Volumen 14. Biografías relevantes de nuestros empresarios 2023 – Tomo 3

Sr. Antonio Jiménez Jaime – Frutas Tony

Utrera (Sevilla)

1957

Director general y fundador de Frutas Tony, S.L.

 

4-4-2023

 

Esfuerzo y tesón explican el desarrollo de esta empresa nacida de la nada hace más de cuatro décadas. Paradigma de hombre hecho a sí mismo, a través de la experiencia y del talento innato para las cuentas este empresario supo evolucionar su incipiente negocio detallista hacia la distribución, prestando servicio integral a cadenas de supermercados. La seriedad en el trato, tanto con los clientes como con los proveedores, se erige en la clave del éxito de un emprendedor cuya mayor ilusión siempre estribó en cumplir con todos sus compromisos.

 

 

Antonio, nuestro padre, era instalador oficial de butano y el único de la población que disponía de carnet de instalador

Soy el tercero de seis hermanos y nací accidentalmente en Sevilla, después de que mi madre, Luisa, hubiera sufrido una caída que le obligó a permanecer hospitalizada por una fractura justo antes de mi alumbramiento, lo que provoco que el parto se produjese en la capital hispalense; aunque todos mis hermanos nacieron en Utrera. Más variopinta fue la llegada de los benjamines de la familia, unos mellizos sietemesinos que a duras penas superaban el kilo de peso cada uno. Con el paso del tiempo, el doctor manifestaba su asombro al ver que aquellos bebés prematuros habían conseguido sobrevivir. Eran otros tiempos, en los que también la familia lograba salir adelante pese a las estrecheces de nuestra casa, en la que todos los hermanos compartíamos el mismo dormitorio. Nuestro padre, Antonio, era instalador oficial de butano y el único de la población que disponía de carnet de instalador, lo cual propiciaba que trabajo no le faltara. Aun así, cuando yo todavía no había cumplido los catorce, decidió emigrar a Barcelona, siguiendo los pasos de Juan, mi hermano mayor, quien le contó las oportunidades laborales que existían en la capital catalana. Nuestro progenitor, que veía difícil que toda la prole pudiera aprovecharse algún día de su actividad profesional, creyó oportuno que nos trasladáramos a Catalunya, adonde llegué el 10 de julio de 1971.

 

En Barcelona prácticamente solo me esperaba una actividad: trabajar, ya que el mismo día en que cumplí los catorce entré como aprendiz en una lampistería

Yo había realizado mi escolaridad en Utrera; primero en el Hospitalito, que era un colegio de monjas, y posteriormente en los Salesianos, donde exhibí tal dominio de las Matemáticas que, de primer curso, pasé automáticamente a tercero. Los cuadernos Rubio en los que se apoyaban las hermanas para impartirnos aritmética me habían permitido progresar muy favorablemente. La atención que prestaba en clase y la habilidad de los profesores dando las lecciones me permitían asimilar fácilmente las materias. Eran unos tiempos, no obstante, en los que mi mayor inquietud residía en jugar al fútbol. Nos pasábamos el día con los amigos dando patadas a un modesto balón de cuero que, si se pinchaba, con unos globos que llevábamos encima, los introducíamos en su interior y, después de hincharlos, podíamos continuar el partido. Unos años muy felices en los que cada fin de semana acudíamos al cine con mis hermanos. Y cuando empezaba a repartir mi afición por el fútbol con mis primeros flirteos con las chicas, aquella migración a Barcelona me fastidió, pues me veía obligado a dejar atrás un entorno en el que me sentía muy a gusto. En la capital catalana prácticamente solo me esperaba una actividad: trabajar. A los catorce entre como aprendiz en una lampistería de la calle Enric Granados, vendiendo bombillas, cortando cables eléctricos… Pero aquello no me gustaba, como tampoco el trabajo en Gráficas Minerva, donde recalé tres meses después y donde apenas resistí otro trimestre. Yo quería ser mecánico, circunstancia que me llevó a enrolarme en un taller de automóviles de lujo de la avenida Madrid. Sin embargo, solo me permitían dedicarme a la pintura y eso no me atraía, tras lo cual opté por probar suerte como cortador de prendas.

