La Sénia (Tarragona)
1963
Socio y fundador de Madersénia, S.L.
20-02-2024
El arraigo al territorio de este empresario maderero se antoja un espejo de las raíces desarrolladas por los árboles que proveen la materia prima para su industria. En su espíritu asoma el alma darwinista, al subrayar que es en la capacidad de adaptación al medio donde reside el alma empresarial. Esa virtud le llevó a innovar, lo que equivale a resolver problemas, y a orientar y adaptar su actividad hacia el equipamiento de colectividades, brindando servicio completo a hoteles o residencias estudiantiles. En la resiliencia encuentra su mejor aptitud.
Mi olfato sabe distinguir si una madera es de haya, de pino, de encina o de olivo, al igual que conozco a la perfección cuáles son las virtudes de cada una de ellas
Puedo decir que tengo madera de empresario porque me crie en un hogar liderado por un empresario ―“de la vieja escuela” ― del sector del mueble, justo en una población estrechamente unida a esa industria. Desde la infancia me familiaricé con ese elemento y en la actualidad mi olfato sabe distinguir si una madera es de haya, de pino, de encina o de olivo, al igual que conozco a la perfección cuáles son las virtudes de cada una de ellas y cuáles son las más indicadas según su destino. Soy el primogénito de tres hermanos que crecimos en la Sénia, un pueblo que, pese a contar con unos cinco mil habitantes, cada año veía nacer nuevas empresas que ocupaban a decenas de trabajadores y trabajadoras, lo que da fe del singular carácter emprendedor de nuestra localidad, cuyos negocios, mayoritariamente, estaban asociados a la industria maderera: fabricantes de muebles, empresas de pinceles, de embalajes, etc. Con este ambiente, no es de extrañar que mi primer recuerdo de infancia esté relacionado con ese entorno, y en concreto en un solar de mi familia, conocido como la Peaña de Berlín, en la que, ya mi abuelo almacenaba los troncos de los árboles que transportaban desde las montañas ―Els Ports― con los caballos y, posteriormente, con los camiones. De nuevo la tecnología revolucionaba la industria; pasábamos de llamarnos rossegadors a camioneros o trasportistas. La peaña era el lugar de encuentros de la mayoría de los niños del pueblo y convertíamos el cúmulo de troncos en casetas para nuestros juegos y así hacer volar la imaginación en aquella época tan entrañable y difícil de olvidar. Éramos francamente felices. No obstante, esa etapa se vio sacudida por un trágico accidente de circulación que segó la vida de nuestra madre, Josefina, ama de casa y natural de Camp-Redó (Tortosa). Yo apenas contaba diez años, mi hermana Núria tenía ocho años y mi hermano Joaquim, cuatro. Nuestro padre, José Ferré, contrajo segundas nupcias tres años más tarde con Amparo. Con ella pudo contar con otro excelente apoyo en nuestro desarrollo personal y pudimos seguir creciendo en un ambiente familiar.
Muy pronto tomé conciencia de la importancia de diseñar mi propio camino y amasar un proyecto empresarial
Mi vida parecía orientada a fundar mi propia empresa del mismo modo que, al nacer, estaba destinado a que me bautizaran como José, pues era el nombre de mi padre y de mi añorada madre. En nuestro hogar pude descubrir muy pronto las dificultades que vive un empresario, ya que mi padre luchaba denodadamente contra los constantes obstáculos a los que se tenía que enfrentar para mantener en pie su empresa maderera. El accidente en el que falleció nuestra madre coincidió con una etapa especialmente dura para él, que llevó su negocio a la quiebra. No puede atribuírsele a él la responsabilidad de esa coyuntura, de la que supo rehacerse, sino que fue consecuencia de la crisis en la que se vio inmerso todo el sector industrial del mueble y que generó problemas de liquidez que afectaron a muchas empresas del entorno. De todo se aprende, y a mí ese capítulo de mi vida me sirvió para tomar conciencia de la dureza de la misma y de la necesidad de esforzarse constantemente y sin bajar la guardia. Así pues, empecé a diseñar mi propio camino y amasar un proyecto empresarial, pues, en caso contrario, me condenaba a trabajar como operario en una fábrica, con más o menos conocimientos, y consumir mis siguientes años, y futuro, en algo que no me resultaba propio. Por suerte, mi entorno familiar y social era emprendedor; existía esa necesidad de buscar salidas y promover negocio, algo que ahora, lamentablemente, echo en falta, pues la juventud, en general, pienso que rehúsa el sacrificio y el riesgo que supone forjar un proyecto y construir una empresa que lo haga viable. Los valores y los comportamientos de la sociedad están cambiando, ya que las personas cada día reclaman derechos y prerrogativas para todo y rechazan cualquier obligación y deber. Esta aptitud impide que nuestra sociedad pueda avanzar y prosperar como sería de esperar, para mejorar en todos los aspectos de la vida.
