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José Luis Balbín
José Luis Balbín Periodista. Director y editor de la revista La Clave
José Luis Balbín Periodista. Director y editor de la revista La Clave

José Luis Balbín Periodista. Director y editor de la revista La Clave

Obra:

Texto del 10/12/2002
Fotografía cedida por J.L.B.

La labor de José Luis Balbín al frente de diversos proyectos periodísticos, entre ellos, el programa de televisión

La Clave, de cierta repercusión en el proceso de la transición y de grato recuerdo, sigue siendo un referente en la historia del periodismo y de la televisión actual. Como periodista trabajó también en los periódicos La Nueva España, de Oviedo, y Pueblo, así como en diversos programas de radio, con los que todavía colabora.

Inicios de La Clave

El éxito del programa La Clave dependió de un montón de factores, entre ellos la inmensa suerte de que, en aquella época, no se hiciera ningún otro programa en directo en nuestra televisión, sobre todo si trataba temas peliagudos. Lo único que se hacía en directo eran los telediarios, y en gran parte grabados. Yo había sido corresponsal en París, Bonn, Viena, y en aquel momento me encontraba, como se decía en televisión, haciendo pasillos, es decir, estaba castigado por diferentes asuntos que no vienen al caso y sin una función específica. Entonces me proponían cosas que no tenían nada que ver con el periodismo, programas que hoy funcionan muy bien: shows, concursos, etc., pero yo alegaba que eso no era lo mío. Así pues, un día el director general me llamó para quejarse de que yo rechazaba todas las ofertas, y le dije que me proponían cosas que no me gustaban, así que me pidió que presentara unas propuestas de programas. Recuerdo que le entregué seis o siete proyectos muy avanzados para la época, inspirados en programas que en el resto de las democracias occidentales eran normales, pero que en España resultaban muy atrevidos. El último de esos proyectos era La Clave, y supongo que lo aceptaron precisamente por eso, porque habían descartado los demás. En honor a la verdad, debo confesar que La Clave no fue una idea original mía, sino una adaptación de Les Dossiers de l’ècrand, un programa muy famoso en la televisión francesa que yo veía cuando era corresponsal en París. Creo que lo hicimos bien, hasta el punto que, a raíz de un premio que nos otorgaron, el propio director declaró a Le Monde que el discípulo había superado al maestro, lo que personalmente me llenó de satisfacción.

Era un programa en directo por el que pasaron personajes políticos de todas las tendencias

En su primera época, que debía abarcar un trimestre de trece emisiones, reducidas a doce por haberse censurado una, La Clave se programó en la segunda cadena, que en aquella época era mucho más pobre que hoy día, se emitía en blanco y negro, en gran parte de España no existía cobertura, y a la misma hora por la primera cadena hacían un programa de máxima audiencia, Un, dos, tres, responda otra vez1 Aún así, el programa causó un fuerte impacto, porque se hacía en riguroso directo y a través suyo empezaron a aparecer en pantalla personajes políticos de todas las tendencias, algunos de los cuales hoy son muy famosos, pero que entonces eran desconocidos o censurados: Carrillo, La Pasionaria, Felipe González, Alfonso Guerra, Jordi Pujol, Álvarez Cascos, Blas Piñar, etc. Desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. No sólo los líderes destacados, sino también grupos marginales como la Joven Guardia Roja2 o el pt. En aquella época esto era muy sorprendente. Desgraciadamente ahora más, si cabe.

Procurábamos que en el debate se reflejaran muy variados puntos de vista

A diferencia de los coloquios y debates televisivos actuales, en La Clave procurábamos asegurar la presencia en la tertulia de toda clase de matices a la hora de opinar sobre un tema. Invitábamos a representantes políticos de los partidos dominantes, en aquella época ucd y psoe, pero buscábamos compensar

el debate procurando que se reflejasen la mayor cantidad de puntos de vista ­posibles, trayendo también a historiadores y sociólogos independientes, contando con la presencia de altos mandatarios políticos, pero también con la de pequeños cargos administrativos que ofrecían una visión más próxima de la política al ciudadano. En definitiva, buscábamos un debate de fondo, no esta cosa absolutamente maniquea que hay ahora, que sólo pretende generar controversia entre los invitados, divididos ya desde su misma elección por parte de los responsables de la tertulia en dos bloques, uno a favor y otro en contra del tema central.