 

Aproveche el servicio militar para obtener todos los permisos de conducción posibles

Empecé como cortador textil en Alta Costura Aragón, un taller de la avenida Pau Casals, pero poco después me incorporé a una empresa de Esplugues de Llobregat que trabajaba para varias firmas de envergadura, como Lee Cooper o El Corte Inglés. Invertí ahí cinco años de mi juventud, alimentando ilusiones como la de comprarme una moto. En Utrera había conseguido montarme una bicicleta a partir de piezas sueltas que encontraba por la calle: un cuadro, un manillar, una rueda… Acabé convenciendo a mi padre para hacerme con una Montesa Cota 74 por 48.000 pesetas y que, cinco años más tarde, vendería por 54.000. Atrás habían quedado aparcados los sueños de ser futbolista, una profesión que deseché tras haber acudido a unas pruebas para ingresar en las categorías inferiores del Futbol Club Barcelona. Jugué en los juveniles B del Espanyol durante una temporada y, posteriormente, en otro equipo, hasta que derivé mi práctica hacia el fútbol sala y, más tarde, al tenis. El deporte siempre me ha acompañado y ahora disfruto todavía con el esquí. Pero los motores seguían constituyendo otra de mis aficiones, lo que me llevó a aprovechar el cumplimiento del servicio militar para obtener todos los permisos de conducción posibles. Ya me había sacado el carnet de moto y de coche y en el Ejército sumé el de camión y el de autobús. Tras la experiencia como soldado, inicié un corto noviazgo con Mari Carmen, con quien me casaría en diciembre de 1979, apenas dieciséis meses después de conocernos, y con quien emprendí el negocio con el que me labraría un nombre.

 

Acudía a cargar a Mercabarna con un Renault 8 al que retiré los asientos para alojar la mercancía

Todavía no habíamos pasado por el altar cuando convencí a mi novia para poner en marcha la frutería. Mi hermano Juan había abierto un colmado en Cornellà de Llobregat, en el que la fruta gozaba de un espacio importante. En ocasiones le acompañaba a Mercabarna, donde se me abrieron los ojos, al comprobar cómo negociaban los precios: compraban muy barato para después vender en la tienda a un precio muy superior. Decidido a aprovechar esa oportunidad, le propuse a Mari Carmen añadir sus ahorros a los míos, a lo cual accedió a espaldas de sus padres, quienes ni tan siquiera me conocían porque nunca había subido a su casa. Con veintiún años, y ella veinte, abrimos un local de dieciséis metros en la calle Joventut de L’Hospitalet. Inicialmente acudía a cargar a Mercabarna con un Renault 8 al que retiré los asientos para alojar la mercancía, que también acomodaba en la baca. Compraba todo el género que nos permitían las ventas arrojadas en la caja el día anterior. Aunque al principio pequé de novato, aprendí a marchas forzadas; tanto a negociar precios con los proveedores como a comerciar en el punto de venta, colocando estratégicamente la fruta para despertar el mayor interés del público y así rentabilizar al máximo la actividad. En poco tiempo, en ese diminuto establecimiento trabajábamos hasta cinco personas: mi esposa Mari Carmen, mi hermana Aurora, mi cuñado José Antonio, su novia Maria José, y yo. Nuestros precios competitivos conseguían atraer al vecindario, que incluso llegaba a hacer cola a las ocho de la mañana frente a la tienda, antes de que abriéramos.

