Jaén
1957
Director general y fundador de Metaru, S.A.
23-06-2023
La necesidad empuja al esfuerzo: ese es un axioma interiorizado por este empresario, que empezó a trabajar a los doce años y fue creciendo, eslabón a eslabón, hasta consolidar una respetable industria en el sector de los módulos para mobiliario de cocina. Nacido en un entorno austero, la formalidad le ha acompañado a lo largo de su vida, correspondiendo con seriedad a los compromisos adquiridos. Con una mirada de negocio a largo plazo, reinvierte los beneficios de la compañía para fomentar su continuo relanzamiento.
Con siete años, en el frigorífico doméstico fabricaba helados que vendía entre el vecindario
Mi infancia transcurrió en mi Jaén natal con las estrecheces lógicas que se le pueden suponer a una familia compuesta por un matrimonio con seis hijos, el tercero de los cuales era yo. A la amplitud de los miembros había que añadir el modesto oficio de nuestro padre, Manuel, camarero de barra que realizaba extensísimos horarios laborales, desde las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche, tras lo cual aterrizaba en casa con las quince pesetas que cobraba a diario, más las dos o tres adicionales fruto de las propinas, que nos permitían salir adelante. Nuestra madre, Gertrudis, asumía el cuidado del hogar mientras miraba de complementar la economía doméstica con trabajos esporádicos, llegando a recoger aceitunas arrodillada pese a encontrarse en el octavo mes de embarazo. La vida sacrificada de mis progenitores constituyó el mejor ejemplo para mí y mis hermanos, que desde pequeños asimilamos su esfuerzo por ofrecernos el máximo confort posible dentro de sus posibilidades. Todo lo que adquiríamos era a crédito, desde las prendas de vestir, que iban pasando de hermano a hermano y a las que procurábamos darles la máxima durabilidad, hasta algunos electrodomésticos, como el televisor o el frigorífico. Este último nos permitió a mi hermana Manoli y a mí complementar el capital que entraba en casa, vendiendo polos cuando apenas tenía siete años. Alojábamos en la nevera refrescos, café con leche o arroz con leche que procurábamos cuajar para obtener helados que comercializábamos entre los vecinos.
Llegamos a Catalunya tras un viaje de veinticuatro horas en un camión cuya cabina cobijaba a un total de siete personas
Siempre hallé en mi hermana Manoli, que me aventajaba en dos años, un cariño especial, más allá del afecto que nos profesamos entre todos los hermanos gracias al buen clima de convivencia existente en nuestro hogar. El comportamiento de nuestros padres nos hizo crecer en valores como la honradez, la honestidad, la formalidad o la seriedad, lo que resultó fundamental para que todos fuéramos capaces, en el futuro, de labrarnos nuestro propio porvenir pese a no haber podido acceder a más estudios que los primarios. Nuestras vidas dieron un vuelco cuando, en 1968, mi padre perdió el empleo, un revés que hizo esfumar los escasos ingresos domésticos regulares. La situación era compleja en Andalucía, pues no había oportunidades laborales. La solución a ese delicado escenario nos la proporcionó una tía que se había afincado en Barcelona y que propuso que mis hermanos mayores siguieran su ejemplo, ya que podría conseguirles empleo. Fue así como Ramón y Manoli, con dieciséis y catorce años respectivamente, desembarcaron en Catalunya para entrar a trabajar en Inerga, una industria del plástico con sede en Polinyà. Eran dos sueldos que se enviaban a Jaén más dos bocas menos que alimentar, pues ellos se alojaban en casa de mi tía. Poco después, las gestiones de Manoli consiguieron que mi padre hallara trabajo en el restaurante de la fábrica, hecho que propició el traslado de nuestro progenitor y un salario familiar más. A los tres meses, dado que mi padre no se acostumbraba a vivir separado del núcleo familiar, decidió regresar a Jaén para que el resto nos mudáramos también a Barcelona. Nunca olvidaré ese viaje de veinticuatro horas en un camión, cuya cabina cobijaba a un total de siete personas.