Mi madurez me permitió visualizar las dificultades que atravesaba la economía de la familia, con lo cual decidí apoyar a mi padre en su negocio
A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, en España (y, también, en Europa) no dispones de margen de error, pues si incurres en un fracaso empresarial estás lastrado de por vida. En Norteamérica, en cambio, esa circunstancia es sinónimo de audacia y no comporta las penalizaciones que puedes sufrir en nuestro entorno inmediato. Allí se estimula a la empresa, al negocio, y se apoya de inicio la creación de un proyecto, a diferencia de lo que ocurre en nuestro país, donde los obstáculos para poner en marcha un negocio son tantos que, a menudo, disuaden al emprendedor y emprendedora de continuar adelante con su proyecto. De mi padre aprendí la tenacidad y la constancia para mantener activa su empresa, pero de él también asimilé su humildad y la necesidad de esforzarnos para crecer profesional y personalmente al mismo tiempo, pues si no existe un mínimo de ambición estamos condenados a pasar desapercibidos. Siempre alimenté esa inquietud y, por ello, visualicé muchos proyectos alentadores cuya consecución me permitía albergar firmes ilusiones. En el día de hoy, todavía experimento esta sensación. A mis hijos les he aconsejado con frecuencia que se marquen metas año tras año. Metas reales, capaces de culminar, porque son las mejores guías, rutas para extraer el máximo rendimiento de uno mismo. Entiendo que es la única manera de crecer. En mi caso, no llegué a completar los estudios universitarios. Tras haber superado la E.G.B., cursé el Bachillerato en La Salle de Tarragona, y, posteriormente, me matriculé en Ciencias Económicas, en la Universidad de Barcelona. Mi madurez me permitió visualizar las dificultades que atravesaba la economía de mi familia, con lo cual decidí apoyar a mi padre en su negocio. Así pues, dos años más tarde, decidí abandonar mis estudios universitarios. No era esta la voluntad de mi familia, la cual me alentaba a continuar, pero fui consciente de la situación, pues tenía dos hermanos más a los que debía ayudar, y preferí prestar apoyo en el negocio de mi padre trabajando junto a él.
Con veintitrés años decidí, con un amigo, fundar un negocio de comercialización de tableros
En aquella época también me correspondió cumplir con el servicio militar. El sorteo me había resultado adverso, toda vez que me destinaron a Marinería en la ciudad de Cartagena. Ello no tenía otro significado que prolongar ese capítulo de mi vida hasta los dieciocho meses del servicio militar obligatorio. Una vez licenciado, con apenas veintiún años, me entregué por completo, como bien he dicho, a la empresa familiar. Era un negocio destinado a la comercialización de tableros como agente de una empresa también familiar, Gabarró Hermanos S.A, ubicada en Sabadell. Se dedicaban a gran escala a esta comercialización de madera y la confianza que tenían en mi padre se definía en
cooperar ambas empresas conjuntamente para abastecer a un amplio territorio. El Sr. Gabarró, junto con mi padre, fueron cruciales para mi formación y preparación en este sector. Y, efectivamente, aproveche este aprendizaje para forjar todavía con mayor ímpetu la necesidad de poner en marcha mi propio proyecto. Precisamente, la familia Gabarró proyectaba ampliar su negocio en Vinaròs (Castelló), población cercana a la Sénia (Tarragona). Por parte de ellos se me trasladó una oferta para hacerme cargo de ese negocio, pero desestimé la propuesta y con mis veintitrés años decidí crear una empresa con el socio que, todavía, hoy, y de manera conjunta, regentamos Madersénia, Joan Adell Artigues. Joan, seis años mayor que yo, formaba parte de nuestro grupo de amigos. En un pueblo las amistades se hacen sin que la edad sea un prisma que marque obstáculos. Fue suficiente un pequeño periodo de tiempo para dibujar un proyecto y crear una empresa para, como no, comercializar tableros y madera en general. En concreto, nos dedicábamos a los tableros revestidos con papel y resinas. Es conocido esta técnica como tablero de melamina. La imitación a la madera en las láminas decorativas empezaba a tener un mercado, y utilizar el conglomerado para estampar dichas láminas que simulaban las distintas maderas podía ser un futuro emergente y con un mercado óptimo para su mecanización y comercialización. Con palabras menos técnicas, la definición del negocio sería utilizar tablero creado por otras empresas a base de virutas de madera de pino, resinas, papel estampado y un proceso de confección a la temperatura necesaria para crear el tablero, producto que nuestra empresa se encargaría de comercializar y afianzar en un mercado que requería de este elemento.