 

De madrugada, asistí al parto de mis hijas y, al cuarto de hora, partía para Mercabarna para hacer la compra

Nuestro negocio incipiente dio un vuelco a los pocos meses, cuando un cliente que trabajaba en una cadena de supermercados le advirtió al dueño que nosotros disponíamos de un producto de mejor calidad y que lo comercializábamos a un precio inferior al que ellos conseguían del mayorista. El jefe, que contaba con media docena de puntos de venta, se interesó por mi negocio y llegamos a un acuerdo para que me convirtiera en su proveedor. Empecé prestándole servicio a uno de sus establecimientos para, paulatinamente, ampliarlo al resto de locales. Con posterioridad, esa cadena evolucionó y ahora son veinte supermercados y cuentan con dos marcas comerciales: Jespac y Keisy. Todo ello propició que empezara a incorporar un camión para servirle la mercancía. Eran tiempos frenéticos, en los que estuve trabajando entre dieciocho y veinte horas diarias durante once años. En aquella etapa me sorprendió la llegada de mi primogénita, Marta, en una fría noche de enero en la que partimos hacia la clínica a medianoche. A la una y cuarto asistí al parto y, a la una y media, salía para Mercabarna para hacer la compra para el sábado que acababa de empezar. Algo similar ocurrió cuando nació la pequeña, Gemma, que nació a las ocho de la tarde y a las ocho y media tuve que ir a trabajar. Cuando regresé a la clínica, los amigos que nos visitaban me encontraban profundamente dormido, agotado como estaba de tanto trasiego.

 

Teníamos tanta actividad que, al comprar un camión, en una semana ya estaba amortizado

El paulatino crecimiento de la actividad obligó a organizarme, confeccionando fichas de clientes, albaranes, etc. Habíamos incluso traspasado la tienda que regentábamos, después de haber ocupado un local algo más amplio en el que llegamos a dar cabida a una pollería. La complejidad del negocio exigió la incorporación de ordenadores, unos rudimentarios Amstrad que funcionaban con cartuchos, pero que me facilitaban el control de las distintas variedades de fruta, con unas ciento veinte referencias y con precios que cambiaban frecuentemente. Era tanta la actividad que, tras comprar un camión Ebro de segunda mano, conseguí amortizarlo en una sola semana.

 

Nuestra capacidad de autofinanciación hace que llevemos más de veinte años sin recurrir a líneas de crédito

Una de las claves donde pivota nuestro éxito reside en el buen trato dispensado a los proveedores. Siempre hemos observado un estricto cumplimiento en los pagos; y, por consecuencia, todos nuestros clientes nos pagan de la misma forma que lo hacemos nosotros. Ello se debe a nuestra capacidad de autofinanciación, pues hace más de veinte años que no recurrimos a las pólizas de crédito. Recuerdo que, en los inicios, mi mayor ilusión consistía en llegar a poder pagar sin depender de los clientes. En esa época, por supuesto que había que realizar equilibrios, pero siempre procuré satisfacer las deudas y anticiparme a las contingencias de caja. Si hacía un cálculo entre los ingresos y las facturas a abonar, en caso de prever que no íbamos a cubrir todos los pagos llamaba a un par de proveedores con los que existía confianza para solicitarles unos días de aplazamiento. No era lo mismo quedar en deuda con dos que con sesenta, al tiempo de que les avisaba con antelación y de que, en breve, acabaría cumpliendo con mi palabra. Ese talante en los pagos, unido a la capacidad de compra, comporta que sean muchos los proveedores que quieren trabajar con nosotros y que constantemente nos propongan operaciones desde distintos puntos de España, ofreciéndome tomates de Almería o naranjas de València. He de decir que soy selectivo a la hora de escoger con quien trabajo, optando por producto de calidad media-alta y alta, que responda a la demanda de las tiendas con las que trabajamos, además de depositar la confianza solo en aquellos profesionales que observan un comportamiento ético en todo momento.

 

Hay mucha demagogia y desconocimiento cuando se habla de la especulación en torno a los precios de la fruta y la verdura

Existe mucha demagogia y desconocimiento cuando se habla en los medios de comunicación acerca de los precios de venta al público de la fruta y las hortalizas y la retribución que reciben los agricultores. Todo el mundo desea disponer en sus establecimientos de unos productos de calidad, que presenten un buen aspecto y estén listos para su consumo. En los mercados mayoristas, como el de los tomates en Almería, tienen lugar distintas rondas de compra, durante las cuales se producen unos cortes de precio en función de la demanda de cada categoría de producto. A ello hay que añadir luego el transporte y toda una cadena de distribución que comporta que quien desea unos tomates de calidad y con una determinada tonalidad roja tenga que pagar un cierto precio.

