Lluís Llach
Lluís Llach
TH, 1r VOLUM. La transición política española

LLUÍS LLACH. CANTAUTOR

Texto del 03/12/2002
Fotografía cedida por Ll.Ll.

A pesar de su apariencia de hombre tranquilo, Lluís Llach ha conseguido a través de sus canciones movilizar los sentimientos y las aspiraciones de libertad, no sólo de Cataluña, sino también del resto de España.

Canciones bellísimas que aparentemente nacieron para ser tarareadas, y que, en cambio, acabaron siendo coreadas por miles de personas, haciendo de ellas la bandera del catalanismo. Es, además, un político que no hace política, excepto la de su diario e inamovible compromiso personal por la justicia social y la libertad.

En los años previos a la transición se vivía un auge del catalanismo progresista

En los años inmediatamente anteriores a la transición, el sistema represivo tuvo el efecto de convertir a algunos medios de comunicación y a cantautores en puntos de referencia para muchas personas. Supongo que por nuestro catalanismo, pero también porque la mayoría de nosotros éramos de izquierdas, militantes en muchos casos. Trato de recordar pero, al menos en los años 60 y en los 70, no había ni uno entre nosotros que dijese de sí mismo que fuese de derechas. Es decir, se defendía el catalanismo, pero se trataba también de un catalanismo progresista, para utilizar el lenguaje de hoy, o para decirlo al revés, el progresismo en Cataluña pasaba por ser catalanista o no era progresismo. Esto nos unía y nos distinguía, y supuso que convergiéramos en muchas ocasiones defendiendo ideas que iban en la misma dirección.

La transición, como proceso político, fue a remolque de la transición hecha en la calle

La transición como proceso político llegó tarde, porque ésta ya la había hecho la gente en la calle. La Barcelona de los años 70 no era franquista, sino que había sobrepasado en mucho el tardofranquismo. Podría decir, más bien,que es la clase política la que se adaptó a una realidad social ya existente. La ­socie­dad catalana no era la que salía en el No-Do1, por decirlo de alguna ma­nera: era una ciudad con teatros abiertos, y con unas inquietudes tan avanzadas (o más) que las de hoy día, en música también. Me acuerdo del Teatro Diana, de la Asamblea de Actores, de la Barcelona de las Ramblas de los años 1971-1973 en el Café de la Ópera, con toda una serie de intelectuales, cantantes y actores tratando sobre diferentes cuestiones con una libertad que hasta entonces no existía, cuestiones como la sexualidad, por ejemplo. Se respiraba un ambiente de renovación que en pocas ciudades de Europa se podía ver, tal vez sólo en Berlín por su difícil y complicada situación.  Pero te ibas a París, en los primeros años 70, y parecían un grupo de carcas que no sabían cómo divertirse ni qué alternativas, sobre todo sociales, dar al sistema. Sin embargo, aquí en Barcelona, y en gran medida también en Madrid, aunque estaba muy ahogada por su capitalidad, la situación era muy diferente. Ambas ciudades se constituyeron en puntas de lanza de una sociedad que había decidido comenzar la transición en la calle y en el interior de las personas, lo que resta mérito a los políticos. Creo que la transición coincidió con la readaptación de una clase política y unas estructuras institucionales a unas posturas que el pueblo ya había asumido a partir de los años 1968-1969, cuando se produjo un proceso imparable e irreversible de renovación.

Preocupación de la clase política ante el potente movimiento asociacionista

Estoy profundamente convencido de que una de las primeras preocupaciones de los políticos a lo largo de la transición fue, precisamente, la desmovilización de las corrientes sociales surgidas de forma espontánea. El President Pujol así lo ha reconocido, incluso ha asumido que ahora sería necesaria aquella movilización que antes tanto teníamos y que ahora no tenemos, y que nos preocupaba tanto en un principio y ahora necesitamos. Una de las obsesiones del poder ­político era controlar la situación y se encontraba con unas fuerzas sociales, formadas por asociaciones de vecinos y agrupaciones de todo tipo, que de alguna forma influían demasiado en la evolución política y les molestaban porque pervertían la dirección que ellos habían asumido.

