Volumen 16. Biografías relevantes, empresarios de cosmética y belleza

Jordi Pellejà Paloma – Laboratorios BLC

Figueres (Girona)

1963

Director general de Laboratorios BLC S.L.

 

20-12-2023

El carácter inquieto y las ganas de aprender fueron los mejores estímulos para este directivo, forjado en la labor comercial y capaz de trazar una carrera ascendente gracias a esa curiosidad innata. A esas virtudes le une la pasión, que exhibe abiertamente cuando subraya los beneficios que atesoran los océanos; esas reservas marinas de donde proceden los principios activos que constituyen la base de los productos cosméticos de su firma y que, además, se revelan como el gran pulmón del planeta.

 

 

A mi padre le provocaba problemas de conciencia tener que adoptar decisiones dolorosas para personas de su alrededor atendiendo a las directrices del banco

Felicidad e inquietud definen la infancia que tuve la suerte de vivir, rodeado de mis tres hermanas mayores y de unos padres fantásticos que me aportaron unas experiencias inolvidables y a quienes tengo mucho que agradecer. De haber nacido medio siglo más tarde me hubieran etiquetado de hiperactivo, pues mostraba muchas ganas de compatibilizar actividades, a lo cual creo que contribuyó mi padre, con quien compartí aventuras diversas. Quimet era un hombre excepcional, que me llevaba a cazar, me acompañaba cuando iba a jugar al fútbol, me secundaba en mis inicios musicales con el saxo o me enseñaba a pescar, con unas rudimentarias cañas que él mismo confeccionaba con el bambú plantado por mis abuelos. Mi progenitor aprovechaba la cajetilla de cigarrillos para introducir unas arañas de río con las que conseguía buenas capturas. Era un hombre que disfrutaba de la vida y que me hacía partícipe de sus más variadas y lúdicas actividades. Había iniciado su trayectoria profesional muy joven, a los trece años, como botones de la Banca Arnús, posteriormente absorbida por el Banco Central, donde hizo carrera, llegando a ser el director de la agencia que la entidad tenía en Figueres. Era muy trabajador y, como otras personas de su época, compatibilizaba sus labores bancarias con el control de la contabilidad de las empresas de amigos y conocidos que acudían a él. Era un hombre muy honesto, lo cual le provocaba no pocos problemas de conciencia, ya que en ocasiones tenía que adoptar decisiones dolorosas para personas de su alrededor atendiendo a las directrices del banco.

 

La música es el idioma más universal que tenemos: nos permite entendernos con cualquiera independientemente de su origen

Aunque mi padre marcó mayoritariamente mi carácter, mis hermanas también tuvieron una fuerte influencia en mi crecimiento. Magda, la primogénita, ejerció como una segunda madre. Con Enri, que siempre ha exhibido ideas más progresistas, existía una relación especial y una gran afinidad. Y con Núria, la más próxima en edad, manteníamos continuas disputas que, en el fondo, revelaban la estima que nos profesábamos. Con todas ellas compartía la afición por la música, pues si ellas tocaban la guitarra, el acordeón y el piano, yo alimenté la pasión por el saxo, que todavía hoy sigo cultivando. De hecho, uno de los recuerdos más bellos que conservo en mi memoria fue cuando mi padre, un virtuoso del violín, me regaló el primer saxofón. Ese instrumento me ha acompañado a lo largo de mi vida y, ya a los catorce años, creé mi primer grupo. El jazz se convirtió en mi música preferida, probablemente estimulado por mi profesor. Me habría gustado convertirme en músico profesional, pero me faltaba constancia en los ensayos, pues dominar un instrumento reclama invertir un mínimo de cuatro o cinco horas diarias. Pese a todo, a los dieciocho años realicé giras con algunos conjuntos y orquestas, amenizando fiestas y bailes. Hace un par de años retomé esa tradición, materializando un sueño personal: crear una big band, que nos permite reunir a una veintena de músicos que, cada quince días, ensayamos para realizar actuaciones esporádicas con la que damos rienda suelta a nuestra pasión. La música es el idioma más universal que tenemos como humanos, pues nos permite entendernos con cualquiera independientemente de su origen.