En aquella época los medios de comunicación emprendimos una tarea pedagógica

Como profesional, hay un aspecto muy agradable de mi tarea, y es que no pasa día en que no me pare la gente por la calle para comentarme lo mucho que se acuerdan de aquel programa y lo que significó en su formación política. El pueblo español vivía atávicamente desinformado sobre una serie de temas, no sólo a nivel político, pues aunque son los temas que más se recuerdan en realidad no llegaron a ocupar ni el 20% de los debates emitidos. En cierto modo los medios de comunicación de la época emprendimos una tarea de pedagogía acelerada, de puesta al día general sobre determinados asuntos que entonces copaban el primer plano de la atención. Es una parte muy positiva de lo que ha representado para mí haber hecho ese espacio televisivo, pero creo que tampoco es para tanto. Ante estas manifestaciones espontáneas procuro ser muy consciente de las virtudes y defectos propios para no fomentar mi vanidad. A un ministro de este gobierno le he oído comentar que La Clave supuso un aire de libertad, pero por otro lado pienso que, si fue algo tan bueno, ¿por qué no promueven ahora programas televisivos de ese tipo en vez de la basura informativa que se emite?

Sufrimos la presión de la censura

La Clave desapareció cuatro veces de la programación, a veces con intervalos muy largos, de hasta dos años sin aparecer en antena, y siempre que se suspendió fue por algún tipo de escándalo político en relación con los temas que se escogían para el debate. Muchas veces recibía presiones por parte de la censura, tanto en la elección de los invitados como del tema a debatir, ­pero yo no fui propiamente vetado nunca, porque el programa se emitía en directo y de esa manera mis opiniones, y las de mis invitados, por mucho que molestaran (o desprestigiaran) al gobierno o a la oposición mayoritaria, no podían someterse a ningún tipo de censura previa; la única prohibición posible era suspender el programa, cosa que ocurrió varias veces.

Se debatían temas que entonces todavía estaban prohibidos o eran objeto de polémica

Este constante tira y afloja formaba parte del momento histórico de la transición política. El primer programa de La Clave se hizo en enero de 1976, acababa de morir Franco y gobernaba todavía Arias Navarro. Escogí como tema central un debate sobre el juego, que entonces estaba prohibido en España, y ya provocó un escándalo tremendo: recibí advertencias a nivel incluso de Consejo de Ministros. El tercer programa de esa primera época estaba dedicado a los espías, simplemente porque a mí me gustaban mucho las novelas de John Le Carré3, y acabé teniendo que declarar ante el Estado Mayor del ejército, porque se creían que estaba conchabado con el kgb, o poco menos, así que estuvo a punto de suprimirse el programa cuando sólo llevaba tres emisiones. Finalmente se suspendió cuando propuse debatir el tema del caciquismo: renovaron la parrilla de la programación y no volví a aparecer en antena hasta que soplaron vientos políticos más aperturistas. Cuando miras atrás, da risa que se quisiera prohibir un programa sobre los espías, pero estas cosas eran moneda corriente de la época.

Puede parecer que me vanaglorio, pero en realidad me producía entonces una enorme tristeza que, por hacer un programa de televisión que no pretendía ir a favor ni en contra de ningún partido político, porque como periodista prefiero ser profesionalmente neutral, cada semana tuviera que acabar discutiendo con las más altas esferas del poder, a veces directamente con la Moncloa, o con el director general de turno. Era algo sumamente agotador que me ­producía un gran cansancio y cierta melancolía.

