La Portellada (Teruel)
1966
Doctora en Medicina, MBA
Propietaria y gerente de Eldine Patologia
Fundadora y directora de Impat Diagnòstic
3-1-2024
El conocimiento se constituyó en la herramienta para labrar un futuro prometedor y apasionante, mientras que la vocación y la entrega a la profesión se convirtieron en el motivo que llevó a esta doctora a emprender en el ámbito de las ciencias de la salud. Àngels ha logrado hacer de su laboratorio una auténtica referencia en los estudios de Anatomía Patológica, ganándose la confianza de algunas de las más prestigiosas instituciones investigadoras de nuestro país con las que colabora.
Con tres años ya sabía sumar y, mientras mi madre despachaba a las clientas en la tienda, yo me encargaba de anotar las ventas y preparaba la cuenta
Soy la más joven de dos hermanas, nacidas en una familia humilde en un entorno rural que marcó profundamente mi infancia. De hecho, el nuestro era un pueblo alejado de cualquier realidad urbana, equidistante de Tarragona, Zaragoza y Lleida a ciento cuarenta kilómetros y, a causa de la orografía, más lejos todavía de la capital de nuestra provincia, Teruel. Crecer en este ambiente cerrado fue todo un desafío, donde las figuras clave del pueblo eran el maestro, el cura y el médico; tres personajes que, a su condición de referentes, compartían el hecho de hablar un idioma que nos resultaba ajeno. Recuerdo ir a la escuela a los tres años y encontrarme de repente con alguien que hablaba un idioma que no entendía, ya que, aunque administrativamente pertenecemos a Aragón, en la comarca del Matarranya hablamos catalán. Siempre he defendido que los que más hemos luchado por preservar este idioma hemos sido los de la Franja de Ponent… Además de esta situación escolar, también había que añadir que en nuestro pueblo apenas éramos trescientos habitantes, lo que hacía que en el aula conviviéramos alumnos de tres a diez años. Me resultó más positivo que negativo y, con tres años, ya sabía sumar. Debo añadir que mis padres, Miguel y Antònia, regentaban una tienda y, mientras mi madre despachaba a las clientas, yo me encargaba de anotar las ventas y preparaba la cuenta.
«O estudiamos o a recoger patatas»
En mi infancia, en la década de los setenta, comprendí que difícilmente me podría forjar un futuro en ese contexto rural. Las únicas referencias que tenía fuera del entorno estaban representadas por las tres figuras que he mencionado anteriormente. Al no poder optar, por razones evidentes, por el sacerdocio, me quedaban dos caminos: la enseñanza o la práctica de la medicina. Creo que el conocimiento y el mayor prestigio que tenía el médico influyó en mi decisión de elegir la segunda opción. Nuestros padres también nos animaron a estudiar y estaban determinados a que fuéramos a la Universidad. Tanto es así que cuando mi hermana Tere, cinco años mayor que yo, expresó su deseo de abandonar los estudios, mi padre no dudó a exponerla a las duras tareas del trabajo en el campo. Ese verano, mi hermana conoció de primera mano el rigor de la recolección de patatas y de la fruta, en unos días largos, a cuarenta grados. La experiencia también la probé yo, ya que, como todos los hijos de los agricultores de la zona, ayudábamos en las tareas del campo. Superado el verano, Tere retomó los estudios y sustituyó la actividad agrícola propia del Matarranya por la académica. «O estudiamos o a recoger patatas» fue la conclusión a la que llegamos con rapidez mi hermana y yo.
Accedí a la Facultad de Medicina con uno de los mejores expedientes académicos
La siguiente etapa académica se dio en Las Anas, un colegio religioso de Alcañiz donde cursé el Bachillerato en condición de interna. Posteriormente, mi hermana, cuando finalizó la carrera de Magisterio en Zaragoza, se encargó de buscarme un centro en la capital aragonesa para que pudiera cursar el COU. Me matriculó en el instituto Goya que, hasta entonces, era exclusivamente masculino. Para mí resultó un cambio drástico, pues desembarcaba en una gran ciudad y, además, había sustituido un colegio de monjas por un centro en el que la proporción era de una alumna femenina por cada cien alumnos masculinos. Me asomé a un nuevo mundo, descubrí la diversión de la noche de Zaragoza pero, también, los sinsabores de la discriminación por género. En todo caso, tuve la suerte de contar con la complicidad de algunas docentes que me animaron a presentarme a las olimpiadas matemáticas, una competición de prestigio en la que nuestro instituto había logrado alguna victoria a nivel nacional. Me presenté al concurso y lo gané. No sé hasta qué punto lo celebró la dirección del centro. Al acabar el COU, accedí a la Facultad de Medicina con uno de los mejores expedientes académicos.