 

Hoy contamos con una generación que posiblemente es la más preparada de la Historia

La de músico no fue mi primera experiencia profesional, pues previamente, a los quince, colaboré en la recogida de manzanas en Sant Pere Pescador con varios compañeros de estudios. Es ésa una labor que, en la actualidad, resulta vetada a los menores por razones de edad pero que acaban realizando personas procedentes del África subsahariana que, igualmente, no suelen reunir los requisitos oficiales exigibles. Es una lástima, porque considero positivo que los jóvenes puedan adquirir experiencia participando en tareas de ese tipo que contribuyen a su crecimiento personal y les permite asumir responsabilidades y adoptar cierta disciplina, más allá de ayudar a la comunidad. Al año siguiente, estuve prestando servicio en un supermercado, pesando género en la sección de frutería, lo cual me permitió comprarme mi primera moto. A pesar de que hoy contamos con una generación que posiblemente es la más preparada de la Historia y la que cuenta con mayor soporte tecnológico, han cambiado los valores y, si antes primaba la ilusión y la inquietud por conseguir un empleo, ahora el principal interés cuando acuden a una selección de personal reside en los días en que podrán librar. Mi primera ocupación formal tuvo lugar, también, a los dieciséis, cuando trabajé para el Ministerio de Inmigración. Nos ofrecieron a medio centenar de estudiantes ayudar a tramitar la documentación que tenían que exhibir las personas que acudían a la campaña de la vendimia en Francia. A Figueres llegaban trenes con centenares de emigrantes procedentes, mayoritariamente, de Andalucía. Ahí realizaban la última parada antes de cruzar la frontera y, para facilitar la labor al Ministerio de Trabajo francés, revisábamos los pasaportes, los contratos de trabajo y los permisos de entrada y salida; un protocolo que contrasta con las facilidades derivadas de la entrada en vigor del Tratado de Schengen, en 1995, que permite la libre circulación de personas en prácticamente toda la Unión Europea.

 

Mi auténtica Facultad fue la inquietud por trabajar y aprender

Mi madre, Cèlia, también exhibía un talante trabajador. Entregada a las tareas del hogar, su formación como modista le permitía confeccionar sus vestidos, los de mis hermanas, mis chaquetas, mis pantalones… Se pasaba el día cosiendo, y la recuerdo en ese cometido por la tarde, mientras en los fogones se fraguaba la cena y la letanía del rezo del rosario nos acompañaba desde la única emisora de radio que podíamos sintonizar por aquel entonces en Figueres: la Cope. Asimismo, de ella heredé su virtud culinaria, que me ha convertido en la sana envidia de mi entorno de amistades. Era una mujer sencilla, que nos profesaba un profundo cariño. Mis estudios de Bachillerato se resintieron a consecuencia de mi inclinación por la música. Debo reconocer que nunca fui un estudiante brillante y que mi auténtica Facultad fue la inquietud por trabajar y aprender que atesoraba. Ese espíritu me llevó a sumarme a Dominique Marchene, una compañía de cosméticos franco española que, en la década de los ochenta, gozaba de gran prestigio. La firma había sufrido en España un problema comercial que amenazaba la supervivencia de su filial y yo entré con la misión de intentar reflotar ese departamento. Aunque inicialmente intenté hacerlo desde Figueres, muy pronto me di cuenta de la necesidad de trasladarme a Barcelona, desde donde podía desplazarme fácilmente a las principales ciudades del país para visitar a clientes. Con veintiún años, me sumergí de repente en un mundo absolutamente desconocido, pues salvo los pintalabios de mis hermanas que había visto en casa no sabía nada de ese sector. Pero, sobre todo, me zambullí en el mundo integral de la empresa, pues me correspondía asimilar funciones diversas que mi inquietud por descubrir aceptaba con satisfacción.