La revista La Clave no es exactamente un sucedáneo del programa de televisión

En cuanto al espíritu que la anima, la revista que dirijo actualmente se inspira totalmente en los objetivos que impulsaron el programa homónimo de televisión, pero no puede ser un sucedáneo, porque la prensa escrita es un medio diferente del televisivo. Se trata de un proyecto que he ido madurando a lo largo de muchos años, pues nació antes incluso de que yo hiciera televisión. Empecé en el periodismo a los veintitrés años siendo corresponsal de prensa en Alemania y en los paí­ses del otro lado del telón de acero, y en esa época adquirí la costumbre de leer la gran prensa mundial: Le Monde, New York Times, etc. Personalmente me gusta más el semanario que el diario, porque la prensa periódica siempre está más acuciada por la rapidez de la noticia, mientras que el semanario permite una mayor reflexión. Hay un semanario alemán que para mí es el referente mundial, Der Spiegel, que tiene la ventaja o la desventaja de ser absolutamente independiente. Esta publicación está libre de imposiciones gubernamentales, o de cualquier otro tipo, de manera que en Alemania es tan importante ser director de Der Spiegel, como ser canciller. Han pasado muchos años desde que lo descubrí, he dejado de ser corresponsal, he sido jefe de prensa de varias instituciones, director de informativos en tve, presentador de un programa de éxito como La Clave, pero siempre estaba esperando la oportunidad de hacer un semanario como Der Spiegel. No por afán de notoriedad, sino porque en el mundo hay muy pocos ejemplos de prensa independiente, una docena como máximo, y me parecía que en España se daban las condiciones idóneas para este tipo de ­periodismo.

Actualmente el modelo de empresario periodístico no favorece la aparición de revistas serias e independientes

Si no lo he intentado antes es porque, para depender de un banco o de la financiación de un partido político, mejor dejarlo correr, pues acabaría ­teniendo los mismos problemas que tuve en televisión. Ahora he encontrado unos mecenas que están totalmente de acuerdo en el carácter independiente de la revista, así que haga lo que haga, opine o no opine, en todo lo que me equivoque no puedo escudarme en el hecho de haber recibido presiones por parte de nadie, porque no recibo ninguna subvención de partidos políticos, ni dependo de créditos bancarios.

Hoy día los empresarios de prensa, y más aún los de radio y televisión, son corporaciones, bancos, inmobiliarias o consorcios industriales que no tienen la menor vocación informativa, sino que están ahí para otras cuestiones. Muchos subvencionan o sufragan programas o periódicos que pierden dinero porque les sirve de vehículo para ganarlo en otros negocios y/o adquirir poder. Cuando yo les proponía una revista como La Clave me decían que en España no existe esa cultura del periodismo serio, intelectual, y rechazaban el proyecto dando como ejemplo el fracaso de revistas de este tipo que habían triunfado durante la transición, como Cambio 164. Lo que ocurrió con estas revistas, a mi entender, es que fueron degenerando a causa precisamente de la llegada a los órganos directivos de este modelo actual de empre sario periodístico. Como decían que no había suficientes lectores se pasaron a la prensa rosa o amarilla5, que es algo ­rentable desde el punto de vista empresarial, pero acabaron desanimando a su público habitual.

La Clave tiene una línea editorial bien definida, que la diferencia de otras revistas españolas

Nosotros nos hemos arriesgado en este tipo de operación periodística con un presupuesto limitado, pero que irá a más porque la gente responde con entusiasmo. La Clave pretende ser nada más y nada menos que un semanario independiente (y lo subrayo) de información general, que no es ni neutral ni sectario, por lo tanto, no es indiferente a las cosas, pero tampoco tiene ­prejuicios contra nadie. Intenta en cada momento analizar a fondo las cuestiones y ponerse de lado o en contra de lo que cree que es lo adecuado o inade­cuado. De modo parecido al programa de televisión, cada semana proponemos un tema de fondo y pedimos su opinión a tres personas de ideologías diferentes, pero que no son precisamente disciplinados obedientes de las doctrinas de sus respectivos partidos, sino gente con un criterio personal: Julio Anguita, Pablo Castellano y Manuel Pimentel6.

