12è VOLUM. El Covid-19 del 2020

Dra. Marina Roustan

Psicóloga y forense

Discreción y privacidad

Son ya muchos años ejerciendo como psicóloga clínica dando a mis pacientes la atención personal que requieren. No tengo secretaria ni otros colaboradores. El espacio de la consulta es amplio e iluminado, suficiente para terapia grupal e individual. El desarrollo científico de mis conocimientos me ocupa buena parte del tiempo, el resto de mi labor profesional es atender a pacientes desde la mayor cordialidad y sin incomodar. Destaco el espacio físico por su relevancia en el conjunto. Acudir al psicólogo ya no es algo que intimide o se oculte como antes, aún así hay que ser detallista, mantener el más alto nivel de discreción y ofrecer privacidad a todas las visitas. Mi entrega al paciente es total, nunca rehúyo una urgencia, ajusto mi agenda y si es necesario alargo las horas. Ellos y ellas forman parte de una labor conjunta. Estoy metida en las necesidades que les condujo a confiar en mí, somos un equipo. Tomo apuntes, analizo cada visita, reviso notas anteriores y cuando vuelven a visitarme entro otra vez en su mente y volvemos a ser dos que caminan juntos. Una consulta no es solo el tiempo presencial, el análisis posterior es la base que conduce al resultado que los dos buscamos. Hay una parte de mi dedicación volcada al peritaje forense, una necesidad jurídica de gran interés para mí. Ello me permite ayudar en la ecuanimidad de la decisión del juez, entregándole un informe pericial elaborado desde el rigor científico y el análisis psicológico del caso.

Capacidad de las emociones positivas y negativas

Mi doctorado versó en torno a los factores psiconeuroin- munológicos que inciden en el desarrollo del cáncer de mama, una ciencia interdisciplinar que investiga las interacciones entre la mente y el sistema inmune y las consecuencias clínicas que se derivan. Esta disciplina aporta la base de apoyo científica para considerar la salud como una armonización biopsicológica, poniéndola en valor y promoviéndola a nivel social con el objetivo de alcanzar mayores cotas de bienestar. Las emociones negativas tienen capacidad para provocar enfermedades, las positivas contribuyen a proporcionar bienestar. La psiconeuroin-munología consiguió romper el dualismo mente-cuerpo dando lugar a un enfoque integrador. Con esta disciplina se puede entender la interrelación de emociones, hormonas y conductas entre el sistema inmune y algunas enfermedades somáticas o mentales.

Inquietudes científicas 

La hipótesis que trabajé en mi doctorado es que la per- sona que desarrolla una enfermedad ha experimentado du- rante años un atasco psíquico que le ha provocado un debilitamiento de sus defensas, lo cual propicia que su organismo se presente fértil para la expansión de las células malignas. Cualquier persona las aloja en su cuerpo, pero éstas son neutralizadas por el sistema inmunológico, que las va eliminando a medida que van surgiendo. No obstante, cuando el nivel de las defensas desciende a bajas cotas existen mayores posibilidades de que esas células se instalen en el organismo y se desarrollen. Hay algunas enfermedades cancerígenas cuya fuente es genética, pero esto solo explica una predisposición de esa persona a sufrir la enfermedad. Resulta más relevante la epigenética, el ambiente en el que crecen las células y las personas. Muchas mutaciones genéticas pueden evitarse si cuentan con un entorno adecuado. Y es ahí donde se puede incidir a nivel de salud, propiciando un ambiente más saludable para erradicar los riesgos de desarrollar esa enfermedad. Porque continúa habiendo riesgo igual que siguen manteniéndose hábitos poco saludables.

Personas prisioneras de sí mismas y sus silencios 

El malestar no nos puede dejar indiferentes en cuanto está compuesto por capas de malentendidos que nos invitan a un encuentro con la verdad, y esta verdad, por medio de la palabra, despliega modos incompatibles de acoger el sufrimiento, sometimientos al dominio de otros, asime- trías relacionales, falta de elecciones, y un amalgama de emociones que acaban convirtiendo el amor en odio, el trabajo en angustia, la sintonía familiar en amargura, la fantasía en perversión, y la pena en daño moral. Se trata de explorar desde varios ángulos la soledad y los deseos ocultos para arrojar luz sobre la causa, y sacar a la persona de ser a menudo prisionera de sí misma y de sus silencios. Abrir una mínima zona de intercambio, que a la larga se transmita a la comunidad, por lo que se entiende que una función de la psicología es también social, pese a que haya empezado como una función unitaria e individual, en el sentido psicoanalítico. El catálogo de algunas conductas sociales nos hace reflexionar sobre la disposición personal y situacional, siendo a menudo la segunda el reflejo de la primera.