 

Tenía una experiencia exhaustiva en el producto cosmético gracias a haber aterrizado en una empresa donde tenía que asumir múltiples facetas

Ese espíritu ávido de conocer me llevó, en Dominique Marchene, a familiarizarme con la gestión de la contabilidad, el trato con los bancos, el control de las letras, de los recibos… Pero, también, me interesaba descubrir los secretos de los procesos de fabricación; no solo de las fórmulas, sino también de los envases, de los embalajes y de todo lo que intervenía en el resultado final del producto: etiquetas, tarros, cajas, etc. Conocía a todos y cada uno de los proveedores de la empresa: los tapones eran de una firma de Badalona; los tarros, nos los proporcionaba una de Collblanc; los sticks de pintalabios, desde Madrid. Tenía una experiencia exhaustiva en el producto cosmético gracias a haber aterrizado en una empresa de tamaño limitado donde tenía que asumir múltiples facetas. Eso, unido a mi dominio del francés, propició que unos años después pudiera desarrollar mi carrera en otra firma gala del sector, Thalgo. Empecé a trabajar para esta compañía a los treinta años, en calidad de representante para la empresa que distribuía sus productos en España. Dos años después, Thalgo decidió tomar el control de la marca en nuestro país y me nombró responsable del proyecto. Mi apuesta pivotaba en torno a un equipo joven, con personal que, incluso, había comercializado Thalgo en Catalunya; gente comprometida con la marca, que exhibía un profundo know how y que garantizaba cierta continuidad en las ventas al contar con penetración en el mercado y mantener estrecha relación con los clientes habituales. Sugerí, asimismo, establecer la filial en Barcelona, lo cual fue aceptado por la casa matriz, interesada, asimismo, en atacar, más adelante, el mercado sudamericano. Nacía, de este modo, BLC, la subsidiaria española de Thalgo, con el cometido de reforzar la marca y su posicionamiento más que el puramente comercial que hasta entonces podía haber ejercido el distribuidor; a pesar de que nuestra misión reside en representar a la firma y vender a esteticistas, hoteles, gimnasios o spas los productos que la misma fabrica en Francia.

 

La farmacia del futuro está en el mar, que constituye el gran pulmón del planeta

Thalgo es una marca francesa profesional creada en 1964 por André Bouclet, un apasionado del poder regenerador del mar que había desarrollado una línea de productos a partir de los principios activos obtenidos de las algas, tras haber comprobado la bioafinidad que éstas tienen con la piel. Comercializaba sus soluciones a través de farmacias y de centros de talasoterapia, muy populares en Francia y que, en cierto modo, ejercen una función similar a la de los balnearios en nuestro país, pues son prescritos médicamente para resolver problemas de artrosis, artritis, afecciones musculares, cardiacas, pulmonares… Se afirma que la farmacia del futuro está en el mar, que al mismo tiempo constituye el gran pulmón del planeta, pues en torno a dos terceras partes del oxígeno que se genera en el mundo procede de los océanos, a través de la fotosíntesis de las algas. De ahí la importancia de preservar esa gran reserva de agua. La línea de productos creada por Thalgo se amplió para que las personas pudieran trasladar su experiencia al ámbito doméstico. En 1966, Bouclet había patentado un sistema basado en la fusión del microestallido de tres algas que permitía aprovechar algunos de los principios activos de las mismas. A pesar de que, en general, no se les presta atención, las algas reúnen un sinfín de virtudes, ya que, además de ser comestibles y nutritivas, presentan propiedades hidratantes, desintoxicantes, antiinflamatorias, suavizantes, etc. Científicamente, se especula con la más que probable teoría que el origen de la vegetación se encuentra en ellas y que la primera célula que generó oxígeno fue el resultado del cruce dos algas unicelulares.