Mucha gente no vota, porque se siente defraudada por la clase política

El pueblo español ha estado siempre esperando encontrar alguien en quien confiar a nivel político. En este sentido la transición trajo muchas expectativas, pero la clase política en general ha acabado defraudando a todos los españoles y condicionando, en gran medida, las tendencias de voto. Después del desengaño de la época de Felipe González la gente sólo quería honestidad gubernamental, y por eso puede que votasen al pp, pero también lo que está pasando ahora, el estilo político de sus dirigentes, redunda en el desencanto general. ¿Por qué está tan mal vista la clase política? Creo que por la falta de ideas que exhibe en su discurso. En el Parlamento se pasan todo el día peleándose e insultándose sin ingenio. Esta no es la manera de llegar al alma de la gente, ni de convencerla con razones y propuestas concretas: el listón cada vez está más bajo y hay que levantarlo.

En las tertulias actuales ya no se sabe si son más políticos los periodistas que los propios políticos convidados, o viceversa

No me considero un ejemplo a seguir y reconozco que en este país hay muchos periodistas mejores que yo, a los que admiro, pero quiero hacer constar que el periodismo español también está lleno de gente que lo que quiere es figurar y que es sectaria, que en el fondo tiene una vocación política frustrada. Esto no es periodismo, el periodismo es lo que me enseñaron a mí cuando ingresé en esta profesión: cuente usted lo que vea, y cuando opine, opine aparte con su firma, no por medio de editoriales, ‘dossiers’ o reportajes intencionados haciendo campaña en contra o a favor de no sé quién. Cuando hice La Clave los espectadores reclamaban la presencia de temas políticos, y traje al plató a toda una serie de figuras que entonces eran desconocidas, pero hoy día los políticos están demasiado en el proscenio, y muy mezclados con los periodistas hasta el punto de confundir sus papeles. En las tertulias actuales ya no se sabe si son más políticos los periodistas que los propios políticos convidados, o viceversa. Detesto este tipo de actuación por parte de mis colegas, y abogo por una vuelta a la cordura y a la función original de la profesión.

La nuestra es una constitución especialmente abierta

En principio, las constituciones deben ser abiertas, por eso suelen especificar los medios para reformarlas, pero al mismo tiempo deben ser leyes de ­leyes, serias, que no estén cambiándose todos los días, con lo cual no tendríamos un cuento de principio al que atenernos. Las dos cosas son verdad, no puede modificarse una constitución cada día que pasa, pero tampoco es obligatorio no cambiarla.

La nuestra es una constitución especialmente abierta porque su origen es producto en gran medida de las circunstancias históricas. Entonces había miedo a una nueva confrontación violenta, y se produjo una especie de pacto entre políticos, para ir cediendo de un lado y de otro hasta llegar a conclusiones que a nadie satisfacían del todo, pero que, en aquel momento, eran válidas para todas las partes. El resultado me parece bien, aunque en principio no me gustó y todavía hoy contiene aspectos que deberían ponerse al día.

En un periodo de tiempo similar al nuestro los alemanes han reformado su propia constitución varias veces y no ha pasado nada

Uno de los desaciertos más evidentes que observo es la fórmula del Estado de las autonomías, eufemismo cacofónico que esconde el enorme miedo que había entonces al término federalismo. No lo sé, pero quizá hubiera sido el término más apropiado, probablemente resultaría más efectivo adoptar una organización federal. En cualquier caso, fue producto de aquella circunstancia histórica. Esto hoy día se podría reformar, siempre que nos pongamos de acuerdo, para así evitar el estar modificándolo constantemente.

En un periodo de tiempo similar al nuestro los alemanes han reformado su propia constitución varias veces y no ha pasado nada, pero en ella tienen bien definido el modelo de Estado, a diferencia de lo que pasa con nuestra constitución cuya reforma, si se produce, debería entrar a fondo en temas de filosofía política, definir si queremos un Estado central o descentralizado, un Estado de las autonomías, una federación o una confederación.

La filosofía política que domina nuestra constitución es demasiado circunstancial y a la larga se ha visto que no da resultado, porque si no, no habría la polémica que aún existe en torno a ese tema. De todos modos, entendí ­entonces que los que la hicieron y el pueblo español la aprobasen, porque en aquellos momentos la situación era complicada Hay que reconocer que flotaban en el ambiente unas tensiones tremendas y existía, por razones históricas, un miedo a la palabra federalismo.

