Abril Mar­torell, Landelino Lavilla y otros4, hacia las reivindicaciones que la izquierda y las fuerzas democráticas plantearon en el curso de las ponencias constitucio­nales. Pienso que en aquel momento la izquierda catalana y española consiguieron bastante más de lo que podía esperarse después del referéndum de la reforma política. Por todo ello, el redactado final de la Constitución no fue tan malo como preveíamos. Hubo también, a lo largo de esos dos años, convi­dados imprevistos, participantes invisibles, al menos aparentemente ante los ojos del público, que actuaban frenando con todas sus fuerzas, que no eran ­pocas, el proceso de elaboración de la Constitución. Sentíamos, o por lo menos yo lo sentí, que al margen de las conversaciones que podían desarrollarse entre los partidos políticos para redactar la Constitución, había una presencia in­vi­sible de poderes fácticos que todavía pesaban mucho en este país, y con los cuales manteníamos una pugna sin poder muchas veces decir claramente las cosas, sin poder denunciar con todas las letras las resistencias que encontrábamos, porque había el temor a que, poseyendo la fuerza material, esos poderes fácticos echaran al traste el proceso constitucional.

Desde la elaboración hasta su aprobación todo el proceso constituyente resultó largo y costoso

La verdad es que, a fin de cuentas, conseguimos bastante, cosas tan importantes como la creación del Estado de las autonomías, para mí uno de los progresos más serios que se hizo entonces, incluso aunque la vida pueda volver a plantearnos la necesidad de reexaminar y de reelaborar decisiones que tomamos constreñidos por resistencias que eran tremendas. En aquel entonces hicimos todo lo que era posible hacer, pues durante meses5 estuvimos marchando por un filo de navaja muy estrecho en el que cualquier paso en falso podía provocar un retroceso. El trabajo ímprobo de aquellos momentos realmente tiene mérito, conseguimos superar esas dificultades, pero no sin ciertos costos para muchos de nosotros.

La Constitución no es un texto tabú

Para mí no hay ningún texto constitucional que sea intocable. Una buena constitución es aquella que prevé la forma de ir superándola y adaptándola al desarrollo real de la vida de un pueblo. Creo, sin ningún género de dudas, que algún día habrá que retocar la actual Constitución y mejorarla, porque no es ningún texto sagrado que tenga que permanecer con sus comas y puntos a lo largo de la historia. Más bien es un documento que tendrá que ir reformán­dose a medida que avanza la sociedad. La prueba de que los ponentes constitucionales pensaban esto mismo, es que el texto en sí ya incluye los mecanismos para su propia modificación, sin que debamos dramatizar ese hecho.

Si hiciéramos una Constitución completamente nueva sería neoliberal

De todos modos, pienso que con la correlación de fuerzas actuales en el Parlamento, si hubiera que hacer una nueva constitución, no corregir ésta, sino hacerla de nuevo, saldría una constitución neoliberal, y la que hicimos entonces no es exactamente así. La Constitución de 1978 choca con las políticas vigentes en el colectivo de los países democráticos, en muchos aspectos ésta va por delante de la situación actual todavía, y en cambio, en otros aspectos ocurre lo contrario, la realidad nos está planteando problemas de ajuste del texto constitucional que habrá que abordar algún día, porque no se puede mantener a la fuerza un engranaje que no funciona bien. Siempre hay que estar abiertos a mejorar la Constitución, a mejorar el sistema político que construimos entre todos hace veinticinco años.

España necesita un federalismo asimétrico

En el campo de los estatutos de autonomía, como pasa con la Constitución, creo que no está mal lo que se consiguió, incluso se avanzó con respecto a lo que fueron los estatutos de la época de la República, pero no está escrito en ninguna parte que todo eso no pueda mejorarse todavía. Lo bueno de la España de las autonomías que construimos entonces es que se aproxima bastante al ideal que desde mi partido y otras muchas corrientes ideológicas de izquierdas siempre hemos defendido, el del federalismo, aunque quizás conviene dar pasos más decididos para superar ese marco autonómico. Pienso que España necesita un federalismo y, además, que sea asimétrico, porque ­todo el mundo no tiene los mismos problemas, el café para todos no ha resul­tado la solución ideal. Se debe reconocer más explícitamente que España es un país plurinacional, y tener en cuenta ese elemento al establecer, cuando se pueda, un sistema declaradamente federal.

Europa todavía está en un crisol

Contrariamente, soy más escéptico ante la idea de una Europa federal. Vista con mucha perspectiva, puede ser una idea positiva. Pero Europa todavía está en el crisol, es decir, todavía la estamos construyendo, y no sabemos cómo va a terminar ese proceso de gestación, ni siquiera es seguro que los americanos permitan, en definitiva, que exista una Europa unida. Por eso, en realidad, pienso que deberíamos centrarnos en conseguir que España fuera un estado modélico, cada vez más, por sus formas, por sus instituciones, que con su ejemplo pudiera ayudar a construir Europa.