 

Disponer de una flota de camiones nos brinda una gran autonomía

En general, los supermercados a los que abastecemos pueden proporcionar un precio muy competitivo respecto a otras cadenas. A ello hay que sumar que el capítulo de servicios que les prestamos es muy completo, ya que al margen de abastecerles sus establecimientos con nuestro género, les informamos de los precios ofertados, les establecemos el PVP, les realizamos la cartelería… Así resulta difícil que no depositen la confianza en nosotros. Disponer de una flota de camiones nos brinda una gran autonomía. Contamos con ocho unidades, a las que debemos añadir un tráiler que cada dos días abastece a Andorra, donde también contamos con un par de importantes clientes.

 

Pese al incendio que afectó nuestra nave, al día siguiente estábamos activos al 100% y esa semana batimos nuestra cifra de ventas

En Mercabarna adquirí un almacén de cerca de 400 m2. Más tarde, compré a Frigicoll la nave contigua, de idéntica superficie. En nuestro entorno, los negocios se basan mucho en la confianza, como quedó demostrado cuando concertamos con Diego Martínez que me vendiera un almacén climatizado de mil quinientos metros. Lo habíamos apalabrado en el año 2000, pero ellos tenían que esperar a adecuar su nueva nave. El tiempo fue transcurriendo y yo sufría porque comprobaba cómo los precios iban subiendo. Le sugerí firmar un documento y él me recordó que nos habíamos dado la mano. En efecto, cuando en 2002 rubricamos la operación, Diego cumplió con el precio establecido. El 4 de abril de 2004 se declaró un incendio en una nave cercana de Mercabarna y, al extenderse el fuego, acabó afectando a varios almacenes, incluido el nuestro. En el siniestro perdimos decenas de miles de kilos de género, además de equipo informático y enseres personales. Nuestra reacción fue inmediata y, pocas horas después, ya habíamos habilitado una sala en un almacén anejo que ejercía de punto de distribución conjunto y en la que instalamos unos cuantos ordenadores de segunda mano para continuar nuestra actividad. La compañía de seguros, que satisfizo una importante indemnización, nos comunicó que, en estos casos, las empresas aprovechan para liquidar el negocio. Ante su sorpresa, no solo continuamos adelante sino que confesaron no haber visto ninguna firma capaz de rehacerse en menos de veinticuatros horas al cien por cien como lo habíamos hecho nosotros. Es más: esa semana batimos nuestra cifra de ventas, probablemente por el cariño generado entre nuestros clientes, deseosos de que nos recuperáramos cuanto antes de esa tragedia.

 

Evitar una demanda insatisfecha o la generación de excedentes requiere un ajuste constante del volumen de ventas

En la actualidad, comercializamos en torno a diez millones de kilos de fruta, verduras y hortalizas al año. Apostamos por el producto de proximidad en la medida de lo posible, pero priorizando la calidad. Aunque nuestro principal mercado de abastecimiento es España, en ocasiones podemos recurrir, por ejemplo, a Francia o a Italia para nutrirnos de manzanas. La cuna del mejor tomate se halla en nuestro país, pero hay algunos meses en los que éste se resiente o presenta un precio prohibitivo y tenemos que acudir a Holanda. Es la ley de la oferta y la demanda y, al igual que ocurre en la Bolsa, los productos acusan oscilaciones. El calabacín o el pepino suelen observar un comportamiento más voluble. Estar atentos a la evolución del mercado nos permite anticiparnos a eventuales encarecimientos y tomar decisiones que tienen su traducción económica. Pero eso requiere un seguimiento y una monitorización constante, y aun así, a veces las judías u otros artículos nos pueden sorprender con un cambio radical en las tarifas. También resulta importante hacer un buen cálculo para ajustarnos al volumen real de ventas, tanto para evitar una demanda insatisfecha como para generar excedentes, que en nuestro caso, al tratarse de producto perecedero, entraña un evidente problema. Cuando se produce un stock sobrante, solemos derivarlo al Banco de Alimentos, a fin de que pueda aprovecharse. Siempre hay un capítulo residual de producto que no se puede comercializar y que canalizamos al punto verde para su conversión en compostaje.