Tenía tanto interés en trabajar que me llovían las propuestas e, incluso, era yo quien facilitaba empleo a mis compañeras
Consciente de los sacrificios realizados por nuestros padres para que pudiéramos ir a la Universidad, a los diecisiete años empecé a buscar la manera de obtener ingresos propios impartiendo clases particulares y cuidando enfermos por la tarde o por la noche. Se trataba de trabajos que compatibilizaba con la Facultad. Las buenas referencias, así como el interés en trabajar, hicieron que me llovieran las propuestas e, incluso, ello me permitió facilitar empleo a mis compañeras. Sin embargo, la experiencia universitaria no se reveló todo lo ilusionante que esperaba. Muy pronto constaté que no podía confiar mi futuro a la supuesta meritocracia. En las propias aulas se percibían las claras diferencias sociales entre el alumnado, no solamente por la complicidad entre los alumnos procedentes de sagas tradicionales médicas, sino por la marcada frontera que se dibujaba incluso físicamente en las clases, con los estudiantes de familias acomodadas y urbanas a la derecha y los que procedíamos del entorno rural y modesto, a la izquierda. Al mismo tiempo, me decepcionó comprobar que la carrera se reducía a memorizar contenidos. Entendía la Facultad como un entorno de desarrollo del pensamiento creativo y humanístico que, a mi parecer, implica la práctica de la medicina. Lejos de favorecer el sentido crítico, se desalentaba a los alumnos que lo intentaban desarrollar. Así pues, me limité a ir superando holgadamente los cursos.
Tesis doctoral orientada hacia el estudio de la ginecomastia por mi espíritu rebelde
Una vez licenciada en Medicina, era momento de afrontar el MIR, un reto al que concurríamos veinte mil alumnos para dos mil plazas, con un promedio de ocho años para superarlo. Aprobé rápidamente, circunstancia que me colmó de felicidad, dado que me abrió las puertas para hacer la residencia de Anatomía Patológica en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona. Pese a esta alegría inicial, el día a día, las conversaciones con otros profesionales y descubrir cómo funcionaba el sistema me generó desencanto. Así, una vez acabada la residencia inicié otra etapa de mi vida y por circunstancias del mercado laboral, en contra de mi voluntad, solo pude dedicarme a la práctica médica a tiempo muy parcial. A mi pareja, Alejandro, un radiólogo a quien había conocido en la Facultad, no le faltaba trabajo y, como ya habían nacido nuestros hijos, Mar y Àngel, pude dedicarme a tareas domésticas y a hobbies como el punto de cruz. Cabe señalar que, en aquella época, el desempleo se había cebado con la mayoría de los médicos y que mi especialidad no era ajena a ese problema. En cualquier caso, aproveché este periodo para preparar la tesis doctoral en la Universitat Rovira i Virgili (URV), dado que vivíamos en Tarragona. Mi espíritu rebelde me llevó a orientarla hacia la ginecomastia: la patología de la mama en el varón. Así, conseguí una plaza de becaria en el Departament de Ciències Mèdiques Bàsiques de la Facultat de Medicina de la URV y ejercí durante tres años como docente; una experiencia que se reveló muy interesante, por lo enriquecedor que resultó mantener el contacto con los alumnos, que solían valorarme muy positivamente en las encuestas, aunque, por la propia condición de becaria, no contaba ni con la cobertura de la Seguridad Social.