No quisiera entrar a valorar este hecho, ni en sentido positivo ni negativo, pero denota que la transición ya estaba hecha a nivel de ciudadanía. Por ello, una de las primeras preocupaciones de la clase política fue la desmovilización de todas aquellas asociaciones y organizaciones que no fuesen de estrictísima obediencia política, y que correspondían a un aliento popular que, a finales de los 60, se había despertado. Las cuales, además, habían empezado a adquirir un fuerte protagonismo, porque sólo hace falta recordar la importancia que tuvo la Assemblea de Catalunya2 y la praxis de movilización que había generado.

La sociedad tuvo que convivir con las secuelas de la represión dictatorial

El problema residía en que todos estos movimientos seguían sometidos o coartados por la rígida estructura del franquismo. En aquel momento, esta sociedad tenía que convivir con unos grises3 y una policía política al servicio de la represión dictatorial, y con unas leyes coercitivas, como la que llevaba a la cárcel a las mujeres adúlteras –por el hecho de serlo– o la que permitía que a los homosexuales nos pudiesen encerrar dos o tres años. Lamen­tablemente este entramado franquista persistió, no se superó con la transición y, para mí, éste ha sido uno de los grandes dramas de los años posteriores y seguramente una de las causas que acabaron con el hundimiento del socialismo reformista de González. Considero que la transición es un proceso inacabado, aunque supongo que depende de la visión de cada uno.

Esta dicotomía entre ruptura o continuismo se solucionó por la vía del reformismo, algo que tuvo ciertas ventajas como fue, evidentemente, conseguir que el ejército, la policía represiva y la guardia civil se “integrasen” en el proceso. Pero creo que también tuvo unos inconvenientes que hemos pagado posteriormente. En ese sentido, tengo la impresión de que el gran drama de la transición lo ha sufrido y pagado la izquierda. Cuando llega el PSOE al poder y no rompe del todo con el aparato de Estado franquista, asume a la guardia civil, a la policía (no sólo la de orden público, sino la de investigación, que era totalmente franquista) y al final abandona su primer discurso ético, lo acaba pagando muy caro. Me refiero a que la corrupción, el nepotismo, el terrorismo de Estado son, en mi opinión, las secuelas de no haber tenido el coraje de hacer una transición mucho más limpia y transparente.

En mi formación personal, tanto a nivel intelectual como emocional, la efervescencia política previa a la transición resultó determinante

Personalmente he tenido tres universidades que me han marcado especialmente: una es la de Els Setze Jutges, por su composición sociológica, que era muy variada, por su procedencia cultural, que era muy alta, y después por su compromiso, con sus contradicciones y su diversidad ideológica. No pensaba igual Espinàs que Pi de la Serra, que Delfí Abella, o que Raimon por decirlo de alguna forma (aunque este último no fuera parte del grupo, incluyo en los Setze Jutges a toda la gente del inicio de la nova cançó).

Me uní a ellos con 19 años, procedente de una educación escolástica, en un colegio de La Salle, en Figueres y, era como una pizarra en la que se podía escribir de todo. Tuve la suerte de que la gente que primero escribió fueran ellos. Al mismo tiempo, en Barcelona estos temas se me plantearon con mucha fuerza durante los años 1967-1970, en los que estudié en una de las facultades más revolucionarias entre comillas del país: la de Ciencias Económicas, Sociales, Políticas y Morales (creo que se llamaba así) que, junto con la de arquitectura, era en aquellos tiempos una de las facultades más significativas en cuanto a compromiso e inquietudes políticas se refiere.

Muchos nos vimos obligados a irnos del país por las circunstancias políticas

Y luego todo esto me llevó a otra universidad fabulosa que me dejó totalmente marcado tanto a nivel intelectual como sentimental, compuesta por una serie de gente que formaban todo el mundo del exilio en París, en Bruselas, en Toulouse… Sobreviví anímicamente cuatro años en París gracias al refugio y a la acogida de exiliados y exiliadas.