Un menor feliz será un adulto adaptado

Los procesos traumáticos pueden abocarnos a sufrir enfermedades, aunque haya situaciones, contra lo que se pueda creer, que puedan resultar un alivio. Así, aunque una separación pueda entrañar un trauma por el efecto maligno causado en los hijos, también puede revelarse como una salida a un clima de tensión matrimonial. Afortunadamente hay muchas parejas que, pese a la separación, mantienen una relación cordial y los hijos crecen en un ambiente sanísimo. En el ejercicio de la psicología forense tenemos que asistir a familias que viven esa circunstancia de manera traumática. En estos casos minoritarios, el objetivo no reside en impartir paz entre padre y madre, sino en ejercer una intervención para conseguir que se pongan de acuerdo en una serie de temas que afectan a sus hijos. Esta intervención se denomina Coordinación de Parentalidad. No se trata de hablar de la pareja, sino de sus descendientes. Y si los padres se muestran incapaces de pactar soluciones, es el coordinador quien se presta a adoptar las decisiones por ellos. En Estados Unidos esta figura goza de mayor poder decisorio, mientras que en nuestro país todavía sigue siendo el juez quien tiene la última palabra, a partir del informe del coordinador que ejerce como auxiliar, de manera similar a como lo hace el perito forense. Se trata, en definitiva, de minimizar el daño causado a los hijos. Un menor feliz, será un adulto adaptado.

Peritaje forense

En mi condición de perito forense llevo a cabo peritajes familiares en situaciones de separación. Es una labor delicada, en la que se procede a efectuar un«retrato» familiar de los meses previos a la separación, y evitar falsedad. Resulta imposible realizar un trabajo longitudinal, que abarque la vida completa de los integrantes de esa unidad familiar, pero ese análisis constituye una gran ayuda para el juez a la hora de determinar el régimen de custodia y visitas de menores. Si no hay hijos, no existen problemas matrimoniales en una separación, a lo sumo, patrimoniales. Pero cuando hay descendientes, se producen tensiones por el derecho a la custodia. En los últimos años hemos asistido a cambios sociales que han comportado que los padres hayan asumido responsabilidades domésticas y el cuidado de los hijos al mismo nivel que las madres. Aun así, continúan existiendo progenitores que nunca han preparado una papilla, ni saben cambiar un pañal, ni han acompañado a los pequeños al pediatra, pero exigen el mismo trato que el otro progenitor cuando se enfrentan al proceso de separación. Es cuando intervenimos nosotros como profesionales para advertir al juez de la existencia de factores que aconsejan o no desestimar esa custodia compartida. Hay que encontrar una buena solución, no necesariamente la solución perfecta. Todo ello con ética absoluta. El objetivo que se persigue es evitar, en la medida de lo posible, que existan alteraciones en el día a día que venían llevando los hijos.

Gracias a los medios de comunicación, las mujeres se atreven a denunciar los malos tratos y la denuncia pasa a ser protesta pública

La violencia doméstica no es un fenómeno nuevo. Lamentablemente, los malos tratos en el hogar han existido a lo largo de la Historia. La diferencia es que en estos momentos gozan de mayor visibilidad ante la proliferación de medios de comunicación y su mayor difusión. Esta circunstancia ha comportado que el número de denun- cias se haya incrementado, precisamente porque los medios han contribuido a sacar a la luz esta lacra social. Anteriormente muchas mujeres no se atrevían a dar el paso por temor a verse incomprendidas, o por las represalias que pudieran sufrir. Gracias a esta notoriedad muchas han aprendido a percibir, o intuir, el riesgo que sufren antes de la agresión física, del abuso o incluso, del posible homicidio. Ahora, a diferencia de lo que ocurría, se muestran alerta y toman las debidas precauciones si detectan cualquier peligro, lo cual permite evitar tragedias. Que se dé publicidad a los sucesos relacionados con este problema solo podemos acogerlo de manera positiva. Contra algunos comentarios: esas denuncias en los medios no pueden incitar a promover este tipo de prácticas. Nadie en su sano juicio decidirá maltratar o matar a alguien por el simple hecho de ser expuesto a estas informaciones.