Si antiguamente se valoraba la prolongación de la vida de un mueble, hoy en día se valora su renovación continuada
Empezamos a trabajar con un producto determinado de melamina y luego introducimos otro producto conocido como DM (Densidad Media). La diferencia de ambos reside en que la melamina procede de la prensa de astillas con resinas y el DM de la prensa con fibras de madera recuperada. Prefiero el conglomerado, ya que presenta mayor resistencia y más virtudes. Y el mercado, a la larga me ha dado la razón, pues en la actualidad se recurre mucho a este tipo de tablero en la industria del mueble, concentrando en torno al 90% de la producción. Se trata de una opción sostenible, pues sería impensable poder cubrir la demanda existente con madera natural. Hay que tener en cuenta que un roble tarda dos siglos en crecer y un haya en torno a siglo y medio. Tiempo atrás se habían sacrificado muchos bosques en aras de poder satisfacer el mercado, por lo que hay que felicitarse de la buena idea de aprovechar la viruta para la fabricación de muebles. Esta alternativa, además, ha
experimentado una considerable mejora, pues al principio la lámina que recubría el conglomerado era puro papel, con lo que sus prestaciones eran muy precarias y se desprestigiaba por el profesional del mueble. Pero la influencia de Europa ha permitido el cambio y la mejora del producto. Cabe señalar que, en algunos países europeos, precisamente los que solemos asimilar como los más sensibles al medioambiente, se observa una mayor aceptación a este sistema. Precisamente Alemania, la cual disponen de grandes reservas de madera, ha apostado y apuesta por este conglomerado. En otras latitudes, como en Escandinavia, también existe una cultura muy afín a la sostenibilidad y donde el conglomerado es altamente aceptado, lo cual sincronizan con el adecuado cuidado de los bosques mediante unas cuotas de tala óptima para garantizar que se mantenga el nivel de masa forestal. La sociedad ha asistido a profundos cambios y si, antiguamente, se valoraba la durabilidad de un mueble, hoy en día, es un producto que reclama renovación periódica, especialmente en entornos de colectividades (hoteles…), donde el cliente espera ambientes actuales y modernos, pues en caso contrario, y ante la competencia existente, opta por alojarse en establecimientos alternativos.
Tras haber mecanizado el primer tablero, me dije: «Esto hay que hacerlo crecer»
Con la ayuda de dos socios capitalistas, y junto con Joan Adell, pusimos en marcha la empresa. Era enero de 1988 y empezamos con una nave de mil quinientos metros cuadrados. Tras haber mecanizado el primer tablero, me dije: «Esto hay que hacerlo crecer». Al inicio, la nave estaba ocupada de tableros apilonados con los que comercializábamos en nuestra zona de actuación, pero la llegada de las primeras máquinas me permitió visualizar un futuro lleno de maquinaria, de personal, de carretillas… de movimiento, en definitiva. Y fue así como empezamos a trabajar, duramente eso sí, a crecer y a superar crisis y diversos problemas, pues hemos vivido historias de todo tipo; precisamente la primera de ellas fue la crisis del 92. Recuerdo que, en ese momento, ante la adversidad a la que nos enfrentábamos, recurrimos a un consultor para que analizara la situación. Nunca olvidaré su consejo: «Yo, de vosotros, cerraría cuanto antes mejor, porque tenéis un futuro adverso…». Ello motivó una junta general de socios y el apoyo unánime de todos ellos nos alentó para continuar. La confianza es la base del progreso y éste tiene como consecuencia el éxito. Fue el momento adecuado para demostrar nuestra capacidad de superación como empresa y como individuos. No se nos resistía ningún tipo de fabricación, tanto puertas, muebles de cocina, dormitorios, mobiliario de oficina… Satisfacíamos las necesidades de muchos empresarios del entorno. La Sénia, Vinaròs, Benicarló o Ulldecona eran zonas donde existían muchas industrias del mueble que acudían a nosotros para el suministro de tableros de melamina ya mecanizados (cortado a medida y canteado) según diseño presentado. Ya en 1992 contábamos con una nave de cinco mil metros y el crecimiento experimentado a principios del presente siglo nos llevó a la actual nave, que con su última ampliación en el 2022 suma una superficie de catorce mil metros cuadrados.