 

El cultivo de las algas se realiza de manera sostenible, a través de goémoniers, praderas marinas controladas vía satélite que se replantan periódicamente para evitar su extinción

El mar es un gran desconocido, hasta el punto de que sabemos mucho más del satélite lunar que de nuestros océanos, donde habitan veinticinco mil especies muchas de las cuales aún no han sido estudiadas. Apenas estamos aprovechando un centenar de los dos mil quinientos tipos de algas que existen, si bien las consumimos a diario, a pesar de que la mayoría lo ignora, pues poca gente sabe que el yogur, el chocolate o los platos precocinados contienen alginatos, procedentes de las algas. Además de en la alimentación humana, se utilizan como pienso, como abono y, también, en medicina, farmacología y cosmética. No es casualidad que Thalgo sea una empresa francesa, pues nuestros vecinos galos son unos grandes amantes del mar y expertos en la materia, habiendo prestado siempre una gran atención a los océanos. Esta firma fundada por Bouclet basa su filosofía en la investigación y desarrollo de productos de origen marino, obteniendo extractos y aceites tanto de las algas como de especies animales como el atún, del que aprovecha ese abundante colágeno que le proporciona esa flexibilidad en la cola para conseguir una gran velocidad de desplazamiento; o el tiburón, de cuya piel se extraen principios activos. Todo ello sin descartar algas de agua dulce, como la espirulina. El cultivo de las algas se realiza de manera absolutamente sostenible, a través de los goémoniers, una suerte de praderas marinas controladas vía satélite que se replantan periódicamente para evitar su extinción. Anualmente se establecen unos cupos de producción y cosecha que se distribuyen entre los distintos fabricantes, a quienes se expide un certificado de trazabilidad en el que se especifica dónde han crecido, cómo se han secado o cómo se han procesado.

 

Entre las virtudes del agua del mar destaca su condición de despertador celular, poniendo en alerta al sistema inmunológico

La bioafinidad que el ser humano presenta con las algas queda patente si tenemos en cuenta la composición de nuestro organismo, dos terceras partes del cual son agua; una proporción muy similar a la del planeta. A ello hay que sumarle las características de ese agua que acumulamos en el cuerpo, que es salada. Nuestro plasma presenta la misma composición que el agua del mar, en distinta proporción. Hay que señalar que el treinta y tres por ciento del agua del mar es sal, y que ese agua es potable si logramos reducir a un nueve por ciento la presencia de ese elemento. De hecho, hay una fundación en Badalona que promueve la ingesta de agua de mar, y que la comercializa en botellas y garrafas, cuyos beneficios son indiscutibles. Ya a finales del Siglo XIX el científico René Quinton pregonaba esas virtudes, mostrando cómo el agua del mar podía resolver distintos problemas de salud. Aquellas teorías no fueron bien acogidas ni por farmacéuticos ni por galenos, al ver amenazadas sus respectivas profesiones, lo que propició que Quinton fuera reprobado por el Colegio Oficial de Médicos y cuestionado por la Sorbonne Université. Ese científico desarrolló un tratamiento basado en agua marina que se reveló como solución para múltiples patologías; e incluso para estimular a los recién nacidos, confirmando que el agua del mar es un despertador celular que pone en alerta al sistema inmunológico. Eso nos ha llevado a lanzar un aerosol que despide una lluvia de micropartículas de agua marina que activa las células, las cuales responden mostrándose más receptivas a cualquier tratamiento que podamos efectuar en la piel.