No me preocupa el modelo de Estado, lo que me interesa son los aspectos concretos

El léxico no me produce ningún temor. Que el modelo de Estado se llame autonómico o federal, es más, que se llame monarquía o república, me da igual. Lo que me preocupa es cómo se articula: ¿qué sistema de representatividad hay?, ¿cómo elige el pueblo?, ¿qué poderes tiene el ejecutivo?, ¿con qué mecanismos cuenta el Parlamento para controlarlos? Esto es lo que necesito saber, y la definición del Estado me tiene absolutamente sin cuidado, no me asusta ninguna palabra.

Con respecto al modelo de Estado español, yo soy asturiano, es decir, no soy centralista porque detesto todo tipo de imposición, ni nacionalista al estilo catalán o vasco. Estoy a favor de todo tipo de libertades y descentralizaciones. Para mí cuanto menos intervenga el Estado en la vida del ciudadano mucho mejor, siempre que se proteja correctamente la justicia social. Ahora bien, ¿cómo se consiguen esas mayores libertades, esas mayores concesiones a la identidad ­nacional de cada uno de los pueblos que integran el Estado? Eso es lo que de verdad me interesa discutir por encima de los lógicos apasionamientos que despierta el tema, aunque tampoco tengo las ideas muy claras a este respecto. ¿Cómo se equilibran esas balanzas desiguales, la necesidad de un gobierno central que contrarreste y mantenga cohesionado una nación de corte más o menos federalista? Es algo complicado, yo no lo sé, si lo supiese, me dedicaría a la política. Lo que sí puedo afirmar es que soy bastante reticente a los nacionalismos sectarios o xenófobos, no a los nacionalismos profundos, pero, por lo demás, no tengo nada claro cómo se va a traducir eso en un sistema político, porque ahí entra en juego todo lo que es pasional, como el amor y el odio, la razón queda más al margen.

Debatir sobre si debemos ser monárquicos o republicanos me parece anacrónico

Tengo un montón de amigos que son monárquicos y otros tantos que son republicanos, pero personalmente no soy ni lo uno, ni lo otro, y esto no quiere decir que yo no sea nada. Cuando me piden que me defina al respecto, siempre les reclamo una mayor concreción, saber de qué me están hablando, si de una monarquía como la sueca o de una república al estilo de Pinochet7. A mí me importan los aspectos concretos de la política, no las grandes filosofías que tienen más que ver con sentimientos pasionales que hemos heredado de nuestros padres y de nuestra historia, a menudo trágica. ¿Monarquía o república? Para contestar a eso antes necesito saber quién tiene el poder, quién elige y cómo se elige, cómo se controla al que ejerce el poder, qué papel tiene el monarca o el presidente de la república y qué organismos les regulan. Republicano al modo de Pinochet no lo soy. ¿Monárquico? Pues lo soy si se sigue el modelo de los países escandinavos, aun con todos sus escándalos.

El Rey contribuyó a equilibrar la balanza

España, al fin y al cabo, es una monarquía porque Franco así lo quiso. Ante esta situación, éramos muchos los que al principio de la transición nos temíamos que el Rey hubiera impuesto un franquismo continuista. Creo que esto no ha sido así, la Corona en aquellos momentos hizo equilibrios para contentar al Partido Comunista, a los catalanes y a los vascos, y aunque fuera por mediación del café para todos estos colectivos pudieron mantener su identidad. Además, muchos a lo mejor se han olvidado de ello, pero en aquella época yo viví desde Madrid, y creo que en Barcelona también se notó bastante, el despertar de una serie de tensiones, de odios aletargados desde la guerra civil, y me parece que el Rey contribuyó mucho a que no pasara nada grave. Puedo estar formalmente de acuerdo en que una monarquía en el siglo xxi no tiene ningún sentido, pero si eso permite que en un Estado no se maten partes enfrentadas entre sí, a mí ya me parece válido. Mi valoración del papel de la Corona durante la transición es positiva.

Un referéndum sirve para establecer un estado de opinión en un momento concreto

Creo rotundamente que hay que escuchar la propuesta soberanista del Lehen­dakari Ibarretxe, así como cualquier otra propuesta política. He sido siempre un apóstol del diálogo político y siempre he escuchado a todo el mundo, porque aunque se crea tener razón en un tema concreto, siempre es bueno contemplar alternativas. Puede ocurrir que te acaben convenciendo, si las razones son buenas. A mí a veces me han persuadido de ideas que rechazaba antes.