Estoy a favor de la autodeterminación

Soy favorable al derecho de autodeterminación de los pueblos. Por ejemplo, analizando el problema vasco, pienso que (cuando haya otra situación distinta a la actual, de violencia y de arrinconamiento de una parte de la opinión pública vasca por el temor a morir de un balazo en la cabeza) negarse a que el pueblo vasco tenga la oportunidad de autodeterminarse, de decidir su destino, es un error, y, sobre todo, una falta de confianza en la legitimidad y en la necesidad de mantener el Estado español.

Es compatible el derecho de autogobierno con el advenimiento de un marco político europeo común

Al mismo tiempo, se alzan voces que califican de contrasentido hablar hoy de autodeterminación cuando estamos inmersos en un proceso de unificación europea. A mí no me parece que haya una contradicción entre esta tendencia mundial de concentración de esfuerzos, de fusión de los Estados, que es una predisposición objetiva, planteada por la globalización de la economía, y la tendencia simultánea a valorar e incrementar el peso político de ­regiones, de municipios, también de naciones que no tienen Estado. Creo que son dos fenómenos que se combinan sin una contradicción fundamental, porque estamos ante una propensión a la universalización, y ante otra que aspira a desarrollar, ampliar, extender la democracia de manera que sea cada vez más real, y que pueden coexistir en esta época sin problema alguno.

El eurocomunismo pretendió ser un retorno del ideario comunista a las aspiraciones democráticas de su militancia

El eurocomunismo al que se afilió ideológicamente mi partido, era una tentativa de mostrar que no es posible una sociedad igualitaria sin democracia, y de recuperar para el comunismo la defensa a ultranza del sistema democrático, algo que ya formaba parte del ideario de los partidos comunistas ­occidentales antes de la segunda guerra mundial y de la guerra fría. El Partido Comunista de España es una buena demostración de esto si juzgamos su historia. Desde los años de la guerra civil hasta la desaparición del franquismo, nuestro ejercicio político consistió en afrontar todos los sacrificios del mundo para recuperar y defender el sistema democrático que se implantó en la República. Creo que el eurocomunismo era (y recalco este era) la confirmación de esta línea política, que entraba en conflicto con el sis­tema soviético y con lo que tenía ese sistema de imperialista. Por eso, otra de sus características era la independencia respecto a la Unión Soviética, y la concepción de que la liberación, en términos de clase, que defendíamos los comunistas, no íbamos a obtenerla por el choque entre Estados socialistas y capitalistas, sino por un desarrollo interno de cada pueblo, porque lo otro, la confrontación entre los dos sistemas, significaba otra vez la guerra mundial, en la cual no podía ganar ninguna causa liberadora. El drama de los eurocomunistas era que teníamos enfrente al imperialismo americano, al que combatíamos, pero también al imperialismo soviético, que no nos aceptaba pues convertíamos a los partidos comunistas de auxiliares de su política exterior a partidos nacionales (aunque internacionalistas) que luchaban para liberar a su propio pueblo.

Tanto las ideologías de izquierda como las de derecha han acabado diluyéndose ante la doctrina económica del neoliberalismo

Durante muchos años la crítica de la burguesía y de sus exponentes al marxismo era que partía de un determinismo económico, que todo lo subordinaba a la economía. Marx, Engels y otros teóricos se esforzaron en sus trabajos para desmentir esto, sin lograrlo plenamente. Hoy vemos que esos que nos criticaban, que combatieron el marxismo para defender el sistema capitalista actual, se han convertido en deterministas económicos, y niegan que existan dos opciones en política, la izquierda y la derecha, sino que, invocando el ­fatalismo de la economía, amalgaman todas las ideologías políticas en ese potaje ideológico llamado “centro”. Pienso que hay que combatir esa mentalidad y, como dijo Mao Zedong6, hombre que en muchos aspectos se equivocó, pero que ha dejado su huella en la historia, hay que poner la política en el timón y no dejar que sea la economía la que rija nuestros destinos.

Los disidentes de la globalización son el germen de la nueva izquierda mundial

El predominio del determinismo económico frente a las ideologías políticas tradicionales ha acentuado la división del mundo en países inmensamente ­ricos y en otros enormemente pobres, y ha hecho surgir una conciencia social que conlleva que los gobernantes y el pueblo sean favorables a la unificación económica o partidarios de la antiglobalización, entendiendo esta última ­como un movimiento antisistema capitalista, que cada día gana más adeptos entre los sectores más desfavorecidos, y que tiene sus raíces más profundas, aunque aparezca con aspectos novedosos y sin ninguna relación directa con el pasado, en las ideas y enunciados que se derivan del manifiesto comunista.