Coordinación de Parentalidad

La Coordinación de Parentalidad es un tema que atañe a los procesos de separación y divorcio, pero también concierne a las nuevas modalidades de familia de nuestro tiempo. Con la Coordinación de Parentalidad aliviamos el peso que cargan los tribunales, y ayudamos a los niños inmersos entre sus padres. Sin dunda esos padres aman a sus hijos y quieren lo mejor para ellos, sin embargo a veces se pierde de vista qué es lo mejor para ellos insistiendo que su razón, distinta de la del otro progenitor, sea cómplice de sus conjeturas atajadas con llamativos fundamentos aparentemente lógicos, pero que no convienen a los hijos. Las familias caracterizadas por conflictos parentales llegan a ser vulnerables, porqué su conflicto es de orden psíquico y no judicial, y algunas necesidades del grupo familiar llegan a ser incompatibles entre sí. El trabajo del Coordinador de Parentalidad consiste en gestionar el conflicto, enseñar recursos, y contener la parte emocional duramente afectada, necesitando de destreza y sensibilidad, conocimiento del desarrollo infantil como los procesos de obstaculización, alienación, adultificación del menor, por citar algunos. Para comprender una intención, es necesaria la comunicación intersubjetiva, basada en la capacidad analítica y de observación, y así poder regular los lazos deteriorados entre las partes en vistas de que los niños no sufran y que puedan disfrutar de su filiación, la real y la simbólica, con ambos padres. Es necesaria también una conciencia jurídica cuando se habla de vehicular acuerdos y ofrecer una oportunidad de construcción, debatiendo asuntos familiares pero en clave jurídica y psico-social. Esta nueva figura, la de Coordinador de Parentalidad, parece sencilla pero no lo es: libera a los progenitores en desarmonía en el sentido emocional, libera a los juzgados en el plano jurídico porqué recuerda las normas y las consecuencias de los actos, y libera a los niños en cuanto se les ayuda a desconectar de la conflictiva familiar.

Intención suicida 

La presión social y familiar, la pandemia del Covid-19, el paro, el malestar económico, la falta de comunicación… La intención suicida constituye otro de los graves pro- blemas con los que carga nuestra sociedad. Las cifras son alarmantes y revelan nuestra incapacidad para saber detectar el problema a tiempo y evitar el dramático desenlace. En buena parte, es fruto del enorme sen- timiento de soledad que invade a muchos jóvenes y que halla parte de su origen en el uso excesivo de las pantallas. Este tipo de recursos resultan muy estimulantes y generan una gran adicción, lo cual comporta que las personas acaben aislándose y no gocen de una vida social normalizada, ya que pueden estar encerrados todo el día en casa, frente a un monitor, y estableciendo relaciones con personas a quienes ni tan siquiera han visto alguna vez. Es preocupante porque no existen antídotos contra este tipo de adicciones y tampoco han sido reconocidas como síndrome. A lo sumo pueden someterse a terapias de deshabituación. Sin embargo, nos enfrentamos a otro grave problema, como es el hecho que esta patología esté socialmente aceptada. Otra causa es la crisis económica y empresarial, la impotencia o el desempleo. Durante algunas sesiones de terapia se abre mente de aquella intención suicida. Tener a alguien que escucha y entiende es el primer paso para impedirlo, pero no es suficiente, luego hay que reconducir esta desesperanza hacia otro puerto.

Garantizar el mejor tratamiento basado en la evidencia, pero sin renunciar a la subjetividad 

Los profesionales sanitarios no deben sellar un pacto de silencio con la enfermedad que tratan, sino imponer un diálogo interdisciplinar y único entre los diferentes aspectos que rodean a la misma. Los aspectos psíquicos, sociales, personales y éticos que concurren en el pacien- te deben interrelacionarse para garantizar el mejor trata- miento basado en la evidencia, pero sin renunciar a la subjetividad. A la rigurosa formación del profesional es necesario que éste añada una mirada propia, desprovista del reduccionismo disciplinar que prescinde de puentes con la necesaria clarividencia para obtener una visión de conjunto. Trascender las fronteras del conocimiento de una disciplina a otra, vinculando la técnica con la táctica, relacionando lo científico con lo humanitario, pasando del caso al paciente o al ser que sufre, permite desarrollar la solidaridad entre las personas, compartir y difundir el conocimiento de una manera responsable entre la medicina y la psicología. Buen ejemplo de solidaridad y humanismo fue el que dieron miles de médicos y sanitarios de todas las especialidades, cuando volcaron cuerpo y alma para tratar afectados por la pandemia Covid-19.