Poder entregarle semanalmente a mi madre diez duros me producía una satisfacción que compensaba todos los sinsabores de mi primer empleo
Contaba con doce años cuando desembarqué en Catalunya y, en Andalucía, había completado todos los cursos de primaria posibles, pues ahí se extinguían en sexto. Ahora tenía la opción de completar la formación primaria, pero, ante la falta de plaza, tuve que aguardar un año para dar continuidad a mi formación. Dado que había que aprovechar el tiempo, mi padre decidió emplearme junto a mi tío, quien poseía un taller de carpintería. La experiencia resultó agridulce pues, visto en perspectiva, trabajar doce horas diarias de lunes a viernes se antoja una explotación, con el agravante de que el sueldo era muy justo y de que también acudía al local los sábados, supuestamente a aprender el oficio, aunque nunca se me enseñó realmente. Sin embargo, se trataba de una práctica bastante común en aquella época; en todo caso, lo positivo de esa etapa se resumió en la satisfacción de acudir a casa los viernes con cincuenta pesetas y poder entregárselas a mi madre. Al año siguiente me matriculé en el colegio de la Romànica, en Barberà del Vallès, y en un solo curso completé el ciclo que me permitía obtener el Certificado de Estudios Primarios. Tras ello, empecé a trabajar en otra carpintería, Hermanos Mena, donde, al margen de percibir trescientas pesetas semanales, obtuve un buen trato y un valioso aprendizaje. Tanto es así que me causó cierto dolor tener que abandonar, a los dos años, esa empresa, al haberme surgido la oportunidad de ingresar en Industrias Lansac, una fábrica de mobiliario para el hogar donde me ofrecían tres mil pesetas al mes. Para un joven de dieciséis años, que empezaba a descubrir el ocio y a albergar ciertas inquietudes, aquella propuesta resultaba irrenunciable.
Cuando la necesidad aprieta, el ingenio se agudiza
Compatibilizar esa actividad con los estudios era imposible teniendo en cuenta las jornadas de doce horas que imperaban en la época. Por otra parte, no habríamos podido permitirnos pagar una enseñanza superior. De este modo, tanto mis hermanos como yo empezamos a trabajar muy jóvenes, y eso fue nuestro mayor y mejor aprendizaje; no solo por las propias habilidades profesionales, sino porque la práctica te permite valorar lo que verdaderamente es un puesto de trabajo y el esfuerzo que implica ganarse la vida. Cuando la necesidad aprieta, te espabilas y agudizas el ingenio, como hicimos todos en casa.
A los dieciocho años me habían puesto al frente del departamento de barniz, con catorce profesionales a mi cargo
La adaptación a Industrias Lansac no solo fue correcta, sino que encajé muy bien en su estructura. Me asignaron a la sección de barniz, con lo que abandonaba mi condición de mero ayudante. A pesar de que podía generar desconfianza en la dirección por mi apariencia, dado que, siguiendo las tendencias de la época, yo era un joven con melena y barba, de aspecto revolucionario, a los dieciocho años me habían puesto al frente del departamento, con catorce profesionales a mi cargo. Poco después, no obstante, fui reclamado para cumplir el servicio militar. Me correspondió acudir al cuartel de Canillejas (Madrid), en la Sección de Automovilismo. Entre los seiscientos soldados del regimiento no había ningún otro especialista en barniz, circunstancia que propició que los mandos se me rifaran. Trabajé gratis durante un año, pero me libré de las guardias y de la instrucción, pues cuando no barnizaba para el capitán médico lo hacía para el teniente coronel. Asimismo, una vez completados los encargos, solía disfrutar de algún permiso e, incluso, recibir alguna propina. Mi objetivo en el Ejército era superar ese obligado año de cumplimiento para regresar a casa y casarme con mi prometida, Ana María. Habíamos iniciado el noviazgo cuando ella apenas tenía trece años y yo quince, y habíamos convenido contraer matrimonio una vez me hubiera licenciado. Con sus ahorros y los que había amasado yo pudimos dar la entrada para un piso. Sin embargo, en 1982 la profunda crisis en el ámbito de la madera comportó el cierre de la empresa, como le ocurrió a casi el 40% de ese sector. Determinados a no dejar ni una letra por atender, decidimos vender el piso, por el que obtuvimos lo mismo que habíamos pagado hasta entonces. Ese capital nos permitió comprar un piso más pequeño y viejo; pero no debíamos nada a nadie, y eso nos daba mucha tranquilidad.