Invertí tanta pasión en el proyecto del MBA que fue reconocido como uno de los mejores y me determiné a convertirlo en realidad
Aunque la docencia y la investigación me gustaban, la práctica clínica seguía siendo mi objetivo y me planteé retomar mi actividad hospitalaria. Sin embargo, surgían escasas plazas y solo accedía a cubrir vacantes esporádicas y temporales. La situación me hacía reflexionar. De ahí surgió la idea de cursar un MBA, intentando cultivar esa alma emprendedora, posiblemente heredada de mis padres. Esos tres años intensos de formación significaron un punto de inflexión en mi vida, y ello a pesar de que, al principio, tuve serios problemas de adaptación. Yo era la única médico del aula, en un entorno en el que predominaban personas más jóvenes y con conocimientos más afines a las materias que se impartían. No obstante, pronto conseguí familiarizarme con aquel entorno y disfrutar de la teoría asimilada en los dos primeros cursos y, sobre todo, en el tercero, cuando tuve que desarrollar un complejo proyecto final. Aprovechando mi especialidad, lo orienté a la creación de un laboratorio de Anatomía Patológica. Invertí tanta pasión que acabó siendo reconocido como uno de los mejores proyectos presentados de la promoción. Al mismo tiempo, y al valorar el esfuerzo que había desarrollado en su elaboración, llegué a la conclusión de que lo convertiría en realidad.
Si aspiraba a hacerme un hueco en el mercado, había que prestar atención a tres aspectos: pasión, esfuerzo y formación
Estaba tan determinada a poner en marcha ese proyecto que, tres días después de haberlo defendido, en julio de 2002, constituía mi primera sociedad: Impat Diagnòstic. Se trataba de una empresa de servicios médicos de Radiología y Anatomía Patológica. Uno de los aspectos que más interés me había despertado al cursar el MBA había sido el financiero, donde había constatado que una empresa de servicios como la que me proponía pilotar no requería una inversión extraordinaria y que no generaría grandes gastos si no había clientes, a diferencia de otras compañías que, solo en la puesta en funcionamiento, requieren fuertes inversiones. Lo que no había identificado tan claramente en ese momento era mi complicada clientela objetivo. El abanico era muy amplio: desde el propio paciente a quien practican una biopsia que requiere el análisis de la muestra hasta la compañía aseguradora o mutua que sufraga ese servicio, pasando por el especialista que ha extraído el tejido y llegando hasta el centro médico u hospital donde se ha efectuado la prueba. En aquel momento de puesta en marcha del proyecto, confiaba en el potencial del servicio de radiología frente a un entorno de incertidumbre en el que la mayoría de los laboratorios de Anatomía Patológica se integraban con los de Análisis Clínicos. Cabe señalar que, a finales de la década de los setenta, se habían creado muchos laboratorios de Anatomía Patológica que absorbieron después grandes multinacionales, por lo que nuestro centro ya nacía como una singularidad. Si aspiraba a hacerme un hueco en el mercado, tenía que prestar atención a tres aspectos: pasión, esfuerzo y formación. He procurado nutrirme frecuentemente de nuevos conocimientos, al tiempo que no he ahorrado sacrificios para hacer crecer este proyecto. Y nadie puede discutir mi apego a la profesión, que cada día me apasiona más.
Los especialistas en Anatomía Patológica constituimos un punto clave en la medicina, aunque los pacientes únicamente nos descubren en situaciones críticas
Nunca hemos realizado acciones de comunicación publicitaria, salvo en una única ocasión, en nuestros inicios, efectuada con el objetivo de presentar la cartera de servicios y de arrancar la empresa. Se basó en el envío postal de medio millar de cartas a otros tantos médicos y centros médicos de Tarragona. El resultado, inicialmente, resultó frustrante, aunque con el tiempo la lectura ha sido muy positiva. Entre las respuestas que obtuvimos estaba la del doctor Josep Panyella, fundador de Serveis Mèdics Penedès, que prestó atención a la propuesta y consideró interesante ese tándem de servicios que permitía, por ejemplo, resolver en un único centro las punciones aspirativas, que suele practicar el radiólogo e interpretar el patólogo. Alejandro empezó realizando ecografías, mamografías y TAC, mientras yo me dedicaba a mi especialidad (citologías y biopsias). Se trata del análisis de tejidos que nos permite diagnosticar enfermedades y, al mismo tiempo, determinar cuál es el tratamiento adecuado a seguir. Quienes nos dedicamos a esta actividad constituimos un punto clave en la Medicina, pese a que no gozamos de excesiva visibilidad. Los pacientes solo nos descubren en situaciones críticas, sobre todo de carácter oncológico, cuando deben esperar el resultado de la biopsia para confirmar o descartar la malignidad de la lesión.