Aquí habían prohibido mi trabajo: durante este tiempo no me dieron ni un solo permiso para cantar, a excepción de en Girona. Tenía además otros problemas con la policía política por mis actividades en la facultad, por lo que me vi forzado a salir del país. Aunque, en principio, mi salida no se pueda considerar un exilio político (conocí demasiado cerca la heroicidad de tantos exiliados republicanos que nunca me permitiría otorgarme este título), lo cierto es que algunos nos veíamos obligados a irnos por unas circunstancias que nos ataban de pies y manos. El exilio con mayúsculas era el de aquella gente que me dio una lección no sólo de historia general, sino de historia concreta y cotidiana sobre lo que pasó aquí durante la guerra civil, y que fue una enseñanza que me marcaría toda la vida. Me hizo entender muchas cosas, porque te encontrabas con trotskistas, con partidos comunistas, con anarquistas o sencillamente republicanos, que hablaban de cosas que aquí no me habían explicado nunca, ni en casa, ni en la escuela, ni en la Universidad. Contaban la letra pequeña, a veces la historia mezquina y terrorífica; anarquistas que no habían salido de aquí expulsados por el fascismo de Franco, sino que se habían ido perseguidos por el Partido Comunista en un momento determinado, y a la inversa. Fue toda una lección al límite de las vivencias políticas que me dio un pequeño ­bagaje histórico.

Es el país quien ha hecho a sus políticos y cantantes, no a la inversa

Mi visión personal es que toda la gente que estaba en el movimiento de la nova cançó adoptó, con una dignidad extrema, el papel que se le dio, sin estar muchas veces demasiado preparados: y aquí es donde yo me situaría. Intentamos ser coherentes y consecuentes porque sabíamos que aquello era un arma magnífica y la pusimos, conscientemente, al servicio de una causa, arriesgando muchas cosas, algunos incluso el físico. Quiero decir que es injusto hablar de manipulación, estábamos allá porque teníamos que estar, nos encontramos por pura casualidad, porque ninguno empezó con la intención de convertirse en símbolo de nada, a todos nos pilló desprevenidos.

Se ha dicho que los cantautores protestaban, pero se llenaban el bolsillo. Si la gente nos venía a ver, cobrábamos, pero una cantidad irrisoria. Si quieres ganarte la vida con la música, no seas cantautor de izquierdas: esto lo sabe hasta el más burro de nuestra profesión. No paso por los comentarios malintencionados hechos a posteriori. Y no hablo ahora de mi experiencia personal, que fue muy privilegiada, ya que iba por la vida despistado y me pusieron encima de una columna o de una estaca4… vete a saber. Son situaciones que no pueden mitificarse. A este país no lo hemos salvado ni los políticos, ni los cantantes, ni los poetas: se salva a sí mismo y por esto es un país. No somos nosotros quienes hacemos al país, en contra de algunos discursos ­oficiales, entre ellos el del President Pujol, yo prefiero pensar que es el país el que nos hace a nosotros cuando nos necesita.

L’Estaca fue importante porque la cantaron miles de personas

Nosotros éramos unos chicos que aparecimos allí con una guitarra, cantando. Nos pusimos al servicio de todo esto porque nos tocaba. No hemos salido de una probeta, aunque hay quien lo piensa. Un nutrido grupo de políticos y algunos intelectuales creen que este país es así porque ellos se lo imaginaron tal cual hace treinta años. Es la teoría de que el pueblo es una masa que es necesario despertar, que es preciso guiar, hacerle poemas, cantarle… ¡No! La gente venía a mis recitales porque tenía necesidad de expresar una serie de cosas y no encontraba otro medio mejor, ya que no le dejaban, y L’Estaca era importante porque había cien mil personas cantándola, o un millón según dicen, es esto lo que la hace trascendental, no la canción en sí. Nosotros no despertamos nada, ¿pero qué se han creído? Bueno, ¿qué nos hemos creído? Sólo éramos la excusa para que la gente pudiera expresarse.

Fuimos incapaces de generar una respuesta colectiva al 23-F

Aunque no fue una tentativa de golpe de Estado muy importante, creo que el 23 de febrero de 1981 supuso un momento en el que todos los que habíamos sufrido la represión tuvimos un sentimiento de impotencia excepcional, que se plasmó en el comunicado del Rey que, en cierta forma, certificó que nosotros no éramos capaces de hacer frente a los golpistas, y tuvo que ser él quien, vestido de capitán general, pusiera en su sitio al cuartelillo. Fue algo positivo históricamente, que hay que agradecerle, pero que vino a confirmar la impotencia de la sociedad civil, que esperó paralizada en sus casas. Supongo que aún quedaba el miedo, la brutalidad de los cuarenta años de fascismo, de una guerra civil con centenares de miles de muertos, de ejecuciones, que había creado una red de miedo que hacía a los fascistas totalmente inatacables. Así, cuando entraron en el Congreso de los Diputados ese puñado de personajes decimonónicos con cuatro pistolas y una ametralladora ridícula para los tiempos que corrían, el pueblo español fue incapaz de reaccionar y tuvo que ser un capitán general coronado quien nos salvara. Esto es terrible, y dice mucho sobre la propia debilidad y los condicionantes de la transición. Los que la vivimos, por muy radicales que seamos, sabemos lo que significó, y comprendemos por qué se optó por una vía reformista en lugar de una rupturista. Lo grave no fueron los cuatro del tricornio, sino que nosotros fuimos incapaces de generar una respuesta.