Abocados a una sobreadaptación enfermiza 

En el silgo que nos ha correspondido vivir, el ser humano se ve obligado a adaptarse continuamente al medio que lo rodea. Debería hacerlo de manera saludable, aunque la era moderna se halla repleta de exigencias, deberes, frustraciones y mandatos. Ello provoca que, a menudo, nos sintamos abocados a una sobreadaptación enfermiza; lo cual se traduce en síntomas físicos y psíquicos de diferente índole: problemas cardiovasculares, anorexia, enfermedades psicosomáticas, hiperactividad e infelici- dad. Muchas sintomatologías en boga adquieren entidad propia, y lo que antes era un síntoma clínico es ahora un trastorno que reclama medicación. El estrés o la anorexia constituyen algunos ejemplos. La relación soma-mente queda evidenciada a través de la ducha de realidad en la que nos sumerge el lenguaje del cuerpo. La enunciación silenciosa de la angustia que detiene el tiempo y desafía la medicación, o la imposibilidad de evitar lo desagradable de una obsesión recurrente, no son más que una expresión testimonial de un abanico de sufrimientos ambiguos que ponen a prueba al profesional clínico que los sabe escuchar. El clásico lema de que la salud se reconoce por el silencio de los órganos corporales se tambalea y su quiebra nos obliga a reciclar nuestros conocimientos.

El estrés constituye el reflejo del sometimiento por excelencia 

A nivel endocrino y cerebral se secretan sustancias como el cortisol y la adrenalina, con la función original de proteger nuestro organismo y de actuar como alarma, preparando así al organismo en su huida. Pero, atrapado en el impasse de su era, la del algoritmo de Google y del pronóstico de la soledad, el ser humano ya no puede escapar. Se aborta la reacción biológica, lo que favorece la aparición de un ataque contra el mismo cuerpo y se inicia el desamparo y se incrementa la situación de vulnerabilidad. El cortisol, un antiinflamatorio natural que sostiene los niveles elevados de azúcar en la musculatura, inhibe su respuesta bioinmunológica, circunstancia que pone en peligro la integridad del organismo. Prescindiendo de las funciones metabólicas menos necesarias en caso de alerta, actúa directamente sobre él, que se muestra entonces indefenso. A largo plazo, esta situación se convierte en insostenible y solo puede acabar derivando en enfermedad. Por su parte, el dolor supone la ruptura violenta y abrupta de la homeostasis orgánica y psíquica y refleja la alteración incontrolada de todas las pulsiones rítmicas del cuerpo. La percepción somato-sensorial del dolor emerge del órgano lesionado y se yuxtapone con la perturbación global del organismo, que surge por ejemplo de una imagen emotiva, para dar como resultado una emoción dolorosa. El dolor deviene entonces psicógeno, se sitúa en el límite del cuerpo y de la mente.

Paliativos contra el dolor 

La finalidad de un tratamiento terapéutico psicológico reside en aniquilar la patología del paciente, al margen de las vertientes que adopta. El tratamiento psicoanalítico cree en el síntoma, confía en que éste se manifiesta y puede ser descifrado, pero con la condición sine qua non de que no existe otro procedimiento clínico que el del caso por caso, sujeto por sujeto. El ser humano es único y sus sensaciones, aunque puedan resultar análogas a las que experimentan otros, son sufridas solo por él. Sus paliativos contra el dolor y el tejido de sus resistencias son de su propia «cosecha secreta». Por lo tanto, tiene que ser atendido del mismo modo: como un caso único. El desafío se encuentra en cómo extrapolar el éxito en un tratamiento a la contrastada tesis científica. La práctica de las psicoterapias en España se ejerce ya a gran escala en respuesta a ciertas patologías. Dichas psicoterapias operan con diversas modalidades, distintos protocolos y diferentes parámetros; una circunstancia que implica la necesidad de abordar el tema con datos científicos y procedimientos empíricos. Dado que los trastornos son en su mayoría invisibles clínicamente, y a menudo sólo testimoniales, tanto el diagnóstico como la praxis se revelan bastante complicados. Aun así, constituye la apuesta de la ciencia frente a una sociedad cada día más medicada pero no necesariamente más feliz.