Este movimiento se parece mucho, por sus características, a lo que fue la Primera Internacional7, en la que convivían como ahora tendencias diversas unidas por una aspiración común, la contestación al sistema capitalista opresor. Muchas veces los seguidores de esa corriente antiglobalizadora no son conscientes de ello, a pesar de que, curiosamente, llevan entre sus símbolos banderas rojas. No obstante, creo que en ese movimiento está el ­germen de una nueva izquierda en el mundo.

Hay que reivindicar la paz y el diálogo

En la actualidad se tiende a utilizar la violencia, hasta el punto de que ya se habla de la tercera guerra mundial, la guerra contra el terrorismo, cuando en el fondo se trata de una guerra por el petróleo. Es un conflicto, como estamos viendo estos días, que se hace con métodos tan terroristas como los que puedan utilizar aquellos movimientos violentos que se pretende combatir, y ­entramos en una fase que podemos llamar de mundialización de la violencia, no sólo por parte de ciertas organizaciones, sino también por parte de Estados que desean sacar partido de la situación explotando irracionales ­deseos de venganza. Creo que hay que reivindicar, con más fuerza que nunca, los conceptos de paz, debate, diálogo o razón.

El golpe de Estado iba dirigido contra la dignidad de la clase política, pero no lograron su propósito

He pertenecido a una generación que entró en el comunismo como se ingresa en una orden militar, es decir, poniendo la vida a disposición de la causa. Consecuentemente, al servicio de mis ideas políticas he aceptado toda clase de riesgos durante la guerra civil, el exilio y la clandestinidad, y he aceptado desde muy joven la representación de ese ideario ante la opinión pública y ante las urnas. La noche del golpe de Estado, por la manera en que se produjo, vivimos un ataque frontal a la dignidad de la clase política española y a la voluntad democrática de nuestro pueblo, y me di cuenta, en milésimas de segundo, de que si los que invadían el Congreso triunfaban, yo iba a caer, especialmente a mí me había llegado la hora. Si me mantuve en mi escaño sentado, impasible ante los acontecimientos, no fue por un tema de valentía, porque algunos de mis camaradas parlamentarios se tiraron al suelo y estoy seguro de que son, por lo menos, tanto o más valientes que yo. Fue una cuestión de reflejos, de inteligencia política si se quiere, era inconcebible la idea de que un hombre como yo, con todo lo que representaba, se arrojara al suelo delante de aquellos bárbaros.

Jordi Pujol es uno de los políticos más importantes de la transición

Conocí personalmente a Jordi Pujol en el verano de 1976, cuando yo todavía andaba con peluca por este país. Me entrevisté con él y con Miquel Roca i Junyent en Barcelona. Debo decir que en ese momento recibí una impresión muy favorable del político que tenía delante. Sus concepciones tenían mucho de socialdemócratas en el buen sentido, en el de las grandes preocupaciones sociales. Estaba muy al corriente de la política internacional, seguía, por ejemplo, con mucha atención la experiencia eurocomunista del Partido Comunista Italiano8. Todo eso ya me hizo prever que Pujol iba a ser uno de los políticos importantes de la transición.

Ahora, ante su inminente retirada del primer plano de la vida pública, creo que la historia será justa con Jordi Pujol y le reconocerá como un hombre que contribuyó a traer la democracia, tanto para España como para Cataluña. Pienso que no se valora suficientemente la gran contribución que ha hecho siempre al mantenimiento del sistema democrático en España. Cierto que incurrió en errores, todo el mundo en política los comete de vez en cuando, y algunos muy singulares, como en los últimos años la alianza que ha mantenido con el Partido Popular, cosa que ha debido de influir en un desgaste mayor, y creo que también en una pérdida de prestigio (por lo menos vistas las cosas desde Madrid, sin seguir paso a paso los problemas pequeños y grandes de la política catalana). Me ha parecido un desacierto apoyarse en el pp para el mantenimiento de su gobierno en Cataluña, esa dependencia le ha debilitado porque, en general, el Partido Popular es eminentemente centralista, nada partidario en su momento de lo que pretendimos construir con el Estado de las autonomías, aunque ahora, defendiendo una política inmovilista, quiera aparecer como el paladín de la Constitución, de los estatutos, de las autonomías, cuando todos sabemos su oposición inicial a estos temas.