Debe tenerse en cuenta el coraje político de personas como Raimon Obiols

Hay que reconocer, sin embargo, que hubo actitudes individuales y aisladas de gran valor. Personalmente, guardo una especial admiración por Rai­mon Obiols4, quien vivía en mi mismo edificio. Yo tenía amigos periodistas que estaban muy bien informados y ambos solíamos hablar sobre la posibilidad de un inminente golpe de Estado, pero él me decía que no era probable. El 23-F recuerdo que bajé a la calle y Obiols estaba con su coche bastante desvencijado en marcha porque se iba a Madrid. En aquellos momentos, eso era de un coraje político que se debe agradecer, porque eran personas que, a pesar de no tener medios con los que luchar, se iban a mantener el tipo, poniendo en peligro su ­vida.

El pragmatismo político sacrificó los principios ideológicos de la izquierda

Ahora bien, el acontecimiento que más me afectó fue, sin duda, el referéndum de la OTAN6, porque fue la primera señal de que la izquierda, cuando llega al poder, comienza a bajar la escalera del pragmatismo político sacrificando toda una serie de principios, y no se para hasta el rellano del nepotismo y la corrupción. Respecto a esto, es importante tener en cuenta que la izquierda europea había comenzado también a traicionarse a sí misma. Estoy convencido que el neoliberalismo de los Aznar y los Berlusconi es el resultado del fracaso absoluto de la izquierda, que accedió al poder durante esos años y tuvo que irse de Francia con una ley de punto final, o de Italia a Túnez con un Craxi en huida libre, que vio sentarse a Papandreu ante los tribunales7, y que aquí se manifestó en el terrorismo de Estado que fueron los GAL y algunas barbaridades más. Todo esto no son aspectos coyunturales, sino un problema de fondo: el hecho de que la izquierda haya sido incapaz de asumir su papel en la sociedad, porque renunciar a sus principios es renunciar a ser una verdadera alternativa política. Es decir, que Aznar no gana las elecciones, las pierden los socialistas. Esto es espantoso, porque toda esta debacle de la izquierda deja a sus militantes y a la gente que cree en ella sin material ideológico para defenderse contra el neoliberalismo. Quien legitima la globalización económica y el capitalismo absurdo no es la caída del muro de Berlín, son todos esos partidos socialdemócratas que, en vez de ser una alternativa, tuvieron que salir corriendo del poder en toda Europa, huyendo de la justicia en algunos casos. Esto creó un trauma que coincide con la transición española, donde la izquierda tuvo que enfrentarse no sólo a las dificultades inherentes a la superación del franquismo, sino también a una gravísima crisis de la que todavía no ha salido.

Tarradellas me dijo que Cataluña no necesitaba ser una nación, sino un Estado

Tarradellas me invitó al Palau de la Generalitat una semana antes de la celebración de las elecciones que terminarían con su mandato y tuvimos una cena para mí inolvidable, por razones personales más que políticas, ya que sucedió una cosa muy emocionante. Su hija Montserrat, discapacitada mental, quería que le cantase una canción, y con la inocencia propia de su condición se lo pidió a su padre, el cual debió considerarlo inoportuno y vi que la regañaba por ello. Me levanté sin decir nada, y como poco antes me habían mostrado un piano de cola, cogí de la mano a Montserrat y le canté dos canciones. Cuando regresamos, encontré a sus padres llorando, y a partir de ese momento, Tarradellas, se mostró mucho más abierto conmigo, me contó cosas magníficas y algunas anécdotas muy jugosas.