 

El producto bio, pero entraña muchas dificultades

Observamos una adecuada gestión de residuos, separando el cartón y las cajas de madera en sendos contenedores diferenciados. Por el cartón recogido, nos pagan. En cambio, tenemos que pagar para que nos retiren la madera. Durante un tiempo, comercializamos producto bio, pero entraña muchas dificultades. Su transporte tiene que ser segregado, para impedir que los microorganismos de unos artículos puedan contaminar los otros; lo cual también puede ocurrir en el campo, con fincas colindantes… La agricultura ecológica reclama, por otra parte, tener que labrar el campo cuatro o cinco años antes de obtener fruto, más allá de las dudas que generan entre los consumidores estos artículos que, además, no suelen presentar un aspecto atractivo. Empresarios que apostaron por esta tipología de producto y realizaron cuantiosas inversiones en ella han visto frustradas sus expectativas porque las ventas no se han correspondido.

 

En nuestra empresa no hay tratos de favor, por muy parientes que sean

Contamos con un equipo de treinta personas, cinco de las cuales se hallan en los dos puntos de venta que tenemos en Sant Feliu de Llobregat, mientras que el resto operan en el almacén. Con el tiempo, he procurado ir delegando funciones. Al igual que observo un cuidado exquisito con los proveedores, y mucho más con los clientes, nuestro equipo humano disfruta de un salario por encima de la media del sector, el máximo que fija el convenio. Por otra parte, hemos procurado mejorar sus condiciones en los últimos años, pues antes realizaban unos horarios extensísimos que ahora hemos ajustado, a fin de que puedan conciliar el trabajo con sus obligaciones familiares. También, en la medida de lo posible, velamos por conciliar sus vacaciones con las de sus hijos. El nivel de compromiso en nuestro equipo se mantiene alto; probablemente, porque muchos de ellos llevan muchos años formando parte de Frutas Tony, incluidos mis familiares: Mari Carmen, mi hija Gemma, mi cuñado José Antonio, su hija Laura, mi hermana Aurora, mi hermano Jaime, el contable Javi, su esposa Elena, y nuestra amiga Ino. Todos ellos se educaron en la cultura del esfuerzo y saben que en nuestra empresa no hay tratos de favor, por muy parientes que sean.

 

Llega un momento en que uno debe saber retirarse

He empezado a preparar el relevo al frente del negocio; Mari Carmen, que lleva los pagos, bancos, y caja, se ha jubilado y la sustituye mi hija Gemma; Javi, que es mi mano derecha y lleva la contabilidad y el personal de la empresa, se jubilará en cuatro años y lo substituirá mi yerno, que es historiador, pero le he hecho hacer un máster de contabilidad y tendrá 4 años para ir cogiendo experiencia con Javi; el 28 de junio se jubila a mi cuñado José Antonio, que lleva la compra de la verdura, y lo sustituye Abdel, que lleva con nosotros casi 20 años y aprenderá la compra de verdura conmigo personalmente porque, aunque tengo 65 años, por ahora no me jubilaré. Espero que mi nieto Luan, que tiene claro que será el jefe de Frutas Tony. Sobre mis hijas, Marta se orientó inicialmente a las Bellas Artes, una disciplina que la llevaba a la docencia. Finalmente, empero, viró su itinerario formativo hacia Diseño y Moda. Por su parte, Gemma se decantó por el Magisterio e incluso llegó a impartir clases en un colegio de Cornellà como sustituta. Me siento orgulloso de haber levantado y de haber hecho crecer esta compañía de la mano de mi esposa, con quien nos ha unido este proyecto empresarial que se ha visto complementado con nuestras dos hijas y dos nietos, Luan de 12 años e Iria de 6; nuestras hijas y nietos son lo mejor que me ha dado la vida: el mejor y más dulce fruto.