 

Las empresas cosméticas no suelen disponer de los macromicroscopios con que cuentan las Universidades, de ahí la importancia de que sus equipos de I+D+i puedan hallar ese apoyo

Thalgo utiliza las algas cuyos principios activos potencian los efectos de las cremas. Contamos con soluciones antiedad o antiarrugas basadas en sus propiedades, como por ejemplo los enzimas que aseguran la supervivencia de las algas cuando baja la marea, al tener que resistir varias horas expuestas al exterior, exhibiendo una gran capacidad de reacción al estrés hídrico gracias precisamente al poder de esos enzimas para rehidratarlas de manera automática. Todo ese desarrollo es resultado de una gran inversión en investigación que es posible, asimismo, por la colaboración con laboratorios de algunas Universidades (como las de Niza, Marsella o París) o del Institut Pasteur. Las empresas cosméticas no suelen disponer de los macromicroscopios con que cuentan esos centros, de ahí la importancia de que sus equipos de I+D+i puedan hallar ese apoyo. Nuestro laboratorio reúne a una quincena de investigadores que constantemente buscan nuevas fórmulas y soluciones. Siempre he defendido la necesidad de promover la relación entre la empresa privada y el entorno universitario, pues de esa cooperación surgen soluciones que, a menudo, representan grandes avances para la humanidad ni que sea de manera casual. De la investigación para desarrollar trajes especiales para viajar a la Luna surgió la membrana impermeable y transpirable Gore-Tex para aplicar en las prendas de invierno o de montaña, al igual que de la búsqueda de soluciones refrigerantes se obtuvo el Teflon que ahora permite proteger las sartenes. Se entra, de este modo, en un círculo virtuoso, ya que, aprovechando comercialmente los logros de la investigación, es posible obtener réditos para generar nuevos puestos de trabajo en compañías innovadoras al tiempo que se apoya la labor de las Universidades.

 

Más allá de la evidente mejora física que consigue la cosmética, hay que poner en valor su incidencia en el estado emocional del usuario

Thalgo cuenta con productos cosméticos de todo tipo, salvo los capilares, a pesar de que las algas combaten la caída del cabello, una patología resultante del exceso de células seborreicas en el cuero cabelludo. Básicamente, la marca dispone de fórmulas para tratamientos faciales y corporales, que comprenden desde el contorno de ojos hasta las cremas que alivian el cansancio de las piernas, su posible inflamación o la celulitis, donde de lo que se trata es de evitar el dolor que provocan los nódulos grasos de la misma al tensar la piel. En similar medida, nuestros productos antiedad buscan mitigar el inevitable envejecimiento, proporcionando una apariencia más natural y un rostro más terso a quienes desean mostrar un óptimo aspecto; algo que logramos mediante cremas de hidratación u otras fórmulas que incorporan oligoelementos, ácidos, minerales y otros ingredientes que favorecen el cuidado de la piel. Más allá de la evidente mejora física que consigue la cosmética, hay que poner en valor su incidencia en el estado emocional del usuario. En ocasiones hemos debatido en torno a la importancia de subrayar el derecho de cada cual a sentirse atractivo. Cualquier persona, aun admitiendo no ser un modelo de belleza, debe poder aspirar a cuidarse y a resolver algunas imperfecciones que detecta en su imagen, como puede ser usar un jabón para hacer frente a una piel excesivamente grasa. Esos pequeños progresos pueden representar para ella un significativo refuerzo de su autoestima.

 

Las esteticistas que utilizan los productos Thalgo en sus establecimientos son nuestras prescriptoras y las mejores embajadoras de la marca

Todavía hay personas que infravaloran la cosmética y que la asocian a un entorno frívolo, básicamente por desconocimiento, porque ignoran la innovación y la investigación que hay detrás. Si bien es verdad que en el canal de distribución de la perfumería tiene mucha influencia el marketing y la imagen que se transmite es de cierta artificialidad, en el ámbito de la cosmética que se dirige a los profesionales y a los tratamientos en cabina el planteamiento es muy distinto; me atrevería a decir que es más auténtico. Quienes pertenecemos a este sector nos sentimos muy orgullosos de contribuir a que los esteticistas dispongan de productos óptimos con los que poder proporcionar a sus clientes el tratamiento adecuado, mediante sus manos expertas, aplicando nuestros aceites, nuestras esencias, nuestras cremas… a fin de que la experiencia sea satisfactoria. Al mismo tiempo, es también reconfortante saber que estamos ayudando a que las personas que acuden a esos centros de belleza se sientan bien consigo mismas, tanto porque estamos mejorando su piel como porque extraemos su mayor atractivo y favorecemos su equilibrio y bienestar personal. Las esteticistas que utilizan los productos Thalgo en sus establecimientos son nuestras prescriptoras y las mejores embajadoras de la marca. Sin su intervención no seríamos nadie.