Mantuvimos una conversación muy agradable y además me dio alguna lección política, que me fue muy bien. Recuerdo algo que me dijo: Lo que Cataluña necesita no es ser una nación, lo que necesita es ser un Estado, y esto que cada cual lo lea como quiera. Y luego dijo: La gente como tú, tenéis que venir debajo del balcón y gritarme ¡independencia, independencia!, y yo tengo que salir a decir que estáis locos e irme, pero, por favor, ¡no dejéis de gritar! Esta anécdota me hizo ver a otro Tarradellas.

Tarradellas intuía que Pujol sería el nuevo President de la Generalitat

Otra anécdota sucedió en los meses en los que se hablaba de un posible golpe de Estado, del cual, evidentemente, también él tenía noticia. Había hecho unas declaraciones contra los vascos por las que fue muy criticado. En un momento determinado le pregunté cómo había podido, siendo President de la Generalitat, hablar en contra de Euskadi, y él me respondió: Tenéis razón (porque nos tratábamos de vos, y en eso era inflexible, me permitía ir sin corbata y con bufanda, pero eso del vos… aunque a mí me gustaba porque le sentaba bien, como el abuelo venerable que era, pero, además, porque institucionalmente yo había luchado toda la vida por que alguien como él ocupase ese sitio), y me contó que había estado en el exilio cerca de cuarenta años para poder hacer, algún día, lo que estaba haciendo: el embrión de lo que podía ser la organización institucional de Cataluña y que ésta podía peligrar por lo que estaba sucediendo en Euskadi. Supongo que se refería al golpe de Estado, y trataba, con sus declaraciones, de salvar institucionalmente Cataluña, en el caso de que lo hubiera. Para él, era una forma de decir a los militares que si había un golpe no nos pusieran en el mismo capazo. En todo caso me parece que se equivocó con sus declaraciones sobre Euskadi. Y luego me hizo muchas confidencias también sobre Jordi Pujol, que no explicaré, pero era muy divertido porque él sabía que Pujol ganaría, aunque todo el mundo pensaba que no, que ganaría Joan Reventós. Pero Tarradellas me decía no ganará Raventós, ganará Pujol.

En la transición influyó más el azar y la presión de la calle, que una verdadera voluntad reformista de la derecha

Creo que Suárez tuvo un gran mérito, especialmente porque hizo todo un ejercicio de transformismo: un hombre que en su juventud levantaba el brazo y que, repentinamente, vio claro que todo eso tenía que cambiar. Considero que todos aquellos que hicieron la transición desde la derecha, Suárez, Martín Villa, Fraga, estaban totalmente desfasados, se manejaban con unas circunstancias que parecieron previstas, pero no lo estaban. Estoy convencido de que si se les hubiera dejado hacer la transición sin presión social y política, habrían mantenido una línea mucho más continuista. Lo que sucedió es que, como dice Carrillo y creo que lo sabemos todos, el azar y las movilizaciones sociales influyeron definitivamente en el discurrir de los acontecimientos. Por ejemplo, la famosa manifestación del millón de personas8 dejó claro que sin el Estado de las autonomías no había transición posible. La primera entrevista entre Suárez y Tarradellas (esto también me lo contó el President) fue un desastre. Al mismo tiempo, era gente a quien la presión social convirtió en reformistas, porque algunos ni siquiera se lo planteaban. No podemos olvidar que Suárez era secretario general del Movimiento, un cargo típicamente fascista, y al cabo de unos años se convirtió en defensor de la democracia. Pues bien, ¡chapeau!, pero, ¿de verdad se hizo desde el convencimiento? Creo que no, que la transición que se propuso la derecha seudofascista que estaba en el poder era mucho más lenta y continuista, pero la presión ­social, económica y política les obligó ir hacia delante.

Felipe González está acabado políticamente por su renuncia al progresismo

Lo que sucedió, en definitiva, fue una readaptación de la clase política institucional a la realidad del país. Ahora bien, ¿era Suárez la persona ideal para representar este papel de transformista o de travestido? Pues sí, lo desempeñó de un modo fantástico, como también Felipe González lo hizo fantásticamente al convertir la izquierda radical que era el PSOE hace cuarenta años, en una izquierda moderada prácticamente gestionadora de políticas de derechas. Pero que fueran las personas indicadas no significa que lo hicieran todo bien, ni mucho menos, en ese preciso momento lo hicieron y creo que Suárez mejor que González. Suárez pagó un precio positivo y González negativo, porque el primero renunció a un lastre retrógrado y reaccionario para ir hacia delante, mientras el segundo renunció a las ideas de progresismo, de evolución y de reforma seria y profunda, para quedarse con una cosa a medias que al final acabó con él.