Me postulé para una plaza de jefe de Servicio en el hospital de Andorra, más con el propósito de comprobar mi capacidad que con la intención real de ocupar la vacante… y gané el puesto
Impat Diagnòstic iba creciendo, aunque la actividad todavía no adquiría la velocidad de crucero deseada. Complementaba esta labor con diez horas semanales de asistencia en el Pius Hospital de Valls, que tampoco me permitían adquirir la independencia económica que perseguía. Fue precisamente mi superior en Valls quien me informó que en Andorra buscaban a un Jefe de Servicio. Me postulé para el puesto, más con el propósito de comprobar mi capacidad y deseando quedar en segunda posición que con la intención real de ocupar la vacante. Para mi sorpresa, gané la plaza y, después de meditarlo, procedí a ocupar esa vacante. Fueron cinco años muy duros, en los que invertía cuatro días semanales fuera del país, en un sistema sanitario absolutamente distinto al nuestro, y tres en Tarragona, procurando dejar organizada la agenda de la empresa o la intendencia familiar semanal. Transcurridos estos cinco años, y tras haber recibido varias ofertas laborales, decidí regresar a Catalunya.
En el año 2011 Eldine realizaba cuatro mil biopsias anuales, y este 2023 hemos cerrado con veintiséis mil
Impat Diagnòstic había experimentado un notable crecimiento. Mi inquietud como empresaria me llevaba a sopesar nuevas ideas, invirtiendo en última tecnología para ofrecer nuevos servicios, hasta el punto de que me planteé comprar un laboratorio. Fue entonces cuando decidí adquirir Eldine Patologia, un laboratorio de Tortosa, fundado por un compañero que se jubilaba. Era el año 2011, disponía de algunos ahorros y, sobre todo, había acumulado experiencia en gestión como Jefe de Servicio tanto en Andorra como en Valls. Aun así, para este nuevo proyecto me asocié con el doctor Lluís Pons, un excelente patólogo y mejor persona, que se ha convertido en mi mano derecha y mi mejor amigo. En ese momento, el centro realizaba cuatro mil biopsias anuales. Este año, hemos cerrado con veintiséis mil, habiendo multiplicado por siete la facturación en una docena de años después de crecimientos continuados de doble dígito anual. La progresión se explica gracias al aumento constante de clientes, lo cual nos llevó a abrir un nuevo laboratorio en 2014, en Tarragona. Uno de los factores que consideré estratégico para el nuevo centro fue la ubicación, que decidí situar en el Corredor Mediterráneo, junto a la salida de la autopista. Adquirimos una nave industrial en las inmediaciones de Tarragona, rompiendo moldes, pues entendía absurda la localización habitual de los laboratorios en centros urbanos, cuando lo importante es que sean lo más accesibles posible para los servicios de logística que nos traen las muestras de la mayoría de centros médicos. En la actualidad, disponemos de un tercer laboratorio de Eldine en Lleida.
La Anatomía Patológica es parte fundamental de la Medicina de precisión y personalizada
La logística es uno de los puntos críticos en nuestra actividad. Las muestras con las que trabajamos no precisan de refrigeración y sí, en cambio, de un plazo para que se procesen y se fijen antes de poder someterlas a sus correspondientes análisis para el informe médico final. Estos procesos han experimentado cambios y hemos asistido a la introducción de la Biotecnología, la digitalización de imágenes y la Inteligencia Artificial. La obtención de los resultados se ha acelerado. Sin embargo, y pese a la relevancia de su actividad, la Anatomía Patológica sigue teniendo poco peso específico en el ámbito hospitalario y en la toma de decisiones de la Gestión Sanitaria. Le corresponde un 1,3% del presupuesto sanitario, cuando un 60% de la actividad del hospital gira a su entorno. La Anatomía Patológica aporta valor añadido, porque a nosotros nos corresponde detectar si existen células cancerígenas en los tejidos examinados y determinar cuál es el tratamiento a seguir. Representamos la parte fundamental de la medicina de precisión y personalizada, situando nuestro diagnóstico como punto final de todo el proceso.
