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VICENTE MARTÍN PINA.

VICENTE MARTÍN PINA. CLR COMPAÑÍA LEVANTINA DE REDUCTORES

Obra:
Texto del 21/03/11 .
Fotografía cedida .
 

Modelo de self-made man, este emprendedor vocacional sabe que una empresa no puede estar aislada del conjunto social donde se inserta, entre otras razones porque primero se constituye de personas. Siguiendo el ejemplo de superación de su patria chica, su empresa nació de una crisis anterior, lo que le ha demostrado que los problemas se vencen con tesón, inteligencia y honradez. De ahí que elevar el nivel cultural y educativo de España le parezca apremiante.

Una crisis puede ser una oportunidad

La empresa que dirijo desde 1996 tiene un nacimiento un tanto azaroso. Surgida a partir de otra preexistente, dedicada a la fabricación de micromotores para juguetes y fundada por mi suegro y por el padre de mi socio, dicha entidad quedó tan tocada por la crisis de 1992 que sus responsables no veían más opción que cerrarla. Sin embargo, mi socio y yo decidimos sacarla a flote, asumimos las deudas previas y nos propusimos la nada sencilla meta de conservar todos los puestos de trabajo –unos 30–. Aprovechando la estructura empresarial de que ya disponíamos, creamos toda una nueva compañía, con una filosofía diferente a la anterior, basada en la necesidad de ampliar nuestro mercado, hasta entonces demasiado local, sectorial y temporal. Con ello aprendimos que una crisis puede ser una oportunidad de renovarse.

El trabajo está en la calle

Hacer esta transformación no fue, empero, tarea fácil. Ya no se trataba de vender un producto, sino una idea, y para ello sólo podía contar con mis dotes de vendedor y con mi ilusión e ingenio, además de con los conocimientos adquiridos en un sector tan completo como el de los juguetes, que trata ámbitos tan diversos como la electrónica, el plástico, la chapa…. Tuve que visitar a muchísimos clientes potenciales y viajar infatigablemente, pero ello me permitió aprender la forma en cómo eran gestionadas otras empresas. A partir de aquí, empecé a concretar el modelo de compañía que quería y logré finalmente encontrar nuestro mercado. Por eso siempre digo que el primer trabajo de una empresa está en la calle. Y por eso, también, he seguido con esta dinámica, que me permite estar siempre al día del mercado y en contacto directo con él.

Siempre hay que sembrar

Hasta que se concretó nuestro proyecto, vivimos unos años difíciles. Por ejemplo, para cumplir la promesa que les hice a los trabajadores cuando asumí en solitario el timón de la compañía (liquidarles todos los retrasos de sueldo), tuve que pedir un préstamo personal. Corrí un riesgo, pero estoy convencido de que una de las cosas que hacen funcionar bien una empresa es ser estricto con las promesas que se hacen, bien sea a los trabajadores, bien a los proveedores o a los clientes, y a pesar de todos los apuros que cumplirlas pueda implicar. Si trasmites integridad y rigor, eso es lo que acabas obteniendo de los demás. Quien siembra, recoge.

Todos nacemos desnudos

Para formar parte de CLR no hacen falta grandes títulos; lo que se trata, primero de todo, es de ser buena persona. Todos nacemos desnudos y, a partir de aquí, nos vamos formando como seres humanos con los recursos que la vida pone a nuestra disposición. Para saberlos aprovechar hay que disponer de curiosidad, tesón, honradez y empatía. Nuestra inteligencia es nuestra mejor aliada. Para mí, mi empresa no tendría sentido si en ella no hubiera un buen ambiente de trabajo. Aunque la dirección lo supervisa todo, cada departamento funciona con relativa autonomía y gestiona sus asuntos a su forma. Y eso es debido a la total confianza que tengo en mis empleados. La disciplina, la honestidad, la organización y la limpieza son las bases sobre las que establecer una relación laboral cordial y buena, y, por tanto, realmente productiva.

Donde hace falta un pequeño motor, ahí estamos

En CLR nos dedicamos al estudio, el desarrollo, la ingeniería y la fabricación de pequeños motores y motorreductores. Partimos de un total de unos 10-15 modelos estándar sobre los cuales, y a petición del cliente, desarrollamos diferentes variaciones, de forma que, dentro de cada modelo, podemos llegar a tener entre 10 y 50 referencias, según el caso. Exportamos a una decena de países, entre los cuales destacan Francia, Italia, Alemania, Polonia, Turquía y Sudáfrica. Sin embargo, nuestro principal mercado sigue siendo el español, con unos 300 clientes aproximadamente. Nuestros productos surten diferentes industrias, desde la del automóvil hasta la de las energías renovables, pasando por el pequeño electrodoméstico, el vending, la ganadería y la agricultura, el sector de los muebles o de la electricidad, etc. En realidad, podemos decir que, donde hay necesidad de movimiento mediante un pequeño motor, ahí estamos.