Elegido por mis compañeros, piloté Modular Barberà durante cuatro años
Ese primer, y único, año en que estuve desempleado no resultó tan aciago, pues muchos particulares me hacían encargos domésticos. De hecho, esa actividad era incluso más rentable que trabajar en Industrias Lansac, pero estaba expuesto a la inseguridad y a la incertidumbre. Al cumplirse un año del cierre de la empresa, un grupo de antiguos miembros de la compañía decidimos capitalizar el subsidio para establecer una sociedad anónima laboral. Era 1984 y acababa de ponerse en marcha la FESALC (Federació de Societats Anònimes Laborals de Catalunya), lo cual nos permitía constituir una S.A.L. y reflotar la empresa para la que habíamos trabajado. De los noventa que integrábamos la plantilla fuimos catorce los que abordamos esa aventura empresarial, en la que cada integrante contaba con sus propias participaciones a partes iguales. La nuestra fue la tercera sociedad constituida bajo el auspicio de FESALC y la bautizamos como Modular Barberà. El equipo convino que fuera yo el gerente de la misma, una labor que ejercí durante casi cuatro años, durante los cuales pudimos recuperar a los antiguos representantes de la firma y a muchos de sus clientes. Obtuvimos un crédito del Banc Sabadell para adquirir la nave que había sido embargada, así como préstamos para comprar maquinaria. Fue una satisfacción, personal y conjunta, enderezar la compañía.
No respetar las categorías profesionales y el organigrama establecido provocaba discusiones frecuentes
Al tratarse de una sociedad laboral, muchos de sus integrantes confundían su condición de dueño con el hecho que nadie podía transmitirles órdenes. Aquello provocaba discusiones frecuentes en la actividad cotidiana, al no respetarse las categorías profesionales y el organigrama establecido, un hecho que terminó por convertir aquella entidad en ingobernable. Llegó un momento en que decidí poner mi cargo a disposición del resto y vender mis acciones. Así como yo era partidario de reinvertir los beneficios, la mayoría no compartía esa visión empresarial y reclamaba un reparto cortoplacista de los mismos, sin darse cuenta de que eso era una amenaza para la supervivencia de la compañía, que necesitaba fuelle económico constante para salir adelante. Y antes de que la sociedad tomara un camino de dudosa viabilidad, preferí abandonar. Aunque mis compañeros tenían prioridad para quedarse con mi participación, finalmente fue un externo, dueño de una fábrica de muebles, quien se hizo con ella. Durante medio año estuve prestándole apoyo en la etapa de transición, hasta que me desvinculé por completo de la firma y me establecí por mi cuenta como barnizador para fundar Metaru, en 1988.