Aclarado este punto, debo reconocer que personalmente la propuesta de Ibarretxe no me convence gran cosa. En cuanto a la identidad del pueblo vasco, en principio estoy de acuerdo, pero la planificación concreta no me parece factible, y en particular considero desacertada la celebración de un referéndum de autodeterminación. Tengo cierta reticencia a los referendos, primero, porque siempre los ganan quienes los convocan, sean dictadores o demócratas, y segundo, porque el referéndum vale para establecer un estado de opinión en un momento concreto, pero no para seis meses o un año más ­tarde. ¿Cada cuánto hay que hacer un referéndum que sondee la opinión popular sobre un tema político trascendental? Si ésa es la voluntad del pueblo, adelante, pero no todos los días porque sería forzar la situación hasta obtener un resultado apetecible para quien ejerce el poder. Eso supondría manipular la voluntad popular para conseguir objetivos políticos, y una vez alcanzados, es dudoso que se siga sondeando la opinión en ese sentido.

Nuestra sociedad es cada día más intransigente

Creo que era más tolerante el país con Franco recién muerto que hoy día, a todos los niveles. Son muchas las cosas que conviene mejorar en nuestra sociedad: la justicia, la enseñanza, la cultura, pero la que me parece más importante de todas es la tolerancia. Hoy no me permitiría nadie, ni el gobierno ni la oposición, hacer un programa como La Clave y ceder la palabra a personajes como lo que representaba, por ejemplo, en aquellos momentos la Pasionaria, pero lo más grave es que tampoco me lo permitiría el pueblo. Entonces estábamos todos deseando estas cosas, escuchar a esta gente que no habíamos oído y que era ­demonizada por el régimen anterior. Hoy los españoles se han vuelto más intolerantes, han vuelto a los mismos demonios, hay demasiada gente que dice éste no, este otro tampoco y el de más allá no quiero oírlo. Nos conviene hacer una reflexión seria, colectiva y a todos los niveles sobre la tolerancia.

Jordi Pujol contribuyó en su medida a que el proceso democrático se consolidase

Con el anuncio de su inminente retirada, muchos catalanes se preguntan si la colaboración de Jordi Pujol con los diversos gobiernos centrales, en aras de preservar la estabilidad del Estado y permitirle avanzar en su convergencia con el resto de naciones europeas, ha sido desproporcionada, es decir, si ha sido más buena y beneficiosa para el conjunto de España que para Cataluña. Aquí no sé muy bien qué responder. Creo sinceramente que ha sido buena para todos, quizá más en particular durante el arranque del proceso de transición, algo que no siempre se valora suficientemente, Pujol contribuyó en su medida a que el proceso democrático funcionase y se fuera consolidando. Hay muchas cosas que a mí no me gustan del President, pero como es un político astuto, en general pienso que su colaboración ha sido buena para España. Considero que para Cataluña también, pero como no soy catalán me parece una temeridad ­afirmarlo.

He hablado alguna vez con él, pues también pasó por La Clave. Recuerdo que estaba en contra de las comisiones de control en el Parlamento, y explicaba su postura francamente bien, nos dijo que generalmente sólo servían para que los de la oposición se metieran con los de la facción contraria, para sacar tajada política, y en definitiva, provocar un escándalo que nada solucionaba. En principio disiento de su opinión, yo creo que si en algo tiene que distinguirse la democracia es en que todo puede ser controlado; si no, enseguida se cae en la dictadura.

Recordaré mientras viva aquella larga e intensa tarde del golpe de Estado

Viví muy de cerca el golpe de Estado del 23-F. Yo era en ese momento director de programas especiales de rtve, y se emitía en directo la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. Cuando se desató el asunto, me encontraba en el despacho del director general, Fernando Castedo, así que me vi metido de lleno en todo el fregado. Fue una tarde bastante intensa y dramática, que con el paso de los años resulta hasta divertida y graciosa porque el golpe de Estado fracasó, pero podría no haber fracasado y entonces no parecería ya tan chistosa. En los días siguientes apareció en la prensa una página entera con los nombres de los que los militares golpistas tenían previsto encarcelar, por lo menos 100 personas, entre los cuales estaba el mío. No sé qué hubiera pasado, pero no he llegado a angustiarme por ello.