La historia está en continua evolución

A veces me preguntan qué me gustaría que la historia recordara de mí. Supongo que será poca cosa, porque está en continua evolución9, va marchando siempre hacia delante y las personas, una vez cesan en sus cargos públicos, van siendo olvidadas. La única aspiración que tengo es que mi nieto se acuerde de mí como un abuelo simpático, que le ayudaba todo lo que podía, y que era una buena persona. Todo lo demás me sobra.

1          Se alude aquí a la expresión “todo está atado y bien atado”, atribuida a Franco, pero pronunciada por Luis Carrero Blanco en referencia a la continuidad del sistema franquista más allá de la muerte del dictador.
2          El 7 de febrero de 1976 Carrillo, disfrazado con una peluca, cruzó la frontera para sumarse a las fuerzas políticas opositoras desde dentro del país y preparar el terreno para la legalización del pce. Burlando toda clase de vigilancia policial merced a ese mismo disfraz mantuvo intensos contactos con los líderes políticos democráticos y también con Suárez y otros miembros de su gobierno a fin de pactar los plazos de la reforma política. Como existían problemas burocráticos y con los poderes fácticos del régimen anterior que dificultaban y retrasaban en exceso su legalización personal y la de su partido, el 10 de diciembre del mismo año rompió su clandestinidad y convocó una rueda de prensa para presentarse ante la opinión pública y exigir que se le otorgara un pasaporte. Martín Villa ordenó a la policía su inmediata detención para acallar el escándalo y contentar a los sectores más reaccionarios. Ésta se produjo el 22 de diciembre, y una vez detenido se agilizaron los trámites de su documentación, así que ocho días más tarde fue puesto en libertad con un carnet de identidad legal. El 9 de abril de 1977 se legalizó finalmente el Partido Comunista de España.
3          Dolores Ibárruri (1895-1989), dirigente comunista más conocida como “la Pasionaria”. Secretaria general del PCE de 1942 a 1960, fue la antecesora de Carrillo en el cargo. Como la persona de mayor edad de la cámara, presidió la sesión inaugural del nuevo Parlamento democrático.
4          Fernando Abril Martorell (1936-1998), ministro y vicepresidente del gobierno de Suárez. Tuvo una destacada actuación en la promoción de los acuerdos entre partidos que permitieron aprobar la Constitución.
Landelino Lavilla (1934), ministro en el gobierno de Suárez y presidente del Congreso de Diputados durante el periodo de gestación de la Constitución.

5          La redacción de la Carta Magna, fue un proceso largo; hasta la aprobación definitiva pasaron diecisiete meses. Se deseaba que fuera una Constitución lo suficientemente abierta como para que se adaptara a la ideología de cualquier partido que llegara a gobernar y que no hiciera falta llevar a cabo cambios ni correcciones. Había muchas cuestiones conflictivas: la monarquía y la bandera tradicional (el pce, por ejemplo, se vio obligado a reconocerlas de entrada), la organización territorial, la educación (la ucd quería hacer resaltar la influencia de la Iglesia; el psoe, una intervención mayor del Estado), la pena de muerte (el ejército la quería mantener en tiempos de guerra), el sistema electoral, el divorcio, el aborto, etc.

6          Mao Zedong (1893-1976), político, militar y teórico comunista. Presidente desde 1931,de la República Popular China surgida de la guerra civil que él dirigió, gobernó, hasta su muerte, los destinos de su país con mano firme. Brillante orador y filósofo político, su doctrina, conocida como maoísmo, ha tenido gran influencia en el pensamiento comunista.

7          La celebración de la Exposición Universal de 1864 en Londres fue aprovechada por Marx para establecer contactos con diversos dirigentes obreros del continente. Conjun­tamente acordaron crear la ait (Asociación Internacional de Trabajadores), inte­grada por elementos de diversas tendencias (socialistas, anarquistas y sindicalistas) de los países miembros. Marx se encargó de redactar los estatutos, sintetizados en dos principios básicos: la clase obrera debía emanciparse por sus propios medios, y la conquista del poder político debía ser su primer objetivo para liberarse de la opresión económica.
8          Como doctrina política, el eurocomunismo fue elaborado y sistematizado por el líder del Partido Comunista Italiano Enrico Berlinguer (1922-1984), y puesto en práctica por primera vez en ese mismo país, tras los excelentes resultados electorales obtenidos por el pci en 1976.
9          La idea de que la historia está en continua evolución, procede del filósofo alemán Georg Hegel (1770-1831). Su sistema filosófico se basa en el concepto de lo absoluto, que se manifiesta bajo las formas de naturaleza y espíritu, y se halla en constante evolución. La dialéctica hegeliana estudió esta evolución por medio del proceso de tesis, antítesis y síntesis. Este método, al aplicarse a la filosofía de la historia, ha tenido trascendental influencia en los diversos sistemas filosóficos desde el siglo xix, y singularmente en el marxismo.