La confianza de Pedro Alpáñez en mí fue tal que, desde entonces, siempre he comprado su maquinaria
Lo que obtuve por mi participación en Modular Barberà me permitió empezar en un local de ochenta metros cuadrados en el Polígono Industrial Can Rosés de Rubí. Habilité ese espacio precariamente, a partir de la dotación presupuestaria con la que contaba. No podía permitirme ni cortina de agua ni extractores, pero recurrí al ingenio, compré un par de ventiladores, les crucé los cables y, de este modo, en vez de proporcionar aire, lo extraía. Empecé a buscar clientes entre ebanistas y fabricantes de molduras, a quienes ofrecía el servicio de barnizado con pistola aerográfica y lijado a mano. Apenas éramos cuatro en el equipo, todos familiares, entre ellos mi cuñado Esteban, mi esposa y yo. Los inicios fueron duros, pues dejábamos a mis hijos a las seis de la mañana en Cerdanyola del Vallès, en casa de mi suegra, quien se hacía cargo de ellos a veces hasta la una de la madrugada… Muy pronto conseguí un alto número de encargos, algo que me empujó a viajar junto a mi cuñado a una feria de maquinaria en Italia. En la muestra tuve la fortuna de coincidir con Pedro Alpáñez, representante de Falcioni, que exponía unas máquinas en su estand que se ajustaban a mis necesidades. Advirtió mi interés pero le dije que no podía permitírmelas, pues incluso había visto negado un crédito de cinco millones de pesetas que había solicitado al banco, ya que mi “flamante” negocio no les había inspirado suficiente confianza. Me preguntó para qué clientes trabajaba y, tras informarle y facilitarle incluso los contactos para que lo pudiera corroborar, me dijo que no hacía falta ni llamar: «Cuando desmontemos el estand, estas máquinas las trasladamos a tu casa. Yo te las voy a financiar y las pagarás cuando puedas». Ese fue el inicio de una gran amistad, dado que, gracias a su confianza, Metaru pudo salir adelante y, nueve meses más tarde, ya había sufragado la maquinaria, priorizando su pago a todo lo demás para corresponder a su especial e incondicional apoyo. La delegación que él abrió en Sant Cugat la dirige su hijo Pier Alpáñez desde que Pedro falleció. Mantengo la misma amistad con él y sigo comprándole la maquinaria. Ni tan siquiera he pedido presupuestos a otras empresas. La confianza que depositó aquel hombre en mí fue tan absoluta y decisiva para mi futuro que, desde entonces, siempre he adquirido sus máquinas.
Reinventarme como comercial y reinvertir todos los beneficios en la empresa nos permitió crecer
Nuestra empresa fue evolucionando hacia la fabricación de módulos en kit, especialmente de cocina. La actividad de barnizado estaba condenada a desaparecer, pues nuestros clientes, a medida que iban creciendo, incorporaban su propia sección y ya no requerían nuestros servicios. Así, en 1991 nos introdujimos en el sector de la madera con el kit de bricolaje. Nos trasladamos a una nave de ochocientos metros en Terrassa y, al principio, trabajábamos para algunas grandes firmas, convirtiéndonos en proveedores casi en exclusiva. Pero llegó un momento en que las condiciones que nos proponían no resultaban interesantes, al quedar supeditados a su estricta voluntad, lo cual me llevó a desestimar ese sistema de trabajo y a reinventarme como comercial, visitando potenciales clientes en el entorno de la fabricación de mobiliario de cocina y de baño interesados en comprar tableros cortados y canteados para hacer el montaje. Esa inquietud, y el espíritu que me llevaba a reinvertir todos los beneficios de la empresa —una filosofía que no he alterado en treinta y cinco años—, nos permitió mudarnos a una nave en propiedad de cuatro mil metros, donde fabricábamos los módulos de conglomerado de madera. Asistimos a un despegue de la actividad gracias al boom de la construcción en el país, donde la edificación superaba la suma conjunta de Alemania, Francia e Italia. Ese ritmo de 750.000 nuevas viviendas al año nos empujó a reunir hasta cincuenta y dos empleados y a producir cincuenta mil módulos mensuales que se vendían únicamente en España. No vendíamos: nos compraban. Pero aquella burbuja acabó estallando, justo después de que nos hubiéramos trasladado a la planta de Castellví de Rosanes, en febrero del 2008, donde habíamos adquirido más de ocho mil metros (en la actualidad, sumamos catorce mil). Nos enfrentamos a una situación compleja: una inversión de doce millones, casi un millón de facturas no cobradas y un 70% menos de trabajo, tras dos caídas consecutivas del 30% en 2008 y 2009, y un 10% adicional al año siguiente.