Ibi, ejemplo de superación

Formado por unos 24.000 habitantes, Ibi es un ejemplo de superación. Ubicado en el interior de la provincia de Alicante, a 800 metros de altura, carece, por tanto, de recursos naturales para desarrollar la actividad agraria. A finales del siglo xvii y principios del xix se construyen los primeros pozos de nieve para aprovechar la nieve del invierno y vender el hielo en verano, y es así como nace la industria de los helados, la más grande y famosa de nuestro pueblo a principios del siglo xx. A partir de ahí, se crea toda una industria asociada, como la de la hojalata, para fabricar las herramientas necesarias para la industria heladera, y de ella surge la otra gran industria tradicional de la zona: la del juguete. Hoy en día son las fábricas de metal y de plástico en general las que tienen cada vez mayor presencia.

Escasa colaboración entre el mundo universitario y empresarial

España es uno de los países con más universidades del mundo; sin embargo, hay poca mano de obra cualificada y la colaboración entre el mundo empresarial y universitario es apenas significativa. Es una realidad que convendría cambiar si queremos situarnos entre los países más desarrollados. Nosotros contamos con la suerte de tener en nuestra localidad el Instituto Tecnológico del Juguete (AIJU) y el Instituto Tecnológico de la Energía (ITE), que nos brindan ayuda en cuestiones como el análisis de materiales, la comprobación de productos, etc.

Clase política y empresa: sintonía casi nula

En general, la clase política española no parece conjugarse bien con el estamento empresarial, especialmente con las pymes, que irónicamente son el principal motor económico del país. La pequeña y mediana empresa en España está desprotegida, pues carece de las infraestructuras sociopolíticas para presionar al Gobierno y conseguir ayudas y subvenciones, como sí hacen, en cambio, las grandes corporaciones. Hay que decir que las pymes generamos el 80% de los puestos de trabajo españoles y que sus dirigentes estamos mejor preparados que los de las grandes empresas para cualquier eventualidad, puesto que nuestro quehacer diario consiste precisamente en ello, en una lucha continua contra diferentes crisis, bien sean de liquidez, de producto, de plazos de entrega… Eso es algo que los gobernantes nunca han sabido apreciar.

Hacia una nueva concepción de las relaciones laborales

Soy partidario de una flexibilización de las condiciones de despido y subsidio laboral, y no porque sea insensible a los dramáticos problemas que algunos ciudadanos están sufriendo actualmente, ni tampoco por una mentalidad cicatera de ahorrarnos las indemnizaciones o el paro, sino porque ello permitiría cambiar la mentalidad acomodaticia de muchos trabajadores. Pensemos que, cuando cierra una empresa, a menudo por motivos macroeconómicos ajenos a la gestión de sus responsables, el empresario puede perderlo todo. En cambio, el empleado sabe que va a recibir, ni que sea temporalmente, ayuda de la Administración. Tendría que inculcarse la idea de que un trabajador ha de defender a diario su puesto de trabajo, que nunca puede darlo por garantizado. Si fuera así, su espíritu sería análogo al del empresario y todos tiraríamos realmente del barco.

Poco formados en la conciencia del bien común

Tras casi 40 años de dictadura, la población, que hasta el momento no se había atrevido a reclamar nada a unos dirigentes no electos, vivió la llegada de la democracia con euforia. Pero nuestra inmadurez democrática nos ha conducido a creer que el Estado es una especie de panacea que puede proporcionárnoslo todo y, de sólo ser conscientes de nuestras obligaciones ante el Régimen, hemos pasado al extremo contrario: sólo nos interesa exigir nuestros derechos. Para que las cosas funcionen de verdad, hemos de tener conciencia cívica, hacer prevalecer el bien común por encima de nuestros propios intereses individuales. Y para ello hay que incidir en el nivel educativo y cultural de nuestro país, sintomáticamente muy atrasado en este aspecto.

Incorrecta actuación de la clase financiera

Hay demasiadas entidades financieras en España, lo cual es revelador de esa falta de espíritu colectivo del que hablaba. Cuanto más atomizada está una sociedad, menos cívica y solidaria deviene. Los bancos y las cajas del país han mostrado su peor cara, puesto que no se han comportado como lo que realmente son –entidades de préstamo–, sino como empresas. Y por ello han hecho inversiones arriesgadas y luego han castigado a sus clientes con sus errores. Les ha perdido la codicia, el egoísmo. Con la crisis, la mayor parte de pymes lo que hemos tenido que hacer es ayudarnos entre nosotras, autofinanciarnos durante los dos primeros años del crac mediante el aplazamiento de pagos, la reducción de los precios, la bajada de las cuotas… Por eso me siento orgulloso de decir que, desde hace más de 10 años, soy vicepresidente de la Asociación de Empresarios de Ibi.