Queremos mantener unos estándares de excelencia en la calidad de nuestro servicio, que completamos con una apuesta por la investigación y la formación
Nuestra actividad ha propiciado grandes avances médicos, posibilitando, por ejemplo, prevenir el cáncer uterino a partir de los test de Papanicolau o citologías cervicovaginales. Del mismo modo, a partir de una gastroscopia y del análisis del tejido, podemos evitar, como ocurría hace treinta años, la extirpación del estómago cuando basta con tratar una úlcera. Priorizamos la atención personalizada, de tal modo que, en el momento en que un nuevo cliente acude a nosotros, le asignamos un tutor para facilitarle un seguimiento adecuado de cada caso. La exquisitez en el trato nos lleva a ser cautos a la hora de crecer, dado que queremos mantener unos estándares de excelencia en la calidad de nuestro servicio, que completamos con una apuesta por la investigación y la formación, aplicando los controles más rigurosos. Me reconforta pensar que no tengo que seguir más directrices que las que el doctor Pons, el equipo y yo misma nos imponemos a partir de nuestro conocimiento y autoexigencia. Eso es lo que me lleva cada mañana a levantarme con una sonrisa y a afrontar la jornada con felicidad, porque puedo entregarme a mi profesión sin límites, sin tener que convencer a un jerárquico superior para aprobar nuestras sugerencias, pudiendo innovar y afrontar nuevos retos de forma cotidiana y rápida. No me importa debatir, pero sí que me provoca un malestar profundo tener que acatar instrucciones ilógicas, no constructivas, que no obedecen a criterios objetivos.
Cuando llegan a Tarragona más de cien participantes para asistir a la Jornada Eldine, siento una irreprimible sensación de orgullo
Otra de las grandes satisfacciones es comprobar la confianza que nos hemos ganado en el entorno de la investigación, puesto que colaboramos con instituciones tan prestigiosas como Eurecat, la Universitat Autònoma de Barcelona, la Universidad Europea de Madrid o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Asimismo, en 2016 empezamos a organizar una actividad científica, la Jornada Eldine, algo que parecía impensable tratándose de un laboratorio privado fuera del área metropolitana. Hace cuatro años, además, la Societat Catalana de Citopatologia, que impulsa actividades científicas a lo largo del curso, nos asignó la responsabilidad de organizar anualmente uno de ellos, siendo el único evento que se celebra fuera de Barcelona y cuya competencia no corresponde a un hospital público. Lo cierto es que, cuando veo el auditorio lleno, con más de un centenar de participantes en la Jornada Eldine, siento una irreprimible sensación de orgullo.
La pandemia constituyó un buen ejemplo de disrupción, al acelerar procesos como nunca y propiciar el desarrollo de vacunas en plazos impensables
Impat Diagnòstic cuenta con un equipo humano integrado por siete radiólogos y Eldine Patologia cuenta con un equipo constituido por veinticinco personas. Disponemos de nueve patólogos, con una experiencia media superior a veinte años y formados en los mejores centros. Su profesionalidad y dedicación hacen posible la fiabilidad de los resultados de nuestro laboratorio, que no presenta límites en lo que a innovación se refiere porque, constantemente, intentamos implementar nuevas ideas que afloran en la mente de todo el equipo. En un entorno como el nuestro, la disrupción es deseable y necesaria, porque permite dar solución a determinadas enfermedades. La pandemia constituyó un buen ejemplo de ello, al acelerar procesos como nunca antes había ocurrido y propiciar un desarrollo de vacunas en plazos impensables hasta el momento.
Satisfacción por las nuevas generaciones
Me satisface ver que mis hijos han mostrado interés por seguir nuestros pasos, ya que ambos son médicos, especialistas en Radiología. Debo añadir que prefieren mantener un perfil profesional totalmente independiente a la empresa familiar y desarrollar su trayectoria profesional a partir de su propio punto de partida. Al mismo tiempo, me alivia comprobar que han podido encarrilar una prometedora carrera laboral después de haber exhibido una espléndida trayectoria académica. Si Mar logró obtener el mejor expediente en la historia del Institut Martí i Franqués de Tarragona, tres años después Àngel lograba el mismo reconocimiento. Desde luego, la maternidad me obligó a una serie de sacrificios, pero me ha regalado unas satisfacciones mayores e infinitas. Ahora confío en seguir disfrutando de algunas de las renuncias que he debido hacer por mi proyecto laboral y familiar, como, por ejemplo, viajar, que me entusiasma. Todo ello, por otro lado, compatibilizándolo con la pasión que constituye mi profesión y mi humilde contribución a la salud de los pacientes.