Que la gente destinara a reformar su hogar el presupuesto que no podía gastar en ocio fue beneficioso para nosotros durante la pandemia
Caixa Terrassa me ofreció tres años de carencia que me permitieron continuar pagando las nóminas, la Seguridad Social y los gastos fijos. A partir de ahí, la solución radicaba en buscar negocio en el exterior, pues la crisis constructora se concentraba en España. Sin saber francés ni árabe, me fui a Tánger para abrirnos al mercado marroquí. Me interesé por dónde se concentraban los empresarios españoles y entablé relaciones con ellos para que me facilitaran el acceso a los fabricantes de mobiliario de cocina. El carácter cortés y acogedor de los marroquíes se combina con su informalidad, de modo que tuve que aprender a manejarme y a buscar alternativas para rubricar acuerdos garantizados por adelantando con ellos que me permitían enviar mensualmente media docena de camiones a ese país, donde estuve visitando clientes durante cuatro años. Posteriormente, y a través de Acció, nos concentramos en Francia, convirtiéndonos en proveedores de importantes distribuidores como Bricomarché, Brico Depôt, Castorama o Brico Cash. En la actualidad, un 40% de lo que fabricamos lo vendemos en el mercado galo. También busqué salida en Latinoamérica, después de haber fundado Alta Cuina junto a un amigo catalán afincado en Puerto Rico y que nos permitía vender en la República Dominicana. A partir de 2013 fuimos recuperándonos, pero no fue hasta la llegada la pandemia que empezamos un crecimiento más sostenido, ya que nuestra actividad se vio favorecida por la adversa coyuntura, pues la gente destinó a reformar y a acondicionar su casa todo el presupuesto que no podía gastar en ocio a causa de las restricciones, las cuales favorecían, también, la permanencia en el hogar.
Resulta inadmisible esa asimetría fiscal en función de los territorios
En el territorio nacional, ahora nos focalizamos sobre todo en Catalunya, porque la logística para llegar al resto del país es demasiado costosa. Además, resulta imposible competir en la zona sur con los precios de los fabricantes andaluces, pues no concurren en el mercado en igualdad de condiciones, al disponer de subvenciones, terrenos gratuitos, ayudas en la Seguridad Social… En mi vida he obtenido una sola subvención y, en la única ocasión en que solicité una, tras los trámites pertinentes, me informaron que se había agotado la dotación económica. Me apena decirlo, pero en Catalunya todo son trabas a la actividad empresarial, con una normativa desorbitada y un exceso impositivo. Resulta inadmisible esa asimetría fiscal y esas abismales diferencias de trato en función de los territorios. En Catalunya no hay otro fabricante de módulos que Metaru, porque es más asequible mantener una empresa en otra comunidad. Si tuviera que instalarla en la actualidad, la levantaría en Andalucía. Pese a la carga fiscal soportada, a los empresarios se nos suele menospreciar. En mi juventud sufrí la represión de los «grises», defendiendo las nobles aspiraciones de los trabajadores, circunstancia que no evitaba que reconociera los derechos de los empresarios, muchos de los cuales en aquella época abusaban de su posición. Y en la actualidad sigo defendiendo las condiciones de los empleados al tiempo que reivindico un justo trato para quienes lideramos pymes. Cuando se suelen establecer grandes acuerdos marco, es la CEOE quien negocia y quien los firma, pero a mí no me representa, pues no pueden equipararnos a las grandes multinacionales, las cuales, pese a su envergadura, contribuyen proporcionalmente menos a Hacienda que los pequeños negocios como el nuestro.