El secreto del buen empresario consiste en saber adaptarse a las nuevas condiciones del mercado
Ese extraordinario crecimiento se esfumó en 2008, ante la irrupción de la crisis. Se pasó de la actividad frenética a no recibir pedido alguno. Recuerdo la anécdota de un fabricante que, al comprobar que no llegaban encargos, decidió reparar el fax al creer que el problema residía en ese aparato. Nos enfrentamos a una situación agónica, pues algunas fábricas para las que trabajábamos cerraban, mientras que otras, buscando ser más competitivas, internalizaban procesos que antes descargaban en nosotros. Ello reducía nuestro trabajo, nuestros clientes y nuestra facturación. Siempre queda aquel cliente que continúa ofreciéndote la parcela que tu gestionas bien pero que se reduce el número de tableros mecanizados que necesita. Era necesario buscar una solución y en esas circunstancias, y gracias a la experiencia, me di cuenta de que el secreto del buen empresario consiste en saber adaptarse a las nuevas condiciones del mercado. Detectamos que, en ese momento, el sector hotelero estaba funcionando óptimamente y que sus establecimientos se estaban renovando. De este modo, hallamos viabilidad para la empresa concentrando nuestra actividad principal en el equipamiento de colectividades y asumimos proyectos para dotar, no tal solo de mobiliario sino también de otros complementos como cortinas, alfombras, electrodomésticos, lámparas, objetos de decoración… Tal manera de proceder nos amplió la visión futura del negocio para empezar a cubrir otro tipo de colectividades como las residencias de estudiantes. Ello nos abrió increíbles oportunidades. Así pues, entramos en contacto con ese nuevo sector residencial para postularnos como proveedores, sin abandonar el hotelero. La manera de proceder con ellos es valorar el coste de un nuevo proyecto, que suele ser de envergadura; con ello presentamos nuestra propuesta e iniciamos la negociación que resulte más viable para conseguir la aprobación y facilitar el mejor producto consensuado que permita el precio acordado. El factor precio juega siempre un papel importante, pues la competencia abarata el quantum del proyecto para conseguir el cliente. La buena negociación y un contrato limpio garantiza el buen fin de la operación. Finalmente, si somos la empresa elegida, nuestros técnicos -arquitectos e interioristas- desarrollan el proyecto, tanto de zonas privadas (habitaciones) como de zonas comunes (recepción, salas de reuniones, comedores, gimnasios, pasillos…).
La innovación y la adaptación reside en la solución de problemas técnicos y de adaptación in situ del mobiliario
Hemos encontrado nuestro negocio en esta nueva parcela de renovación hotelera e instalaciones residenciales. En Barcelona habremos instalado unas diez mil camas en los últimos cinco años. Existe un gran potencial, tanto en Catalunya como en España, y nuestra asignatura pendiente es la exportación, que entiendo necesaria pero que nunca hemos puesto los medios necesarios para atenderla debidamente. Cierto día, alguien me hizo ver que somos una empresa innovadora. A veces es necesario que alguien te lo diga para reaccionar. Frecuentemente, y eso me ha pasado a mí, asimilamos este capítulo a la industria tecnológica, pero, en realidad la innovación reside en la solución de problemas. Si bien nuestra condición de fabricantes de muebles nos avala y nos aporta una gran credibilidad ante los promotores, hay un aspecto crítico en nuestra actividad que determina el resultado de la misma: la instalación. Un buen montador es capaz de superar el problema con un mueble deficiente, mientras que un operario inexperto difícilmente resolverá satisfactoriamente su labor, por mucho que la pieza sea perfecta. Si bien disponemos de montadores propios, también recurrimos a la subcontratación de estos, pues debemos ajustar nuestra estructura a lo estrictamente razonable. En similar medida, optamos por la flexibilidad en nuestra faceta como fabricantes, que sigue representando cerca del treinta por ciento de nuestra cifra de negocio. Resulta muy complejo mantener una planta productiva, pues lo deseable sería recibir pedidos a diario para que la actividad fuera continua, pero ese factor escapa a los cálculos y planificaciones de una PYME.