Se observan notables diferencias entre la clase política de Madrid y de Cataluña

Todo aquél que me conoce sabe que soy especialmente crítico con el gobierno catalán, porque a través de mis canciones toco sus fibras sensibles, algo que casi me lo tomo como una obligación. Dicho esto, sin embargo, creo que la clase política catalana en general está y estaba entonces, al menos en los primeros años del proceso democrático, muy, pero que muy por encima de la clase política de Madrid, debido a su calidad cultural, a su procedencia ideológica, a la base de su lucha, además de a una relativa juventud o diferencia de edad. En Madrid estaban todos los Carrillos y demás supervivientes de cuarenta años de franquismo, pero aquí te encontrabas con gente como los Obiols, los Maragalls o los Pujols, que hacen de ella una clase política diferente que nunca hemos valorado lo suficiente.

Nos encontrábamos, por ejemplo, con gente de una calidad intelectual y humana fantástica, como Reventós, Pujol, Pallach, Barrera, Miquel Coll i Alentorn, entre otros muchos que no recuerdo ahora. Eran personas de enorme valor moral, con una formación cultural muy grande y fueron, además, de esos personajes que se meten en política por determinadas convicciones, pero nunca por ambiciones personales.

Pujol es un seductor, un comunicador nato, un gran político, aunque no está exento de errores graves

El actual President es uno más entre ellos, dotado de una gran personalidad, muy particular, con una memoria de elefante que le permite gozar de un bagaje cultural e informativo impresionante, que manipula de forma virtuosa, y con un carácter de animal político superior al resto. Es especialmente bueno en las distancias cortas, mejor que en las largas. Es una lástima que el final de su trayectoria política sea éste, ya que lo peor que se puede hacer en un recital es terminar con una canción desafinada. La colaboración de los últimos años con el PP le va a hundir, y ésta es una profecía de un cantante de izquierdas. Me parece terrible que la vida pública de una persona de la categoría del President Pujol acabe con el reproche de sus propios militantes y partidarios, que se sienten traicionados, porque puede haber sido una buena maniobra política a corto plazo, pero ha sido un grave error a largo tiempo. Creo que se merecía otro final, per­sonalmente le hubiese deseado uno muy distinto, porque aunque es un político que ha generado odios, sabe al mismo tiempo ganarse la simpatía de todo el mundo, es un seductor y un comunicador fantástico, y también un gran estadista. Por otra parte, pienso que cuando se está tanto tiempo en el poder tiendes a confundirte con él, y Pujol en cierto sentido ha identificado Cataluña con su idea particular de país, y me parece que la alianza con el PP obedece a su convicción de que este país iría mejor si él se mantenía en el poder unos años más, aunque fuese de este modo tan contradictorio.

Tenemos que decidir qué España queremos El café para todos fue, sin duda, una idea nefasta que colocó a España en un callejón sin salida. La gente tiene que saber qué modelo de España quiere. Si un país con un proyecto de futuro donde tenga cabida el derecho a la autodeterminación de los individuos y de los pueblos, que suena muy rimbombante pero que solamente significa libertad, o la España unitarista, la que defiende Aznar, uniforme, de una sola bandera, una ­sola sangre y una sola lengua, como defendía Trillo en relación al asunto de la bandera de la plaza Colón en Madrid9 y que, históricamente, sólo ha sido posible bajo los gobiernos de capitanes generales, dictadores y reyes ­absolutistas.

Hemos de plantearnos otra España desde la diversidad, la complejidad y el diálogo, aunque esto es algo que a la derecha española, y a parte de la izquierda, les da pánico. Es decir, la derecha hoy día no tiene detrás ninguna ideología que la mantenga que no sea la unidad, y esto es algo que Aznar se encarga de demostrarnos cada día con palabras y hechos. La gran contradicción de esta derecha es que tiene que pedir a Europa lo que no puede conceder nunca en España: ésta es su mentalidad y su esquizofrenia. Europa sólo se puede construir desde la diversidad, desde el reconocimiento de los derechos de los pueblos, desde la defensa de las personalidades e identidades y desde la autodeterminación, porque si no, es imposible construir nada en común. Y esto sólo lleva a una consideración: hasta qué punto está fuera de lugar, de tiempo y de siglo, la visión que de España tiene parte del PP y alguna izquierda.