Los clientes acaban vinculados a quienes mantienen el contacto con ellos
Hoy en día, el equipo humano lo componen veintiocho personas, entre ellos mi sobrino Alfonso, hijo de Manoli, a quien considero como a un tercer hijo y que ocupa el cargo de responsable de fabricación. En el almacén dispongo de un hombre de confianza, Juan, que llegó de Badajoz hace casi cuarenta años y que no ha conocido otro empleo. Mi hijo Javier asume el control de producción, mientras que mi hija, Jessica, se responsabiliza de los pedidos, las estadísticas y la atención al cliente. Mi yerno, Ángel, ejerce de responsable financiero, al tiempo que Xavi es otro de los profesionales que lleva toda la vida conmigo y se encarga de la gestión de compras y la prevención de riesgos. En la empresa, cada uno tiene su propia parcela de actividad, si bien existe un clima de colaboración para que cualquiera pueda hacer frente a una eventual contingencia. Con el paso del tiempo, yo me he centrado en la labor comercial, que es lo que más me gusta, reservándome la Dirección de Ventas. Dispongo de media docena de representantes en España y del apoyo de Acció para trabajar con el mercado francés. A la inclinación por esta faceta comercial se le une el riesgo que entraña asignar esta responsabilidad a un tercero. Los clientes acaban vinculados a quienes mantienen el contacto con ellos; si delegas ese cometido en otra persona, en un par de años puede empezar el chantaje del comercial, insinuando una posible marcha a la competencia con la clientela que te haya traído. Como tampoco reparará en gastos a los que yo sí presto atención, porque sé lo que cuesta mantener una empresa y no me duelen prendas si tengo que alojarme en un establecimiento modesto cuando viajo. De ahí que, ahora, y dado que alguna vez la edad me obligará a jubilarme —aunque me mantendré mientras pueda al pie del cañón, pues me apasiona mi trabajo—, la mayoría de contactos con los clientes los hacemos vía online, un canal que permite tener un trato constante e inmediato con ellos sin necesidad de invertir en gastos de desplazamiento.
De nada sirve vender si produces mal; de nada sirve producir bien si administras mal; de nada sirve administrar bien si vendes mal
El secreto de nuestra empresa reside en tres pilares: buena labor comercial, buena administración y buena producción. De nada sirve vender si produces mal; de nada sirve producir bien si administras mal; de nada sirve administrar bien si vendes mal… Las tres actividades son fundamentales y deben engranarse adecuadamente para que la compañía funcione. Y, por supuesto, las personas que la integran son vitales y es necesario convertirles en dueñas de su puesto de trabajo, sensibilizarles sobre la responsabilidad que asumen y de cuán importante resulta su contribución para el éxito conjunto. Valoro muchísimo al equipo, pues sin él no soy nadie. En la actualidad, con una plantilla más reducida, producimos casi lo mismo que cuando teníamos el doble de personal. Ello es debido a la automatización de los procesos merced a una continua inversión en tecnología. Fabricamos anualmente unos 440.000 kits que comercializamos en grandes superficies y almacenes.
Ana María, mi esposa, siempre me ha apoyado en la ardua tarea de levantar este proyecto
Me enorgullece tener a mis hijos y a mi yerno trabajando conmigo y esforzándose para que Metaru siga prosperando. Mi hija y mi yerno estudiaron ADE, mientras que mi hijo cursó varios ciclos formativos, entre ellos Comercio y Marketing, al mismo tiempo que se integró en nuestra entidad porque asimiló enseguida esa cultura del trabajo que caracteriza a nuestra familia. Jessica y Javier muestran una gran excelencia en sus respectivos puestos, lo cual me enorgullece. Y he tenido la suerte de contar Ana María apoyándome en la ardua tarea de levantar este proyecto. Al permanecer tan estrechamente a mi lado, ha resultado más fácil que comprendiera la necesidad de invertir tantas horas en él. Sin su contribución, Metaru no habría sido posible. Por último, me satisface pensar que en este entorno no tengo enemigos. Resulta reconfortante comprobar que en el mercado he conseguido cierto respeto, lo cual beneficia, sin duda, a nuestra compañía.