Cuando terminamos un encargo experimento una enorme satisfacción, pero también cierto alivio a causa de la presión derivada de mi propia exigencia
Contamos con un equipo de un poco más de medio centenar de profesionales, entre los cuales se hallan cuatro comerciales que realizan prospección y mantienen contacto estrecho con los potenciales clientes. A la hora de sellar las operaciones, en las que brindamos servicio llave en mano, los precios quedan cerrados, a fin de evitar problemas entre las partes contractuales. Existe mucha profesionalidad en este entorno y nosotros mismos, que gozamos de olfato y experiencia, desestimamos aquellas opciones que entendemos escapan a lo razonable. Cuando terminamos un encargo, experimento una enorme satisfacción y, al mismo tiempo, cierto alivio, porque a lo largo de todo el proceso se sufre, y mucho. Soy una persona que gusta de cumplir con los compromisos y exigente con el resultado, de ahí que no pueda evitar cierto desasosiego hasta que no se completa el servicio, pues me debo al cliente siempre. Nos satisface saber que, después de haber sido una de las diez primeras empresas de España en lo que a industria auxiliar del mueble se refiere, en la actualidad formamos parte de las diez principales empresas de nuestro país en equipamiento de colectividades por lo que grandes operadores nos tienen en cuenta a la hora de resolver sus necesidades. A ello ha contribuido el disponer de maquinaria de última generación, pues nuestra planta está muy tecnificada. Para mantener la competitividad, es necesario seguir creciendo y dotarse constantemente de nuevos avances tecnológicos, ya que la industria del mueble es más compleja de lo que aparenta. Una de nuestras dificultades consiste en encontrar personal familiarizado con este entorno. Incluso profesionales con perfil técnico -arquitectos, ingenieros o diseñadores- admiten que no resulta fácil asimilar la filosofía implantada en la fabricación e instalación del mueble.
Siempre planifiqué mi vida pensando en desarrollarla en el pueblo en el que nací y donde he ido escribiendo páginas de la vida que han acabado conformando un bonito libro
La orientación hacia la actividad del equipamiento de colectividades requirió establecer contacto con nuevos clientes, lo cual consistió en una primera etapa en la que el toque de puerta a puerta era la forma más sensata de hacerlo. Y así lo consiguió nuestro primer comercial, todavía con nosotros. Lleva treinta años de servicio en nuestra empresa e inició tales andadas en los hoteles de Lloret de Mar. Conocer la necesidad de renovación de estos hoteles era su mejor baza para entrar a formar parte del proyecto. Para recabar contactos en el mundo de la construcción nos apoyamos en la Cambra de Comerç, Indústria i Navegació de Tortosa, de la que soy vicepresidente Tercero. Involucrarse voluntariamente en este tipo de asociaciones exige una inversión de tiempo que no halla su compensación económica directa pero sí propicia relaciones con otros profesionales y, en última instancia, arroja cierto retorno. También me honro en presidir el CEMS, Col·lectiu d’Empresaris del Moble de la Sénia, entidad a través de la cual defendemos los intereses corporativos de nuestra industria local, que goza de un especial reconocimiento en nuestra área geográfica. Personalmente, siempre me he sentido muy identificado y orgulloso de nuestro municipio, que ya a mediados del siglo XIV, contaba con molinos para producir harina, aceite o papel. Corrobora su espíritu emprendedor el hecho de que fue uno de los primeros pueblos de España en disfrutar de alumbrado eléctrico, gracias a su situación a las orillas del río de mismo nombre, el Sénia. En la actualidad, contamos con una alcaldesa, Victoria Balada, que es profesora de Historia, y con quien me une una gran amistad. Escucharla es excepcional porque pone en valor todas estas virtudes que convierten la Sénia en ser singular. Probablemente por ello siempre planifiqué mi vida pensando en desarrollarla en el pueblo en el que nací, en el que me siento arraigado y donde, sin darme cuenta, he ido escribiendo páginas que han acabado conformando un bonito libro.