Persiste la dicotomía entre una España progresista y una España aferrada a una derecha ultramontana

Siempre se ha dicho que existen dos Españas, y esto es una desgracia, pero es cierto que hay una dicotomía extraña entre una derecha ultramontana y una izquierda más progresista. No creo que socialmente se pueda decir que España es de derechas, al contrario; a pesar de la manipulación de la historia, sigue habiendo gente que aún piensa que hay otra España posible, la que se soñaba en los años 60 y 70, cuando nos movíamos, cuando éramos recibidos como representantes catalanes de una España distinta, cuando el PSOE mantenía en su programa lo de los “pueblos de España”, concepto que intenta ahora recuperar Maragall, a quien lo único que le puede hacer perder las elecciones a la presidencia de la Generalitat será el PSOE, su propio partido. Así de complejo es el Estado español.

1          Acrónimo de Noticiarios y Documentales, organismo oficial creado en 1942 a imitación de los noticiarios cinematográficos de la Alemania nazi y que, a falta entonces de televisión, sirvió de principal aparato de propaganda del régimen. Se exhibían obligatoriamente en todos los cines antes de la proyección de las películas. Su vigencia duró hasta el final de la dictadura.

2          El 7 de noviembre de 1974, se crea en la Iglesia de Sant Agustí, Barcelona, l’Assemblea de Catalunya, organización clandestina que reunía a diferentes opositores al régimen franquista, y en pro de la autonomía catalana.

3          Las fuerzas policiales antidisturbios durante el franquismo eran conocidas como “grises” debido al color de su uniforme, y protagonizaron momentos de intensa represión y brutalidad en algunas de las manifestaciones más importantes.

4          A finales de los 60, Llach compone verdaderos himnos de lucha antifascista, que incluso cantados en catalán (Llach sólo compone y graba en su idioma) hace suyos todo el Estado español, como “Cal que neixin flors a cada instant”, “La gallineta” y “L’Estaca”, canción que a lo largo del tiempo se ha ido traduciendo a varios idiomas para ser cantada en actos reivindicativos o de lucha popular.

5          Raimon Obiols (1940), político socialista. Secretario general del PSC-PSOE, candidato repetidas veces a la presidencia de la Generalitat y jefe de la oposición en el Parlament de Catalunya.
6          En la primavera de 1986, con la celebración del referéndum sobre la OTAN, el PSOE se lo jugaba todo a una carta. Los sondeos aseguraban el triunfo del “no” propugnado por la izquierda, aglutinada en torno a la Plataforma Cívica para la salida de España de la OTAN, pero el triunfo del “sí” por un escaso margen supuso una envenenada victoria para Felipe González, que convocó elecciones anticipadas para el 22 de junio. El resto de la ­izquierda política, desgastada por sus divisiones internas y relegada a un segundo plano durante toda la campaña, fue incapaz de hacer cristalizar en un proyecto político todo ese torrente de energía social trasformadora que se liberó durante las movilizaciones “anti OTAN”.

7          Tras varios años de gobierno de izquierdas, en algunos países europeos empezaron a detectarse irregularidades con los fondos públicos. En Francia se decretó una ley llamada “de punto final”, que dio cese a las investigaciones; en Italia, el primer ministro socialista Bettino Craxi huyó a Túnez (donde murió), y Andreas Papandreu tuvo que enfrentarse a un proceso por malversación en Grecia.

8          Se refiere a la manifestación del 11 de Septiembre de 1977, Diada nacional de Cataluña, en la que una gran multitud llenó las calles de Barcelona reclamando la autonomía.

9          El 2 de octubre de 2002 Federico Trillo, ministro de Defensa, presidió el acto de homenaje a la bandera programado para el último miércoles de cada mes en la plaza Colón de Madrid. A tal efecto se había instalado un mástil gigantesco que debía soportar una bandera española de enormes proporciones que ondearía de forma permanente en esa ­ubicación. Ante el aluvión de críticas recibidas por esa iniciativa, el gobierno decidió inicialmente posponer ese tipo de actos, y más tarde suprimirlos.