 

El trato humano y el contacto personal, directo y presencial, con clientes y proveedores es especialmente valioso en una compañía comercial

Por supuesto, también resulta fundamental la labor de nuestro equipo humano, que se erige en el alma de Thalgo. Porque, pese a la importancia de la calidad de nuestros productos, las empresas las configuran las personas. Aunque la tecnología en nuestros días supone un buen apoyo en determinadas tareas y nos permite superar algunos obstáculos, el trato humano y el contacto personal, directo y presencial, con clientes y proveedores son especialmente valiosos en una compañía comercial como nuestra filial. Es como una metáfora, en un entorno en el que la intervención de las manos resulta primordial, ya que, más allá de la aparatología que pueda introducirse en los tratamientos, las técnicas manuales utilizadas por los profesionales de la estética siguen siendo relevantes. Aun así, es un sector que está asistiendo a una evolución, donde las personas con vocación por la estética exhiben cada vez un espíritu más empresarial, lo cual se evidencia en la transformación que están experimentando sus centros, que antes eran locales con una camilla, unos recursos discretos y unos pocos productos, mientras que ahora son establecimientos que presentan un magnífico aspecto y cuentan con un equipamiento más sofisticado. Al igual que otros puntos de venta, como farmacias u ópticas, se presentan como espacios elegantes y confortables, orientados a proporcionar una experiencia óptima de servicio, invitando a entrar a quienes pasan por delante para someterse a un tratamiento de la piel. Antes, la apertura de un centro de estética se asociaba, en muchos casos, a una salida para personas que no habían podido cursar estudios superiores, mientras que en la actualidad suele responder a un ambicioso proyecto empresarial.

 

No hay nada más importante en la vida que conservar la curiosidad

La pandemia permitió poner en valor los centros de estética, cuya apertura se aceleró ante la necesidad de la población de liberarse del estrés ocasionado por el confinamiento y de las virtudes terapéuticas de esos establecimientos. Eso permitió que sus profesionales, adoptando las medidas sanitarias pertinentes, pudieran reanudar su actividad. Al mismo tiempo, reactivó el sector y propició esa renovación y actualización de los locales, todo lo cual está propiciando que este mercado esté adquiriendo cada vez mayor velocidad y dimensión. Comprobar esa evolución me satisface y me anima a seguir trabajando y a contribuir al crecimiento de este mercado, a pesar de que sí detecto cierta pérdida de iniciativa y de inquietud entre las nuevas generaciones. Afortunadamente, a mí no me faltan ganas de seguir aprendiendo y continúo atesorando la misma curiosidad de siempre para conocer y descubrir los secretos que esconde cualquier detalle, pues me sigue despertando interés acudir a una fábrica para ver cómo se elabora un tapón o un frasco del mismo modo que me atrae saber cómo se imprime un libro o cómo un carpintero construye un armario. No hay nada más importante en la vida que conservar la curiosidad, y considero un defecto carecer de ese instinto. Tengo que agradecer a mis padres y a mis hermanas el haberme alimentado ese espíritu, estimulando ese alma inquieta que me ha hecho crecer en este apasionante mundo que es la cosmética. Y esa misma pasión es la que he intentado inculcar a mis hijos, Mireia y Aleix, de veintinueve y veintisiete años respectivamente, y a quienes he procurado despertar idéntico interés por descubrir lo excitante que hay detrás de cada pequeño detalle en la vida.