Entre el cuerpo y la mente, entre la culpa y el castigo, entre el deseo y la demanda

 Me siento escéptica ante la posibilidad de proponer soluciones sin un planteamiento verdadero de los problemas; salvo que se asuma el riesgo de acudir fácilmente a falsos remedios, como a veces ocurre con la sobremedicación. Sería preciso una encuesta subjetiva, un testimonio hablante para describir y entender los problemas invisibles y descifrar de este modo su enigma persistente. Sólo entonces se conseguirá ayudar a las personas que se muestran resignadas a sufrir sus propias maquinaciones y sus síntomas «clandestinos» a calibrar sus problemas y adecuar sus soluciones. Se trata de restablecer la comunicación entre significantes perdidos: entre el cuerpo y la mente, entre la culpa y el castigo, entre el deseo y la demanda. Desde el punto de vista de la psicología evolutiva, que concentra su interés en el ciclo vital y el desarrollo humano, un cambio evolutivo surge a partir de un evento, un trauma o, incluso, un proceso. Bajo el prisma de un tratamiento resiliente, se trata de aprovechar el trauma para construir un cambio de manera positiva.

Para combatir el coronavirus COVID-19

 El hipotálamo controla mayoritariamente la acción de la glándula pituitaria y de las hormonas que secreta, muchas de ellas involucradas en la variabilidad de los estados emocionales, por lo que los receptores de los neuropéptidos resultan clave para entender la bioquímica de las emociones. Las hormonas, incluyendo la adrenalina, los corticosteroides y las catecolaminas, responden al estrés. A su vez, las hor- monas presentan efectos sobre varios aspectos de la respuesta inmunitaria del organismo, en ambos sentidos de regulación: la estimulatoria y la represiva. Por ejemplo, el uso terapéutico de citoquinas (proteínas secretadas en el organismo), particularmente el interferón, puede provocar estados de ánimo ansiosos o depresivos. Se utiliza este medicamento para problemas hepáticos y otros procesos virales porque interfieren en la reproducción desenfrenada de un virus. De hecho, algunas fuentes consultadas afirman que algunos países lo están probando para combatir el coronavirus COVID-19 que nos atacó en enero de 2020.

Procedemos a organizar continuamente un nuevo orden simbólico ante los acontecimientos que nos sacuden

Las evidencias empíricas asocian, en términos generales, el estrés con un deterioro de la función inmune; sobre todo el estrés crónico, no tanto el agudo. Sin embargo, la influencia que ejerce sobre el sistema inmune no es homogénea debido a distintos factores psicosociales. Entre esos factores, destacan el modo personal de afrontar el problema y el apoyo social con que se puede contar. Los desastres naturales que sufrimos, como los incendios que asolaron Australia, la borrasca Gloria en el Mediterráneo o la pandemia coronavirus, provocan numerosos estragos en la activación fisiológica del estrés, y plantean un enfoque terapéutico integrador hacia las enfermedades somáticas. Lo fundamental no es solamente acompañar al paciente, sino también decodificar su síntoma. El objetivo es entender que el organismo lo desarrolla como una perturbación en su equilibrio psicofísico, en un intento de sanar el cuerpo, aunque pueda resultar paradójico. Por otra parte, se trata también de ayudar al paciente a conyugar la ciencia del «saber» de Platón con la «creencia» de Kant para hallar nuevas salidas a sus problemas o bien debatir la conveniencia de las soluciones. Procedemos a organizar continuamente un nuevo orden simbólico ante los acontecimientos que nos sacuden. A veces es necesario también revalorizar las funciones cerebrales.

Traumas reprimidos que derivan en tristezas crónicas

 Al analizar las cuestiones importantes para una persona, hablar de ellas y esclarecerlas permite dilucidar la posición subjetiva en relación con los problemas que dificultan su vida, al tiempo que se hace posible organizar la experiencia procedimental y afectiva dentro de un contexto relacional. La historia se comparte y su posible narración proporciona un sentido. En muchas ocasiones, traumas reprimidos o denegados nos impiden pensar, conllevando, demasiado a menudo, que se desplieguen actos insensatos, que tristezas insondables devengan crónicas o que el cuerpo acabe cautivo de dolores difusos. Lo importante es que una persona dé el primer paso y busque ayuda. Una vez hay sintonía con el psicólogo, se rompe el muro silencioso y, por medio de la palabra, se llega a la toma de conciencia. Un cambio de perspectiva. Un desenlace satisfactorio. Una nueva oportunidad. Desafiar desencuentros originales, con sí mismo o con otros; para reinterpretarlos, incluso apropiarlos y hacerlos funcionar.