Sabino Fernández Campo actuó como escudo frente al intento golpista

Desde el primer momento la sede de rtve en Prado del Rey estuvo ocupada por los militares golpistas, pero de todos modos pudimos hacer cosas y funcionar sin que ellos se enteraran demasiado, incluso con un capitán instalado en el despacho del director general. Hablando por señas coordinamos la grabación del mensaje del Rey. Acordamos con Sabino Fernández Campo8 (que creo que fue el alma del frenazo al golpe de Estado), actuando como enlace Luis Solana, el envío de dos unidades móviles a la Zarzuela, cada una por diferente camino, por si eran controladas. Me alegro de que saliese bien y de que, al final, la grabación fuese una parte decisiva en el fracaso del golpe.Algunos historiadores comentan que en los primeros momentos el Rey se mostró indeciso ante el golpe de Estado, que manejaba la posibilidad de apoyarlo hasta que, tras las consultas pertinentes con los altos mandos militares, vio que no era respaldado mayoritariamente por el ejército. Puedo decir al respecto que en aquellos momentos no percibí titubeos en la Zarzuela en cuanto al modo de hacer las cosas, pero yo no tenía ningún contacto directo con el Rey, todas las gestiones se ha­cían a través de Sabino Fernández Campo, que dio la impresión de tenerlo muy claro todo el tiempo. Lo que vimos en él como interlocutor nos tranquilizó bastante, creo que fue el gran escudo que paró el golpe de Estado.

1          El programa concurso Un, dos, tres, responda otra vez ha sido el mayor éxito internacional de la historia de la televisión española. Creado por Narciso “Chicho” Ibáñez Serrador en 1972 y mantenido en antena hasta 1994, logró traspasar fronteras y generar versiones del programa en Holanda, Reino Unido, Bélgica, Austria, Alemania y Portugal.
2          Organización antifranquista, brazo juvenil y especialmente activo por aquella época del Partido del Trabajo de España, formación política de corte maoísta.
3          Seudónimo del escritor británico David Conrnwell (1931), autor de afamadas novelas sobre espionaje, tema que conoce bien puesto que formó parte del servicio secreto británico durante la guerra fría.
4          Cambio 16, revista fundada por Juan Tomás de Salas en 1971, rápidamente se convirtió en símbolo de la oposición a Franco y de la lucha por la democracia ­durante los años de transición. Al igual que Diario 16, que Salas contribuyó
a fundar en 1976, sigue publicándose pero ya no tiene la misma influencia
5          Se conoce como prensa rosa aquellas publicaciones dedicadas a comentar actos sociales y a divulgar la vida de las personas famosas. La expresión prensa amarilla hace referencia a la caracterizada por su entrega al sensacionalismo.
6          Julio Anguita fue secretario general del pce y coordinador general y candidato a la presidencia del gobierno de Izquierda Unida.
Pablo Castellano lideró el ala crítica de la ejecutiva del psoe, ingresó posteriormente en el pasoc (Partido de Acción Socialista), que actualmente preside, y en la ejecutiva de Izquierda Unida.
Manuel Pimentel fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales de 1999 a 2000 en el gobierno del PP. Dimitió voluntariamente en desacuerdo con la línea política de su partido.
7          Augusto Pinochet (1916), general chileno que dirigió el golpe de Estado que ­derrocó en 1973 al presidente electo de la república, Salvador Allende. Desde entonces hasta 1990 ocupó la presidencia de la república por medio de una férrea dictadura especialmente sanguinaria. En los últimos tiempos está siendo sometido a procesos jurídicos internacionales por sus crímenes contra la humanidad.
8          Sabino Fernández Campo (1918), general, en la época del golpe de Estado era secretario general de la Casa del Rey y su principal hombre de confianza. Sustituyó precisamente en el cargo al general Alfonso Armada, alma mater de la intentona golpista.