No quiero pensar qué ocurriría si los fondos de inversión abandonaran nuestro país
Durante la pandemia demostramos, una vez más, nuestra capacidad para salir adelante. A ello contribuyeron las limitaciones a que estaba expuesta la ciudadanía, pues no podíamos disfrutar de restaurantes u otras propuestas de ocio y, ante la circunstancia de tener que invertir más tiempo en casa, la gente se lanzó a la renovación de los interiores de su hogar, con lo que la industria del mueble se vio reactivada. Una de las ventajas de trabajar en el sector del mueble es que éste constituye un elemento esencial para los humanos. Aunque evolucione hacia un concepto determinado, cambiando, por ejemplo, los armarios percheros por cajoneras donde las prendas se guarden apiladas, siempre existirá demanda de mobiliario: tanto para un hogar, como para una residencia de estudiantes, un establecimiento hotelero o una residencia de ancianos, donde se detecta un interesante nicho de futuro dado que la población envejece por disfrutar de una esperanza de vida larga y duradera. Los fondos de inversión, que se han convertido en los grandes dinamizadores de nuestra actividad económica, prestan mucha atención a esa realidad, intentando explotar esa vía de negocio. No quiero pensar qué ocurriría si los fondos de inversión abandonaran nuestro país, pues los tradicionales constructores han desaparecido y han sido reemplazados por esos grupos financieros, que son quienes promueven obra nueva o rehabilitación de edificios. Algo similar ocurre en el sector hotelero, donde los habituales dueños de las cadenas han cedido la propiedad y solo muestran interés en la explotación de los establecimientos, centrando su negocio en la atención al cliente, cobrando por la estancia y los servicios al mismo y abonando el canon correspondiente al fondo propietario, que asume asimismo el mantenimiento del inmueble, en el que participamos nosotros como operadores para su renovación constante. Dado el uso intensivo del equipamiento en hoteles, residencias de estudiantes o colivings (otra de las fórmulas que está experimentando un auge en las grandes ciudades), solemos optar por mobiliario moderno, sostenible y capaz de resistir esa rotación continua. Todo ello, sin renunciar al diseño y a brindar un entorno estético que resulte atractivo para quienes se alojan en esos centros. Ello nos permite adaptarnos a nuevas tendencias y necesidades.
Muchas compañías no afrontan el relevo generacional cuando corresponde y eso suele acabar comprometiendo seriamente su continuidad
A mi estabilidad personal y profesional contribuye decisivamente Marta Martínez Gellida, mi esposa, con quien acumulamos más de tres décadas de matrimonio. Ejerce como letrada y, este año, dada su condición de decana del Il·lustre Col·legi d’Advocats i Advocades de Tortosa, le corresponde la presidencia del Consell dels Il·lustres Col·legis d’Advocats i Advocades de Catalunya. Comparte conmigo ese arraigo a las Terres de l’Ebre, donde a menudo nos sentimos discriminados ante una concepción un tanto centralista del territorio. Fruto de esa larga relación, contamos con dos hijos: Frederic y Andrea. El primogénito, de 26 años, se formó como ingeniero eléctrico y hace un par de años se incorporó a nuestra empresa. Estoy procurando que pase por las distintas áreas de la organización para que pueda conocer a fondo su funcionamiento y asumir el relevo en un futuro. También Sara, la hija de mi socio, se ha interesado por el devenir de la empresa, lo cual nos satisface, pues sería una lástima que, después de esta larga trayectoria en la que hemos derrochado tantos esfuerzos, esta firma no hallara continuidad. Hemos iniciado el protocolo para abordar el cambio generacional, algo que muchas mercantiles no afrontan cuando corresponde, lo cual suele acabar comprometiendo seriamente su relevo. Por otra parte, mi otra hija, Andrea, de 25 años, ha estudiado Medicina y se está especializado en Traumatología y Ortopedia. Actualmente, ya está en el segundo curso de su especialización y es R2 en el Hospital Clínic de Barcelona. Pese a no mostrar interés empresarial, sí puedo afirmar que, personal y profesionalmente, reúne las virtudes de la madera más noble para serlo.