Prevención a través de algoritmos

 La tecnología y los algoritmos pueden resultar de gran ayuda en temas de salud. Existen algunos recursos, como por ejemplo las pulseras que proporcionan datos acerca de los pasos realizados, del ejercicio efectuado y de las calorías consumidas. A través de los algoritmos incluso se puede prever un descenso del nivel de azúcar, un episodio epiléptico o el desarrollo de una enfermedad. ¿Asistiremos, en el futuro, a un algoritmo capaz de detectar que una persona atentará contra su vida? Esto sería un gran avance, aunque tengo mis dudas. Vivimos en un mundo falto de escucha, y esto constituiría un riesgo para personas que atraviesan situaciones difíciles. Hay que tener en cuenta que normalmente quienes optan por acciones extremas lanzan avisos previos: a través de la red social, de una palabra, de una broma… Basta con leer entre líneas. Pero a menudo esta lectura llega tarde y, si esos indicios caen en oídos sordos, la persona decide ejecutar el acto menos esperado.

Años atrás, los sensibles con el medio ambiente éramos ignorados 

Pienso que las personas seguimos manteniendo nuestras utopías. La preservación del planeta es una de ellas, creo que esa idea va calando en la sociedad. La protección del medio ambiente siempre ha sido una prioridad científica. Es incomprensible que el ser humano tenga que llegar al límite para darse cuenta de ello. Personalmente, me gusta poner en valor pequeños gestos cotidianos que nos ayudan a mantener vivo el compromiso con la Tierra, como por ejemplo no derrochar recursos naturales, limpiar las playas que visitamos, reducir el consumo de carne, circular en bicicleta. Recuerdo que, hace unos veinte años, se recogían firmas de apoyo como se hace ahora vía telemática. Entonces las personas que mostrábamos esta sensibilidad con el medio ambiente y alertábamos de los peligros de no preservarlo éramos una minoría exótica e incluso teníamos que soportar burlas cuando no el menosprecio. Protegerlo siempre ha sido una necesidad.

Se recurre a eufemismos para adormecer la conciencia moral 

Renuncié a comer carne por motivos que responden a mi ética personal, porqué creo que los animales merecen un respeto. Pero hay otras razones para desestimar su consumo o, cuando menos, para moderarlo, como por ejemplo un sistema de producción insostenible. No niego el carácter depredador que pueda tener el ser humano, pero no estoy de acuerdo en la ingente cantidad de animales que se destinan al consumo y que los hayamos convertido en mercancía. Resultaría más razonable una alimentación con una mayor base vegetal, que evitara la existencia de explotaciones ganaderas en las que los animales viven acorralados y tratados industrialmente en un sistema productivo totalmente deshumanizado. Es algo que, gracias a la acción de grupos animalistas, ha podido salir a la luz pública últimamente. A menudo se recurre a eufemismos para disimular estas prácticas, como cuando se habla de sacrificio para evitar hablar de muerte, con el ánimo de justificar esa actividad como necesaria, y con el objetivo de conseguir que sea socialmente aceptada para adormecer la conciencia moral.

Si una sola persona hace feliz a otra, todo el mundo sería feliz 

El consumismo constituye un mecanismo de defensa frente al desasosiego o malestar que puede sufrir una persona, siempre que disponga de capacidad económica para consumir. Hay personas que viven en la precariedad y solo pueden permitirse alimentos de calidad cuestionable. Resulta triste y preocupante, ya que la salud empieza por la boca. Pero sí, hay personas que hallan alivio a sus angustias a través del consumismo, una práctica que en los últimos años ha ido al alza de manera descontrolada y alarmante. Aunque se está recuperando la antigua práctica de reparar los aparatos que se estropean. Recuerdo que antes había en cada esquina un taller de reparación de televisores u otros electrodomésticos, pero llegó un momento en que los propios fabricantes te invitaban a sustituirlos cuando fallaban, ya que recuperarlos salía más caro. En la actualidad, especialmente entre los jóvenes, ha surgido un movimiento proclive a dar una segunda oportunidad a esos aparatos estropeados, en aras de un consumo más razonable y ahorro de recursos. Resulta incluso más coherente que promover el reciclaje de materiales, a través de empresas que recuperan plástico, metales, vidrio; o que otras prácticas como las de enviar móviles obsoletos a África, en una iniciativa que a menudo solo persigue redimir la imagen del mundo occidental. Ignoro hasta qué punto existe generosidad por parte de los países que obran así y si solo persiguen beneficios económicos. Sería loable que éste no fuera el objetivo. Resultaría diferente si siguiéramos la máxima de que, si una sola persona hace feliz a otra, todo el mundo sería feliz.

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